Memorias de la esperanza, por Mayra Salazar

02/ 07/ 2013 | Categorías: Destacado, Sobre libros

memorias de la esperanzaPara hablar de este libro debemos detenernos en su título, ¿a qué nos remite la memoria de una esperanza? La palabra memoria nos lleva a algo que está fijo en la mente esperando ser evocado, mientras que la esperanza es el anhelo de algo que se espera concretar. La expresión “memorias de la esperanza” sería el recuerdo de lo que aún no ha sucedido, del por-venir y esto es de lo que trata esta novela.

En un primer acercamiento el índice nos revela trece (13) capítulos con nominaciones de estilo bíblico, como “La creación”, “El paraíso”, “El destino”, “El diluvio” y “La torre de papel”, los cuales nos advierten la línea temática que seguirá la novela. Aparte de los capítulos, hay a su vez una división en fragmentos numerados en cada uno de aquellos que dan al lector la sensación de estar leyendo versículos de la Biblia.

La novela narra la historia del pueblo de Tintorero a través de la familia de Sixto. Este personaje es el padre creador de la prole primigenia que habita ese pueblo. En el primer capítulo se le describe como un hombre de cierta corpulencia, mucha virilidad y cabeza “redonda e infinita como el cielo” (p.13), quien se enfrenta constantemente con la vida. El primer giro que afronta este personaje sucede cuando pierde a sus dos hijos, Tohu y Bohu, ante el vacío y el conocimiento. Luego de esto, Sixto reflexiona sobre lo que él mismo vio con sus hijos y se le ocurre idear un telar que trama la esperanza y asegura la memoria.

Un día cualquiera aparecieron unos “personajes desconocidos, soberbios, impasibles e implacables” (p.43) que iban destruyendo los árboles y cuanto ser natural encontraban a su paso. Anotaban todo lo que veían en busca de saber, de conocer algo sobre el pueblo y el mundo. Sixto no soportó sus actitudes y mucho menos el acopio de saber, sabía que ellos llevarían al pueblo y a la tierra a la miseria y no se equivocaba. Los “soberbios” trajeron consigo a otros hombres, tres de ellos buscadores de alcanfor que llegaron a casa de Sixto conquistando a tres de sus hijas, Clotilde, Atropello y Laquenó. Laquesí, la otra hija de Sixto, veía desde su soledad la excitación de sus hermanas, sin mediar palabras; ella, junto a su padre, continuaba tejiendo su esperanza. Clotilde, Atropello y Laquenó conocieron la pasión en “las noches sin luna” (p. 49) que transcurrieron al lado de sus hombres. Un día los hombres de alcanfor, dejando la semilla de la vanidad, la avaricia y la soberbia en ellas, desaparecieron en la enumeración de algunas historias míticas que parecen excusas del escritor para seguir introduciendo mitos de la cultura occidental. Abandonadas, Clotilde y Atropello vuelven a su labor de parcas junto a su hermana y su padre.

Laquesí no tuvo que esperar mucho, pronto apareció una pareja para ella, “un hombre de maíz” (p. 49), distinto a los demás y muy parecido a su padre, con una cantidad de cuentos ancestrales que entretenían a todos, incluso a Sixto. Ese hombre respondía al nombre de Milpa. Cumpliendo con lo esperado Laquesí y Milpa se casaron, construyendo con ello el progreso del pueblo. Este personaje les enseñó a producir la comida que en adelante disfrutarían, dejando la sopa de huesos de chivos como un plato ocasional, además construyó y diseñó el pueblo de Tintorero usando los conocimientos que sus antepasados le transmitieron a través de las palabras.

La familia creció, la llegada de los nietos y el nuevo embarazo de Margarita (esposa de Sixto) obligó al padre a seguir tejiendo cobijas desde la mudez en la que se encontraba, permanecía en el silencio de la sabiduría. El parto de las cuatro mujeres ocurrió el mismo día; la primera en parir fue Atropello, dando el nombre de Flora a su hija, secundándole Laquenó que expulsó tres niñas a las que llamó Aglaé, Talia y Eufrasina; Clotilde dió a luz tres varones que llamó Sulifer, Ceferino y Florentino, y la última en parir, agonizando de dolor, fue Laquesí que denominó a su hija Ave.

Los niños crecieron desarrollando una personalidad adaptada a sus nombres. Un ejemplo de ello es la actitud maligna de Sulifer y la ingenuidad de Florentino que da pie para que el escritor incluya fragmentos del poema de Alberto Arvelo Torrealba.

“El nacimiento de Daán” se enuncia como el gran acontecimiento representado en la Biblia: el fin de una era y el comienzo de otra; el autor, usando un anagrama, hace referencia a Adán en su novela. Cambia algunos momentos, como por ejemplo Ave, su pareja, nace primero que él; sin embargo, aquí el tiempo es mítico, un tiempo que no pasa sino que permanece en la memoria de sus habitantes. Aunque en la Biblia, Adán y Eva, es la pareja primigenia, en el caso de esta novela es la pareja que produce el cambio. Daán nace y no llora o grita, lanza una frase de Sancho Panza que lo perfila como personaje y acentúa la intención del autor por insertar fragmentos que parecen dar dramatismo a la escena, pero que al lector podría parecerle una muestra egocéntrica del número de lecturas que ha realizado el escritor. Esto no sucede sólo con el caso de la intertextualidad, sino también se evidencia en el lenguaje que usa; éste impide al lector el goce de la obra sin la ayuda de un diccionario.

Cada escritor tiene un estilo particular al momento de escribir, sin embargo, el carácter poético que intenta reproducir éste autor a través de sus imágenes llegan a cansar debido a la repetición excesiva; por ejemplo la escena de unión pasional entre Daán y Ave relata: “Beso a beso, las yemas de los párpados llevaban el compás de los latidos de la bóveda cristalina convirtiendo el pestañeo anodino en una conversación perpetua entre dos conciencias que se despojaban de los atuendos del pudor” (pp. 102-103).

No sólo Daán y Ave descubren el deseo y la pasión por el contrario, también Florentino sucumbe ante Aglaé y Ceferino ante Flora. “El paraíso” relata las uniones que suceden en ese tiempo, la alegría de la gente del pueblo. Sixto por su parte, comprendía y disfrutaba cada vez más la vida, pensaba que estaba bien, “Y estaba bien” (p. 101). Todo era perfecto, sin embargo, tanta apacibilidad en el pueblo vuelve un tanto monótona la lectura. El pecado original es representado desde un eclipse solar que asusta al pueblo, se presagian los malos tiempos y tanto Sixto como Milpa lo saben: es “El destino” cumpliéndose. Luego de eso, nada fue lo mismo, la monotonía de trabajar para vivir invadió sus vidas. Empezaron a hacer conciencia.

Los vientres de Flora y Aglaé crecen y con ellos el pesimismo de que la tierra no era igual. Ante la incertidumbre, Milpa decide buscar “la hoja sagrada de la eternidad” (p.136), esto es una representación de la búsqueda eterna del ser humano, que trata de encontrarle razón a la vida y que sólo la encuentran cuando toman conciencia de su mortalidad. El único refugio placentero e impostergable era el sexual, escape perfecto para el absurdo de la vida. Flora y Aglaé dieron a luz trece (13) niños, dos varones y once hembras, a los que les colocaron nombres que respondían a ciertos adjetivos que desde pequeñas las etiquetaban. Con los niños, el narrador, fue menos ingenioso a ambos lo llamaron Alí: Alí el primero y Alí el segundo, y como es de esperarse en esta novela el primero tiene ciertos rasgos de Alí Primera, el cantautor de la vida “real”.

El tiempo sigue pasando, los niños crecen y la muerte llega por primera vez al pueblo: Laquenó se iba desmoronando con el tiempo, “se desvanecía poco a poco, como un sueño que se olvida” (p. 151), era la evidencia perfecta del paso del tiempo, de la fragilidad humana y del cambio que había producido el eclipse. El desconcierto por la muerte es evidente en los personajes, Sixto trata de comprenderla pero al cabo de un rato entiende que la muerte es incomprensible.

Luego de este acontecimiento la historia se apega a la narración bíblica: Ave queda embarazada de Daán, tienen dos hijos a los que llama Naíc y Ebal. Tiempo después Naíc mata a Ebal, luego del fratricidio el asesino huye y llega con los soberbios. En el terreno de los soberbios y los escribientes Naíc se sentía a gusto, planea crear una ciudad que los agrupara a todos ellos, la ciudad de los hombres pronto apareció devorándose todo lo natural. Mientras tanto en el pueblo las mujeres se seguían reproduciendo y los nombres de los habitantes de Tintorero parecen disolverse ya en abstracciones de adjetivos que se pierden en la memoria del lector.

A partir de ese momento el narrador comienza a satanizar la ciudad, la condena y la muestra como el lugar donde las almas buenas no pueden estar, sólo los soberbios que siguen la corriente viven allí. La ingenuidad y la humildad está relegada al margen de los pedigüeños que deambulan por las fronteras. La ciudad que devora al pueblo, el pueblo que se desvanece como sus habitantes entre el hambre y la miseria, la ciudad se construye con la expectativa de seguir dentro de los parámetros del urbanismo mientras que el pueblo trata de mantener su identidad.

El nacimiento de Neó es como la de Jesucristo, es la llegada de una pequeña alegría entre la necesidad y el desaliento provocado por la inminencia del Apocalipsis. La esperanza se vuelve una maraña de hilos que hace parar a Sixto y al telar, la fe tambalea ante la soberbia y la transformación.

Alí el segundo anima a los moribundos sobrevivientes de Tintorero trayendo de la ciudad las “semillas de adversidad” (p. 256), sembrándolas en la tierra de la reconciliación, recobrando la fe y la memoria a través de las nuevas raíces. Alí cultiva la esperanza, saca a Tintorero de las sombras, enciende las ganas de trabajar y producir, él ahora tiene la sabiduría. Pero como sucede con los personajes que saben o conocen algo sobre el misterio de la vida, Alí decide explorar más, reflexionar en el vacío y en la soledad sobre el hombre y la existencia, se aleja dejando las raíces de un nuevo cultivo que pretende traer nuevas esperanzas. En esta novela los personajes que poseen cierta sabiduría se pierden entre sus pensamientos, se abstraen en la soledad y como Bohu quedan en un vacío que “mata las lombrices del alma” (p. 25). Sólo hay una persona capaz de sobrevivir a la sabiduría y entender que en el mundo hay cosas inexplicables, ese personaje se revela al final de la novela cuando “los hombres” se dan cuenta de que “la torre de papel” es tan débil como sus escritos y que el conocimiento no es algo que se pueda asentar en un papel sino que se cultiva.

Memorias de la esperanza busca una reconciliación con el campo y la humildad, al tiempo que recordamos las bases de la cultura occidental a través de historias y mitos fundacionales insertos en esta narración muy bien escrita, pero algo pesada en su lectura y en las imágenes que presenta. Sánchez Lecuna tiene fe en la esperanza que se teje en el rinconcito más oscuro de Tintorero, pueblo que se niega a sucumbir ante la soberbia y que guarda su identidad a través de la memoria de sus habitantes.

Sobre el libro: Memorias de la esperanza, de José Sánchez Lecuna (Alfa, 2009)

Publicado en la revista Investigaciones Literarias (Nº 17, Vol I y II 2009)

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