País Samsa, por Eduardo Liendo

01/ 05/ 2015 | Categorías: Destacado, Especiales, Opinión

festilectura100 años, 1915-2015, todo un siglo  se cumple de un acontecimiento literario excepcional, la publicación de  La Metamorfosis  de Franz Kafka. Ni siquiera su propio  autor mostró particular devoción por esta obra, pero muchos años después de publicarse la misma un joven lector llamado Gabriel García Márquez, pensó y comentó al leerla:”Si esto puede hacerse en literatura, esto me interesa” . Y ya siendo una celebridad, no tuvo mezquindad para expresar su reconocimiento al formular que el inicio de su afamada novela Crónica de una muerte anunciada,  fue inspirado por el sorprendente comienzo  de La Metamorfosis de Kafka que cuenta así:

” Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos”.

Un modesto comerciante  de telas un día amanece transformado en un feo insecto. El hombre se llama Gregorio Samsa y su tragedia hace tiempo que se encuentra incorporada al inconsciente colectivo. Aun en el caso de no haber leído una sola línea del relato original, todos reconocen alguna forma de  metamorfosis (el hombre mosca, el hombre avispa, el hombre araña). ¿Pero qué ocurriría si un día todo un país, no un hombre sino miles, tal vez millones de hombres y mujeres, de niños y viejos, de negros y blancos, de ricos y pobres amanecieran bajo el sino de La Metamorfosis kafkiana? Todos somos Samsa. Nos frotamos los ojos y la pesadilla continúa. No es un juego. No es una fantasía macabra. Como Gregorio Samsa,  en el comienzo de su perplejidad reconoce los cambios de su propia voz:

“Escuchó una voz que, evidentemente, era la suya, pero en la cual, como desde lo más profundo, se mezclaba un doloroso e incontenible piar, que en el primer momento dejaba salir las palabras con  claridad para, al prolongarse el sonido, destrozarlas de tal forma que no se sabía si se había oído o qué”.

Del  vientre  del País Samsa surge una voz destemplada, chillona, agresiva, intimidante, insultante, soez; extraña los tonos moderados, añora una sola frase de dulce y serena resonancia. Trata de incorporarse a pesar del pesado caparazón, al igual que Gregorio es insecto de múltiples patas, pero no paticas, sino patas largas velludas, pegajosas, grabadas con inscripciones firmes, como la pata de la horrible criminalidad, la penosa pata de la escasez, la putrefacta pata de la corrupción, la pata de la mentira inacabable  y muchas otras patas y subpatas incrustadas en el cuerpo herido y desconcertado del País Samsa.

Por su torpeza y deformación Gregorio Samsa no puede abandonar la habitación donde se mantiene oculto. El padre, la madre y la solidaria hermana, Greta, tampoco logran evitar la desgracia. El apoderado de la empresa viene a amenazarlo, debe abandonar el escondite inmediatamente y tomar el tren  por orden del jefe o lo perderá todo. Todo. Su hermana, la primera en advertir la monstruosidad de Gregorio comienza a alimentarlo con restos de comida que coloca en un plato que empuja con el pie bajo el sofá donde este se esconde.

El País Samsa también esconde su pesadillesca transformación, no admite su progresiva autodestrucción. Su voz chilla y golpea con sus patas enloquecidas. Los cientos de miles de réplicas del primer Samsa continúan frotando sus ojos para espantar el mal sueño, pero, cómo en el famoso cuento de Monterroso, el dinosaurio sigue ahí.

En el trágico relato Gregorio deja de ser el sostén de su familia, ya es incapaz para ejercer su protección. Se empobrecen. Sufren. La madre al descubrirlo un día sobre el piso grita consternada: ¡Socorro, Dios mío, Socorro! Se ven obligados a alquilar habitaciones de la casa a tres huéspedes. Huéspedes que cuentan con algunos privilegios y van imponiendo su voluntad en perjuicio de la familia. Gregorio sufre impotente por su anomalía. Creen que el no entiende sus conversaciones, pero, precisamente, lo único que conserva de humano es el pensamiento.

Al País Samsa también llegaron muchos, muchísimos huéspedes, la mayoría camuflados de fraternos y serviciales amigos, que lentamente se apoderaron de voluntades y recursos en una insólita operación de teatro del absurdo.

Llega el triste momento en que hasta Greta, la hermana que había sido solidaria suministrándole  alimento, lo desconoce.

“Sin pensar más en qué es lo que podría gustar a Gregorio, la hermana, por la mañana y al mediodía, antes de marcharse a la tienda, empujaba apresuradamente con el pie cualquier comida en la habitación de Gregorio, para después recogerla por la noche con el palo de la escoba, tanto si la comida había sido probada como si -y éste era el caso más frecuente- ni siquiera ha sido tocada. Gregorio ya no comía casi nada. Sólo si pasaba por casualidad al lado de la comida tomaba un bocado para jugar con él en la boca, lo mantenía allí horas y horas y, la mayoría de las veces acababa por escupirlo”.

Así, Gregorio Samsa, resignadamente se preparaba para su fin. Al ser descubierta su horrible presencia por uno de los prepotentes huéspedes  se precipitó la crisis familiar.

“Teniendo en cuenta las repugnantes circunstancias que reinan en esta casa y en esta familia, tronó el huésped -en este punto escupió decididamente sobre el suelo-, en este preciso instante dejo la habitación. Por los días que he vívido aquí no pagaré, naturalmente, lo más mínimo: por el contrario, me pensaré si no procedo contra ustedes con algunas reclamaciones muy fácil, créanme de justificar”.

Entonces, Greta, obligada por los acontecimientos, desconoce a Gregorio mientras él la escucha.

“-Queridos padres -dijo la hermana y, como introducción, dio un golpe sobre la mesa-, esto no puede seguir así. Si ustedes no se dan cuenta, yo sí me doy. No quiero, ante esta bestia, pronunciar el nombre de mi hermano, y por eso solamente digo: tenemos que intentar quitárnoslo de encima. Hemos hecho todo lo humanamente posible por cuidarlo y aceptarlo; creo que nadie puede hacernos el menor reproche”.

Es conmovedor apreciar como la bestia deforme y mal herida encara su final:

“Soportaba la manzana podrida de su espalda y la infección que producía a su alrededor, cubiertas ambas por un suave polvo. Pensaba en su familia con cariño y emoción, su opinión de que tenía que desaparecer era, si cabe, aún más decidida que la de su hermana. En este estado de apacible y letárgica meditación permaneció hasta que el reloj de la torre dio las tres de la madrugada. Vivió todavía el comienzo del amanecer detrás de los cristales. A continuación, contra su voluntad, su cabeza se desplomó sobre el suelo y sus orificios nasales exhalaron el último suspiro”. Cuando la criada se asomó curiosa a la habitación y contempló la mancha inerte  fue a dar la noticia:

“¡Fíjense, ha reventado, ahí está, ha reventado del todo!”

Durante estos 100 años desde su primera edición La Metamorfosis ha sido innumerables veces editada y traducida a muchos idiomas. Son también incontables los análisis críticos académicos, especializados,  que la consideran como una pieza fundamental en el mundo de la alienación representado en la obra kafkiana. Se la califica indistintamente de existencialista, autobiográfica,  surrealista, expresionista, muestra del absurdo literario, realismo fantástico o joya del humor negro. Quizás, en sus pocas páginas, porque se trata de un texto narrativo breve, caben todas estas interpretaciones. Me he permitido transcribir  y parodiar algunos de sus pasajes, como un humilde y respetuoso homenaje al gran autor de origen checo (1883 – 1924)

¿Y qué destino espera a ese real o imaginario País Samsa que tanto nos duele? Pensamos que con  esfuerzo, inteligencia, garra y perseverancia, logrará finalmente librarse de las deformes patas que lo agobian. No correrá la lamentable suerte de Gregorio Samsa. Esta hermosa VII Feria del Libro de Chacao con su lema LEER FUTURO, es un significativo y contundente paso en el camino justo y pacífico. No es un soplo estéril. Es necesario desmontar  un añejo caparazón cargado de dogmas propagandísticos seudo – revolucionarios: “Un dogma- lo definió ilustrativamente Ortega y Gasset- es lo que queda de una idea después que la ha aplastado una mano de pilón”. Los libros, siempre han sido aliados seguros e indispensables en las gestas cívicas,  democráticas y libertarias.

Honor  a la memoria de Franz Kafka por iluminar nuestro pensamiento a un siglo de la publicación de La Metamorfosis.

Palabras leídas durante la inauguración del séptimo Festival de Lectura Chacao.

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