El peligro amarillo, de Eloi Yagüe

09/ 05/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

tenebrosas-criptas-namur-laeken-L-hdp7hILas primeras dos noches del inspector Trómpiz en el nuevo apartamento adonde se había mudado con su esposa fueron totalmente placenteras. Durmió como un tronco y eso era lo que había deseado desde hacía mucho tiempo. Habían escogido ese vecindario, alejado del centro de la ciudad, precisamente por su fama de tranquilo. Sólo de vez en cuando sonaba la lejana alarma de un carro pero ya estaban demasiado acostumbrados a ese ruido. Lo mejor era dormirse con el anestésico sonido de los grillos, que Trómpiz no escuchaba desde su infancia en el campo.

La tercera noche, sin embargo, el inspector despertó sobresaltado. Escuchaba un ruido pero no lograba identificarlo. Prestó atención. Era… no, no podía ser, parecían cantos de pájaros, un verdadero griterío canoro. Miró el reloj: eran las tres y veinte de la madrugada. Quiso despertar a su esposa, pero dormía profundamente. Entonces el ruido, que ya era lejano, se fue apagando hasta cesar. Trómpiz se dio media vuelta y se volvió a dormir.

La cuarta noche volvió a despertarse con el ruido de los pájaros, muchos pájaros. Pero lo sentía tan lejano que por un momento pensó que estaba en el interior de su cabeza. Miró el reloj: 2:45 am. Su esposa dormía a plenitud. Trómpiz se aquietó, trató de respirar conscientemente para recuperar la calma pero el ruido parecía arreciar. “¿Será una alucinación auditiva?”, pensó. Nervioso, salió al balcón a fumar un cigarrillo. La noche estaba tranquila. Pocos carros pasaban por la calle. Nadie caminaba por la acera. Era un barrio definitivamente tranquilo. Y los cantos habían cesado tan misteriosamente como habían empezado a7 sonar.

La quinta noche Trómpiz despertó de madrugada con dos certezas: estaba oyendo claramente a los pájaros y le parecía que los cantos venían del interior del edificio, de apenas seis pisos, donde estaba su apartamento. Decidido a aclarar el misterio de una vez por todas, cogió su arma de debajo de la almohada, se levantó sigilosamente sin despertar a su mujer, se calzó unas zapatillas de goma y extrajo del closet una linterna. Sin hacer ruido, salió del apartamento al pasillo iluminado y comenzó a bajar las escaleras (no había ascensor: era un edificio viejo). Se guiaba más que nada por su instinto y por la dirección de la que parecía venir el ruido: abajo, siempre más abajo.

Finalmente llegó hasta la planta baja. Allí, una pequeña puerta de madera daba al hueco de la escalera, que a la vez era el cuarto de servicio. Trómpiz entró y encendió la luz. Una cucaracha huyó corriendo por la pared. Allí estaba el final del ducto metálico por donde caía la basura al pipote. Había unos enseres de limpieza, cajas de cartón, un montón de periódicos viejos y sobre ellos botellas vacías. Pero el ruido le parecía cada vez más claro y nítido. Se acercó al pipote de basura. Dirigió la luz al interior: sólo basura maloliente. Torció el cuerpo para mirar hacia arriba por el interior del bajante. Hasta donde alcanzaba la luz, nada. Entonces miró la base del pipote. Debajo de éste se veía un ángulo metálico. Trómpiz movió el pipote. Había una trampilla cuadrada. Y el ruido seguía.

La trampilla no tenía asa sino un hueco. El inspector metió el dedo índice y la levantó. Iluminó con la linterna y vio un túnel que descendía hacia la oscuridad. Una escalera de tubos metálicos empotrados en la pared permitía descender. El ruido cesó de pronto pero ya Trómpiz estaba decidido a investigar. Amartilló la pistola y sujetando la linterna con la boca empezó a bajar. El hueco era profundo. ¿Diez metros, veinte tal vez? No estaba seguro, pues hizo el trayecto en casi completa oscuridad ya que no podía descender sujetando en una mano los tubos y en la otra la pistola y además mirando hacia abajo. Finalmente tocó piso. Intuía un recinto grande, una habitación o nave. Barrió con la luz de la linterna. La claridad apenas bastaba para distinguir los contornos de los muebles. Parecía haber un gran desorden. Trómpiz avanzó uno, dos, tres pasos. Tropezó con algo blando tendido en el suelo. Alumbró. Era un cuerpo humano, mondo, en el hueso. Vio la sonrisa de la calavera antes de voltear desesperado a buscar el interruptor de la luz. Milagrosamente lo encontró. Cuando la bombilla se encendió, aún tuvo tiempo de ver lo que se le venía encima: una mortífera nube de plumas amarillas, picos dentados y alas con garras. Y entonces su cerebro recordó, como en un flash, haber leído algo sobre unos extraños canarios carnívoros de Sumatra.

En eso se cerró la trampilla con un golpe seco. Los tiros no se oyeron afuera, los gritos se apagaron lentamente en la noche y la tranquilidad volvió a la noche vecinal.

 

Del libro: El nudo del diablo y otros cuentos asombrosos (Playco Editores, 2006)

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