Escritores acabados, por Carlos Yusti

27/ 08/ 2013 | Categorías: Destacado, Opinión
La biografía de algunos escritores descubre, para el lector acucioso, facetas insospechadas sobre esa profesión de andar y desandar el lenguaje hasta llegar a esos parajes de la memoria y la imaginación. Cuando a literatura se refiere, fracasar o alcanzar el éxito como escritor es algo muy distinto a estar acabado, a hundirse sin remedio en las aguas de la adversidad, a quedarse varado en el fondo cenagoso de la dispersión depresiva más aparatosa. El éxito se vuelve algo relativo y bastante resbaladizo cuando el creador literario en su interior tiene hecho polvo el espíritu.

El escritor español Juan Manuel De Prada escribía que el fútbol, para muchos de sus exegetas, era la metáfora de la vida, la cual nunca alcanza mayor grado expresivo en ese trance en el que jugador idolatrado se convierte, de la noche a la mañana, en un jubilado al que se recluye en el desván de los trastos inservibles. Estas reflexiones lo llevan a escribir: “Si uno prefiere la literatura como metáfora de la vida es, entre otras razones, porque el escritor en la edad de su acabamiento suele disfrutar, a diferencia del futbolista, de las honras y agasajos que le fueron negados mientras parió sus mejores páginas. Esta forma de misericordia o mala conciencia tardía, que consagra al escritor cuando ya sólo es una caricatura pálida de sí mismo, compensa las incomprensiones y sumarios desdenes que le fueron dispensados en la plenitud de su brío creativo”.

Pero no siempre el escritor se convierte en una momia a la que se exhibe en las actividades culturales para proporcionarle borla y boato intelectual a la camarilla política de turno que organiza el sarao, paga las mesas y las bebidas. Por un endiablado azar muchos escritores muerden el polvo a pesar de sus logros artísticos y del éxito comercial de sus libros.

Truman Capote se convirtió en un escritor acabado luego de publicar su magna obra A sangre fría. Parece algo ilógico, pero Capote con dicha novela demostraba a sus detractores y sus otros colegas de tinta e insidia su enorme capacidad creativa. Sin contar que él estaba convencido de haber creado un género nuevo, o por lo menos de asumir la novela desde otro enfoque renovador. No obstante sus contemporáneos (Norman Mailer y algunos otros) no le dieron crédito alguno, pero utilizaron el método a sangre fría de escribir para crear algunas novelas de enorme éxito y mucho mérito literario.

La novela le reportó dinero y reputación más de la requerida. No obstante el libro a Capote no le proporcionó el respeto y reconocimiento del ambiente cultural que tanto anhelaba. Los jurados del Premio Pulitzer y el National Book Award obviaron por completo la novela. Dos años después Mailer obtenía ambos premios por Los ejércitos de la noche, novela que le debía mucho al estilo de A sangre fría. Lo histórico es que Capote no escribió otra novela. Esbozó los capítulos de una novela inconclusa (Plegarias atendidas), precipitándose luego a los paraísos artificiales de las drogas y el alcohol. Capote estaba en el foso y aunque en el ínterin publicó Música para camaleones, un libro excepcional que reúne relatos y crónica de una calidad inmejorable. Este libro lo devolvió a la palestra cultural y social. Sus visitas a hospitales y sanatorios se convirtieron en rutina. En su cuaderno de notas escribió: “Apenas podía recordar otros tiempos. La felicidad deja muy tenue huellas; son los días negros los que están prolijamente documentados”. La sobredosis con la cual concluyó todo se convirtió en la comidilla eterna de los suplementos culturales en domingo.

Otro escritor exitoso fue F. Scott Fitzgerald. Con apenas 21 años obtuvo fama y fortuna con su novela This side of Paradise (A este lado del Paraíso). Él y su esposa Zelda Sayre decidieron vivir a todo lujo. Viajes, fiestas dispendiosas y grandes cantidades de alcohol fueron los ingredientes con los cuales condimentaron su éxito. Eran jóvenes, bellos e inteligentes, o al menos esa era la imagen que publicitaban. Pero esta fiesta existencial duró poco. Para mantener su nivel alto de vida Fitzgerald tuvo que escribir cuentos para el Saturday Evening Post. Cuentos rimbombantes, plagados de artificialidad y escritos con algunos trucos del oficio de escritor a destajo.

Por otro lado, y a contrarreloj, escribía una novela donde tenía cifrada todas sus esperanzas para renacer cual Ave Fénix. Cuando El gran Gatsby salió al mercado fue un éxito indiscutible de crítica, pero no llegó a venderse tan bien como esperaba su autor. Aunado a esto se presentó la enfermedad de su esposa que se había vuelto psicótica, además de alcohólica perdida.

La fama de Fitzgerald fue disminuyendo de manera vertiginosa. Acosado por el fantasma de escribir una gran novela se desvelaba y tomaba más de la cuenta. Para pagar los gastos por la enfermedad de su esposa confeccionaba trabajos de poco valor literario. Cuando concluyó su novela Tierna es la noche creyó haber escrito un gran libro. La crítica también lo recibió con beneplácito, pero el público respondió con indiferencia.

A este aparente fracaso se unió la tragedia privada de su esposa, quien, con algunos suicidios frustrados, entra al sanatorio psiquiátrico Highlands. Allí moriría 10 años después, dejando una novela, Save me the waltz, en la que deja entrever que sus trastornos nerviosos y síquicos fueron ocasionados por las ansias de triunfo de su esposo. Fitzgerald quedó abatido y pronto se hundió en el desánimo y la bancarrota. Sin dinero y con un ratón moral enorme estuvo obligado a trabajar en Hollywood para la MGM como escritorzuelo a sueldo.

Emil Cioran ha escrito un excelente trabajo sobre el hundimiento de este escritor, subtitulado “la experiencia pascaliana de un novelista”. El filósofo rumano escribe: “¿Qué le sucedió a Fitzgerald? Había vivido la embriaguez del éxito, había deseado la felicidad a cualquier precio, había aspirado a convertirse en un escritor de primer orden. En sentido propio y en sentido figurado, había vivido en el sueño. Pero el sueño de repente le abandona, comienza a velar y lo que descubre en sus vigilias le horroriza. Una esterilidad clarividente le sumerge y paraliza”.

En un pequeño libro de anotaciones póstumas, titulado The crack—up, Fitzgerald desmenuza toda su ansiedad por la gloria y el éxito, desnuda su vigilia ante el espejo riguroso de la escritura. Volvió a intentar la gran novela, pero un paro cardíaco no le permitió concluirla.

Oscar Wilde supo que su relación con Lord Alfred Douglas (Bosie) no tendría un buen final, no era una de sus obras teatrales, era su vida tensada en la tragedia. No obstante confiaba que su fama de escritor le salvaría de la hipocresía vengativa de la sociedad victoriana de su tiempo. En su primer encuentro con André Gide, éste le escuchó decir: “¡No a la dicha! ¡Sobre todo, no a la dicha! ¡El placer! Es preciso desear siempre lo más trágico…”.

Luego de un proceso judicial en el que fue acusado de pederasta y corruptor, fue detenido en la cárcel de Reading (mayo de 1895). Liberado en 1897, Wilde abandona de manera definitiva Inglaterra y se refugia en un pueblo costero en Francia.

Ahora es sólo una desaliñada sombra, un dandi venido a menos, un ser marcado por el escarnio y cuyo espíritu creador rebelde fue doblegado hasta el eclipse. La cárcel mató su talento y siempre se reconoció como un perezoso a la hora de escribir. Su exilio en París es desgarrado. Arruinado desde todo punto de vista, con la salud tambaleante y la miseria como fiel compañera, sabe que su hora final se ha consumado en vida. Quiere escribir un nuevo drama, pero el talento ya no le ilumina los ojos. Gide lo visita y así lo describe: “Wilde iba bien vestido; pero su sombrero ya no era tan brillante; su cuello postizo, aunque conservaba la forma, ya no estaba tan limpio; las mangas de su levita se veían ligeramente gastadas”. Wilde le confesó a Gide su tragedia íntima: “He puesto todo mi genio en mi vida; en mi obra sólo he puesto mi talento”.

Un escritor acabado antes de empezar quizá sea Joe Gould. El tal Gould era un vagabundo pintoresco y bohemio que se la pasaba escribiendo cuadernos tras cuaderno en el banco de alguna plaza o en la mesa de uno que otro café. Concentrado en su tarea como un poseso le proporcionaba a la zona intelectual del Village un toque de inesperada magia citadina. Gould aseguraba estar escribiendo un libro monumental y de gran envergadura titulado La historia oral, al que comparaba, sin el menor recato, con el libro Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano de Gibbon.

Gould procedía de un pueblo de Massachussets y se vino a Nueva York para convertirse en escritor. Llevaba un año redactando crónicas intrascendentes para un periódico cuando una mañana, tratando de sobrevivir a una resaca, un fogonazo de inspiración le iluminó la mirada. Decide dejarlo todo y convertirse en vagabundo con la idea de escribir la historia oral de Norteamérica.

El escenario ideal para su debut, en su nuevo rol de historiador itinerante, fue la zona del Greenwich Village, lleno de artistas, cafeterías, bares y tugurios. Así pasó alrededor de 30 años llenando cuadernos y viviendo como vagabundo profesional. Cuando murió, otro periodista descubrió algunos de los cuadernos. Los revisó y constató algo sorprendente. Todos los cuadernos comenzaban una y otra vez con la misma historia. Con algunas variantes los cuadernos contenían la misma historia.

Quizá Gould se vio sobrepasado ante semejante propósito y no estuvo a la altura de las exigencias de tamaña empresa intelectual. Luego decidió vivir de su cuento que quizá el también se creyó y su gran obra fue el camelo más grande en la historia de la literatura. Al igual que Wilde, derrochó todo su genio y talento para vivir como un mendigo intelectual, como un bohemio literario cuya mejor obra de imaginación fue él mismo y esa colosal historia oral que estuvo en su cabeza y de la que apenas garrapateó unas cuantas páginas.

Rafael Bolívar Coronado es el acabado emblemático de la literatura venezolana. Hizo todas las marranadas y trapacerías posibles en el ámbito literario, pero a diferencia de Gould el autor del Alma llanera tenía talento y escribía a destajo, sólo que escribía sus obras para después atribuírselas a escritores reconocidos, realizó varias antologías de poesía hispanoamericana con muchos poemas producto de su inspiración y firmados por Rubén Darío, Amado Nervo y los demás.

Autoexiliado en España se desempeñó como corresponsal de guerra, pero jamás estuvo en el frente. Se disfrazaba de mendigo y se iba a los muelles y los bares frecuentados por soldados, o marineros, y con el oído atento escuchaba los pormenores de la guerra. Sus textos informativos eran exactos. Escribía 25 artículos a la semana para diferentes periódicos con seudónimos distintos y, como él explicaba, lo hacía para quitarle la telaraña a las muelas. Escribía siempre para ganar dinero. En una oportunidad Andrés Eloy Blanco ganó un premio importante en España. Con prontitud Coronado redactó varios textos alabando la obra del excelso poeta cumanés, pero el poeta nada que se comunica con él. Entonces, en un alarde de temeridad literaria, le escribió una escueta nota en el hotel donde se hospedaba el poeta: “Los astros brillan, los astros giran. Andrés Eloy Blanco, eres un astro; gírame algo”.

En vida Coronado sólo publicó Memorias de un semibárbaro, libro editado por Blanco Fombona como venganza y ante la imposibilidad de meterle una bala entre ceja y ceja debido a una estafa editorial que Coronado urdió, acosado por la malaventura, cuando Fombona coordinaba la edición de una colección de clásicos españoles. A pesar de todas sus tretas, de su escritura copiosa para espantar los monstruos de la miseria, Coronado no logró convertirse en un gran nombre de las letras nacionales, en un poeta laureado y reconocido, no pudo, a pesar de su talento, vencer las adversidades y se dejó ganar siempre por otras urgencias y prioridades que ocuparon su vida de saltimbanqui literario.

Hay muchos escritores que antes de morir ya estaban acabados como creadores literarios. Así tenemos por ejemplo a Rimbaud, Artaud, Lowry, De Quincey, Coleridge. No siempre el crepúsculo del escritor es una tragicomedia de alcohol y locura. Voltaire viejo y achacoso logró condensar una inmensa fortuna, además de obtener reconocimiento y los honores deseados luego de tanta persecución y crítica. Estar acabado es también que al escritor lo premien con homenajes, tesinas y mesas redondas; es que le coloquen su nombre a una escuela, una calle; es que todo el mundo lo cite sin haberle leído.

El escritor protegido de la gloria y la caída es aquel que permanece a la sombra, escribiendo una obra que luego de concluida es entregada al fuego. Kafka ya lo había presentido, sólo que Max Brod también quería convertirse en escritor, pero al igual que muchos otros ya estaba acabado desde el inicio y no quemar las obras de su amigo fue su obra más importante. Así de irónica es la literatura.

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