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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar
La obra que el lector tiene entre manos no es solo el relato de una juventud interrumpida; es la crónica de una demolición. A través de la mirada de Adrián, nos adentramos en una Caracas sitiada, no solo por muros de concreto y granito, sino por la asfixia de un “Sistema” que ha convertido la existencia en un simulacro.
El autor nos conduce por un laberinto de espejos donde la realidad y la representación se confunden. De las aulas de teatro a los ríos traicioneros de Panaquire, y de las salas de cine —donde Hitchcock dicta las reglas del suspenso— a las calles bañadas en gas azulado, el protagonista busca una verdad que siempre le es esquiva.
Este libro es un diálogo con las sombras. La figura de Daniel, ese mentor melómano y cinéfilo que termina desmoronándose bajo el peso de sus propios secretos, funciona como el eje de una tragedia mayor: la caída de los ídolos y el fin de la inocencia. Aquí, el amor por Casandra no es un refugio idílico, sino un acto de resistencia biológica en un mundo que huele a pólvora y a cuerpos pintados con arcilla mágica.
Al final, cuando La Muralla cede y el cielo se ilumina con el fuego de los misiles, no queda espacio para el análisis intelectual. Solo queda el vértigo. El autor nos entrega un cierre que es, en sí mismo, un grito de la crueldad hecho carne, donde el espectador ya no puede estar a salvo y solo le queda una opción: correr hacia lo desconocido.
Espero junto al rinoceronte sepia acercarse sin ganas desde el puente de hierro. Como si estuviésemos acordes en un momento dado, cuando está a unos metros, todos los que estamos en la parada estiramos los brazos y agitamos las manos, algunos aletean con todo el brazo. Doy los buenos días y entrego la moneda al conductor con los ojos puestos en las medias grises que deja ver su pantalón arremangado. Al pasar el torniquete suena como vieja cuerda de reloj.
En el primer puesto dos calvos vestidos de kaki conversan: chico, aquí va a estallar una vaina en cualquier momento, comenta el más viejo. Claro que sí, esto está que revienta, responde el otro. Tras de mí sube un muchacho, que va directo al final, luce el pelo engominado y brillante como un puercoespín, dos niñas de uniforme escolar se ríen de él al pasar junto a ellas. Una mujer al lado las mira hosca. En uno de los últimos puestos un hombre con el sombrero ladeado lee el tabloide oficial cubriendo parte de su rostro, se puede leer el titular de la última página: Miss Muralla amenazada de muerte. Me agarro de los fríos pasamanos. Me veo flaco en los cristales, los pelos en la cara no ayudan, del lado izquierdo, dos muchachas hablan entre sí, parecen universitarias, llevan cuadernos en las piernas, ambas de pelo muy corto. Detrás, un hombre de camisa almidonada mira inmutable sus cuellos. De pie, un muchacho de bluyin roto y franela muy ancha absorto observa la calle. Me gustaría vestirme como él, pero debo pasar desapercibido como me sugieren a diario mis padres, temen a las represalias entre grupos y la segregación. Mi papá respira temor No te metas en vainas, tu no has visto nada todavía, dice, nada es como antes. Él es un termómetro de cambios que no percibo ni imagino. Estudia hijo, en lo que se pueda, te vas. Mi mamá añade, si Adrián, en este país no hay que dar nada por sentado. Hay un pacto tácito en el cual yo algún día debo irme, no sé a dónde. Debo estar tranquilo, ser pasivo. Me arrellano junto a la ventana, frente a la puerta de salida. La radio del autobús lanza noticias marcadas por el sonido de una marimba: se inauguró un hospital que tardó diez años en construirse.
El autobús sube por la Roca Tarpeya. La brisa entra por las ventanas. Miro la montaña con el edificio en la punta como una aguja brillante bajo un cielo despejado, se adivina en la lejanía un tramo de muralla en las faldas del cerro. En la avenida Victoria se monta una pelirroja de blusa sin mangas. Intento adivinar qué simboliza el tatuaje de su brazo izquierdo. Las muchachas de cabello corto avisan al conductor que bajarán en la siguiente esquina, sus faldas grises tipo lápiz con entallados suéteres azules les dan un aire distinguido, al levantarse, su aroma floral me asalta. Mi mamá se perfuma con exageración, va bien arreglada al concesionario, no hay repuestos ni carros, la planta cerró hace años, recibe pedidos y los encarga a un país vecino. Más que vendedora, es una intermediaria telefónica.
Me bajo en Las Tres Gracias. Entrar a la universidad me da arrechera, porque estoy repitiendo quinto año con tres materias. Me jubilaba mucho. Salía para el liceo y me quedabas echando vaina en con los muchachos del barrio. Pasar bajo los anchos túneles peatonales, me parece estar protegido. La universidad con sus edificios de colores son una muralla protectora, como cuando estoy en casa. Frente a la Biblioteca Central, recostados de la baranda de concreto está Eduardo, conversando con los veteranos del taller. Levanto un brazo a manera de saludo. Los rayos de sol través del muro calado, dibujan una retícula en el piso. Hugo y Cacho. Hace varios meses vine con Hugo y >Cacho a la prueba más de comparsa que convencido.
Unos treinta bajamos por la rampa a los sótanos del Aula Magna. El olor de aserrín me daba una sensación de calidez. Se anotaron en una lista en la entrada del teatrino, un sitio mágico. Se distribuyeron algunos de pie, o apoyados de las paredes, otros sentados en el piso en un espacio de diez por diez, la mitad del lugar lo ocupa una tarima de madera. Entra un hombre joven viendo el reloj en su muñeca y cierra la puerta Se presenta, es Newton y menciona a los anotados en la lista, tiene el pelo desordenado, barba incipiente, su franela corta muestra el ombligo, lleva bermudas hasta las pantorrillas, va descalzo y los pies apuntan a los lados, flaco, voz ronca, dientes volados. Unos minutos después entra Eduardo, todo parece ensayado. Es el director del Taller Experimental de Teatro Sube al escenario. Se presenta. Informa que su trabajo se basa en lo corporal y que estudió en el Centro Universitario Internacional de Búsqueda Teatral, en Nancy, un sitio donde todo es posible, dice. Tendrá treinta años, su voz es gutural un tono particular que jamás habías escuchado alto, blanco, barba incipiente que azula su rostro. Parece una marioneta por la ancha quijada. Lo acompaña Yuma, otro joven flaco y desgarbado, explica que cada aspirante tiene cinco minutos para hacer una presentación. Algunos danzan, cantan, recitan. Hugo y Cacho pensaban que nos darían un texto. Ellos interpretan a dos amigos que se reencuentran después de mucho tiempo.
Me llaman. Voy temblando desde el rincón donde me ubiqué, Cacho me palmea la espalda. Subo las escaleras, tengo el rostro caliente y me imagino rojo. Voy al centro del escenario. El director y los dos integrantes del taller están sentados en el centro de la sala, como un jurado, toman notas en libretas de taquigrafía.. Improviso algo que jugaba de niño. Voy por un lugar boscoso, despejo la maleza con un machete. Doy vueltas trotando alrededor del escenario, me agacho en el centro, ante una fogata, tomo café, destapo una lata y como algo, me acuesto cierro los ojos y comienzan explosiones, a mi alrededor caen bombas, se incendia la vegetación. Me arrastro y resguardo tras un árbol. Me pongo de pie y digo que interpreté a un guerrillero que es atacado. Todos aplauden, el director asiente, muy bien, dice, lograste transmitir lo que querías. Al día siguiente sus nombres están en la cartelera de la rampa.
Por primera vez sentí que había hecho algo por mi mismo. Recordé sin ninguna razón que la primera vez que fui al liceo e un rinoceronte de franja amarilla, mi madre me había llevado el primer día porque era lejos y me preguntó mil veces si conocía la ruta, al día siguiente la primera vez que tomé el autobús solo, me quedé dormido, el viaje era largo y me pase del sitio donde debí bajarme, desperté aturdido y confundido en un lugar desconocido e hice el camino de vuelta impulsado por el terror de perderme, horas después llegue a la casa, vivíamos en San Agustín, y comprobé que preguntando se llega a Roma, de eso hace mucho, cuando llegué antes de la hora debida y conté lo ocurrido mi mamá lloró y lloró y después por algo que aun no entiendo me pego con la correa que tenía para eso.
Eduardo nos invita al cafetín de la facultad de medicina. Paola lo toma del brazo. Yair y Frank van a su lado. Todos lo seguimos, menos Yuma que va al taller, es tímido y retraído. Nunca había conocido actores, aunque Daniel, el vecino del piso tres fue actor. Unimos dos mesas, a los minutos llegan varios compañeros y unimos una tercera. Pedimos pastel de hojaldre relleno con mermelada manzana y marrones cremosos. El pastel lo sirven caliente en platos pequeños, se derrite en la boca y al mezclarse con el café hacen una deliciosa combinación. Algunos piden jugo de naranja. Siguen llegando rezagados que ocupan mesas vecinas.
Hay tres focos de conversación: Yair al centro habla sobre Artaud. Eduardo cuenta que su meta en Francia era eliminar el acento trujillano, su habla es pausada. En la otra punta Luis Eduardo explica que Proust hizo de su vida una obra, al narrarla como un observador foráneo. Capto las reacciones de los que escuchan embelesados. El cafetín esta repleto de estudiantes y profesores. Comen, saludan, hablan entre ellos. Al lugar lo bordean hileras de palmeras. Luis Eduardo pontifica con voz grave y aire seductor habla del cuestionario Proust quien creía que su vida era algo que se podía convertir en una obra de arte y me mira, era un narrador construyendo una obra con detalles de una vida vulgar, un pañuelo, un beso, una flor, son elevados por la palabra. Mas adelante cuando leí a Proust, vi que no había nada vulgar en lo que narraba
—De ese sentido artístico quiero impregnarlos —interviene Eduardo—, lo que hacemos debe concebirse como trascendente. Tenemos que vivir conscientes y atentos.
Al terminar alguien recauda el dinero de cada uno y paga. Desde el inicio Eduardo ha insistido en que debemos amigarnos. Las reuniones matutinas previas en el cafetín es parte de ese proceso. Un día, en el escenario solo tendremos al otro. De la amistad que nos prodiguemos surgirá el talento grupal. Nos vamos. Descendemos la rampa, a un lado, la pared amarilla de cuadritos brillantes, casi todos los murales que ambientan la universidad están hechos con pequeños cuadritos que parecen de vidrio. El mural del fondo muestra líneas curvas negras sobre blanco. Pasamos frente a la sede de la orquesta, del grupo de danza, del teatro universitario, el teatro infantil y dos enormes depósitos de escenografía y vestuario que cuando están sus puertas abiertas me detengo a mirar. El taller ocupa el tercer y último sótano del edificio. Bajamos en fila india por las escaleras en penumbras. Newton va delante, prendiendo las luces que Yuma no encendió. El sitio en forma de herradura tiene seis metros de ancho por cincuenta de largo. Algunos se cambian de ropa. La mayoría llevamos debajo franelas, shorts o monos. Eduardo se quita la camisa y se pone una franela ancha. Trae una licra ajustada. Yuma comienza a vocalizar. Antonieta canta, tiene una cobra dibujada en medio de la frente. Comienza la práctica. A través del ejercicio nos conectamos con nosotros mismos, dice Eduardo.
A las doce y quince voy al colegio. Tengo hambre. Corro al transporte universitario que va al cuadrante central. A la una comienza la clase. Durante el recorrido devoro dos arepas con queso, de almuerzo que llevé en una bolsa plástica, a veces las arepas me las relleno con mortadela o huevo revuelto. En otras oportunidades traigo una lonchera con arroz y lentejas, tortillas de papa o espaguetis con queso. Dos veces por semana, tengo clases a las tres, esos días voy con Ramoné al comedor universitario. Me presta un carnet para entrar. La comida es sabrosa me encanta la carne guisada, es blandita, en una salsa dulce y ácida. Cuesta dos monedas, es lo único barato en el país, la primera vez que fui no lo podía creer.
Al salir del taller, algo se desprende de mi. En la medida en que me alejo voy quedando a la intemperie. El colegio donde papá me inscribió me produce un enorme tedio, por los compañeros, profesores y el hecho de ser católico. El transporte universitario llega a la iglesia Santa Teresa, subo a la Plaza Mayor, luego cuatro cuadras por el boulevard Panteón. Me gusta el recorrido, hay casas abandonadas y otras que están demoliendo, algunas solo tienen las paredes exteriores. En la esquina antes de llegar al colegio, está lo que queda del cine Alcázar, abandonado demolido a medias. La marquesina y fachada me transportan a una época lejana y desconocida, me atrae, arquitectura simula una mezquita, por los ventanales veo las paredes interiores derribadas, los ladrillos descubiertos, paredes sin friso, columnas solitarias, la gran sala desierta, cúmulos de escombros, gran parte no tiene techo.
El colegio es un caserón colonial de entrada opresora. Se siente el peso de eras completas. Puertas altas, anchas y gruesas. Una de ellas tiene un pequeño batiente de acceso. Me siento insignificante cuando la cruzo, al empujarla chirrea, me recibe un zaguán espectral. Subo apurado por la escalera de madera que cruje con cada paso. Llego tarde. Me quedo en el pasillo. El piso de arriba es un cuadrado cercado por arcos y columnas. Hay ocho salones, dos en cada lado. Paredes ocres. La tarde se desliza sobre los techos de tejas y las copas de los árboles circundantes, entre los cuales una palmera sobresale. Abajo, el patio encierra una fuente sin agua entre dos granados secos. Recostado del pasamano de madera observa oleos de santos y vírgenes desconocidos para mí. El colegio fue años atrás un recinto conventual, lo regentan cuatro hermanas carmelitas ya ancianas, organización casi extinta, no se inmiscuyen en lo académico, solo les interesa impartir valores católicos. Los profesores son jóvenes. Una vez por semana las hermanas y algunos sacerdotes se reúnen en la dirección. Escucho la voz del profesor que hace una pausa. Entro.
Al caer la noche los sauces de la plaza de enfrente parecen derretirse, alumbrados por faroles amarillentos del siglo pasado, envueltos de un aire gótico que me lleva a escenas leídas en viejas novelas. Al salir de clase, en el crepúsculo de la tarde, entro en otra dimensión, ese oscurecimiento es como si algo mengua como quitándome vida.
Hace un año nos mudamos a Puente Hierro a unas veinte cuadras de la casa anterior en San Agustín del Norte, Tengo diecisiete años. Mientras bajo del colegio a mi casa me quito la camisa del uniforme. Siempre que puedo paso por lo que ahora llamo mi viejo barrio, allá las casas parecen tranquilas señoras, sentadas en su calle, mirando con sus ventanas como ojos, Me gustaban sus fachadas de colores alegres, ahora lucen desteñidas, perdieron el esplendor que emitían. Cuando era niño muchachos con escaleras pintaban las casas. Ahora la pintura no se consigue y a los muchachos no les interesa trabajar. Los abastos, ferreterías, quincallas, carnicerías y panadería tenían letreros llamativos avisos de marcas de refrescos, exhibían avisos de neón, morados rojos y amarillos. Eso lo recuerdo como un sueño y recordarlo al ver las calles de hoy es como si en un letargo me sumiera. Miles de negocios han cerrado, los sobrevivientes tienen puertas blindadas, todas son grises, no se permite otro color, tampoco publicidad.
Al llegar mi mamá me manda a comprar un pollo antes de que cierren. El precio es en millones, aún no me acostumbro a la última reconversión. Hoy hay en la avenida dos puntos de control, alcabalas móviles que se ven por todas partes. La guardia nacional en una esquina y la policía nacional en la otra. Ambos grupos llevan fusiles de asalto, uniformes almidonados, botas pulidas, cascos, escudos antimotines, bombas lacrimógenas colgando del pecho y tiras de balas. Me producen temor, no inspiran seguridad. Mi papá cuenta que por mucho tiempo la gente vivió con una sensación de ahogo, la paranoia y depresión se multiplicó. La gente era medicada. En esa época había medicinas en las farmacias y muchas farmacias.
Después de bañarme cenamos lentejas y arroz. El pollo es para la semana. Hablé un rato con el fastidioso de mi hermano que juega Dragon Ball. Mamá me presta su celular para que no gaste el saldo del teléfono local. Mi celular me lo quitaron unos chamos en la parada del rinoceronte. Le escribo a Casandra, le pregunto si nos veremos. Es lo único que quiero, estar junto a ella. Mi papá como siempre está releyendo alguna novela. En mi casa no se ve televisión, solo hay tres canales del estado. Todo es aburrido.
A un cuarto para las siete voy al cine Actualidades, a mitad de cuadra. Lo he convertido en el templo del cual acudo devoto casi cada noche desde que nos mudamos. Es imponente con sus cuatro gruesas columnas de piedra porosa con volutas labradas que adornan sus capiteles y a los cuales se adhieren gárgolas que parecen lanzarse sobre quien las mira y que vomitan cascadas de agua cuando llueve. En los tres portales que forman las columnas se reúnen: los pocos trabajadores del sector, los muchachos del barrio entre los que hay diferentes grupos y donde sobresalen los galanes luciendo ropa de moda y en el otro vecinos y personas mayores. De San Agustín del sur vienen grupos de motorizados con muchachas de parrilleras en shorts cortísimos y strapless insinuantes que muestran ombligos, tatuajes y rodajas de carne abundosa. La marquesina, carteleras, taquilla, todo es del siglo anterior.. Dos gigantescos espejos en gruesos marcos dorados tallados, uno frente al otro, flanquean el vestíbulo. El que se mira en uno, detrás se repite en un abanico infinito. Una gran lámpara que nunca encienden cuelga sobre el lobby, detrás, en el techo hay un mural con las tres parcas en una gruta; dos tejen y la tercera al centro observa con una tijera en la mano. Siempre que puedo la miro la escena mientras Tomás el portero, conserje y administrador del cine, habla y habla sin parar. Solo funciona el patio. El balcón se convirtió en un antro incontrolable. Los fines de semana lo llenaban bandas de adolescentes disputándose los asientos. Lanzaban al patio desperdicios, colillas encendidas y hasta butaca que caían estrepitosamente en medio del pasillo central acompañado de las risas traviesas. Cerraron el balcón.
El cine es mi centro nocturno. El escenario donde soy libre. Cada noche trato de ocupar la misma butaca en la quinta fila, en el centro, bajo el haz blanco que se dirige a la pantalla. Un extraño placer me produce escuchar la cinta deslizarse. Llegan parejas abrazadas, jóvenes solitarios y en grupos. Las cabezas aparecen y desaparecen en el horizonte de butacas. Cuando la luz se apaga me sumerjo en la historia que no quiero que termine. Hora y media más tarde me paro en uno de los portales. Saludo a los conocidos. La avenida casi a oscuras, solo uno de los seis postes ilumina opacamente el pavimento. Pasan pocos automóviles. El público va en diferentes direcciones. Miro la hora en el Nokia de mamá. Debo hacer tiempo para ver a Casandra, un poco después de las diez. La brisa en el rostro me reconforta. Hizo calor dentro. Veo en la acera del frente al vecino del tercer piso. Enciende un cigarrillo, bajo el poste con luz. Tendrá unos sesenta años, traje oscuro, camisa blanca, sin corbata. Cruzo a saludarlo, responde ceremonioso, atento, su calida voz tiene algo que pervive en algunos citadinos. Le pregunté a Casandra por él apenas me mudé al edificio, dijo que es el señor más culto que ha conocido. Tiene una vida misteriosa, lo he visto salir, cuando insomne me asomo de madrugada por la ventana y un vehiculo lo recoge y el lleva un maletín y siempre va acicalado, como ahora.
—Hola, ¿cómo estás? —me pregunta, estirando su mano.
—Hola, bien, ¿y usted? Me regala un cigarrillo.
—Claro, no faltaba más
Daniel saca una caja del bolsillo interior de la chaqueta de pana acanalada. Con un movimiento el cigarro sale ofreciéndose y me acerca el yesquero al rostro preguntando.
—¿Qué te pareció la película?
—No sé, nunca había visto una de Hitchcock.
—¡Qué raro! Y por favor tutéame, mira que soy un carajito en cuerpo de viejo —dice carcajeándose con una dentadura perfecta.
—Como tú digas —sonriendo— siempre quise ver pelis de Hitchcock, pero no me impactó. El papel de los protagonistas es muy acartonado.
Caminan lentamente hacia el edificio, en la esquina opuesta del cine. Daniel expulsa el humo con fuerza.
—Pues mira chico —dice con aire de experto—, Cary está en la cúspide de su carrera. Es un tipo guapo con su quijada partida. Hitch construye con él una intriga bajo la aparente normalidad de una pareja. Por su parte la Fontaine ganó un Oscar por esa actuación —su tono es calmado, el timbre de voz fuerte, las palabras bien moduladas—. Ella matiza muy bien el personaje, parece estar analizando al marido, que en muchos momentos se comporta como un niño —aspira el humo de nuevo—. Luego ella concluye que el tipo es capaz de matar a su mejor amigo y a ella misma. Como si tuviera doble personalidad.
—Al final evidencia que estaba equivocada —. Digo mirando el piso.
—Eso lo impusieron los productores. Hay una larga entrevista que le hizo Truffaut a Hitch. Había pensado otro final donde ella descubre que el marido es capaz de matarla, le escribe a su mamá diciéndole eso. Cuando Cary le da el vaso de leche, ella le da la carta, toma el vaso de leche y muere. En la imagen final se le ve a él depositando la carta en un buzón de correos.
—Claro. No quedaría impune el crimen.
—Exactamente, ella lo delataba post mortem —dice riendo—. De las imágenes icónicas de Hitchcock, están las puñaladas en la ducha de Psyco, las aves en el parque de Los Pájaros y el vaso de leche en esta película.
—¿Ah si? —Pegunto ignorante.
—La toma desde arriba del vaso de leche sobre la bandeja —sigue Daniel gesticulando y fumando—, hace que el espectador centre su atención en esa imagen que es el centro argumental y la presencia del mal —Daniel habla con conocimiento. Fuma con complacencia. Caminan despacio—. Logra confundir al espectador. Juega con la duda. En la novela original ella descubre que es un asesino. En la película solo sospecha que es capaz de asesinar.
—¡Guau! ¿Todo eso lo sabes por la entrevista? —Pregunto interesado.
—Sí. Es muy ilustrativa —dice riendo—. Cuenta que después del rodaje va a New York y cuando regresa, el productor había editado las escenas en que Grant aparece como asesino, por suerte la RKO le permitió reeditarla —. Daniel usa un tono presuntuoso. Su risa es sonora y se escucha a lo largo de la calle solitaria.
—Pero el argumento es predecible, hay partes que me parecen ingenuas —opino.
—Eso que dices del argumento —dice aspirando las palabras, con el humo del cigarrillo—, tiene que ver con la época. Las acciones se marcan evidentemente para que el espectador no se pierda.
—Me dio mucha risa cuando Jhonnie dice que cuenta a las novias como si fueran ovejas, para quedarse dormido.
—Si, sí —ríe a carcajadas—, setenta y tres, no se sabe si la incluye. Ella es un drama con su soltería, hasta que él aparece.
—Parece muy inocente. Las mejores escenas son cuando cae desmayada, una vez vestida de blanco y otra de negro. En ambas el vestido se abre como un abanico, se siente la textura de la tela. Otra escena interesante es cuando tiene el telegrama en la mano, parece cine mudo. También me gustó cuando bailan un vals sin música.
—Que bueno que te hayas detenido en esos elementos. Hitch hizo cine mudo. De ahí su virtuosismo. Saca tensión dramática de cada gesto. No necesita el sonido para lograrlo. Las caídas de la Fontaine son de actriz clásica –dice enfatizando cada palabra—, hay otra película, ahora no recuerdo cual, donde la protagonista tiene una caída similar con un vestido morado, creo. Ahora que lo dices, tuve la misma percepción de la tela, un terciopelo o lana, con armador quizás, es maravilloso que el cine transmita eso con sonidos e imágenes. Hitch vestía muy bien a las mujeres.
—Tú ves muchos elementos. Yo me quedo en lo anecdótico.
—De la anécdota parte todo análisis —continúa—, Jhonnie no es más que un playboy, jugador y oportunista que sienta cabeza con esta mujer.
—Ella lo ve dos veces y se enamora.
—Amor a primera vista —sentencia—. Claro, ella quiere casarse y lo hace con el primero que encuentra, por suerte el galán se enamora también. El asunto de la película es la sospecha de que algo va a ocurrir, la historia de amor es un pretexto.
—Yo creo que la actuación de ella no es como para haber un Oscar —.Dices tratando de exteriorizar algo interesante. Tiras la colilla al centro de la calle que salta chisporroteando.
—Lo que pasa es que ves la película con los ojos de la modernidad. Esa actuación en su momento significó mucho. Además ella vivía un drama personal, era hermana de Olivia de Havilland, la actriz de Lo que el viento se llevó. Usaba el apellido de su padre para que no las confundieran. Tenían una rivalidad profesional y eso en Hollywood implicaba muchas intrigas. La rivalidad de ellas dos fue tal, que compitieron por hombres, papeles, premios hasta la muerte de ambas, ya nonagenarias.
Llegan al San Carlos. Daniel lleva una bolsa en una mano y un maletín negro colgando que alterna de un hombro a otro. Abre con su llave. Caminan por el pasillo. Apaga el cigarrillo en la suela del zapato y lleva la colilla en la mano. Entran al ascensor. No hablan, miro al piso. Daniel elige una llave entre el manojo que lleva. Llegan al segundo piso. Mientras abro la puerta del ascensor me pregunta:
—¿Vas mañana?
—Si claro.
—Entonces hablamos después de la película.
—Ok, buenas noches.
—Bona note—. Le escucho decir después de cerrada la puerta
Voy a la escalera pensando que el tipo es una enciclopedia del cine, o de Hitchcock. Me reclino en la pared. Aún es temprano. Cuando iba al cine vi a Casandra asomada en el balcón. Le hice señas desde el frente. que nos veríamos luego. Le envío un mensaje: Llegué. El mensaje sale de mi pantalla y se pierde en el aire de la escalera.
De la edición de Perpetuum Editores, 2026