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Teníamos más de trece horas sin electricidad cuando una ráfaga de viento se filtró por la ventana y apagó las velas. El llanto de mamá, desconsolado por la muerte de la tía Mercedes, se escuchó como contorno de la penumbra por unos segundos. Sus sollozos, desmadejados ya, fueron interrumpidos por Mimí tras pedirme que la acompañara a fumar al patio.
Salimos de la casa guiados por la linterna de su teléfono. La oscuridad, unánime, solapaba los vestigios de un pasado perdido: la maleza crecida en los conucos, las ruinas de la cocina a leña, la distante letrina, ya clausurada. Mimí fumaba más que yo. Casi dos cajetillas por día, al igual que la prima Ángeles. Ella, al aparecerse detrás de nosotros, traía un cigarrillo entre sus dedos. Yo les alcancé el fuego con mi yesquero y sus rostros se destemplaron frente a la llama. Envueltos por el humo, los tres fumábamos en silencio. A lo lejos, parecíamos tres luciérnagas mudas. Antes de apagar su colilla contra el suelo, Ángeles dijo que estaba cansada. Los últimos días de la tía Mercedes, nos contó, fueron un suplicio.
—Quiero que esto termine pronto.
—Te entiendo —dijo mi hermana—. Nos pasó lo mismo con papá.
—Es horrible. Ya no veo la hora de dormir.
Luego de un silencio, Mimí preguntó por Melanie. Con la mirada fija en la oscura llanura, contesté:
—Debe estar buscando señal.
Las últimas fumadas fueron más lentas, como si quisiéramos mitigar la zozobra. Antes de regresar a la casa, un nudo en la garganta rajó mi sosiego. Preso de un marasmo en apariencia inocuo, noté que las velas habían sido reemplazadas y su candor perfilaba la silueta de otros familiares. Mientras preparaban el cadáver para el velatorio, ellos compartían anécdotas que apostaban por la comicidad. Buscaban el tipo de concilio que subyace en la memoria, como un esfuerzo por precisar las virtudes que la tía Mercedes tuvo en vida.
No pasaron cinco minutos de habernos unido a la charla para que los operarios de la funeraria anunciaran que su trabajo estaba hecho. En ese instante, me puse de pie y fui el primero en atravesar el zaguán que conduce a la sala de estar. Allí, el ataúd reposaba sobre unos pilares de madera, iluminado por unos velones blancos. Quizás haya sido el recuerdo de su rostro sonriente, pero al detallar los pómulos de la tía Mercedes me percaté que una viscosidad ambarina se desprendía de ellos. No dije nada, no quería incentivar un escándalo innecesario. Decidí, por contra, buscar a Melanie, con la ira surcando el revés de mis dedos. Al acercarme, me di cuenta que de sus ojos brotaban un par de hilos húmedos que sequé con la yema de mis pulgares. A la par, del cielo empezó a caer una leve garúa. Su aflicción tenía un origen distinto al duelo familiar. La noche anterior habíamos discutido ante la posibilidad de un embarazo. La esperanza de que un bebé apaciguaría nuestros problemas me hizo abrazar aquel escenario, aunque en el fondo sabía que su negativa se debía a su aventura con Jose.
—¿Tienes hambre? —pregunté.
—No, Luis.
—No has comido hoy.
—La verdad, no me siento cómoda.
—¿Lo dices porque el velorio es en la casa? Así hacen aquí.
—No es eso.
—Bueno, si quieres vamos al Toro Gallo. Debe estar abierto. Ellos tienen planta.
—No me provoca.
—No te provoca porque te estoy invitando yo, ¿verdad?
—No empieces.
Sus palabras tenían la capacidad de dislocarme, de hacer que mis párpados comenzaran a arder. Tuve que controlarme, un poco por el contexto y otro poco al ver unas sombras que se acercaron a darme el pésame. Eran unos vecinos del sector. Las marcas del hambre afilaban los pliegues de sus cuerpos. La mayoría me escrutaba como un estigma, como si mi presencia en el pueblo —durante estos años de carestía— fuese un sinsentido. Tal vez la razón de ese dictamen se debió a que la prosperidad se vendía como la necesidad de escapar. Entre sus Ítacas prometidas, Ecuador y Perú eran las más populares, destinos disímiles al que yo aspiraba después de mi estancia en Santo Domingo. Y no por un falso elitismo, sino que la mayoría de mis afectos, instalados a lo largo y ancho de Texas, en Estados Unidos, eran querencias que me negaba a perder y que me dejaron solo en una Caracas inhóspita.
—¿Te quedas aquí?
—Es el único lugar donde tengo señal, Luis. Ahorita entro.
Nuestras ruinas, para qué engañarnos, eran como las paredes agrietadas de la casa. Todo el mundo las podía notar; no obstante, nadie hacía o decía algo para restaurarlas. Lo mejor era ignorarlas, así como todos o casi todos hacían con nosotros.
Al regresar la luz, la bombilla que pendía de un cable amarrado a una de las vigas alumbró a las ancianas que oraban alrededor del féretro. Ellas me miraron expectantes, sospecho, porque comencé a detallar en las hojas de zinc algunos rastros de óxido, pensando en que la vida era la suma de nuestras decisiones. Que mamá huyera tan joven de su pueblo devino, para sus hijos, en la emancipación de un destino heredado. Su escape hizo que Mimí y yo fuésemos ambiciosos, aunque la constante negación de la visa americana me convirtió en un espectro que se movía entre dos mundos.
Finalizado el rosario, atravesé el zaguán y entré en la cocina. Ángeles y Mimí esperaban que el café estuviese listo. Pregunté por mamá. Su ausencia en el rezo me había extrañado.
—Está acostada. Dice que le duele la cabeza —respondió mi hermana.
Una vez adentro de la que era su habitación empalidecí. Ausente, arrellanada en la copa de la cama, mamá estaba hundida en una especie de impávido torpor. Estuve a punto de preguntarle si quería que llamara a un médico. Entonces soltó lo siguiente:
—Falta algo.
—¿Qué?
—Las hormigas.
—¿Las hormigas?
—Mi abuela decía que las personas, al morir, producen una sustancia parecida a la miel. Por eso los cadáveres atraen los insectos.
Al escucharla entré en pánico. Recordé su neurosis cuando murió papá. Una especie de bucle mental que la hizo repetir, por horas, las mismas tres preguntas. No quise contrariarla y regresé a la cocina.
—¿Dónde está mi hermana?
—Repartiendo el café —dijo Ángeles.
—¿Le puedes decir que venga?
—¿Qué pasó? —preguntó Mimí, entrando a la cocina.
—Es mamá. La perdió de nuevo.
—No te creo.
—Está preguntando por unas hormigas.
—No se preocupen —dijo Ángeles, tratando de tranquilizarnos—. Esa es una creencia de este pueblo.
—¿En serio?
—Aquí hay leyendas como arroz. Dicen que si uno ha sido bueno en esta vida, al morir, las hormigas vienen por nuestro elíxir y se lo llevan a Sorte para entregárselo a María Lionza. Es como el cuento de la pavita mortera.
—¿Y tú crees en eso?
—No. La pavita es una lechuza.
—¿Será que buscamos una hormigas para que mamá se quede quieta?
—Tranquilo —dijo Ángeles—, esas vienen más tarde.
Antes de la medianoche un hilo de hormigas entró por una de las hendiduras de la pared contigua al patio. Mimí fregaba las últimas tazas sucias al tiempo que mamá, satisfecha con la presencia de los insectos, se consolaba en recuerdos de infancia. Melanie, por su parte, no disimulaba sus sonrisas a la pantalla.
Al hacerse la hora de dormir, nos encerramos en una de las habitaciones. Acostada de espalda, rechazó mi caricia en sus senos.
—Es raro, Luis —dijo.
—Tienes razón. Debe ser pavoso tirar con un muerto al lado.
—No es eso.
—¿Qué es? —dije, pensando en Jose.
—No lo sé.
Luego de bloquear la pantalla de su teléfono, lo ocultó debajo de la almohada y dijo buenas noches. Mientras, la tía Mercedes aguardaba que se llevaran su néctar.
Regresamos del sepelio después de mediodía. Mis pómulos, al igual que los de Melanie y Mimí, estaban enrojecidos. Ángeles se quejaba de las piedrecillas incrustadas entre los dedos de sus pies y Mamá dijo que quería descansar, que la caminata al cementerio había sido matadora. La casa, ahora invadida por un estremecedor silencio, hervía a raíz del pegajoso calor. En un momento dado, Mimí me pidió que la acompañara a fumar, esta vez a escondidas de Ángeles. Adentrándonos en el solar, encendió un cigarrillo y dijo:
—¿Me puedes explicar por qué sigues con Melanie? Ella no te quiere ni un poquito.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque soy mujer.
—Creo que se ve con alguien más.
—Ah, es que eres un cabrón a gusto. Lo que falta es que me digas que conoces al otro.
—Es Jose.
—¿Jose?
—Sí.
—¿Y ella te lo confesó?
—Bueno, en realidad no estoy seguro.
—Tienes que confrontarla. No puedes seguir así.
Mi respuesta fue levantar los hombros y bajarlos al instante. Mimí aplastó la colilla contra la tierra y caminamos a la casa. Sus ojos reprochaban mi falta de convicción, mi renuncia al orgullo. Desde afuera, escuchamos que Melanie conversaba con Ángeles animosamente.
—Claro que me acuerdo. Tu pobre madre estaba cagada de frío. Se arropó con la cobija más gruesa.
—Ella me contó. Dijo que hasta se comieron unas empanadas gigantes.
—Las de Joshua. Ésas las venden cerca del apartamento. Son una verdadera monstruosidad.
Todavía me parece un enigma la forma en que Melanie se relacionaba con mi familia. Tan afable, nadie imaginaría que la misma mujer que lloraba viendo cómo depositaban el ataúd de la tía Mercedes en su tumba, se mensajeaba a cada rato con uno de mis mejores amigos, que incluso se encerraba en el baño con el teléfono para enviarle audios. Al vernos entrar, guardaron silencio. Es probable que mi expresión, desgajada, las haya puesto incómodas. Por lo mismo, decidí escurrirme a la calle y caminar sin rumbo. En una esquina, un derruido mural mostraba una hendida imagen de Hugo Chávez abrazando un político local. Escombros que me hicieron pensar en Venezuela como una patria olvidadiza. Con ese pensamiento en mente, llegué a lo más alto de la zona sur, lugar donde una enorme fosa —por la que pasa la autopista— divide el pueblo en dos mitades. Luego, enfilé mis pasos al Toro Gallo, aguzando la rabia que llevaba por dentro, rebosándola. Antes de subir la escalerilla de la entrada, contemplé que las nubes se teñían de un color naranja. Apenas terminé la primera cerveza, sentí que mis esfínteres se calentaban. Quería emborracharme, desaparecer o lanzarme a una hoguera. Por eso pedí otra cerveza y después otra y otra más. Ya de noche, había perdido la cuenta de cuántas me había tomado. Entonces sonó mi teléfono: era Melanie.
—Hasta que te acordaste de mí.
—Tu mamá pregunta que dónde estás.
—Claro, mi mamá. Si es por ti que me maten, ¿no?
—Ahora no, Luis.
—En Caracas.
—¿Cómo?
—Dilo. Desde que llegamos lo tienes en la punta de la lengua.
—¿De qué hablas?
—Estás esperando que lleguemos a Caracas para contármelo.
—Según tú, ¿qué tengo que decirte?
—Que te estás cogiendo a Jose.
Melanie quedó en silencio, imagino que petrificada.
—El que calla otorga, ¿no?
—Estaba alejándome de todos.
—¿Dónde estás?
—En el patio.
—¿Te lo estás cogiendo sí o no? —pregunté, sintiendo que mis labios se secaban.
—Estas cosas no se hablan por teléfono.
—Eso es un sí —dije, sintiendo que el mareo se intensificaba.
Al siguiente día regresamos a la ciudad. El cielo había amanecido de un color plomizo, similar al abismo que crecía en mi estómago. Ciertamente, no había peor manera de consumar la escisión: con tristeza. Ya en Caracas, Melanie guardó su ropa en dos maletas. Le entregó las llaves a mamá y Mimí bajó a abrirle la puerta. Jose, por supuesto, la fue a buscar. Cuando salió del apartamento, me acordé que la tía Mercedes pasaba sus despechos matando hormigas.
Ganador del Premio Santiago Anzola Omaña 2022