Un nómada en su casa, por Gustavo Valle

18/ 12/ 2013 | Categorías: Destacado, Opinión

No importa dónde ni cuándo lo encuentres; notarás que viene de algún lugar, no importa cuál —algún país al que ha devorado más que habitado, una tierra secreta en la que ha sido alimentado pero que no puede heredar.
Djuna Barnes

 

uno

Lo primero que hace el extranjero al llegar a otro país es darse cuenta de que habla distinto, ríe distinto, hace el amor distinto. Entonces se pregunta acerca de su forma de hablar, reír y hacer el amor, y se da cuenta de que esas formas pueden ser sustituidas por otras. Sabe que en el fondo no le pertenecen a él ni le pertenecen a nadie, y lo horroriza pensar que al cabo de un tiempo todo puede cambiar, esas formas pueden cambiar y él mismo convertirse en alguien muy distinto. Entonces queda boquiabierto, se mira en el espejo como si mirara las ruinas de una civilización perdida y se pregunta: “¿qué estoy haciendo aquí? ¿cuánto tiempo durará esto?”

 

dos

Además de mirarse en el espejo, el extranjero mira a todos lados, se distrae con la gente, con los autos, con las alcantarillas. Sus ojos son radares. Por culpa de esta manía se desconcentra, no focaliza, hace zapping con todo. Su sentido de la cotidianidad está roto. En vez de una ciudad, ve trizas.

Le gusta llevar las manos en los bolsillos, y cuando hace frío levanta el cuello de su chaqueta como hacen los gitanos y roqueros. Visto así parece un sospechoso, alguien que está a punto de cometer un delito. Pero es completamente inofensivo, como suelen serlo los gitanos y roqueros. Carece de señas particulares: ni cicatrices, ni dientes de oro, ni tatuajes. Podría pasar por un ciudadano nacional, pero ningún ciudadano nacional tiene esa mirada paranoica.

 

tres

En la calle vive tropezándose con la gente y dice: “disculpa, perdón, ¿te he lastimado?” Es todo gentileza y utiliza frases como: “tenga la bondad”, “perdone que lo interrumpa”, “¿podría hacerle una pregunta?”. Por eso el extranjero es el ciudadano más educado del mundo. Pero su educación es un poco sumisa y esto vuelve a despertar sospechas. Recordemos: un nacional sumiso es una persona sumisa, pero un extranjero sumiso es un criminal en potencia. Con el tiempo el extranjero deja de ser sumiso pero le queda una urbanidad un poco rara y quisquillosa. Por eso le reprocha a los nacionales cierta brutalidad, cierta torpeza en el trato que sin embargo no les reprocha a sus propios compatriotas cuando vuelve, por ejemplo, de vacaciones a su país. Y cuando esto ocurre, es decir, cuando vuelve de vacaciones a su país, el extranjero tiene dos opciones: o celebrar las necedades de sus compatriotas, o convertirse en su verdugo. Un estéril verdugo, claro está.

 

cuatro

El extranjero prefiere vivir en el centro de la ciudad antes que buscar casa en las afueras. “Suficiente suburbio tengo en la cabeza —dice– como para irme a vivir a la periferia”. Le gusta estar rodeado de gente, pero rara vez habla con alguien. Adora las multitudes en las que pasa desapercibido, pues quiere ser “uno más”, para dejar de ser “uno menos”.

Con frecuencia viste bluyín y chaqueta y se sube al primer autobús. Ocupa un asiento con ventanilla, y deja que el paisaje pase como las hojas de un libro aburrido. Los recorridos de los autobuses en el país en que se encuentra son kilométricos: duran horas y horas, y hay edificios y casas y plazas y más edificios y más casas y más plazas, y así, sin parar. Asomado por la ventanilla, abstraído en su propia distracción, el extranjero vuelve a preguntarse: “¿qué estoy haciendo aquí? ¿cuánto tiempo durará esto?”, y se da cuenta que esa pregunta se la hecho desde su adolescencia.

 

cinco

Él sabe que su patria, como cualquier otra, se desvanece en el aire. Por eso no siente nostalgia por ella, ni por sus paisajes, ni por sus costumbres. Sin embargo siente algo parecido a la nostalgia, y se le van los días tratando de encontrar el objeto de esa nostalgia, la razón de esa nostalgia. Por momentos piensa que es por su familia, por sus amigos, por su pasado, quizás alguna alegría del pasado, o cierta irresponsabilidad que ha quedado atrás como una olvidada epifanía, pero pronto se da cuenta de que el pasado y la irresponsabilidad es una nostalgia común a todos. Entonces vuelve a pensar en los motivos de su nostalgia, descarta la nostalgia por la nostalgia, en el fondo aborrece de la palabra nostalgia, y termina el día sin saber qué diablos hay detrás de su nostalgia, a pesar de sentir nostalgia.

 

seis

Amigos. Él intenta por todos los medios conservar los que tiene. Pero con el tiempo esos amigos, como los tiene lejos, se van desdibujando, cada vez están más y más lejos. El extranjero intenta remediar esto: les escribe, a veces los llama, piensa mucho en ellos. Por supuesto sus cartas y mensajes no tienen respuesta inmediata, más bien tardía, a veces ni la tienen. Pero él insiste, se suma a las redes sociales, emprende todo tipo de señales de humo, le gusta sentirse como un Robinson en su isla desierta y flotante. Y entonces vuelve a escribir, manda recordatorios, tacha los días, pensando que así todo puede fluir mejor, pero no, en las condiciones en que vive la palabra fluidez no tiene cabida. Esto, que es lo más normal del mundo entre amigos, es decir, acercarse, distanciarse, suspender encuentros incluso por años, el extranjero lo vive con profundo dramatismo, y como es paranoico piensa que la gente se ha olvidado de él. Y quizás sí, quizás alguien se ha olvidado de él, pero en realidad eso no importa, en el fondo no le importa. No olvidemos una cosa: un paranoico es un narcisista sin remedio.

 

siete

Una cosa lo perturba: reírse de los chistes que no entiende y también de los que no le hacen gracia. No es que él sea un amargado, un hipócrita, o que su coeficiente intelectual esté por debajo de…, sino que ya se ha cansado de pedirle a la gente que repita chistes, y también se ha cansado de poner cara de no entender nada, y como no es un tipo mala leche y más bien suele desempeñarse con cordialidad excesiva y estúpida, entonces ha resuelto reírse de chistes incomprensibles y poco graciosos, y él mismo se toma esto muy en serio, y acepta esta risa acartonada con gesto acartonado.

 

ocho

Cuando acude a los servicios de extranjería para regularizar su situación, el extranjero habla con bolivianos, chinos y nigerianos (que es como hablar consigo mismo) No es que los nacionales no hablen con bolivianos, chinos y nigerianos, sino que el extranjero habla con ellos como si fueran sus compañeros de gesta, sus auténticos hermanos. Por supuesto poco entiende de lo que le dicen, pues la mayoría de los bolivianos vienen de lo alto de la puna y hablan un español incomprensible, y con los chinos y nigerianos echa mano de las payasadas y la mímica para entrar en confianza. A pesar de esta situación, es decir, a pesar de no comprender los idiomas en que hablan y muy probablemente entender todo al revés, él disfruta de estos encuentros y sólo lamenta que sean tan efímeros.

 

nueve

La última vez que estuvo esperando turno en un servicio de extranjería, un niño boliviano entró repentinamente en convulsiones y su madre comenzó a dar gritos desesperados en aymará. Los oficiales de seguridad acudieron al lugar pero ninguno sabía cómo tratar a un niño epiléptico. De las aproximadamente doscientas personas que estaban allí esperando turno, ninguno sabía cómo tratar a un niño epiléptico. La enorme sala de espera entró en pánico, se escucharon más y más gritos. Al rato llegó un doctor y algunos policías. Muchos curiosos se agolparon para ver al niño convulsionando, hasta que al rato las convulsiones pararon y el niño quedó extenuado, completamente dormido como si hubiera corrido una maratón. Después del susto, el extranjero pensó: “y lo que te espera, niño”.

 

diez

Le gusta teorizar acerca de su condición y dice cosas como: “también uno es extranjero en el tiempo, pues el pasado es una playa arrasada por un tsunami”.

Como vemos, le gustan las metáforas catastróficas. Son su especialidad.

 

once

El extranjero es un pensador amateur. Así se autodefine cuando le reclaman una profesión. “Soy un pensador amateur”, y se encoge de hombros. Le agrada cierto filósofo de origen rumano que decía que el ser humano pensaba porque carecía de patria, que un pensador era un emigrado de la vida, y no nos quedaba otro camino que la errancia. El extranjero piensa en la errancia muy a menudo y suele leer National Geographic en busca de reportajes sobre tribus nómades en África y Asia. Admira a esa gente que cambia de domicilio según la llegada del monzón o del invierno, y se hace una idea de lo que debe ser caminar en el desierto con la casa a cuestas.

Lo que ocurre es que también sus ideas son nómades: le cuesta mucho definirse por una y descartar otra, no alcanza domiciliarse en esta o aquella, y con frecuencia se entrega a una inteligencia ambulante que lo hace saltar de idea en idea sin quedarse en ninguna.

 

doce

El extranjero ocupa dos extremos: cuando es discreto, lo es en exceso, y si se muestra cordial empalaga. A menudo se menosprecia, se infravalora, se siente poca cosa, pero enseguida, por obra de no se sabe muy bien qué, se considera el más brillante, el mejor de todos. El punto medio no lo encuentra y en varias oportunidades se ha preguntado dónde está ese punto medio, “¿existe ese punto medio?” Y la única respuesta que encuentra es que ese punto medio se llama casa, lugar, su lugar. Y entonces medita sobre lugares, imagina lugares, sueña lugares, y al final se da cuenta de que un lugar es cualquier cosa, un lugar puede ser un balcón estrecho, un asiento en el teatro, un auto en movimiento, el pico de un pájaro, la punta de un tenedor, un colchón viejo, un mar, una ciudad, un planeta, el universo…

 

trece

Con el tiempo el extranjero ha aprendido a ser extranjero. Esto es un aprendizaje como cualquier otro: disciplina, horarios rigurosos, buenos profesores. Pero sobre todo ha aprendido a ser extranjero desde el momento en que se dio cuenta de que siempre lo fue. “Al fin y al cabo —dice— uno es extranjero hasta en su propio cuerpo, y sino prueben frente al espejo, hagan muecas, arruguen la cara, y verán allí la sombra de un hombre, un fantasma que deambula por casa sin que nadie lo invite”.

 

catorce

Cuando el extranjero llega a otro país, y deshace las maletas y se echa a la cama a descansar, comienza el largo proceso que lo llevará a decir, en algún momento, como dijo Czesaw Milosz en California: “esta es mi casa”. Pero ese proceso le llevará mucho tiempo, ameritará de un sin fin de etapas, numerosos y complejos mecanismos y mucha paranoia. Si todo esto se cumple y se superan las etapas y la paranoia, el extranjero estará listo para repetir la frase de Milosz. De lo contrario hará nuevamente las maletas, vestirá bluyín y chaqueta y se subirá al primer autobús que encuentre. Aunque en honor a la verdad, el extranjero vive en un lugar donde no hay autobuses ni aviones ni aeropuertos. Tampoco un puerto, ni una estación de trenes, ni nada que lo traslade. El extranjero sale, y sin embargo se queda. Y cuando se queda, sale. El extranjero es un sujeto esencialmente estático.

 

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