Y nos pegamos la fiesta, de Victor Alarcón

27/ 11/ 2014 | Categorías: Cuentos, Destacado

A Adolfo, Diego y Juan, aunque este cuento debe muchísimo a Natalia Carballo y María Angélica Rodríguez.

 

 

assassins creedMirá, che, que no es fácil. Con el trabajo que tenés encima y dormir poco te podés volver loca. Andás apurada por las calles todos los días para llegar a tu puesto y podés poner la mejor cara cuando llegás, pero igual se te nota: estás hecha mierda. Además, una ya no es una mina de veinte, tenés treinta y, aunque no quieras decirlo, pega; no podés irte de fiesta toda la noche y pararte temprano para ir a trabajar, los domingos son para quedarse en casa y pasar la resaca, vite.

Entre hacerle el coachin a los catalanes y de correctora, andás hecha bola. Con ocho horas de trabajo y la corrección de dos revistas, cualquiera se vuelve loca. Así trabajás el día completo: te levantás tempranito, che, para ponerte a corregir los textos que me llegan de la Argentina, vite, y luego a las ocho te duchás y comés algo y ya, te vas a coger el metro para irte a la oficina. Te pasás ocho horas allí metida escuchando el catalán horrible y pensando que cuando salgas tenés que volverte a casa para seguir corrigiendo la mierda de textos que te mandan. Además, loco, si al menos escucharan, pero estos catalanes no entienden nada, son unos boludos que mejor ni te cuento. Le pasás una nueva organización y no les gusta; les decís que el taller, así como lo tienen, tiene vacíos pedagógicos pero nada, que así lo quiere el cliente, Malena; les decís que la marca de café que tienen es una mierda y mejor usar otra, y se molestan. Hijos de la gran puta, que no ven que son unos pelotudos.

 Así te callás, no decís nada porque es más fácil. Y tú no tenés tiempo para enredarte porque tenés las correcciones o tenés que irte al inglés. Entonces pasa lo que tiene que pasar, los días se vuelven iguales y rutinarios y es como si te levantaras igual todo el tiempo: todos los días, loco, todos los días a las siete o seis de la mañana, imaginate. Te levantás a esa hora para trabajar en la revista, incluidos sábados y domingos, me oíste. No te queda tiempo para nada, ni para salir a tomarte un café con las amigas y hablar de los pibes que están relindos, ni hablar de la última que hizo el Messi ni de cómo están las cosas en otros lados. La vida termina volviéndose una pesadilla en la que no hay tiempo para nada, sólo para darle vueltas a las correcciones y pensar que tenés que irte a la oficina o a la clase de inglés.

Claro, con tanto agite te empezás a equivocar. Así un sábado te montás en el metro creyendo que es viernes y agradeciendo que mañana no haya curro. Luego llegás a la oficina y todo cerrado. Ya ves, loco. Todo cerrado porque tú sos la única boluda que no se le ocurrió pensar que era sábado y que no había que laburar. Es el agite de la vida que llevás. No hay de otra. Y te decís, Malena, calma, tomátelo con más calma que ya no estás en Córdoba y este no es tu pueblo donde tenías tiempo para todo. Tenés que dejar alguna cosa, si no te volvés loca. Yo lo sé, che, pero cómo hago, ya me comprometí, tengo que entregar los papeles. Cuando los entregue, renuncio, les digo que no más, que me estoy volviendo loca de tanto poner acentos. Pero lo que es ahora tenés que seguir con el ritmo insufrible.

Las amigas te reclaman que no vas a las fiestas y los pibes te dicen para salir y tú tenés que decirles que no. Porque no hay tiempo ni para dormir. Por eso te montás en el metro un sábado a las siete de la mañana y no te extrañás de ver a toda la gente peda volviendo a sus casas. Por eso te empezás a quedar dormida en todas partes, andás como una pelotuda cerrando los ojos aunque no quieras y viendo todo mal y te acomodás en el asiento tratando de no dormirte pero no funciona, vite, igualito se te cierran los ojos y te asustás cada vez que suena la alarma de cierre de las puertas. También te quedás dormida en el trabajo frente al monitor revisando algún texto o revisando la redacción de algo. O te despertás después del almuerzo porque los compañeros están preocupados y te preguntan, che, qué te pasa que te quedás dormida en todas partes, te quedás dormida en el metro y en el autobús y te quedás dormida en el escritorio. Y tú decís que todo está bien porque no les contarás que estás durmiendo cuatro horas al día y que estás hasta el orto de trabajo.

Entonces, che, empezás a soñar cosas raras.

Empezás a enredarte hasta en los sueños y no descansás ni cuando estás dormida. Soñás que estás durmiendo y en el sueño soñás que estás soñando y dentro del otro sueño también estás soñando, como si estuvieras entrando en una habitación blanca y luego en otra y luego en otra. El sueño dentro del sueño dentro del sueño dentro del sueño. Y así, de repente, sabés que tenés que levantarte, y tratás de despertarte del primer sueño para luego despertarte del segundo. Pero, boluda, estás hasta el orto y no podés hacer nada porque no te levantás. Cuando por fin volvés de uno de los sueños vas con el otro y así hasta que pegás un grito en tu cuarto y ves que estás sudada y cansada y dando bocanadas de aire como un pez fuera del agua.

Y ahí sí, llegás al trabajo con una cara que no querés que los otros te vean. Viene la psicóloga y te pregunta qué te pasa, que por qué andás tan casada. ¿Qué podés decirle?, la verdad. Mirá, estoy hecha mierda, estoy durmiendo malísimo y le contás del sueño dentro del sueño y cómo desde el segundo sueño tratás de hablarle a la Malena del primer sueño: Despertá, che, despertá, tenés que irte al curro. Pero nada y no sabés qué hacer, así que seguís gritando dentro del sueño hasta que por fin te levantás y todo empieza de nuevo, volvés a pensar en irte a trabajar, y cuando llegás a tu cuarto ya estás recansada, no dormís nada.

Entonces la mina esta, la de piscología, te dice, claro, che, es que estás reestresada, ¿tenés mucho laburo?, te pregunta y ya no podés mentirle. Así que le contás todo lo que tenés que hacer y ella te dice que tenés de dejar algo porque si no te volvés loca. Faltá al inglés, mina, te dice, pero no así claro, sino: puedes dejar de ir a las clases de inglés, pero tienes que descansar. Malena, descansá.

Porque si no lo hacés, soñás cosas más raras: soñás que despertás en una habitación blanca y escuchás gente hablando en otra habitación. Todo es blanco y las sábanas de la cama son blancas y cuando abrís los ojos dentro del sueño ves una luz de neón encima pero no enfocás bien porque estás en un sueño entonces todo se ve muy blanco, incluso las mesas metálicas que hay a los lados se ven muy luminosas. Así te enderezás en la cama restregándote los ojos como si te levantaras de más de diez o doce horas de sueño. Más, che, ponele veinte. Y una puerta se abre y entran unos científicos que empiezan a preguntarte qué soñaste y qué viste y qué descubriste. Tú no entendés nada de lo que estos pibes te dicen ni les enfocás las caras. Entonces viene una mina y te toma el pulso y te pone la mano en la frente y te toca el cuello y les dice que estás cansada, que mejor la dejamos un rato para que se incorpore y ya les contarás lo que viste.

¿Qué quieren que les diga boludos si tengo que trabajar? Dejame en paz, loco, que estás jodiendo. Entonces se van, se cierra la puerta de metal detrás de ellos, automáticamente, y exhausta te echás en la cama y entonces, despertás.

 

Fijo, el Jonathano pica cuando estoy jugando, qué oportuno, mae.

Se esperará porque no voy a dañar la misión de Assassin’s Creed por abrirle la puerta. Se aguanta. Así piensa en la doña que lo jodió. Cómo andaba llorando a cada rato y con su carota, los ojos encharcados y, vea, que está hecho una moquera. Mae, es normal, te dejaron muy rápido, déjese de bobadas que le marcaron la cancha. Como a mí me la marcó el Matía. Le cortaron así de repente, sin anestesia y sin dar señas. El Jonathano se echaba unas peas y llegaba ebrio a mi casa y le abría la puerta:

–What’s up, Diekus?

–Mae, tas ebrio.

–Sí, sí.

Nos sentábamos a hablar. ¿Qué más iba a hacer? Tenía que ayudarlo, o nos poníamos a jugar X-box o hablábamos de lo mal que lo habían tratado y de la tica y de cómo todavía estaba pepeado. Claro, el Diekus también se acordaba de Matía: Matía en Venecia dándole besitos al Diekus, Matía comiéndose al Diekus, el Diekus comiéndose a Matía, así hasta que aparece un serbio hijoeputa y se acabó Diekus.

Sí, ya, Jonathano, ya le abro. Voy, cojo el intercomunicador y le marco y de una vez abro también la puerta del aparta. Luego vuelvo a sentarme para seguir jugando. El Jonathano llega y se sienta a mi lado:

–¿Qué es eso?

–Ah, ¿spanish?

–Sí.

–Mae, ¿no conoce este juego?

–No.

–Mae, es que usted… Es un juego de asesinos en el Renacimiento. Al mae ese, que está buenísimo, lo hacen soñar con sus vidas pasadas para que descifre misterios de la humanidad. ¿No está guapo?

–Sí –dice suplicando que hablemos de la tica. Pero, no, hoy no, Jonathano. Hoy nos pegamos la fiesta así que me paro:

–Espere que me cambio y salimos.

 

Esta doña la tenía fácil. A él no se le había pasado lo de la tica y ésta le cae del cielo en la fiesta del Princeso y se pone a bailarle toda la noche, luego se sientan y hablan y ella le acaricia la cara. Pues ya está, no tenía que buscar más; el Jonathano se nos iba a encular, no había que pedírselo dos veces.

A mí no me gustaba mucho la argentina. A mí no me gustan los argentinos ni las argentinas. No sé qué le ven al acentico ése de “che” y “andás”, mae, andá cagá, ni que ellos fueran lo más de Latinoamérica. Hay que ver, mae. Pero al Jonathano le gustó la “mina” y así le decía y se le ponían los ojos contentos. Yo pensaba en Matía cuando los veía juntos.

Empezamos a salir en grupo para que el Jonathano no se enamorara tan rápido porque él sabía que se pone güeyso cuando le sale doña. Además, la vieja sabía cómo moverla y le estaba gustando de más. Así que fijo íbamos los tres juntos a todas partes, el Jonathano, la Malena y el Diekus tomando por toda Barcelona. Pero también le decíamos al Andrej y a la Andrea y a la Lucía porque si no yo no me aguanto el trote con esos dos comiéndose a besos y yo viendo. Ni que yo fuera mal tercio. Pero nos pegábamos las fiestas en las discotecas gay porque yo quería ligar, ya no me aguantaba tener el recuerdo encima del italiano de mierda.

A pesar de todo, de que la mina, como le decía Jonathan, era buena gente y te trataba bien, a mí no me gustaba. No tenía nada malo pero algo no funcaba. A esa le faltaba un tornillo, estaba loca, se le veía. También algo no me cuadraba con la doña, que se la pasaba engatusando al Jonathano. No era que lo engatusara, lo trataba bien; era como si lo fuera a sacar de su vida, como que esta doña no tenía las cosas claras y andaba buscando alguien que se las pusiera.

 

Vea, mae, no sea güeyso. Salgo de vestirme y ahí está el Jonathano que se le quiebra la voz frente al X-box. Pero déjese de bobadas no se puede poner así, no se va a poner a llorar ahora que estamos por irnos de fiesta:

–¿Qué hace? Si ya nos vamos.

–Don’t worry.

Que no me preocupe, ¡qué platanazo!

Me siento a su lado y le digo que se calme. Porque no lo voy a sacar a la calle al borde del llanto. Además me da pena haber dicho nada porque yo estaba igual con el recuerdo de Matía. Con este mae era peor porque lo había jodido una tica y las latinas son candela pura, o eso me han dicho mis amigos.

Cuando los latinos lo decían sabía que era puro orgullo y por no aceptar que querían comerse a las catalanas pero ellas no les paraban medio. Eso sí, cuando me lo dijo François, que había vivido unos meses en Brasil y conocía de los dos lados, pues eso era otra cosa. Son querendonas y lo mueven bien. Además a la gente le cuesta sacárselo a las latinas, menos las colombianas que salen de sus país y se vuelven locas. Pues aquí estaba el inglés jodido por la tica a quien no había visto desde entonces y me pregunté por qué no le había tocado una de las ticas que andan cazando macho, esas que apenas ven al hombre y le ven la nacionalidad europea y le ven que tiene sueldo, ya está. No hay que buscar más. Se casan y se van a vivir a donde sea con tal de que les pague las cosas. ¿No iban a moverlo bien con lo ruines que son, midiendo a los maes por la cartera?

Menos mal que a mí no me toca eso. Mae, ¡qué asco! Comerme yo a una doña, vea ni regalada, comerme a una vieja con ese jamón mal cortado que tienen entre las patas. Ni que me paguen, ni que me quede solo en el mundo con una. Además, vea como los dejan: todos mareaos y bobos. Porque si algo sabía hacer la Naty, que es toda una señora doña, es sacarse los maes de encima después de disfrutarlos. Ni los consume, ni los engaña, ni los quiere por la nacionalidad. Esa va por la vida y ve uno que le gusta –como Jonathano–, le hace ojitos, le sonríe, se lo lleva a la cama y cuando se cansa de él, los deja hechos polvo.

Mirá al bobo de Jonathano suspirando frente al X-box. ¡Qué desgracia de hombre!

 

Había que verle la cara cuando me iba a contar que se había comido a la argentina. Casi entra brincando al bar. Me vio y levantó la mano para saludarme demasiado alto como si no fuera a darme cuenta de que entraba. Quería esconderme, no puede ser que se ponga así cada vez que una mujer le abre las patas:

–¿Qué tal? Tengo que felicitarte, ¿no? –le dije pensando que este ya se iba a casar.

–Sí –dijo tratando de disimular la sonrisa, hay que ser bobo–. But it seems to me that we’re rushing, it’s too fast.

–¡¿Qué?! Man, don’t be a fool. Fuck that girl but don’t fall in love. Maybe the one that’s falling too fast is you –y levantaba mi mano uniendo todas las puntas de los dedos como hacen los italianos para decirle que era un stronzzo di merda.

Luego pidió una caña y estábamos esperando a que se la trajeran mientras dibujábamos cosas en la mesa con las tizas que había dentro de un potecito. Yo escribía “Jonathano es un güeyso” y él se reía cuando leía lo que había puesto:

–Nice idea, ¿ah?

–What?

–Put blackboards as tables so the people can write.

–Yes, then you can erase everything and begin again, like if you were dreaming –llegó la cerveza y le pregunté qué tal había sido el sexo con la doña. No puso mala cara pero tampoco buena. Me lo imaginé desde que la vi en la fiesta del Princeso: esta flaca insípida no le va a dar mucho. Al menos así no se pondrá pepiado, que sepa que es sólo para pasar el rato porque no me aguanto otra depresión. Mae, tengo suficiente con la mía.

Así que se habían ido a ver una peli en el cine –y cuando dijo eso me acordé del proyecto que teníamos encima y que se nos iba a poner grave si seguíamos evitándolo. Cuando terminó fueron a un bar y se empezaron a besar. La pasaron bien. Entonces parece que la mina empezó a agarrarle todo, como que andaba desesperada o hacía mucho que no le daban lo suyo y la tenía estrechita:

–¡Y el Jonathano se la dilató! –lancé un silbido y Jonathan se agarró la cabeza mientras reía.

Cuando la llevó hasta la puerta de su casa que quedaba ahí cerquita por Gracia, pasó lo que tenía que pasar. Eso que Jonathan nunca habría hecho por sí sólo porque los heteros son unos bobos, unos quedados. A ver, avíspese. La Malena le dijo que si quería subir:

–Tons –le dije para que continuara con la historia porque había dejado de hablar.

–Bueno, Diego.

–Bueno, nada, cuente completo.

–Pasamos la noche juntos –no, mae, no la riegue. ¡Qué culiolo! Bueno, cada quien con sus cosas. Ya lo veo haciendo el misionero y chillando como niña cuando se viene.

Creí que ahí se iba a terminar la historia, pero no. Ahora venía la mejor parte. Parece que la doña lo dejó quedarse a dormir. Mínimo, ¿no? No es servicio a domicilio. Entonces se acuestan en la cama de la doña que era pequeña y casi no cabían. Pero no importa porque estaban enculados y dormían abrazaditos. Bueno, suave porque lo que viene es fuerte: parece que Malena se quedó dormida rápido como si le hubieran dado un somnífero o algo. Ya decía yo que el Jonathano daba sueño pero no sabía que su cosita también. Entonces se despertó gritando en la madrugada toda sudada cuando ni siquiera había entrado bien la primavera, todavía estaba lloviendo y no hacía tanto calor. Además se pone a golpear a Jonathan hasta que lo despierta tirándolo de la cama. Luego como que por fin se incorporó y puedo imaginar la cara aterrada de Jonathan preguntando qué pasaba. Para que todo fuera más extraño, la doña esta se volvió y no le dijo nada; le dio la espalda y se quedó dormida de nuevo.

Me dio demasiada risa ver que él no salía de una para meterse en otra peor. Todas las que le tocan están locas, se lo dije:

–Tenés un don para las locas –él asintió y siguió tomando su cerveza.

Pensé que la única manera de que una mujer le parara a este platanazo era que estuviera loca.

 

Assassin’s Creed tenía que desarrollarse en Venecia para que me acordara de Matía. Regreso de Italia harto del temita del novio y el no novio o el cuerno que yo era, para distraerme y sacarle el cuerpo a la investigación 3D que tenemos que hacer, me compro un juego para el X-box. Así, entre el doctorado, tutorear a los estudiantes que me pusieron, las clases y el juego no me acuerdo del fuckin italiano. Funcionó la idea del juego: está genial, estoy obsesionado con los acertijos y los misterios, los gráficos están buenísimos, tiene físicas reales, los maes están para comérselos. Todo bien. Pero tenía que ser en Italia y no sólo en Italia, sino en Venecia. Sólo les faltaba ponerle al personaje Matía para joder al Diekus. No, mae, las barquitas de Venecia, la arquitectura, los canales, los ladrones, los italianos y las doñas simpáticas; esa ciudad, que es una maravilla y es la ciudad más romántica del mundo, sé que es un cliché pero es así.

Cuando uno está despechado anda amenazado, más si te dejaron de sorpresa o te enteraste de que te montaron una telenovela y ahora tienes que comerte toda la mierda. Caminas mirando el suelo y con las manos en los bolsillos, sin hablar; ahí está Jonathan pensando en Naty. Nos ponemos a caminar hasta la estación que nada más está a unas cuadras de mi casa y lo veo: su chaqueta de cuero bien puesta y la cabeza casi que quiere esconderla entre los hombros para que no lo vean, tiene miedo de que le salga un golpe por la espalda, mira para el suelo y aprieta las manos en los bolsillo. Pobre.

Todo te recuerda a la vieja o al tío que te marcó. Coño, tío, joder. Él no dice nada, no tiene que hacerlo. Si nos paramos mira hacia una plaza, veo como suspira y me digo: ya este mae se me va a poner a llorar aquí en medio de la calle. Ahora sí la hice:

–Quit it, Jonathan –me mira y sonríe como idiota.

Es difícil, si no estuviera pasando por lo mismo no lo ayudo. La noche que me enteré del serbio no podía ni dormir. Al final fue peor porque me encontré a Matía en el Face y me lo confirmó. Entonces me acosté temblando, mae, me acuerdo, fue horrible. Me dormí para nada, para soñar con Matía y el serbio y despertarme a pensar de nuevo en eso y volverme a dormir para soñar con eso de nuevo. Un infierno. Luego empiezas a verlo en todas partes como ahora Jonathan ve a la Naty en todas partes.

El estrés de Jonatano estaba jarcor. Me contaba que soñaba que estaba soñando. Como muñequitas rusas, una dentro de la otra: un sueño dentro de otro sueño. A mí me pasaba cuando trabajaba para Microsoft en Costa Rica y había que entregar algo pronto. Tómatelo con calma, le decía, o acabarás mal. Me asusté cuando un día llegó al CAI y estaba pálido:

–I haven’t been sleeping well.

–No, really? –Le respondí.

–I dreamed that they were doing experiments while I was sleeping.

–Who?

–Don’t know really.

–What were they doing?

–Something with dreams.

–Mae, se está volviendo loco, deje de pensar en Naty.

Me acordé de eso mientras íbamos a casa del Princeso para pegarnos la fiesta. Habíamos llegado al metro que siempre me ayudaba para despejar la mente y no pensar en las cosas que me agobiaban. Me dio pena acordarme de eso y ver a Jonathan tan destruido a mi lado. Haríamos un par de estaciones, sabía que a Jonathan el metro no le ayudaba mucho. Lo vi allí parado viendo con desespero el cronómetro que decía cuánto tiempo faltaba para que el tren llegara. Estaba desesperado como si quisiera ponerse a pelear con el reloj, contra un reloj gigante: el paso del tiempo que no le servía de nada.

–Tranquilo, mae –le dije tratando de distraerlo– fijo hoy ligas en lo del Princeso.

 

–Fuck, Diego, this girl is crazy.

No me va a venir con esa ahora. Tenemos mucho trabajo para que te pongas con esto, Jonathan. Así llegaba ahora, con la preocupación de que la mina le estaba haciendo la vida imposible, que estaba loca, que no lo dejaba dormir, que lo perseguía. Bueno, mae, déjela ir, mándela a comer mierda. A usted como que le faltan huevos.

Teníamos que poner a cincuenta o setenta personas a ver un video y checar en qué se fijaban para presentar un paper y tú en lo que andás es pensando en la argentina.

Al principio divertía pero luego se vuelve repetitivo. Las mismas anécdotas intrigantes: una noche, después de follar se van a dormir, el mismo efecto de somnífero que parece tener Jonathano con todo el mundo (a ver si revisas cómo mueves esa cosita). No sé por qué a él se le está pegando el mal dormir que tiene Malena y también empieza a soñar cosas que no tienen sentido. Casi parece Assassin’s Creed, Jonathano. Pero lo sorprendente viene cuando después de follar, después de tomar agua y hablarse en la oscuridad, después de dormirse juntos abrazaditos, pues se despierta de repente porque siente que algo extraño está pasando. De hecho, abre los ojos y ve a la argentina reclinada viéndole el rostro mientras duerme. Tratando de no freakearse le sonríe y piensa que está haciendo algún juego, los heteros están quemados. Pero no, la argentina no le sonríe de vuelta, se queda mirando un rato más y luego se da media vuelta para dormirse. No sabe nada de ella hasta el día siguiente cuando la mina se para como si nada.

Mae, imagínese, todo oscuro, los dos están durmiendo apretados en la cama en una habitación que fijo no tiene ventana para que sea más barato. Entonces se levanta el inglés en medio de la noche y ve a la doña viéndolo como si estuviera reclamándole Las Malvinas. Pero no dice nada. Se duerme y al día siguiente si hice algo no me acuerdo. Qué miedo.

Luego estaban las depresiones. Lo llamaba a cualquier hora, sin importar si estaba en el trabajo, tomándose unas cervezas o haciéndose una paja. Todo el CAI podía escuchar a la mina llorando y preguntándole si la va a dejar porque ella sabe que no está siendo tan buena: pero entendé, che, es el estrés del trabajo. Y hablando de estrés nosotros también teníamos gracias a la investigación retrasada. Ya habíamos pedido posponer la entrega: Jonathano, déjese de bobadas que nos van a chingar. No sea güeyso, le decía, deje a esa mina un rato.

Por lo menos nos reíamos viendo al bobo preocupado por la novia:

–Joé, tío, es que no has salido de una que ya te estás enredando con otra loca –le decía una de las compañeras de trabajo y todos nos reíamos porque era verdad, estábamos hartos de la argentina.

Pero allí andaba ahora, estresado por entregar este trabajo, aguantando a la Malena que lo llamaba cada dos segundos y aguantándose mis regaños también para ver si se concentraba. Yo sólo no podía sacar el paper, era demasiado.

–¿Qué hago, che? –me pregunta con su español argentinizado. ¡Qué güeyso!, usted se pone bobo cuando le dan culo, ¿no?

–Mae, salga corriendo. Esa vieja está loca y te va a volver loco. Además tenemos que terminar esto.

–No entendés.

–No, si me hablas como idiota no entiendo.

–I’m in to her. I’ve even started dreaming about her.

–Tú lo que eres es bobo. Pareces un personaje de Inception. Búsquese un par de bolas, déjese de telenovelas y mande a esa doña de paseo.

 

Cuando salimos de Joanic para bajar a la Travessera y llegarle a la casa del Princeso, pienso que hoy tenemos que darle jarcor porque lo que nos viene es trabajo. Para el mes que viene tenemos que entregar la investigación sobre la recepción del 3D y nos toca poner a un montón de gente a ver videos y ver cómo eso afecta la animación.

Jonathan ahora camina con más seguridad, fijo dejó de pensar en Naty y está pensando cómo le irá en la fiesta. No sé si él también se acuerda de los trabajos que tenemos, pero le convendría hacerlo. En todo caso no nos cae mal.

Ya es de noche y todo está más calmado, como si Gracia se hubiera puesto de acuerdo para quitarle la depresión al inglés. Le pido que se espere, voltea y se ríe (por fin una risa sincera). Aprovecho para comentarle sobre lo que tenemos que hacer; a pesar de todo tenemos que continuar con el doctorado y ese tema:

–I don’t care, Diego, it makes no sense.

Pero sí que eres güeyso. Me está llevando puta, lo empiezo a regañar, cómo se va a poner así por una vieja. Ni que fuera la única en la tierra. ¿Se va a echar a morir por ella como si no hubiera otra cosa?

 

Los últimos días no tengo tiempo para nada. Se me juntaron todos los proyectos, las tutorías y las clases. Duermo poco, mae, entonces me la paso de mal humor y con unas ojeras horribles. Así quién se fija en mí. Ando con un estrés y qué difícil se pone todo, hasta duermo mal.

Hoy viene Jonathano para trabajar y con un poco de suerte salimos de ese problema de una vez y puedo volver a jugar con calma Assassin’s Creed que lo tengo olvidado. Sólo puedo jugar un poquito en los vacíos que me quedan como ahora que estoy esperando que llegue Jonathan.

Ahora el güeyso soy yo, jugando esto y acordándome de Matía que hacía días que no pensaba en él ni lo veía en el Face. Ya lo apago. Me pongo a esperar aburrido, a pensar en el poco dormir, a que se me vayan cerrando los ojos en la sala frente al televisor que pasa las noticias en catalán y no entiendo nada. Escucho las voces como si vinieran de lejos, como si estuvieran hablando más allá del televisor; es, tal vez, como si estuviera en un sueño cayendo profundamente para despertarme de nuevo en una habitación muy luminosas pero que no tiene ventanas. Escucho las voces desde el otro lado de las paredes y de las puertas de metal. Siento que estoy metido en un laboratorio o en un video juego y no entiendo nada. Se abre la puerta y entra una doña muy simpática que me empieza a tocar la frente y tomar el pulso y escuchar cómo respiro. Me pregunta cómo me siento y le digo que estoy cansado, que no aguanto el trote de los últimos días:

–Es normal, ahora es que te estás sincronizando con tus recuerdos inconscientes. Pero no te preocupes pronto podrás recordar con más calma y estarás mucho más consciente, podrás adentrarte en el sueño con tranquilidad.

–¿Cómo así?

–Así como los salmones recuerdan instintivamente dónde deben ir a aparearse, o las aves conocen la ruta de viaje que hacen todos los años desde la niñez, los seres humanos debemos tener recuerdos internalizados, en áreas del cerebro a las cuales sólo puedes acceder a través del inconsciente.

Suena un timbre muy fuerte y la mujer se preocupa me toma y pega un grito. Despierto. Jonathan está picando. Me estoy volviendo loco, no voy a jugar más Assassin’s Creed. Estoy soñando con esa vara y todo.

Le abro y espero que suba al aparta mientras me restriego los ojos. Lo veo llegar mirando al suelo, con una mano en los bolsillos. Fijo terminó con la doña:

–It’s over –me dice.

No, mae, hoy no. Hoy tenemos brete.

 

Cuando llegamos para marcarle al Princeso nos alcanzaron dos doñas. Al ver el piso que marcábamos preguntaron si íbamos a la fiesta de Daniel. Me reí porque se me había olvidado que él se llamaba así, para mí él era el Princeso y ya. Le dijimos que sí. Bueno, le dije que sí a la que me había preguntado porque la otra, una rubia flaca e insípida, se había quedado muda viendo al gringo que venía conmigo. Vi esto y supe que el Jonathano había ligado esa noche. Mejor así, es más: perfecto, le sacan a la tica de la cabeza:

–Me llamo Eli y ella es Malena.

–Hola –dijo Jonathan con su acento de inglés bobo antes de saludar con dos besos a cada una de las doñas. Yo hice lo mismo por supuesto. Lo que me sorprendió era el descaro de la argentina, la Malena que no dejaba de ver a Jonathan como si se le hubiera perdido uno igual o como si nunca hubiera visto a un hombre en su vida. Más sorprendente que esto era la indiferencia del inglés que no se daba cuenta de nada. Mae, fijo, los heteros son idiotas.

–¿Bueno? –preguntó el Princeso desde el intercomunicador.

–Es el Diekus, abra.

–Bueno, bueno –la puerta chirrió, abrimos, subimos y nos pegamos la fiesta.

 

Del libro: Y nos pegamos la fiesta (Equinoccio, 2014)

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