Cómico de la lengua, por Carlos Yusti

01/ 10/ 2013 | Categorías: Destacado, Opinión
Contrariamente a lo que se piensa los cómicos de la lengua no son los escritores, sino los actores. Al parecer actuar es una actividad más pintoresca y versátil que escribir. Esta vinculación de la escritura con la circunspección y la seriedad es, en muchas oportunidades, un tanto insoportable. Luego que he escrito tres libros y un número indeterminado de ensayos y artículos para la prensa me siento más cómico del lenguaje que escritor serio con engreimiento y afectación incorporada.
El tiempo carcome usos y costumbres. Del vértigo de la página en blanco hemos pasado al de la pantalla en blanco. Escribir con regularidad es siempre un apremio que genera algo de angustia. Todavía evoco aquellos días en los cuales un grupo de amigos y amigas nos reuníamos alrededor del café de la miseria ( o nos instalábamos en la barra del barra) para conversar de libros y autores. Teníamos veleidades líricas, pero en verdad queríamos bebernos la literatura en vez de escribirla. Nos publicitábamos como escritores, pero en realidad habíamos escritos con torpezas e ignorancias algunos folios, uno que otro poema. Escritos a saltos y sobresaltos de juventud, de vagancia nítida y fluida. Por supuesto muchos de esos autores noveles se quedaron en el camino. Otros se convirtieron en autores tutelados de las prebendas del Estado. Unos pocos asumimos la escritura como una pulsación, realizando trabajos ajenos a la literatura, tratando de exorcizar los demonios de la estrechez.

Todavía no tenemos el pulso firme ante la página en blanco, o ante la pantalla de computadora vacía y con el cursor titilando a la espera de que los dedos toquen las teclas. En este asunto de la palabras se duda mucho no por escrúpulos, sino por autocrítica una página bien escrita vale más que cualquier posesión material. Organizar ese material tan maleable como son las palabras en la página tiene sus bemoles, es un trabajo de concienzuda paciencia y esa comparación que hace el escritor Juan José Millas de la maleta y el folio me parece lúcida: “El vértigo de la maleta vacía y de la página en blanco son idénticos. Nunca sabes si empezar por la idea más honda (¿el calcetín?) y desde ella deslizarte hacia la blusa, o al revés. Cuando rellenas una maleta, como cuando escribes una página, tienes dentro de tu cabeza, seas consciente de ello o no, a un ‘lector implícito’ (lo dicen los críticos), que a veces es un funcionario de aduanas. ¿Qué debería ver primero ese lector? ¿La ropa limpia? ¿La sucia? ¿El contrabando? ¿La bolsa de aseo? En un folio hay zonas limpias y sucias y prohibidas del mismo modo que en una maleta hay sintaxis y morfología. Abrir una maleta mal hecha produce el mismo efecto que abrir una novela mal escrita en la que los materiales narrativos no guardan entre sí más relación que la de la proximidad. Una maleta, en fin, es un relato.”

Cuando de maletas se trata me hago un lío y me quedo con aquel disparate de Yogi Berra: “¿Para qué comprar una buena maleta si sólo se usa cuando viajamos?”. La escritura es un viaje fijo, un boleto seguro para la gloria o el olvido. No obstante lo vital es emprender el viaje y esa travesía por el mar de las palabras tiene algo de iniciático.

He querido asumir esto de la escritura desde la utilización preciosista del lenguaje, hasta la escritura como pasión desabrochada, comodona y desfachatada. Cuestión que me ha causado un mar de inconvenientes con mis otros amigos escritores, que no soportan la crítica. Otro tanto me sucede con las tías culturales y sus juicios (o prejuicios) familiares sobre el arte o literatura, quienes están convencidas que el ensayo tiene que ser un texto casposo y de cretona, lleno de enciclopedia y algo envarado con un sólido soporte bibliográfico.

Me he esforzado por emplear el lenguaje con cierta poética insolencia. A veces la cosa se me ha quedado en pura insolencia, reconozco mi talento especial para meter pie y ser inoportuno. De todos modos disfruto meter casquillo, sacar de sus casillas al lector. A veces he logrado mi cometido hostigador y otras apenas he realizado un débil boxeo de sombra. Me declaro culpable de asumir como primer compromiso el lenguaje y su empleo lo más decantado e inteligente posible.

Hubo un tiempo en que me seducía del poema más la metáfora como hallazgo irrepetible. De las novelas la historia que se narraba. Con el correr de los años he perdido de vista la trama de las novelas, o las abstracciones lingüísticas del poeta, para concentrarme en el empleo de la sintaxis, la concordancia, la hipérbola y las metáforas, es decir cuestiones subsidiarias a la historia narrada, o al motivo poético, pero que en sí constituyen la esencia primordial de la escritura. Soy un apasionado de las palabras y dicha maniática pasión me hace disfrutar menos de la literatura.

Me seduce el lenguaje tanto como una mujer sesentanoventasesenta, y aunque ante las mujeres quedo sin habla frente a la hoja (o la pantalla) en blanco me vuelvo un tipejo sin complejos y elocuente. El lenguaje es un reto y no con facilidad llega uno a dominar sus callejones obscuros, sus caminerías sin salida. Se es escritor porque se ama con intensidad ese tejido que forman palabras, se ama ese sentido de unirlas en una red que comunica y proporciona sentido a las ideas, las pasiones y los puntos de vista no siempre en sintonía con las ideas de la mayoría. Louis Armstrong dijo en una oportunidad: “Hay que amar para poder tocar”. Hay que amar para poder escribir.

Soy un cómico de lengua escrita sin esa versatilidad de los actores, que pueden representar miles de papeles distintos e intento con mi escritura representar el único papel en el cual me siento a mis anchas: ser un escritor consustanciado con mi tiempo. En la trinchera contra los odios raciales, los nacionalismos y las intolerancias de toda índole.

La escritura como obligación fortuita y feliz podría ser la declaración de principios de todo aquel con inclinaciones literarias. Lo demás es vivir y obtener de la vida el zumo del juego y la fiesta. Tomarse las cosas ni con gravedad, ni con resignación, sino con alegría.

Ante la pregunta ¿por qué escribe usted?. Uno trata de responder con cierta mínima sinceridad. Antes que nada uno viene (o es producto) de los libros. La lectura te empuja poco a poco hacia la escritura como acto y profesión de fe. Luego se va enterando uno, por los rechazos y los ninguneos, que los escritores en este país no pasan de ser una calle o el nombre de una escuela, que leerte no te lee nadie y que para sobrevivir como escritor tienes que ser perito, astronauta, abogado o burócrata en alguna oficina cultural del Estado. Así y todo uno insiste por ese amor irrefrenable a las palabras.

En eso de dominar las palabras parece residir la peripecia central de este oficio. En el libro “Alicia a través del espejo” de Lewis Carrol, hay un diálogo bastante citado que tiene que ver con ese poder sobre las palabras:

—Cuando yo uso una palabra—dijo Humpty Dumpty, en tono despectivo—, esa palabra significa exactamente lo que yo decido que signifique, ni más ni menos.

—El asunto es—dijo Alicia—, si usted puede dar a las palabras tantos significados distintos.

—El asunto es—replicó Humpty Dumpty—quien es el jefe, eso es todo.

He allí el intríngulis capital de escribir: quien manda decide sobre las palabras. La censura es una de las muchas formas de ejercer este poder. El lenguaje pasa por el cernidero de los jefes y pierde su carnadura transgresora. La tarea del escritor es devolverle a las palabras, en la medida de lo posible, su capacidad infractora. El escritor busca magializar el lenguaje, revitalizarlo a través de un discurso inusitado y que despierte las pasiones más dispares.

Algo cómico hay en esto de dedicarse a las letras. Quizá por ese motivo los chochos cretonas de la academia y de las letras oficiales insisten en almidonar el estilo, en convertir lo literario en un problema de estreñimiento, con le seriedad y la cara amargada que conlleva el estreñimiento fisiológico. Por esa razón trato de convertir el ensayo, o el artículo en la web, en una fiesta, en un lirismo desbraguetado, en fin tanteo darle usos poéticos y menos encoñados a las palabras, tratando con todas mis fuerzas en no ser el jefe.

George Steiner escribió: “Aquí la cultura literaria debe reafirmar su autoridad contra la jerga. No sé si esto puede hacerse; pero es mucho lo que está en juego. En nuestro tiempo, el lenguaje de la política se ha contaminado de oscuridad y de locura. Ninguna mentira es tan burda que pueda expresarse tercamente, ninguna crueldad tan abyecta que no encuentre disculpa en la charlatanería del historicismo. Mientras no podamos devolver a las palabras en nuestros periódicos, en nuestras leyes y en nuestros actos políticos algún grado de claridad y de seriedad en su significado, más irán nuestras vidas acercándose al caos”. La crisis no sólo se manifiesta en nuestros bolsillos, sino en muchos aspectos de nuestra vida. El país se edifica con cabilla, cemento y el concurso de la gente, pero también se construye a través de sus discursos y cuando estos se convierten en un marasmo, en un ejercicio cantinflérico el derrumbe espiritual es inminente.

La verborrea mediática, las trivialidades maquilladas de erudición, la fraseología inoperante, los clichés publicitarios y el exceso de opinadores de café hacen que el silencio se convierta en una alternativa, en un lujo que, ay, lamentablemente un escritor no se puede dar. No obstante Steiner tiene la última palabra: “Cuando en la polis las palabras están llenas de salvajismo y de mentira, nada más resonante que el poema no escrito”.

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