Y recuerda que te espero, de Juan Carlos Méndez Guédez

26/ 10/ 2015 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

TANTAS VECES, BAÑERA

 

y recuerda que te espero pqPongo mi mano en tu rodilla, Arantxa. Adivino tu rodilla entre la espuma. Sigo la forma del hueso. Es una rodilla simpática, una rodilla poderosa, flexible y dulce. Podría estar horas acariciando tu rodilla y llenándola de palabras, preguntándole dónde te lleva, dónde reposa, dónde avanza, dónde retrocede. Te lo comento y sonríes.

–En El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz se habla de unas pantorrillas simpáticas… –murmuras.

–No la he leído. Pero esto es totalmente distinto. Yo hablo de tu rodilla. Estoy diciendo que tu rodilla derecha es muy simpática. La izquierda también es muy graciosa, pero la derecha apenas la miras y ya quieres ser su amigo para siempre.

–Imagino que será inútil preguntarte si no quieres salir a conocer la zona del Amador… hay excelentes restaurantes allí.

Hundo mi cabeza en el agua y vuelvo a salir de golpe.

–Panamá es un lugar noble: sabrá entender que lo posponga.

Sumerges tus brazos dentro del agua. Cierras los ojos unos instantes y luego me miras con fijeza.

–Lo cierto es que yo también prefiero que me sigas contando de tu viaje. ¿Entonces te gustó la Catedral de Barquisimeto?

–Mucho. Y ahora que lo pienso… ¿Conoces ese cuento de Carver? ¿Ese que se llama “Catedral”?

–No me gusta Carver, pero seguro si tú me lo cuentas podrá gustarme al menos un poco.

–Pobre Carver –murmuro.

–Todos quieren ser Carver. Todos los que comienzan a escribir quieren ser Carver.

–No es su culpa. Antes, mucho antes de que nacieras o pudieras tener un libro en la mano, todos querían ser Borges. Y ahora todos querrán ser Bolaño. Pero ni Borges ni Carver ni Bolaño son culpables de que a los muchachos se les pegue la gripe al leerlos.

–Bolaño me encanta.

–Lo imagino, Arantxa, y también te gustará la ecología y salvar a las ballenas de la pesca en Japón… y yo seré un poco cínico con esos gustos tuyos y te diré que tengo muchas experiencias y que vengo de vuelta de todo y que mejor leas a Galdós para que se te pasen los sarpullidos, y nos caeremos mal y será un problema porque estamos compartiendo una bañera no muy grande, así que sólo diré apenas un comentario más antes de seguir contándote de la Catedral de Barquisimeto: es más fácil querer ser Bolaño porque basta con conocer de talleres literarios y no hay que saber de sagas islandesas.

Me miras muy seria. Tus pechos se elevan y se contraen con tu respiración.

–Sí, dos frases más y me caerás bastante mal… mejor me sigues contando de la Catedral.

Acaricio tu rodilla. Lo hago con levedad, como si fuese de arena y yo quisiese conservar su forma. Las yemas de mis dedos tocan tu piel. Quiero que ese gesto sea una disculpa, una humilde reconciliación. Te miro. Me miras.

–En el cuento de Carver un hombre intenta explicarle a otro totalmente ciego cómo es exactamente una Catedral. Le resulta imposible con las palabras y la situación parece decepcionante. No es nada trágico pero sí resulta triste, gris. Y entonces el ciego le propone que dibuje la Catedral en un papel y el hombre lo hace y el ciego coloca la mano sobre la suya y sigue el trazo del dibujo y para los dos ese gesto simple es un descubrimiento, porque uno comprende que puede mostrar cómo es algo para lo que no tiene nombres, y el otro conoce una catedral a través de un dibujo y logra sentirla con sus manos.

Arantxa entrecierra los ojos, alza los hombros. Me gusta su mirada interrogativa.

–¿Y la parte en que eso se vincula con tu viaje, Fermín?

–Conocí la Catedral de otra forma. No sólo su forma sino sobre todo su luz y era una luz que sonaba.

–¿Y cómo lo hacía?

–Como un glissando de violín…, ya sabes, cuando mueves el dedo y pasas de un sonido a otro haciendo que suenen todos los sonidos intermedios. Y estar en la Catedral fue como sentir un viaje que iba de un sonido a otro y escuchar todo lo que se encontraba en el medio.

Me recuesto de la pared. El cuello me duele. Las piernas, los brazos, la espalda, todo parece tomado por un dulce dolor.

Mi dedo índice se coloca sobre la rodilla de Arantxa.

–¿Estás exhausto? ¿Quieres que me vaya?

–Por nada del mundo. Voy a hacer un glissando sobre tu rodilla, Arantxa –susurro y mi dedo se desliza en su piel.

 

De:  Y recuerda que te espero (Madera Fina, 2015)

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