La oscuridad de Nina, de Carolina Lozada

18/ 02/ 2013 | Categorías: Cuentos

Los ojos de Nina se suben al autobús. Es miércoles y hace calor. No hay asiento disponible y Nina se queda parada lacónicamente observando a los pasajeros, que en su mayoría llevan la mirada pegada a las ventanillas en un mudo diálogo de miradas callejeras. El autobús cubre la ruta hacia las afueras de la ciudad. Vestido de azul circula diariamente por las calles de una ciudad en la que no existe el invierno, ni el otoño, sólo un eterno verano visitado por una primavera de flores exóticas y olores a especies cautivas. Bancos, escuelas, bazares y edificios son parte del escenario que circunda las vueltas del transporte público.

La penetrante mirada de Nina se esparce por toda la unidad. Los pasajeros no se fijan en ella más allá de verla subir. Sólo atrapa la infantil curiosidad de un pequeño con sombrero y arma de juguete que la observa desde su asiento. Los ojos del niño, acostumbrados a las historietas y los comics, la miran atentamente. ¿Cuál es el atractivo que Nina ejerce sobre el chico?, ¿qué llama tanto su atención?, ¿serán sus ojos nocturnos que le embelesan? ¿o, tal vez, esas cejas pobladas como un oscuro jardín? Los labios cerrados de la mujer simulan una mueca de desinterés. No obstante, no puede disimular la incomodidad que le causa la mirada del pequeño vaquero. La madre, al percatarse de la indiscreción infantil, le habla al oído y el niño, después de oír las palabras, gira la mirada hacia la ventanilla. En ese momento una fila de ciclistas pasa al lado del autobús. El pequeño sonríe y pega su rostro y manos al vidrio que lo separa del ordenado grupo de deportistas. Uno de los ciclistas le sonríe y el niño le dice adiós con las manos cuando el autobús, impulsado por un motor no humano, deja atrás las fibrosas piernas de los ciclistas. No muy lejos, los sigue un cartero en una vieja motocicleta, lleva el buzón repleto de correspondencia. Cartas de amor y desamor, cartas de madres, de soldados de guerra, de amantes que esperan en casa, cartas de suicidas, de remitentes sin destinatarios. El cartero se pierde en la reverberación del sol. Pronto el paisaje se convierte en un interminable tendido eléctrico, acompañado de cadáveres de animales que ocasionalmente aparecen a orillas de la carretera y algunas aves que vuelan cansadas quién sabe a qué lugar. Ante la monotonía del paisaje el chiquillo se aburre y se sienta nuevamente en su lugar mientras la madre sigue leyendo una revista de modas y cocina.

Un pasajero se queda en uno de los solitarios parajes de un pueblo nacido a orillas de áridas montañas. La camisa a cuadros y el rostro curtido del hombre se pierden en la explanada. Aún queda más de una hora de viaje para llegar a la otra orilla de la ciudad, Nina logra sentarse. Desde su asiento el pequeño puede observar el perfil de la mujer, una nariz discretamente pronunciada y una piel blanca levemente acariciada por el sol. Las manos, apenas descubiertas, se ven largas y suaves. Nina se desentiende del chico y se dedica a observar el resto de los pasajeros. Ve el brazo del chofer, un brazo curtido por los excesos de sol. Mira su cabeza invadida por las canas, esas canas que asoman una pronta jubilación. Un hombre pensativo lleva la cabeza pegada a la ventana. Está tan ensimismado que pareciera no sentir las envestidas cuando el automóvil cae en esporádicos huecos callejeros. Los pasajeros saltan, producto del impacto, el cuerpo del hombre salta junto al resto de los pasajeros, pero su mirada continúa suspendida en pensamientos que sólo a él le pertenecen. Una señora con cara y cuerpo de matrona lleva las manos sobre su pronunciado vientre, en el cuello le cuelga una pequeña crucecita y al lado de sus piernas descansa una bolsa con víveres y pan. Es blanca, robusta, con brazos fuertes y saludables. Su cabellera rubia y poco abundante está cubierta por una pañoleta, tiene los ojos pequeños y una nariz clásica, viste de negro como una viuda recién estrenada. La música suena en los oídos de un joven, a través de su equipo portátil. Sus pies y cabeza se mueven al ritmo de lo que escucha. Una mujer de rasgos delgados y tristes lee un libro grueso de olor milenario. Nina clava la mirada en la cabeza de la joven, observa los escuálidos cabellos esparcidos por su nuca, por el cráneo escondido. Percibe el olor de su cabellera limpia, de su piel refrescada por lociones de baño. Es una mujer joven, debe estar enamorada, o por lo menos, debe creer o soñar con el amor. Tal vez vaya a verse a escondidas con su amante, o quizás sólo quedaron en verse para salir a caminar, a contemplar estrellas y esas cosas sencillas y vitales que gustan hacer los enamorados. Las manos de la chica pasan las páginas del libro como empujadas por una fiebre inquietante. El libro habla de corazones y de noches vestidas con papel de celofán. Dentro del autobús hay más rostros, todos anónimos, algunos atractivos, otros menos llamativos, olvidables la mayor parte de ellos. Cada rostro sobre una cabeza que piensa, reflexiona, imagina, recuerda sentada en la ruta del tradicional autobús azul.

La solicitud de parada por parte de la madre del chiquillo vestido de vaquero, despierta a Nina de su concentración en la lectura. Al levantarse, dispuestos a abandonar el autobús, el chiquillo se voltea, mira a Nina y le hace una señal de disparo con su arma de juguete. El eterno bang bang de los westerns norteamericanos. Gary Cooper, Clint Eastwood en el imaginario de bandidos y vaqueros, de buenos y malos. El joven de la música en los oídos sonríe ante el travieso gesto del pequeño.

A Nina no le hizo gracia la travesura. Sus grandes y oscuros ojos miraron con recelo al niño y al joven que sonreía divertido desde su asiento. La madre tomó fuertemente al niño de la mano, apuró su paso mientras le recriminaba su comportamiento con la señorita. Con una sonrisa apenada trató de disculparse con Nina pero ella continuaba inmutable como un muro silencioso y ajeno. La madre y su hijo bajaron, rápidamente y a escondidas, el niño le hizo una mueca a Nina desde la calle antes de perderse ambas figuras, dejadas atrás por el transporte que continuó su recorrido por calles que parecían hechas de mediodías, por casas de sol y ventanas abiertas. Hacía calor, mucho calor. El pulso de las calles languidecía en una especie de sopor suspendido. Los rostros de los transeúntes se mostraban agotados. Las aves se posaban sobre árboles cansados. Los pasajeros del autobús transpiraban en silencio, la somnolencia los invadía. Desde las ventanillas del ala derecha se podía observar un mendigo con aspecto delirado afeitando su rostro con una vieja hojilla desechable. Se veía muy sucio y aun cuando afeitaba una y otra vez su rostro frente al vidrio de un auto estacionado, su oscuro bigote permanecía aferrado a la piel como el moho al pan viejo. La lectora no se fijó en el mendigo, estaba absorta en la lectura. Leía historias del oriente maravilloso, de especies y decorados sensuales, de bailarinas con vientres ardientes, de mujeres de ojos cautivadores. Camellos, caballos, alhajas, guerreros, arena mortal e infinita.

Poco antes de llegar al destino final de la ruta, Nina cerró los ojos y pensó en silencio. Nadie sabe en qué o en quién pensó. Quizá recordaba su infancia, tardes de juegos y chocolates, los amores furtivos en la adolescencia, algún deseo por satisfacer. Sus pechos bajaban y subían al ritmo de su acelerada respiración. Ninguno de los pasajeros se percató que el corazón de esta mujer crecía en aceleraciones. Su corazón bombeando sangre a una velocidad vertiginosa. De pronto, sus ojos de hechicera nocturna se abrieron como poseídos por una fiebre alucinatoria, sus manos que parecían muy suaves, se deslizaron hasta la cintura, sus labios pronunciaron unas palabras que nadie entendió o que pronto el viento se tragó. De repente y con determinación haló un cordón escondido entre sus ropas, un cordón que bien pudo haber sido una de esas vistosas alhajas que llevan las mujeres en los cuentos milenarios del oriente maravilloso, o tal vez fue un simple cordón blanco, gris, triste cordón de muerte. En instantes, el autobús explotó, justo en la redoma, en la entrada a la otra orilla de la ciudad. Los pasajeros no tuvieron tiempo ni para sorprenderse. El chofer apenas pudo mirar por el espejo retrovisor, la matrona se llevó las manos a la cruz que colgaba en su cuello, el joven flaco no oyó las palabras de Nina y seguía tarareando las canciones, la lectora vio la expresión de la mujer y supo inmediatamente de que se trataba, había leído tanto sobre ello, pero nunca pensó que pudiera pasarle a ella. El miedo hizo que el libro cayera a sus pies. Los pensamientos del hombre ensimismado volaron junto a su cuerpo. Después de la explosión vino el silencio de la muerte. Las llamaradas de fuego apagaron los gritos del chofer y los pasajeros. Los colores del infierno, el olor chamuscado de la muerte. El cuerpo de Nina, al igual que el del resto de los pasajeros, esparcido por todos lados.

Ese triste miércoles el viento gemía cansado en una ciudad golpeada por el sol. Los ojos de Nina desaparecieron, seguramente se perdieron en la oscuridad de sus pupilas. Sólo se hallaron restos esparcidos en ese lugar de muerte fanática, una pequeña cruz aferrada a un cuello destrozado, los solitarios audífonos de un equipo de música portátil y las páginas quemadas de un libro que con la brisa comenzaron a volar y a ser leídas por el viento, te cuento una historia pero no me arranques el corazón.

Del libro: Memorias de azotea (Instituto Municipal de Cutura, 2007)

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