Decanarius, Fernando Cifuentes

20/ 06/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

A Reynaldo Arenas

Es perfectamente comprensible que un individuo que desea ser escritor, un joven que ha decidido hacer su vida solo, que se ha apartado del mundo al comprobar el desperdicio de sus años estudiando una carrera no afín a las letras, y cuyo hobby —después de sus maniáticas lecturas y para recuperar el tiempo perdido— sea dormitarse leyendo el Larousse, decida un buen día comprarse una mascota.

Es perfectamente comprensible a su vez, que no acepte canino si habita el apartamento de un piso 21, o traslúcida pecera, cuando es bien sabido que los peces atraen la mala fortuna. Aunque no se niega que en repetidas oportunidades lo pensó, que incluso estuvo a punto, cuando los imaginó desde el sillón, entre corales, descansando su lectura con el libro en las rodillas, y ellos tras el vidrio, tan silenciosamente acuáticos, junto a la mata de toronjil aquella, sumergidos y ondulados en mágico vaivén.

También es verdad que desistió de comprar algún felino al precisar el poder personal de aquellas bestias, y tuvo miedo de una noche cercana, en que paralizado frente a la fisura de esas pupilas, fuera desconocido por su mascota y convertido en ella. No es agradable ser la mascota de un gato, razonó.

De manera que sí sonrió cuando le ofrecieron la tortuga, porque le recordó el rostro más debilitado de Dalí, y se decidió finalmente por un canario, podríamos decir que acometió un acto de lúcida poética.

Familiar del ruiseñor,cercano diríase, afín a los cuentos de Oscar Wilde, amarillo artilugio y canto matutino, musical despertador, ¿podría pedir más? No hijos, no orines, ni lamento dificultoso de mujer. Libros, libros, decirse, y tanto que me falta por leer, mas de repente un canario en el balcón, lustroso, saltarín, gorjeando tal el loro de Flaubert, jolgorio en biblioteca.

Se levanta de su silla, barniz templando el brillo, madera, Luis XV, heredada de su padre, y éste de su padre, y éste a su vez, para esa familia de Abogados de sabida alcurnia, enmarcado retrato familiar en el extremo izquierdo de la mesa. “Di Prisco & Stein, Abogados Asociados C. A.”: recia plancha en bronce enchapada. Bastaría adivinar cuántas conquistas y litigios han oído al través de la caoba estas paredes, mas él siempre se ha burlado del Stein, su segundo apellido: madre, por favor, en todo caso para leerla, a Gertrude Stein. Mañana debo ir nuevamente al bufete piensa agobiado, 8 am inicio de labor; se acerca al ventanal, los automóviles transcurren allá abajo y él está parado mirando su canario, detallando la rejilla de la jaula. La encargó color mármol para que combinara con el blanco ojival de la ventana, introduce el meñique por entre los barrotes, una miguita de pan, juega y observa el plumaje delicado. Y es que el pájaro es pájaro sólo, no metáfora ni antorcha de estatua de mocha libertad, porque al fin logra abrir la portezuela, y al intento de escapar, revoloteando, se agazapa el pájaro atrapado en la pinza de sus dedos.

Pájaro, quédate en tu jaula finalmente se le oye decir, y es el ave salpicando el alpiste, tembloroso espejo de agua en la perola. La jaula en el balcón, piso 21 dijimos, junto al cuadro aquel que replica a un Von Dangel y otros materos de toronjil que estaban aquí cuando él llegó. El gran ventanal desnuda un escamado horizonte de marfil, y abajo, Pent House desde el abismo, la gente imitando las hormigas.

Mas aquella suavidad permanece en la memoria de sus dedos, que confundidos, con él sentado en la poltrona, van al trás de páginas y págians y páginas: Akugatawa, Arenas, Rey, Piñera, Cervantes, O´Connor, Faulkner, Ishiguro. Lee, lee, relee, “para releer —había leído una vez, de las relecturas de un sabio— es necesario sin embargo, haber leído”. Tuvo la fortuna, o desgracia tal vez, aunque nadie lo crea, que una famosa escritora le obsequiara en un rapto de blanquísima locura, su biblioteca completa de tres mil volúmenes, acto mortal desde entonces, para su alma en la penumbra, reencarnación del espíritu mediocre, que leyó, releyó desde la infancia, pero al final reculó y su miedo se doctoró en Leyes. Derecho Canónico, Romano, Circunstancial, tomo IV del libro, página 427, bachiller, es con usted, hoy Doctor en Leyes.

A veces, cuando se adormece con su libro abierto en dos sobre su cara, respirando el apergaminado olor y las luces han quedado encendidas, lo despierta de madrugada el fugaz despertador porque el canario y la ciudad duermen aún. A escribir —se ordena entre legañas— a leer, leer, releer, y el cielo es casi negro, de tinta todavía. Es sólo un joven parado en un balcón junto a una jaula e imaginando de otrora un solitario vuelo, es sólo un canario durmiendo su prisión, reposando de su arduo, eterno trabajo que es cantar. Si se hubiera atrevido, cara en las manos piensa, en aquel tiempo, si hubiera lanzado en canto su arriesgado vuelo —agita los brazos en amagos— tal vez sería hoy escritor tal. Está despertando el ruiseñor, enseña pataleos, pestañeos finos, qué ruiseñor te dije pajarito, tu eres mi canarito, le dice, yo que no tengo ni Sancho ni Viernes ni Amazonas.

Prepara naranja, mermelada, jugo de café, tostadas, se marcha maletín en mano a su trabajo, debo llegar, 8 a. m., pero siempre llega tarde, Palacio de Justicia, piso 5, mantequilla, gelatinoso peine divide su cabello en dos. Cual Kafka se piensa ya en el ascensor, cantarino sonríe, silba por primera vez contento, lectura nocturna provechosa. El indicador señala pisos, 19, 17, 15, y es él, que baja, tararea, piensa que el lenguaje es todavía aún más musical. Sueña, recrea, delira en escribir alguna joya, el cuento hecho canto, hecho poema, puro verso música o nasal cacofonía, pero alegre, porque da alegrías hacer lo que nos gusta, lee, relee, re—relee por quinta vez lo ya leído, casi al son, de obsesión, como comer o beber todos los días, obsesivo tal vez pero es que encuentra

siempre algo nuevo
en la voz de ese maestro
ese hermano
ese genio que se explayó en un libro
y no deja de asombrarte
y de cantar.

Así Whitman, se dice —con su canto a sí mismo, por supuesto— es otro canario más y Reynaldo para qué decir Guimaraes Rosa Carpentier Mishima Auster Joyce Bowles y hasta Borges, tan erudito y a cantar de los cantares incluso por infamia de historia universal de la era también otro cantante, tenor, el mayor de los gigantes, qué horror!, habrase visto: argentino que valga por treinta millones que cremar!

Regresa a casa temprano, antes que anochezca, hosco, amistad no desea, solitario, riega matas de cala, toronjil y centinodias. Ni él mismo se entiende, las matas se riegan de mañana, si no, se pudren señor, lo decía la sirvienta, la nana, lo sabe desde siempre, sin embargo hay que leer, releer, así sea a luz de duermevela, dominar por completo de memoria el breviario elemental de ortografía, no inglés, ¿cuál Inglés? ¿cómo está tu Inglés?, “Gramática de la Lengua Castellana dirigida al uso de los Americanos” aló, ¿quién es? el Bello don Andrés o quizás el señor José Lezama Lima con su Analecta del reloj, genios ambos par de dos, infiriendo en las palabras castellanas, canosos ya cansados, que estas pueden ser simples o cumpuestas primitivas derivadas musicales o saladas ¿y quién sabe algo de las parasintéticas?, se pregunta ¿y el diacrítico? ¿y el triptongo? ¿dónde te lo pongo?, el origen también es importante, porque puede haber sido un monje filológico y con lupa dijera a estas alturas “esta viene del latín, con igual raíz que la primera y significa tal”, luego un consuelo a sí mismo que hace falta: camino de Damasco, San Pablo, irás viendo la luz!. Leer, releer, recitar preposiciones al amargo de un café: a ante bajo cabe con / contra de desde / en entre hacia hasta para por según / sin sobre tras / y es que por fin no es soplar y hacer botellas, para escribir hay mucho que aprender, recoño, ¿y si es falta de talento?, temblor, juicio final, trastabilleo, sentarse ante páginas tan blancas, sabanitas, y empezar entonces a sangrar, pero antes loco, neurótico de mierda que soy, se dice solo, con libros apiñados en el piso de la noche anterior, el orden es imperativo a comenzar.

Después de ordenar aquel piso tan pequeño, el estrecho cuarto y el balcón, se pregunta libro en mano en su trasnocho, insomnio, leve angustia, y cuando pasen los años y me aburra de leer, leer, releer, maldita bruja!, grita, y lanza contra un libro la pared: me maldijo la gran puta regalándome esta inmensa espiral de porquería!

En la esquina le canta el ruiseñor desde la jaula, le ve ensimismado, escudriñando, ordenando mil, dos mil, tres mil volúmenes, la Biblioteca de Babel sonríe el ruiseñor, qué ruiseñor, te dije canarito, tu eres mi pajarito, tan solito, un día de estos te compro un ayeaye, para que te acompañe, de Madagascar.

Y es que el pájaro es pájaro sólo, él no ha entendido aún que en su casa encierra el canto que no hizo cuando pudo, así el pollo el colibrí ñandú torcaz paloma el loro alionín tucán el avestruz es lo mismo que un chorlito un águila imperial del paraíso ave flamenco ganso salvaje o samurito pechiazul.

No me jodas pájaro, dice, incienso y lámpara acabada de encender al filo de la cama, página 1270 de La Guerra y la Paz, tomo II por supuesto Ana Karenina o de Karamazov, ¿no entiendes?, pero quién más cabrón, se pregunta, —no huele a incienso, acaso a mirra— escribir tanto, que Tolstoy estabas loco, León, apóstol filisteo, más loco que la cabra loca de Marcel o Severo Sarduy. Porque Reynaldo Arenas, nuevamente, homenaje aparte y estruendosas venias, reverencias que hace solo incorporándose a saltos de la cama, ese sí que era pájaro de altísimo vuelo, incandescente, cantarina, desgarradora ave cantora, ese sí que sabía de palabras primitivas, largas como un tántalo, saladas de lo triste, filólogo cantor al filo de los logos, al filo de metralla, pero libres por lo menos sus palabras, y de allá, de donde son los cantantes, mamá yo quiero saber, ¿de dónde son los cantantes? ¿de dónde serán? ¿son de Santiago? ¿son de La Habana? ¿son de la loma? Ave montañesca, tropical, pajarito, pajarón, luminoso pajarroco, pero sobre todo, cantante de los cantantes, y es que ellos cantan en el llano mamá, escriben sus cuentos cantos, surcan vasta isla siniestra allá abajo, abajísimo, sufren y mueren, mamá, pero queda, escrita o en canto, su trova fascinante, ya verás, ya verás, y él mamá, tan, pero tan —más que yo— soliario en sus alturas, y es que ya, otra vez, no es biblioteca, son cardúmenes de libros en el piso, en el baño, en la cocina, entre los platos, apilados, amándose los unos a los otros como yo os he amado.

¿Qué te pasa? pareciera preguntarle su urubú carpintero en la jaula de madera, mas él, ojos turbios, que lo mira, le insulta, que hasta tú debes leer pajarraco, le dice, condorito, pelícano, mariposo piolín, al menos mira estos dibujos, y le enseña forzándolo una lámina con historias de su divina verbigracia: el pequeño Krhisna cuando era chiquito, chiquitito como una pepita de ají. Ves loro, aprende a hablar para que leas, le grita, y me dejes a mí leer tranquilo que he perdido mucho tiempo, ahora repite conmigo: Hare Krhisna, hare krhisna, hare hare!

Pero al tiempo le sobran los días y estos pasan, al tanto que el teléfono repica: no responde ya, mas empieza a dejarse la barba y de bañar. Pantuflas, pijama, medias, se levanta aun de madrugada, hoy no iré a Palacio (de Justicia), que ajusticien otros, ríe solo, llama, estoy enfermo, se dice falta todavía mucho por leer. Llena de agua la perola a estornino que está harto de alpiste, miga, trigo, pan y moco que a veces va quitándose y pega en los barrotes uno a uno. Otras veces sacude la colilla del cigarro contra la jaula misma cuando el canario canta en demasía, ni que fueras poeta, le gruñe, déjame tranquilo que leo, escribo, y si me sigues jorobando las bolitas te apago el tabaco en blanca córnea para que te parezcas a Homero o a Jorge Luis, o si quieres azulejo con todo y jaula en tranca te lanzo abismo abajo para que tengas y goces un nervioso terremoto.

Nadie entendió sin embargo por qué un día, decidió en un rapto de algo extraño, soledad de mar muerto, compulsiva aptitud o imsomnio recurrente, abrir la portezuela y dejarlo que se vaya, como he debido hacer conmigo mismo hace muchísimos años, le dijo con ternura, casi al ras de pluma y labio, en entrañable despido, besito en la cabeza, mi condorito plop.

Jaula abierta, se prepara el termo de café, regresa nuevmente ya en paz a sus lecturas, mas advierte mirando hacia el balcón, que desde ha tiempo el pájaro callando va y viene, no se ha ido nunca, y ya es poco lo que canta, lo mira ahora, no desde la jaula, se pasea por la casa, dormitorios, centro y sala, alza el pico y el canto escaso ya no es al horizonte costroso de marfil, mas pareciera contemplar la biblioteca, entretenido se monta en vuelos mínimos, brinquitos, giros casi extintos sobre el lomo plomizo y bordes romos de cientos de libros. Sin embargo él, mirando al ruiseñor, eufórico, hecho ya contralto, hipertímico afecto, jubiloso o tenor, cita frente al haz de calas y verdosos toronjiles —luz cobriza alumbra el centro de la sala— textos completos de Cannetti, Pérez Prado, Cortázar, Matancera, Daniel Santos, Cassasola, pero parece canto, es canto, recuerda a Carusso, Farinnelli, mas ya no es verso ¿no es verso? aquella cháchara de notas que se le oye tararear.

Y es que tampoco ayer fue hasta el bufete, ni antes de ayer, ni la semana anterior al teléfono cortado, y era un olor a sucio, a rancio, a nido frío, podrida pluma, descuido, mugre era lo que salía de las hendijas de este cuarto. Por eso, nuevamente ayer, cuando por fin lograron tumbar el armazón de la puerta y derribaron los muebles que había puesto tras, al alzarse y entrar, el padre, la madre y su hermana provistos de una escoba, a escobazos lograron persiguiendo, darle fin y matar al extraño pajarraco aquel, gigantesco ápterix, amarillento, canario antiguamente, que se arrastraba renco, escudriñando entre los bordes romos, ojeando, leyendo casi, y a eructos como de hombre sobre aquella ruma de libros desgranados.

Pero a él, que en cuclillas sobre el lomo del balcón, desnudas sus espaldas, los miaraba con ojos de desquicio, cual pájaro exhausto todavía antes del vuelo, no alcanzaron —su madre, su hermana y el padre por supuesto— a hacerle algún cariño, propinarle también el escobazo final o por último decir, asco, qué es esto, qué está pasando aquí, si moviendo sus brazos en amagos, tras gutural gruñido, al intento de hablar les lanzó un trino, trino, trinar trinaba trino, y no sabemos si iba a llorar o iba a reir, cuando en un éxtasis de gozo doloroso, cual ícaro, cóndor variopinto o canario desolado, en un despliegue de soles y de faes, cantando, por fin poeta y pájaro, desde aquellas alturas prodigiosas, al agite de sus alas se marchó.

 Del libro: Tatuajes de ciudad (Sacven, 2007)

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