Chuchú, de Daniel Fermín Millán

29/ 07/ 2018 | Categorías: Cuentos, Destacado

Este texto de Daniel Fermín Millán obtuvo el tercer lugar en el XII Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores, “por su capacidad de enganchar al lector con una historia que expone circunstancias grotescas y abismales dentro de un realismo muy bien construido, las cuales reflejan diversas vivencias de nuestra existencia cotidiana”, según el jurado conformado por Armando José Sequera, Víctor Alarcón y Lennis Rojas.

 

La primera vez que te dijeron que aparecías en el video no te lo tomaste en serio. La curiosidad y la insistencia hicieron que te sentaras a verlo. Una introducción con música de película de espías te pone en contexto: Banda delictiva Los Sin Techo. Homicidios, robo de vehículos, secuestros, venta de sustancias estupefacientes, paramilitarismo, cobro a comerciantes y habitantes de la zona. Un mapamundi animado, tomado de Google Earth, se acerca hasta Venezuela, hace zoom en Caracas y se detiene en El Cementerio, la misma zona en la que vives. Tú lees eso y no entiendes cómo es que puedes salir en algo así. Te tienen que estar jodiendo. Ves cómo una cámara graba a distancia a un grupo de personas que van armadas entre los cerros. Comienzan a aparecer nombres, de personas y de armas: “El Kimber”,  “El Tiempo”, una Fal, una Uzi, un M-16, un pasillo por el que trasladan a las víctimas, “El René”, “Yonaiker”. Y así, hasta que ves tu nombre, “Chuchú”, y un círculo rojo que rodea la cara de un delincuente que se parece a ti, junto a una fotografía tuya. Dejas el video congelado unos segundos y vuelves a ver: “Chuchú”, el circulito rojo y una imagen que extrajeron de tus redes sociales. Comienzas a asustarte. Ese no eres tú, “Chuchú”. Sí, el delincuente es moreno, como tú, gordito, como tú, con el pelo ensortijado, como tú, con los labios gruesos, como tú, y la nariz ancha, como tú, pero no eres tú. Terminas de ver el video. Aparecen más personas: “Coca cola”, “Baleiro”, “Jeiker”, “Caucho”, un hombre a punto de degollar a otro, una subametralladora y la pantalla se va a negro. Te preocupas, “Chuchú”, porque lo que acabas de ver es un video oficial de una de las organizaciones policiales del Estado y lleva ya días publicado en Internet. Lo descargas y lo guardas para ir a aclarar todo ante las autoridades. Porque tu único delito, “Chuchú”, es consumir algún porro con tus amigos una que otra noche. Tú no matas, ni robas, ni secuestras, ni vendes drogas, ni eres paramilitar. Tu condena es parecerte a ese malandro perteneciente a la Banda Los Sin Techo que la policía asocia contigo porque te vieron en Internet o porque vives en El Cementerio. Intentas explicar eso, recurres a tus contactos, te reúnes con el ministro de las Comunas, la ministra de Prisiones, con funcionarios de la policía, haces lo que tienes a tu alcance. Todos te dicen lo mismo, o algo parecido: “Quédate tranquilo, que ese no eres tú”, “No, vale, te pareces, pero no eres. Eso lo resolvemos nosotros”. Y así, “Chuchú”, tratas de volver a tu vida normal, tratas de que la confusión no afecte tu rutina. Te levantas temprano, te preparas una arepa, les haces el desayuno a tu mujer y a tu hijo, te vas a la oficina y vuelves a salir a los barrios para formar agrupaciones que alejen a otros jóvenes del crimen. Y así pasas los días, hasta que el video vuelve a aparecer primero en una página web, luego en otra y después en otra. Y te regresa el miedo de que te confundan en la calle. Y vas y te reúnes con el director de la organización policial que hizo el video y le explicas lo mismo que ya le explicaste a los demás, que ese no eres tú, que hay un error, le muestras una foto que te tomaste con el mismísimo Presidente de la República, dices que eres revolucionario y que defiendes esta patria, tu patria, la patria de todos. Y el director ve el video y te ve a ti y dice que no, que claro que no eres tú y que te quedes tranquilo, que no va a pasar nada, que eso lo arregla enseguida. Y pasan otros días y tú, “Chuchú”, esperas y tratas de retomar una vez más tu vida cotidiana: el trabajo, la familia, las colas por conseguir comida, las anécdotas y chistes con tus amigos —“qué loco, pana, yo integrante de una banda paramilitar”—. Hasta que otra vez se repite la historia, pero ahora peor: el video ya no sólo está en Internet sino que salta a la televisión, a cadenas de noticias internacionales, se ve en Brasil, en Argentina, en Ecuador, en Perú, en Chile, en Bolivia, en Colombia, en Uruguay, se ve en toda Suramérica apoyado por el testimonio de un alto político del Estado, uno que fue alcalde, policía, diputado y ahora ostenta otros cargos públicos y dice frente a las cámaras que “Chuchú” es el líder del grupo, que es el hombre clave. Y te señala, como si no bastara ya la foto tuya y el circulito rojo y tu nombre, “Chuchú”, y dice que ese gordo negro que está ahí con una camiseta azul es quien manda, es el miembro principal de Los Sin Techo del barrio El Cementerio. Y eso, “Chuchú”, te causa pánico. Porque sabes que eso, en Venezuela, significa mátenlo. Eso, en Venezuela, significa que algún policía al verte te de la voz de “alto” y te dispare, que algún enemigo de esa banda, Los Sin Techo, te caiga a tiros sin previo aviso, que la comunidad de cualquier barrio tome justicia por sus manos y te linche. Te asustas, “Chuchú”, porque no quieres que pase eso, no quieres que te metan preso o te asesinen por una equivocación policial. Decides ir a los medios de comunicación y hacer tu defensa o tu denuncia pública. Y vas y cuentas tu caso, tu historia: dices tu nombre, “Chuchú”, dices que tienes veintiocho años, que naciste y te criaste en el sector Los Sin Techo de El Cementerio, que tus padres sufrieron para mantenerte y que tus vecinos te ayudaban a pagar tus estudios, que tienes una mujer con la que te casaste hace cinco años y un hijo de cuatro, que quisiste ser basquetbolista profesional y de niño jugabas a ser Carl Herrera en la NBA, pero la vida te llevó a otra cosa y te frustró tus aspiraciones, y ahora trabajas en el Ministerio con el plan Jóvenes del Barrio y pasas todo el día bajo el sol animando a los muchachos a jugar baloncesto, y recuperas las canchas y les pones películas motivacionales a los chicos. Dices que nunca fuiste a la universidad, que tu nombre, “Chuchú”, es sinónimo de deporte en tu zona y en otros lugares de Caracas —“el gordito promotor deportivo”, “el negro que saca a los chamos de la mala vida”, “el camarada luchador revolucionario”—. Dices que tu vida cambió a partir de ese video que realizó la policía, que has tenido que esconderte en las últimas semanas, que  ya no sales a hacer las colas en los supermercados para darle de comer a tu hijo, que tienes que mandar a tu mujer porque no quieres exponerte y que ya no vas hasta la parte baja del barrio a cargar agua porque incluso te tuviste que mudar a otra zona, a casa de tu suegra, mientras se aclara todo. Dices que vives con terror, de la delincuencia y de la propia autoridad. Vas a los medios, “Chuchú”, con la esperanza de que por lo menos la gente conozca tu experiencia, de que las autoridades reaccionen antes de que sea demasiado tarde para ti o para tu familia. Porque imaginas, “Chuchú”, que te pueden tener vigilado y que así como grabaron aquel video con una cámara a distancia también te pueden grabar a ti, el verdadero “Chuchú”, en tu día a día mientras vas al trabajo o realizas tus actividades en algún barrio o cuando llegas a casa y le das un beso a tu mujer. Decides dejarte la barba, poblada, para diferenciarte del delincuente del video, esperas, o deseas más bien, o le ruegas a Dios mejor, para que el malandro no se la haya dejado crecer. Un día tienes que salir aunque no quieras, el país te obliga, “Chuchú”, tu mujer también, tienes que ir a hacer una cola en un mercado porque tu hijo ya no tiene comida en su casa y tu esposa te pide que vayas, que ella no puede, que salgas a un sitio alejado o que vayas con tus amigos. Y tú sales porque tu esposa ya está cansada de la situación —“o arreglas esta mierda o verás qué haces porque yo no puedo vivir más así”—. Te pones una gorra, una camiseta ancha, unos pantalones cortos y unos zapatos deportivos y caminas al mercado más próximo en el que te dijeron que había llegado la leche y el pollo. Y vas y haces la cola, “Chuchú”, una, dos, tres, cuatro horas de una cola que apenas avanza sin indicios de que vayas a conseguir lo que fuiste a buscar. Y mientras esperas se te ve nervioso, volteas de un sitio a otro, como si te estuvieran persiguiendo, como si te hubiesen seguido. Crees que alguien desde que saliste de casa de tu suegra está detrás de ti. El miedo te acompaña, no se ha ido de ti porque el video sigue ahí y cualquiera puede verlo. Piensas en tu hijo que tienes una semana sin verlo, en tu esposa que reclama tu ausencia como si tú fueras culpable de parecerte a ese delincuente, como si tú hubieses elegido, de entre todos los habitantes de ese planeta que se ve en la introducción del video, ser idéntico al malandro, ser su doble. Piensas qué será de tu hijo si te llega a pasar algo, piensas en tu mujer, recuerdas cómo la conociste en un viejo torneo juvenil de baloncesto en el que participaste hace casi diez años —ella pegada a la reja, al otro lado de la cancha, se acerca al terminar el partido, salen, se toman unas cervezas, se hacen novios, se casan, nace tu hijo—. Piensas en eso y escuchas que se acabó la leche y que tampoco queda harina y que el pollo no va a llegar. Y ves cómo surgen los gritos, las protestas, los reclamos —“¡vendan esa mierda!”, “¡acaparadores!”, “¡el pueblo tiene hambre!”—. Ves como empiezan los empujones, los golpes, los disparos al aire de los guardias para intentar controlar a la multitud. Ves eso y te vas de ahí, y piensas que no te queda más opción que ir a los buhoneros, al mercado ilegal, a comprar productos revendidos. No te gusta comprarles a ellos porque va en contra de tus principios revolucionarios y de tu propia economía, pero no te queda otra opción, “Chuchú”, tienes que ir hasta allá. Vas con la misma angustia anterior, volteas para un lado y para el otro, te siguen, no te siguen, llegas al mercado y compras una leche y una harina a diez o veinte veces más de su valor real. Coges los productos y los metes en un bolso, rápido, tratas de huir de ahí, como si llevaras droga encima, sin que nadie te vea, como si fueras un homicida, un ladrón, un secuestrador, un traficante o un paramilitar líder de una banda de El Cementerio. Regresas a casa de tu suegra. Te vuelve la tranquilidad al cuerpo y llamas a tu mujer para que pase a buscar los productos y traiga al niño para verlo unos minutos, y juegan y le dices que todavía van a estar un tiempo más separados por el bien de todos. Y así será tu vida por un rato, “Chuchú”, hasta que tengas que reincorporarte al trabajo tras tus días de permiso. Y entonces tendrás que ir de casa de tu suegra a tu oficina, de la oficina a las canchas de los barrios, casi a escondidas, siempre con la inquietud encima, y te tocará hacer otra cola en un abasto para ver si consigues algo nuevo para ti, para tu hijo o para tu esposa y tampoco conseguirás nada, tal vez un día sí pero otro no, y tendrás que volver a los revendedores, meterte en un barrio que no conoces, andarás asustado, inquieto, como antes, pendiente de casi todo salvo de un policía que verá pasar tus casi dos metros de estatura y tus cien kilos de peso, que verá tu cara y recordará un video o una foto, y te gritará la voz de alto. No escucharás esa voz, “Chuchú”, y tampoco escucharás nada más después de eso.

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