Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri

05/ 01/ 2013 | Categorías: Fragmentos de novelas

I

¡Noche oscura! Venía chorreando el agua, chorreando, chorreando, como si ordeñaran el cielo. La luz era de lechuza y la gente del mentado Matías venía enchumbada hasta el cogollo y temblando arriba de las bestias. Los caballos planeaban, ¡zuaj! y se iban de boca por el pantanero. El frío puyaba la carne, y a cada rato se prendía un relámpago amarillo, como el pecho de un Cristofué. ¡Y tambor y tambor y el agua que chorreaba! El mentado Matías era un indio grande, mal encarado, gordo, que andaba alzado por los lados del Pao y tenía pacto con el Diablo, y por ese pacto nadie se la podía ganar. Mandinga le sujetaba la lanza. ¡Pacto con Mandinga!

La voz se hizo cavernosa y lenta, rebasó el corro de ocho negros en cuclillas que la oían y voló, llena de pavoroso poder, por el aire azul, bajo los árboles bañados de viento, sobre toda la colina. Mandinga: la voz rodeó el edificio ancho del repartimiento de esclavos, estremeció a las mujeres que lavaban ropa en la acequia, llegó en jirones a la casa de los amos, y dentro del pequeño edificio del mayordomo alcanzó a un hombre moreno y recio tendido en una hamaca.

¡Mandinga! Los ocho negros en cuclillas contenían la respiración.

¡Fea la noche! No se oía ni el canto de un pájaro; el cielo, negro como fondo de pozo, y Matías punteando callado. No marchaba sino de noche, como murciélago cebado. ¡Adelante, como toro madrinero y atrás los veinte indios! ¡Ah, malhaya del pobre que tropiece con Matías! Al pobre que encuentre lo mata, ¡ah, malhaya!

Montaba en un potro que hedía a azufre y echaba candela, y, por eso, desde lejos, la gente lo veía venir. Estaba la noche cerrada como pluma de zamuro. ¡Y ahora viene lo bueno!…

La voz del narrador excitaba la curiosidad de los negros de una manera desesperante; se encendía como una luz absurda en la tarde llena de sol y alcanzaba al mayordomo tendido en la hamaca. Lo molestaba como una mosca persistente. Bronceado, atlético, se alzó y llegó a la puerta de la habitación; el sol le labró la figura poderosa y el gesto resuelto.

Vio el corro en cuclillas, allá junto a la pared, los torsos negros desnudos y la voz aguda.

—Aaagua y relámpagos. Iba la tropa apretada con el frío y el miedo y Matías adelante. Cuando ven venir un puño de gentes; ¡ah, malhaya! Era poca la gente y venía con ellos un hombre chiquito y flaco, con patillas y unos ojos duros.

— ¡Espíritu Santo! -interrumpió uno-, ¿y cómo con tanta oscuridad pudieron ver tanto?

— ¡Guá! ¿Y los relámpagos?

— ¡Uhm! ¿Tú estabas ahí?

—Yo no. Pero me lo contó uno que lo vio. Y, además, yo no le estoy cobrando a nadie por echar el cuento.

¡Bueno, pues! Cuando Matías ve la gente pela por la lanza y se abre con el potro. Los otros se paran viendo lo que pasaba. ¡Y ahora es lo bueno!

Y va Matías y le pega un grito al hombre chiquito: “Epa, amigo. ¿Usted quién es?”. Y el chiquito le dice como sin querer: “¿Yo? Bolívar”.

Persignársele al Diablo no fuera nada; echarle agua a la candela no fuera nada; pero decirle a Matías:

¡Yo soy Bolívar!”. Paró ese rabo y se fue como cotejo en mogote, ido de bola, con todo y pacto con Mandinga.

Los negros comenzaban a celebrar con risas el cuento, cuando la sombra de un cuerpo se proyectó en medio del círculo. Rápidamente volvieron el rostro. El mayordomo, en una actitud amenazante, estaba de pie delante de ellos. Su figura señoreaba los ocho esclavos acobardados.

—Presentación Campos -dijo uno en voz baja.

—Buen día, señor -insinuó Espíritu Santo, el narrador.

—Buen día -musitaron otras voces.

El hombre dio un paso más, y ya, sin poderse contener, los esclavos se dispersaron a la carrera, hacia las casas o por entre los árboles, dejando en el aire su olor penetrante.

Sin inmutarse por la fuga, Presentación Campos gritó:

— ¡Espíritu Santo!

Al eco, tímidamente, la cabeza lanosa y los ojos llenos de alaridos blancos, asomaron por la puerta del repartimiento; luego, toda la anatomía flaca y semidesnuda del esclavo.

—Venga acá, Espíritu Santo.

Casi arrastrándose, llegó hasta el mayordomo.

—Buen día, señor.

— ¿Por qué no fuiste a decirme que habías regresado?

—Sí, señor. Si iba a ir. Ahorita mismo iba a ir.

—Ibas a ir y tenías una hora echando cuentos.

No intentó justificarse; pero como un perro se alargó sobre el suelo sumisamente.

— ¿Trajiste al hombre?

—Sí, señor, lo traje. Es un musiú catire. Ahora está con los amos. Es muy simpático. Se llama el capitán David. Traía una pistola muy bonita y me habló bastante.

—Yo no estoy preguntando nada de eso. ¡Vete!

El esclavo huyó de nuevo.

Presentación Campos comenzó a marchar a paso lento. Su carne sólida se desplazaba con gracia. La pisada firme, la mirada alta, el cabello crespo en marejada. Iba fuera de la raya de sombra de la pared del repartimiento de los esclavos, por cuya ancha puerta salía la tiniebla acumulada a deshacerse en el aire. Dentro, en la sombra, ardían los ojos de los negros. Sin detenerse, metió una mirada rápida, una mirada fría y despiadada. Allí dormían los esclavos; olía a ellos, al sudor de su carne floja y repugnante. Carne negra, magra, con sangre verde y nervios de miedo. Hizo una mueca y siguió marchando.

Iba por en medio de los árboles en toda la parte alta de la colina; a lo lejos, su mirada podía navegar el verde vivo de los tablones de caña, y más allá los cerros rojos, y más allá, los cerros violetas. Al pie de la colina, la torre y los altos muros de ladrillo del trapiche y el hormiguear de los esclavos.

En la acequia, unas esclavas lavaban, cantando a una sola voz con las bocas blancas.

—Buen día, don Presentación.

El amo había prohibido que se le diera al mayordomo ese tratamiento; pero ante el imperio de sus ojos y la fuerza de sus gestos, las pobres gentes no acertaban a decir otra cosa.

En la carne prieta, los dientes y los ojos blanqueaban acariciadores, húmedos de zalamera melosidad.

—Buen día, señor.

En su caminar majestuoso, apenas si respondía a aquella especie de rito de los débiles a su fuerza.

Junto a un árbol, un viejo con la pierna desnuda, cubierta de llagas rosa:

—Buen día, don Presentación.

Una moza mestiza con un cántaro de agua sobre la cabeza:

—Buen día, don Presentación.

Ante la debilidad de los demás sentía crecer su propia fuerza. Los fuertes brazos, las anchas espaldas, los recios músculos, le daban derecho a la obediencia de los hombres. Respiraba profundas bocanadas de aire tibio.

Un mulato, de su mismo color, venía por la vereda cargado de un grueso haz de leña. Al verlo se dobló aún más.

— ¡Buen día, señor!

Por entre los troncos se aproximaba la casa de los amos. Entre los chaguaramos altos, las paredes blancas de los amos. Don Fernando y doña Inés.

Don Fernando, que era pusilánime, perezoso e irresoluto, y doña Inés, que vivía como en otro mundo. Los amos. (Él era Presentación Campos, y donde estaba no podía mandar nadie más). Don Fernando y doña Inés podían ser los dueños de la hacienda, pero quien mandaba era él. No sabía obedecer. Tenía carne de amo.

La tarde hacía transparente el azul de la atmósfera. Grupos de esclavos regresaban del trabajo. Torsos flacos, desnudos. Alguno traía machete, alguno un aro de cobre en una oreja.

Hablaban con fuerte voz descompasada.

—La caña de “El Altar” se está poniendo muy bonita. Todos los tablones son buenos.

—Está buena la hacienda.

—Está buena y va a producir plata, si la guerra no se atraviesa.

Venía Presentación Campos, y el grupo se hendió haciendo vía. Todas las bocas sombrías, unánimemente:

—Buen día, don Presentación.

Y el otro grupo que venía detrás lo hizo en la misma forma. El mayordomo, desfilaba como una proa.

En la palidez de la tarde se destilaba la sombra. Una luz se abrió en una ventana.

Por el camino venían voces.

—Yo no digo eso. Yo lo que digo es que hay guerra. Hay guerra y dura, y va a matar mucha gente.

—Bueno, ¿y qué vamos a hacer? Si hay guerra, hay guerra. Si no hay guerra, no hay guerra. ¿Qué vamos a hacer?

Alguien advirtió el mayordomo que se acercaba.

— ¡Presentación Campos!

—Buen día, señor.

Salmodiaron todas las voces.

Ahora pasaba frente a la casa de los amos. La ancha escalera que daba acceso al corredor alto, algunas luces encendidas en el piso superior y el ruido del viento en la arboleda que la rodeaba.

Pasaba por delante de la casa de los amos y se detuvo. Aquella casa, aquellas gentes ejercían sobre él como una fascinación.

Venía un esclavo.

—Natividad -llamó el mayordomo.

El esclavo se aproximó con presteza.

— ¿Señor?

—Quédate aquí un rato.

Las dos figuras quedaron silenciosas ante la masa blanca del edificio.

—Natividad, ¿te gustaría ser amo?

El esclavo no acertaba a responder.

— ¿Te gustaría? ¡Dímelo!

—Pues, tal vez sí, señor.

Presentación Campos guardó silencio un instante, y luego, iluminándosele el rostro con una sonrisa brusca:

— ¿Tal vez? ¡Amo es amo y esclavo es esclavo!

Natividad asintió tímidamente.

—Por eso es que es buena la guerra. De la guerra salen los verdaderos amos.

Una media luna frágil maduró en el lomo de un cerro.

Presentación Campos regresaba seguido del esclavo. Su voz se hilaba entre la sombra de la tarde.

—La guerra…

—La guerra…

Dijo dentro de la casa un mozo grueso a una muchacha pálida que dejaba correr la mano sobre el teclado de un clave.

—La guerra, Inés, es algo terrible de que tú no puedes todavía darte cuenta.

En el salón decorado de rojo y dorado sonó la voz fresca de la mujer:

— ¿Qué nos importa a nosotros la guerra, Fernando, si vivimos felices y tranquilos en “El Altar”? ¿Qué puede hacernos a nosotros la guerra?

Fernando era un poco grueso, con el cabello y los ojos oscuros y el gesto displicente. Su hermana Inés era una joven pálida, vestida de negro, con los ojos iluminados y las manos sutiles.

La luz de los candelabros disparaba reflejos a todas las molduras de los marcos y a la barnizada tela de algunos retratos, donde hombres taciturnos y mujeres sonrientes vestían una carne idéntica.

—A la guerra no se va por gusto, Inés, sino fatalmente. Habrá que ir.

A hablar de eso ha venido el capitán inglés.

Quedó en silencio, sin responder.

Lentamente fue haciendo surgir las notas pueriles del clave, hasta comenzar una melodía monótona, una música delgada y trémula, en la que se sentían temblar las cuerdas y que puso oleoso el aire que ardía en las velas quietas.

— ¿Y por qué existe la guerra? -interrumpió ella de pronto, mirándolo con fijeza-. Sí, ¿por qué existe? Si todo el mundo puede vivir tranquilo en su casa. ¿Por qué se van a matar los hombres? Yo no lo comprendo.

Fernando sonrió.

—Una cosa tan horrible en que todo el mundo muere, ¿por qué existe?

En sus palabras ingenuas estaba vivo el desasosiego de la guerra.

Estremecía las almas, vibraba en el aire, sacudía las hojas de los árboles en los lejanos campos. Estaba desatada la guerra. En todos los rincones, mujeres llorosas decían adiós a los hombres. Por los pueblos pasaba la caballería floreciendo incendios. En aquel minuto, alguien moría de mala muerte.

Fernando dejó de sonreír.

—El mundo no ha sido hecho, Inés, para lo mejor. Por eso, justamente, es difícil explicarlo. La guerra está en él, y nadie la ha traído, ni nadie podrá quitarla.

Volvían de nuevo a correr las manos sobre el teclado.

Por la escalera que del piso alto desembocaba junto a la puerta del patio, apareció una silueta. Un hombre rubio y esbelto. Alrededor del cuello y en los puños mucho encaje vaporoso; el cuerpo ceñido en una casaca de seda lila de hondos reflejos, botas pulidas, el dorado cabello partido en dos trenzas que le caían sobre los hombros; patillas y bigote fino; los ojos azules como agua con cielo y con hojas.

En viéndolo, Fernando se puso de pie y fue a su encuentro. Le tomó las manos con efusión y lo trajo hasta junto al clave.

—Inés, el capitán David.

Inclinó ella la cabeza y él hizo una muy cortesana reverencia.

Luego sentáronse en los sillones muelles, y Fernando comenzó a hablar:

—Capitán, ¿cómo dejó usted a Bernardo?

—Muy bien. Él cree que todo saldrá de la mejor manera y que pronto tendremos ocasión de enrolarnos.

—Supongo -intervino Inés- que usted estará fatigado del viaje; de modo que inmediatamente después de la comida se acabará la velada y podrá usted dormir.

—Se lo agradezco mucho, pero no estoy fatigado. Tengo la costumbre de viajar y de hacer largas marchas.

Con infantil curiosidad dijo de nuevo:

—Fernando me ha dicho que usted ha viajado mucho. Cuénteme algo de sus viajes, ¿quiere?

— ¿Le gustan los viajes?

— ¡Mucho! Debe ser lindo estar cada día en un lugar nuevo.

—Sí; ¡a veces!

—Y viajar por el mar.

— ¡Ah!, el mar sí es verdaderamente bello.

—Yo no lo conozco, capitán; pero me lo imagino.

—Se lo imagina. ¿Cómo?

—Muy fácil. Si toda la tierra y todos los cerros se fundieran; si crecieran todos los ríos; si las gentes, las casas, los animales, los árboles, las hojas, se volvieran agua. Así debe ser el mar.

—Así es -afirmó el inglés haciendo una mueca simpática.

—Sí; pero cuénteme sus viajes.

— ¡Ah! Ya creía que se le había olvidado. Bueno. Quiere que le hable de Inglaterra…, de España…

— ¡De España!

— ¡Ah! España. Tierra amarilla con buenas ventas, donde paran los soldados a tomar vino. Por las sierras andan bandoleros montados. La conocí bastante cuando la guerra…

La última palabra creció ante ella como un monstruo y la volvió a llenar de inquietud. Corría por el aire la frialdad de las lanzas.

— ¡No! No hable de la guerra.

—Entonces, ¿de qué quieres que hable? -dijo Fernando.

—De todo, menos de eso.

El capitán sonreía.

—Bueno. Estando una vez en Venecia. Agua verde y palacios rojos…

En las pausas penetraba la soledad silenciosa que los rodeaba. El cuento la tenía suspensa. Fernando oía con displicencia y el narrador proseguía gravemente:

—Estando una vez en Venecia…

De pronto, desde afuera, desde lejos, atravesando el ancho corredor que daba vuelta al edificio, llegaron a ellos, revueltamente, gritos de hombres y latir de perros enfurecidos.

La noche se erizó de voces. Brusco mundo de ruido en la sombra.

— ¡Eeepaaaa!

— ¡Eeeeehhhpaaaahhh!

— ¡Cogió por la falda!

— ¡Atájenlo!

— ¡Eeeepaah!

El vocerío se alejaba rápidamente, como si descendiera por el otro lado de la colina.

Estaban callados. Hervía la luz de las bujías.

— ¿Qué pasa? -preguntó.

Al cabo de un rato Fernando respondió:

—Algún esclavo que se ha ido.

Se iba el ruido alcanzando el confín nocturno, apagándose como una luz lejana, invadiendo la tierra dormida en la distancia.

Continuaban callados.

En la noche, llena de presagios, se sentía nacer el silencio.

Las lanzas coloradas (Editorial Zeus)

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