Todas las lunas, de Gisela Kozak

10/ 03/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

Memorias de Hans Gaudí

Nunca olvidaré aquella aventura en el barco La Luna -tres mástiles, muchas velas, una común locura- en la que supe por primera vez de la paradójica gloria que para todo humano es salpicarse con la sangre de otros. Siendo hombre de paz, reto sin embargo a aquel que diga que ha probado todo a describir emoción gemela a ese relámpago de la carne y las vísceras que puede llegar a ser la violencia. No se es el mismo después de apretar entre las manos un cuello vivo que late, después que la piel se humedece con la hez roja de un implacable enemigo. No se es el mismo cuando aunque sea por una vez paladeamos esa liberación única que es vengarse sin la intervención de la razón, que es quedar vacío por dentro, emancipado del temor, el dolor, la sed de venganza, la ira o los resquemores. No se es el mismo luego de disfrutar del placer bestial de borrar el pasado al instante de haber cobrado las afrentas. Por eso quizás muchos imprudentes admiran la insolente alegría del guerrero, protagonista de tantas páginas de relatos: jamás deudor de la justicia, siempre sonriente, sus sentidos lanzados a la acción, sin mundo interior, recuerdo, melancolía. Feliz con un lomo de cerdo, una partida de pelota, un trago de vino malo, la verga siempre en ristre y pedando sin término. Y esa alegría es la bestia que destruye, incapaz de edificar nada que no sea alimentarse a sí misma con la catástrofe propia o ajena.

Amo haber pasado en mi juventud por tantas experiencias de fiera robusta. Sin embargo, me juré desde la fecha en que terminó aquel viaje que siempre son preferibles a sentirse pleno por haber sido instrumento de la destrucción, ese fondo oscuro que queda en el espíritu, esa cicatriz, esa derrota, ese ánimo debilitado y desvencijado que anida en el corazón cuando nuestros enemigos se van de nuestras vidas felices con nuestra ruina. Sólo esos impulsos poderosos que son la inteligencia, la belleza, el humor y la presencia de los viejos y nuevos afectos templan el carácter para que dejemos la quizás justa ira del agraviado en el pasado. Y entonces nos hacemos más sabios pero, igualmente, más tristes y distantes, así digan quienes me conocen -particularmente mis amadas pero siempre impertinentes y quisquillosas mujeres- que soy genio y figura hasta la sepultura y que las malas andanzas no han hecho mudar mi manera de ver las cosas sino impedir que repita algunas tonterías. Según Gabriela, soy como esos héroes de novela de aventuras y acciones estrafalarias: idéntico a mí mismo, ávido de placeres y halagos, amante y protector pero inestable y tornadizo, enemigo de la paz doméstica y el aburrimiento, presto para la novedad, de singular talento e ingenio, preparado para la desventura como si fuese un pez en el agua. No es cierto: no cambio demasiado, pero cambio. No soy exactamente el que fui, nadie es el que fue aunque lo parezca.

En aquel viaje extrañísimo en el que muchas veces pensé que dábamos vueltas alrededor de un mismo punto, descubrí que la violencia puede estar ligada inextricablemente a sentimientos de tan distinta naturaleza como el amor. Desde entonces mi afición por los hombres ha tenido siempre sabor de enfrentamiento, porque en todo enfrentamiento hay una forma de placer: la victoria es un clímax. Mi afán de competir por ser el mejor luchando, manejando las armas, resistiendo las adversidades, controlando mi cuerpo que intentaba rebelarse, se atemperaba y profundizaba con los látigos del deseo. Sólo el soneto de Lope de Vega que aprendí de memoria en mis años mozos puede describir aquel estado de alma enamorado y guerrero:

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso;

no hallar fuera del bien centro y reposo,

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso;

huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor suave,

olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño:

esto es amor; quien lo probó lo sabe.

Me he entregado a escribir estas memorias desde que me convencí de que el alejamiento de Loren no era una prueba más de su carácter tornadizo sino una preocupante desaparición. Y esta desaparición me ha llevado a pensar en que la sangre podría volver a mi vida. Asustado ante esta idea, apelo a la escritura en nombre del varón de paz que siempre he intentado ser después de mi primera aventura violenta en el barco La Luna. He preferido poblar la tierra con inventos, niños, niñas y amores en lugar de despoblarlo con las armas, al estilo de tanto héroe de novela o poema. Escribo también para saber qué ocurrió exactamente en mi pasado, así Jozef se ría de “la ingenuidad impregnada de soberbia de alguien que se cree dueño de sus palabras.”

Comienzo con una grata remembranza: qué maravillosa era la época solar y venturosa en que salí de Estefanía a buscar lo que definitivamente no se me había perdido. El día de la partida llovía y hacía frío. El recuerdo más nítido que conservo es la graciosa despedida de Constanza Brentano a sus dos hijos, Mauricio y Andrés. Les dio unas recomendaciones que nos conmovieron y nos hicieron reír, propias de su espíritu maternal, irónico, entre enloquecido y práctico, ornado graciosamente con un toque decidido de maestro de esgrima o artes marciales. Robin anotó sus palabras:

-Hijos, vengo a despedirme con el mejor de mis escotes y a rogarles con toda mi ternura maternal que cuiden los cojones en el viaje, porque no es de maravilla quedarse sin ellos. No quiero perder a ningún amor, así que dejen el ánimo de pelea y de trifulca que anima su exuberante juventud y recuerden que deben amar a las mujeres con consideración y a los hombres con camaradería y humor. Si me hacen abuela no dejen de avisarme ya que me pondré muy contenta; además, ya es hora de que yo deje de ser la gran mujer de su vida pues como bien saben hay una cosa que no puedo darles, silencio niños nada de risa que es en serio. Hay una botella de vino esperando en la mesa de nuestra casa; no se moverá de ahí hasta que mi mano derecha y mi mano izquierda vuelvan para brindar todos juntos. Cuiden sus hermosas voces, pues es fácil a su edad pasar del sonido del ángel al graznar del cuervo. Vamos hijos no me consuelen, aunque llore hasta el mes que viene tengo un amor que estoy segura de que me envidian, así me gusta, qué buen humor, eso es gran augurio para ese viaje en el que afortunadamente no estaré. Sé que estos tiempos son distintos a los de mi juventud, pero tengan cuidado: muchos viajes en barco son aventuras inofensivas pero otros pueden ser terribles. Aunque estoy asustada quiero dar una prueba de fe en la vida y no oponerme a sus deseos. No todo viaje termina en naufragio o riña, ciertamente.

Fue lo mejor de aquella jornada. Robin y yo reíamos pero repentinamente entramos en un estado de mudez; en realidad, nos asolaban unas terribles ganas de llorar pero no queríamos darle el gusto a los güevones tripulantes del barco, con quienes ya habíamos tenido pendencias en tierra. Abracé primero a Verónica y a Gabriela y luego a Farrah y a Loren, que estaban pequeños y berreaban implacablemente porque les parecía que el barco era un juguete inimitable y que nosotros mismos nos habíamos convertido en muñecos (¿nos veríamos tan ridículos?). Mi último abrazo fue para Constanza. La solté y nos quedamos frente a frente.

-Por lo visto te llevas dos recuerdos míos: ¿consuelos para la soledad en el barco?

Cierto. Tenía unas tetas como para morirse y los ojos se pegaban a ellas como moluscos. Me gustaría tenerla cerca ahora, con su carácter, como diría Verónica, “entre maravilloso e imposible, tan tierna y alegre y tan de estallidos violentos, tan versada e inteligente y tan larga y soez de lengua”.

Con las lágrimas a punto de saltar, subimos al barco. Mientras lo hacíamos un grupo de idiotas al que llamábamos las mulas -les gustaba cargar pesos todo el día con el único fin de desarrollar brazos del grueso de un mástil- nos insultaron y amenazaron con lanzarnos al agua en alta mar, volver a Estefanía y quitarnos a las mujeres, pues los muy imbéciles parecían suponer que nuestras guapas amigas apreciaban a los varones por semejarse a bestias de carga. Los mandamos a lavarse los sucios traseros, pero cuando el barco zarpó estalló una riña espantosa; Mauricio, Andrés, Robin y yo nos colocamos en círculo para defendernos. Si queríamos aventura, comenzábamos con buen pie; vencer a aquellos hombres era casi imposible. Nos aventajaban en edad, en músculos y en experiencia bélica y, para colmo, eran seis. Mis sentidos se tensaron mientras el corazón latía presuroso; casi podía oír el correr de la sangre y un excitante calor emergía del centro mismo de mi cuerpo y se propalaba hacia los costados. Mis ojos parecían haber expandido su ángulo de visión y mis oídos estaban alertas al menor ruido que indicara ataque. Nos movíamos concertadamente como un monstruo de cuatro cabezas y el olor a sudor joven nos enardecía; yo era incapaz de pensar en nada que no fuera vencer a aquellos gigantes. Pocas veces se puede tener una conciencia total de la propia carne y los propios huesos como en los momentos en que el peligro nos vuelve tigre, halcón, tiburón y escorpión. Al abalanzarse cuatro de ellos sobre nosotros un grito me salió no sé de donde:

-¡Abajo!

Las mulas se dieron en las cabezas, nosotros quedamos agachados y en medio de la momentánea confusión, grité:

-¡A los cojones!

Cuatro puñetazos certeros pusieron a revolcarse de dolor a nuestros enemigos. Cuando venían los otros dos a vengar a sus compañeros, una voz atronadora ordenó cesar la pelea:

-¡Soy el capitán carajo, paren de una vez!

Mis amigos y yo miramos sorprendidos y nos quedamos con la boca abierta al ver a nuestro capitán, nada más y nada menos que el Mago Jozef Yukio, disfrazado de la diosa griega Palas Atenea según nos aclaró solemnemente después. El extraño traje constaba de varias capas de tela, una de ellas gruesa y ornada con un escudo con la cabeza de un monstruo, la Gorgona, bordado en alegres -demasiado- colores. Jozef estaba armado con una pistola pesadísima cuya mayor amenaza no era tanto su poder de fuego, perfeccionable a mi juicio con recursos sencillos que no confesaré jamás pues no quiero que mis inventos sean malamente usados, como la posibilidad de que le cayese a alguien en la cabeza o en un pie. De todos modos, y conociendo a Jozef, si la llevaba en sus manos es porque sabía y podía usarla a voluntad. Medio barco comenzó a aplaudir mientras la otra mitad amenazaba con fenecer de risa. Las seis mulas fueron lanzadas al agua con algunas boyas; rato después vimos a lo lejos una pequeña barca cuyo tripulante se apiadó de ellos y se los llevó al puerto todavía visible.

De aquella primera escaramuza violenta aprendí el secreto de la victoria: usar la fuerza del otro para su propia destrucción; decidí entonces perfeccionarme en artes marciales con el Mago. Nunca he olvidado ese secreto ni lo olvidaré. Además de pensar en esta idea, me solazaba en el descubrimiento juvenil de la capacidad de sobrevivir en circunstancias extremas y de la posibilidad de cambiar el orden de las cosas a nuestro favor. Contra la fuerza, el ingenio; contra los límites que nos impone la naturaleza, el ingenio; contra la vida misma si nos quiere convertir en cobardes y monocordes, el ingenio. En ese barco, llamado graciosamente La Luna, me convencí de que mi destino era ser inventor y se perfiló mi misión en la vida: el mundo no quedaría igual después de mi paso por él.

Como ya dije, Jozef Yukio nos iba a dirigir en la empresa. Ignorábamos antes de embarcar quién era el capitán; su identidad debía ser un secreto a petición suya. A todos nos gustó la idea de no saber en cuáles manos estaríamos, tanto como nos había agradado el anuncio con el que se reclutó a la tripulación. Tenía en su parte central un verso muy conocido de un poeta, Pablo Neruda, amigo por cierto de Constanza Brentano:

Sucede que me canso de ser hombre

Más abajo y en letras más pequeñas indicaba:

Embárcate en La Luna que estar en tierra cansa. Más información en las tabernas del puerto

Con razón Jozef había desaparecido del mapa en los últimos días; de hecho, decidimos no dirigirle más la palabra porque creíamos que no nos acompañaría en el viaje. Parecía que se encontraba en estado de tristeza pues sólo nos enviaba breves mensajes a viva voz con alguno de sus innumerables conocidos, los cuales constaban de poemas disparatados que desafiaban el buen sentido y constituían una ofensa a las musas. Recuerdo un verso que estoy seguro ha desordenado el mundo y causaría las iras temibles de Farrah:

Era de noche y sin embargo llovía

Nuestro primer desembarco fue en un pueblo pequeñísimo, llamado sin mucha originalidad Pueblo Nuevo, en donde asistimos a maravillosas fiestas en las que abundaban la alegría, el vino y la cortesía; es decir, todo lo que en el barco podría hacer, e hizo, falta. Al volver a La Luna, extrañamos de inmediato a las mujeres, cuya compañía siempre habíamos disfrutado. Otros jóvenes se reían de nosotros y nos recordaban que la travesía era larga y que nos tocaban “tiempos de machos”. Aunque sin duda me adapté, no podía evitar en ocasiones un profundo desconcierto al notar lo poco que aparentemente pueden interesarle las mujeres a algunos hombres. Varios de nuestros compañeros comentaron felices que no habría damas en la nave; opinaban que constituían una distracción y una futilidad frente a requerimientos más solemnes, profundos, trascendentes y graves: viajes, riñas, aventuras, juegos de pelota, pendencias, inventos, reflexiones, escritura y, en especial, dominó y tragos. Los había visto reír y compartir con ellas, hablaban de vez en cuando, y ciertamente con tristeza y nostalgia en uno que otro caso, de esposas, novias, amantes, damas de una noche, lejanos hogares, hijos. Pero la tranquilidad con la que excluían de sus vidas a las féminas me hacía desconfiar de ellos con vehemencia apenas disimulada.

La presencia misma de Jozef removía el limo profundo del alma de aquella variopinta tripulación en la que todos hacíamos de todo, incluso Robin y yo nombrados oficiales. Era admirable su don de mando y la manera en que se impuso por su natural superioridad en cuanto a fuerza física, aptitudes de navegante y un talento que no conocíamos para resolver asuntos prácticos de la vida cotidiana. La suspicacia que despertaban en unos cuantos de nuestros acompañantes sus maneras floreadas, que no floridas como las mías, cedía paulatinamente ante la certeza de que nadie podía superarlo y vi aflorar en algunos jóvenes un sentimiento de lealtad perruna hacia él, una curiosa lealtad varonil que mezclaba la envidia por sus habilidades con una obediencia ciega más parecida a un instinto de jauría que a una expresión netamente humana. Competían entre sí por los favores del jefe, quien se burlaba de ellos de un modo que sólo Robin, Andrés, Mauricio y yo entendíamos, a través de órdenes tan absurdas como la de mascar vidrio para demostrar que se era el macho entre los machos. Daba la impresión de que les faltase algo que a aquel jefe le sobraba y trataban de obtenerlo por su intermedio.

El capitán Jozef. Aunque supo siempre lo que había que hacer en aquel viaje, esa manera tan suya de cambiar de perspectiva, de piel, de voz, de lugar, de apariencia, esa manera que podía hacer dudar a cualquiera respecto a su cuerpo -“este límite que es el fantasma de otros, de los que inventaron a dios, sentido último de todo”, etcétera-, esa insustancialidad que parecía y parece regir su modo de ser en el mundo, lo llevaba a jugar con nuestras vidas como si nada de lo que ocurriese fuera real. Como si un giro del lenguaje pudiese cambiar las heridas y los huesos rotos en pesadillas breves de sujetos livianos y efímeros cual frases azarosas. Y en estos tiempos no sé qué será de él y del mundo si sigue divulgando a mansalva sus ideas y la gente se las cree a pie juntillas.

Sin duda, las reflexiones alambicadas del Mago no por extrañas son menos imaginativas y libertarias. Tanto lo han sido siempre, que creo que eso le daba las fuerzas siendo tan joven para enfrentar las disparatadas aventuras en La Luna. El ambiente se tornó cada vez más amenazante y los ánimos de riña tenían temperatura y fuerza de borrasca. Haciendo gala de una envidiable disposición, Jozef nos sacaba de la modorra, el mal humor, los conatos permanentes de violencia y el miedo con frases que nos sorprendían por su excentricidad:

-Quien volviera a los tiempos del emperador romano Nerón; Nerón incendiaría este barco para acabar con los sabañones y el olor a mierda.

O:

-Canten hombres valientes las hazañas de Torquemada el grande, el hombre que abolió las libertades de su pueblo y mandó a quemar viva a media humanidad.
-Eso nunca ocurrió Jozef, cállate –le decíamos aterrados ante aquellas maldades a las que Fernanda siempre ha llamado historia y Robin y yo literatura.

A pesar de todo, semejantes excentricidades eran un bálsamo.

Todas las lunas (Equinoccio, 2011)

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