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El chef

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Iría a New York.

A las calles brotadas de New York.

Al estiércol germinado de espigas metálicas.

Sola de nuevo. Amando un poco. Callando un poco. Padeciendo un poco. Como tantas veces. Buscando las escuálidas razones de un destino ni siquiera tallado en ese asqueroso desvelo que posterga las devociones.

Zoe iría a revolcarse en los harinosos mesones del restaurante donde Phillippe era chef, en una de las somnolientas aceras que bordean la Quinta Avenida en el Upper East Side. Fogones donde el otoño cuece celestiales cobijas de hojaldre.

No esperaba nada de los días. Tan sólo a Phillippe, el francesito con aroma de crema chantillí. Sólo sus nalgas de salmón ahumado. Siempre rosadas, sedosas, derretidas para el mordisco.

Zoe se columpiaba entre Phillippe y una ciudad cansona, demasiado experta en los trajines de la mirada.

Pasaba todo el día por allí.

Solísima.

Amando un poco. Padeciendo un poco.

Repasando las ramas caídas, su propio cuerpo extinto. Uno que otro museo donde encorvadas damiselas de Picasso imploran pausas claroscuras.

A medianoche Zoe se acercaba al restaurante donde el chef estaría por culminar el sabihondo ejercicio de sensualidad del que emanaban doradas coquillas Saint Jacques, porcinis asados con angulas tiernas, suaves fumet de trufas en gelatina.

Si era temprano o la faena angustiosa, Zoe esperaba en un rincón. Esperaba y se aburría. Esperaba y se consumía. Presenciando el rutinario contoneo de mesoneros y platillos voladores. Escudriñando ollas repletas de dulzonas salsas de manzana y curri.

Cuando el gordo que regentaba el local se perdía entre las lentejuelas de los comensales, Phillippe servía a Zoe unas gotas de refinado Bartolo. También un poco de codorniz conquistada a los restos de una sartén. Pero la más de las veces el gordo miraba de reojo, gruñía, hablaba para adentro regañando a imaginarios insurrectos, mientras una vetusta pipa daba cuenta de su ancestral amargura.

Zoe se estremecía sabiendo que Phillippe era de Devilles—les—Rouen, departamento marítimo del Sena, donde las aguas ardían por dentro. Nunca había escuchado acerca de semejante paisaje, pero le gustaba su fonética perezosa, los riscos impredecibles de su agobiante pronunciación. Adoraba además oírlo hablar de Amphycles, cocinero de la antigua Grecia que aseguraba que las cosas debían mostrar el gusto de lo que son.

Y Phillippe sabía a lo que era.

A aguas cruzadas, a humo, a bogavantes, a foi—gras. A viajes emprendidos con premura.

El chef había llegado a la Gran Manzana con asco, con miedo, con sopor. Partió junto a su hermana Annette, una experta restauratrice que pronto abandonó al socio para afilarse en los calambres de la prostitución.

Venían de sofisticadas cocinas, aunque él carecía de gestos aterciopelados, culpa tal vez de los descalzos cantares de un cierto abolengo bretón. Había estado en un trasatlántico italiano, en un hotel de Cophenhagen y otro de Niza, donde la nouvelle cuisine practicaba la resbaladiza economía de los antojos.

Pero Phillippe —diestro en la insensatez del alma— superó rápidamente el engaño de Annette. Comprendió que los cuerpos abdican.

Lo mismo haría con Zoe. También frágil y efímera.

También presta a abrumarlo.

A Zoe la conoció en el aeropuerto de Lisboa.

Ambos volaban a New York. Ambos pretendían perderse.

Pero lo hicieron por apenas dos meses.

Un día se reencontraron en un mercado de Amsterdam Street, donde ella pedía vodka barata y él, entre manotazos, exigía una particular mostaza de Dijon.

Se dijeron lo suficiente. Se besaron lo suficiente e iniciaron un rito de precariedades cosmopolitas que durarían poco menos de dos meses.

Los únicos meses en que Zoe juró ser medianamente feliz.

Medianamente cuerda.

Medianamente joven, después de todo.

Ella lo buscaba en el restaurante. Huían hacia un pequeño y desordenado apartamento alquilado por el chef en una callejuela de Harlem. Hablaban de Amphycles, bebían botellas de Cháteau Latour robadas de las laberínticas bodegas del gordo. Y se quedaban dormidos soñando con los turbios recorridos del Sena, con la escasa nacionalidad espiritual de Zoe. Con esos otros ríos que jamás conseguirían encontrarse, ni siquiera en el delta cuajado entre el difícil temblor amatorio del chef y las burbujas caribeñas de la periodista.

Zoe, como siempre, se cansó pronto del francés, que a veces también olía a cebolla, ajo y salvia.

Se hartó de rogarle que se duchara y de explicarle que no le apetecía hacer el amor a las dos de la madrugada sobre los mármoles donde se mezclaban los ingredientes del steack tartar. Que ni siquiera le provocaba ya llenar la bañera con caldos de ternera y revolverse allí como bestias de comestible pasión.

En fin, que no le seducía ya el aroma provenzal.

Ni el caviar.

Ni los vinos de exquisita cosecha.

Ni los fulgores de las benditas estrellas Michelin por las que Phillippe perdía hasta los más preciados sueños.

 

Texto incluido en el libro Amphycles, los bogavantes (La Vaca Mariposa Editora, 2011)

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