Dios Sol, de Andrea Leal González

24/ 12/ 2019 | Categorías: Cuentos, Destacado

I

Tres mujeres jugaban con la baraja española en uno de los extremos del puente. Las tres eran viejas y cacatúas, vestidas con chales verde musgo. Una predecía el futuro a intervalos, invocando a gritos a una diosa de la luna que nubla todos los caminos. Otra guardaba en sus bolsillos la pelusa que nace en los ombligos de los recién nacidos. La última, la más vieja, era ciega y delgada, sonreía con entusiasmo.

Yo me acerqué a su mesa, alentada por los gritos de truco y re-truco. Como me hallaba perdida, pensé que me convertirían en una de sus hijas. Sin embargo, cuando se percataron de mi presencia callaron solemnes. Supe, casi de inmediato, que no pertenecía a ese lugar y que debía retornar a casa. Ellas dijeron al unísono:

—El hombre siempre quiere lo mismo, invariable.

La más vieja agregó, tomándome de la mano:

—Mi niña, te viene una rueca que gira y gira en torno al hilo. La rueca no para, tú, sigue corriendo. Teje, teje, sin descanso.

Las tres viejas brujas me indicaron el camino de vuelta a mi hogar, que iba más allá del puente y el riachuelo. Yo inicié el retorno a casa, notando que ya atardecía. La ciudad, callada y lejana (deshabitada), se iba iluminando a tramos por la luz anaranjada del sol. Una gaviota blanca volaba en reverso directo hacia mí.

Volaba patas arriba, mojando las plumas de su cabeza en el agua de la quebrada, aleteando cada vez más fuerte. Yo me quedé largo rato mirándole, anonadada por su extraño vuelo. Entonces comprendí que estaba detenida en el mismo espacio, siempre en el mismo lugar-tiempo, incapaz de salir de ese aleteo eterno que no lleva a ningún lugar.

Un sentimiento terrible me fue lacerando las extremidades. Todo estaba trastocado.

Ya nada podía volver a ponerse en pie. Un sabor amargo me llenó la boca, presintiendo que la gaviota era solo el inicio de una maldición. Mamá me esperaba al otro lado del puente con malas noticias:

—Tu padre ha enloquecido, debemos llevarlo a casa.

Yo no entendía las palabras de mi madre, cegada por la imagen de la gaviota que volvía a mi cabeza a fogonazos. Luego de unos segundos, vi la figura de papá. Estaba de espaldas, apoyado en el barandal del puente, vestido solamente con unos calzoncillos Calvin Klein. Estaba absorto, embebido por la luz herida del sol, que iba cediendo por entre los matorrales y el río; dándole directo en el cuerpo desnudo.

Me acerqué con intenciones de sacarle de su letargo y de comprobar lo que había dicho mamá. Tenía en el rostro una sonrisa amplia, infantil. Escuchaba atento, aguardando, gravitando en su propio peso. Lelo, lelo –siempre más lejos—, aturdido por el dolor de la tarde. Y la sonrisa se iba haciendo más poderosa. Papá sonreía como nunca lo había hecho antes, casi babeando. Yo volteé la mirada hacia mamá, sin saber qué hacer con este nuevo padre.

El sol también la iluminaba. Anaranjada, se veía pequeña y silenciosa; intensa y trágica. Sentí su tristeza en el cuerpo entero y quise llorar, pero mamá me tapó los ojos prohibiéndome la debilidad en estos parajes del Dios sol. Y nos ordenó, como animales embrutecidos, que moviéramos nuestros cuerpos a casa.

II

Caminamos un largo trecho en silencio, cobijados por la luz crepuscular que se colaba entre los árboles. La sonrisa de papá no cedía y su intensidad me incomodaba, creía que en cualquier momento soltaría una carcajada. Le quise preguntar cómo se sentía, pero ya no me escuchaba, así que abandoné toda esperanza.

Llegamos al callejón de los tres cruces, lugar prohibido para nosotros los mortales. La maleza, alta y espesa, no dejaba ver cuál era el camino correcto para llegar sanos a casa.

Mamá me dijo:

—A cada lado del cruce están unas diablas. Debes pedirles la bendición a las hijas correctas. Ellas te ayudarán a conseguir tu propio camino.

A la derecha, aguardaban tres mujeres de pieles rojas y cabellos negros. Cada una siseaba como serpiente, sin pronunciar palabra. A la izquierda se encontraban tres diablas rosadas, desnudas todas y adornadas con flores. Me llamaban con las manos, invitándome a su comarca.

Decidí irme por la izquierda, movida por la belleza virginal de las diablas rosadas. Un olor a jazmín llegaba desde dentro de sus cavernas, brotando sin descanso hasta llenar todo el camino. Mientras más me acercaba, podía escuchar sus voces dulces llamándome y una risa infantil tras los arbustos que las rodeaban.

Tuve miedo. Eran demasiado hermosas y tuve miedo. Así que corrí, sin mirar atrás, mientras un hedor a carne putrefacta anuló la fragancia del jazmín. Un aullido, desgarrador, quebró las risas. Me reencontré desolada, pero tenía que seguir. Corrí hacia mis amigas, las diablas rojas, que me esperaban al otro lado del cruce. Ellas me abrazaron y besaron mis mejillas, mientras lloraban lágrimas de vidrio y alquitrán:

—Hija, sigue corriendo por el camino amarillo –dijo entre todas la más maternal–. No vuelvas jamás tu cara al pasado, ni des un paso contra el destino.

Ya todo mal estaba hecho, había probado la fruta marchita de los dos caminos. El hombre o la mujer que ve y besa la belleza, ya no puede ser el mismo nunca más. Ni regresar a su casa, ni hacer morada, ni tener estirpe. Estaba maldita y debía seguir caminando.

III

El destino estaba barajado. Unos rotos y sucios mosaicos amarillos marcaban el punto de partida y llegada a nuestro hogar. “Por aquí es”, pensaba y luego miraba a papá, creyendo que el tiempo se nos había acabado y no vería el piso de su hogar nunca más.

Nunca más. Nunca más.

(Se me rompía el alma, papá). Desorbitado, mugiendo triste por el caer del sol, mi padre sabía que el final estaba cerca. Mugía también por las diablas rosadas y las rojas, así como por la gaviota blanca y todas las hijas de las encrucijadas. Y, de repente, me miraba y se ponía más triste. Creo que dijo: “Mi hija”. O tal vez me lo inventé yo. Pero me hubiese gustado saber que lloraba también por mí.

IV

El llanto de papá alertó a los hombres de nuestro pueblo, quienes salieron a su encuentro desde los matorrales y la oscuridad del sendero. Los hombres de mi padre llevaban canastas de mimbre en sus cabezas, donde guardan los dientes de oro de otros hombres para plantarlos en nuestros jardines hasta hacerlos florecer. Al ver a mi padre enloquecido, dejaron caer sus canastas, precipitando todo su contenido en el camino, que se iluminó dorado hasta el pueblo. Los hombres de mi padre lloraban acongojados, presintiendo los días finales de su amigo.

El camino de dientes de oro se hizo estrecho y luminoso, pero lo recorrimos con mi padre en brazos y un canto de plañideras acompañándonos. En el horizonte resplandecieron unas baldosas amarillas que nos indicaron el fin de la travesía. Me encontré en el baño de mi casa, cuyas paredes amarillas se alzaban largas (metros y metros más arriba de nosotros), hasta disiparse en la infinitud. Una ventanita, alargada y con vidrios traslúcidos, dejaba pasar los últimos destellos de luz en una esquina cerca del lavabo.

Papá había recobrado algo de su juicio. Estaba sentado en la tina, restregándose la espalda con una esponja, mientras decía:

—No sé por qué decidimos pintar el baño de amarillo, creo que fue tu abuelo. Sí, fue él, quien dijo que los hombres deben bañarse de amarillo para ser felices. A mí, en lo personal, me parece muy grande, demasiado espacioso para la estirpe de los hombres que no son hijos de Dios.

Convencí a papá de que le enjabonaría la espalda, a sabiendas de que ese sería nuestro último momento juntos. Pero una luz despuntó desde la venta del baño directo a sus ojos y papá volvió dentro de sí mismo, convirtiéndose en un caracol. Lloró, sin hacer mucho ruido, mientras iba perdiendo la cordura.

No pude más. Ya no quería ser hija de hombre o de mujer, quería ser pájaro, piedra, nada. Quería dejar de existir o nacer de nuevo en la barriga de un mamut. Corrí fuera de la casa, queriendo resguardarme en el patio de todos mis miedos infantiles.

V

Todavía no anochecía y la última placa solar brillaba entre las casas de nuestro pueblo. El sol formaba pilones luminosos en las calles, crepitantes y desérticos. Nadie vivía aquí, todos estaban dentro de mi casa lamentándose de la muerte de mi padre. Pero yo ya no quería seguir sintiendo lástima.

Seguí uno de los pilones solares, queriendo conocer el camino que lleva a los hombres al vacío. Pero me encontré con una luz moribunda y tibia, que iba menguando en mi cara. Trágica y pobre, gimiendo. No había llegado a tiempo, el destino me cerraba la puerta. El sol también se moría.

No podía evitarlo. El final del día estaba aquí. No pude perderme de este penoso sepulcro, estaba aquí. Tenía que aceptarlo, estaba aquí. Entonces, mugí, mientras la oscuridad se hacía inminente:

—Dios sol, aquí está tu templo menguante. Tu hija, la que no pudo escapar.

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Este cuento formó parte de la Semana de la Narrativa 2019, organizada en alianza con Revista Ojo

Ilustración cortesía Revista Ojo

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