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Juicio
– Facultad por la que el hombre puede distinguir el bien del mal y lo verdadero
de lo falso.
– Estado de sana razón opuesto a locura.
– Cordura o sensatez.
– Acción y efecto de juzgar.
Viajar es una brutalidad. Te obliga a confiar en extraños y a perder de vista todo lo que te resulta familiar y confortable de tus amigos y tu casa. Estás todo el tiempo en desequilibrio. Nada es tuyo salvo lo más esencial: el aire, las horas de descanso, los sueños, todas aquellas cosas que tienden hacia lo eterno.
Cesare Pavese
Una actuación elegida y maldita
Una vez le escuché a mi padre decir:
—El hombre que en tiempos de catástrofe, cuando todos están desesperados, permanece optimista y sereno, es que no tiene puta idea de lo que está pasando.
Quisiera tener su cruda visión de la vida ahora que enfrento las consecuencias de lo que una vez llamé «exceso de optimismo». No sé qué habría pensado mi viejo de lo que voy a contar. Los jueces más exigentes son los que todo lo perdonan y ya no están para juzgarnos.
Me encantaban sus consejos por ser pocos, breves y certeros; también sus cuentos, ocurrencias y hasta sus regaños, apoyados en proverbios y otras digresiones. Para él la relación con un hijo debía ser alegre, llena de inesperadas salidas imposibles de olvidar; nada de tensiones y ceño de mandamás. Hoy tengo tantas preguntas que hacerle, una necesidad que dejo pasar mansamente. Exigirme respuestas sería acosar los recuerdos hasta asustarlos. Es cuando menos lo busco que mi padre reaparece y entrecierro los ojos para alargar un poco más su presencia.
La intermitente sensación de haber elegido un papel que pudimos haber evitado escapando por la puerta franca que nos ofrecían es lo que me hace más daño y, al mismo tiempo, la fábula que me ayuda a sobrevivir. Cuántas veces no he aguantado el aturdimiento, el horror a los vacíos y los infinitos, a los siempre y a los nunca, pensando en cómo voy contar lo que me está pasando a un amor que me aguarda velado por el futuro.
Esa firme creencia en una actuación elegida y maldita me lleva a pensar que, mucho antes de que ocurrieran los hechos que quiero narrar, ya andaría yo buscándolos, como si desde siempre existiera una necesidad de escribir que requería de un lance terrible para aflorar.
Aún me persigue esa impresión de que los efectos anteceden a las causas, como si la culpa pudiera preceder al delito. Me cuesta tanto enfrentar un pasado que insiste en vivir de su cuenta, utilizándome a mansalva y sin compasión. Las historias no cesan de dar vueltas desperdigándose y cambiando de posición en una marea indetenible, con sustancias demasiado densas y revueltas para diluirse o dejarse fijar, mientras van y vienen buscando su propio ordenamiento y rechazando el que pretendo imponerles.
Alacranes y cucarachas
A finales de 2009, seis meses antes del allanamiento, una pregunta comenzó a perseguirnos día y noche como un dolor de oído: «¿Realmente van a ir contra nosotros o será solo una amenaza?». El temor y los vaivenes que generaba esta duda eran ya una forma de presidio.
Los rumores mezclaban los chismes de los envidiosos con los consejos de los expertos, una mezcla de malas y buenas intenciones que se vertía sobre el disparatado optimismo de unos engreídos que han crecido demasiado rápido.
La primera señal la absorbimos con mucha parsimonia, aunque provenía del ataque escandaloso de un personaje importante. Un compañero de universidad que trabaja en el Directorio del Banco Central nos contó que el ministro del Poder Popular de Planificación, Jorge Giordani, había empezado a gritar en plena junta que las casas de bolsa eran los alacranes del capitalismo internacional enquistados en el sistema financiero, «y una revolución que se respete no puede tener esas semillas del mal». Nos tomó tiempo aceptar que estábamos metidos en un conflicto con un dogmático sin redención y que sería imposible acceder a quien pensaba que, con nuestra desaparición, la economía quedaría saneada.
Al principio pensé que las humaredas podían apagarse con una franca reunión cara a cara. Recordaba al Giordani de la Universidad Central como un profesor mediocre, empeñado en hacer una caricatura de sí mismo con su puntillosa manera de recortarse la chiva y la letanía de que su padre había peleado en el Batallón Garibaldi durante la Guerra Civil española. Ya entonces lo llamaban el Monje, un apodo que cuadra con su aspecto impoluto y sosegada manera de hablar, siempre con la condescendiente suavidad de los dueños de la verdad. El problema de los monjes es su fascinación y permisividad con la pandilla del monasterio. Cuando bajan a la aldea proclaman su desprecio por el mundo y sus riquezas: «El mal está en la avaricia de los aldeanos». Luego vuelven al claustro y se suben la capucha para absorber mejor el olor de sus potajes y justificar su indiferencia ante la corrupción de sus beatos hermanos. Él mismo ha cultivado con esmero la especie de tener una visión de las finanzas muy ortodoxa, adjetivo que puede traducirse como la imposibilidad de escuchar cualquier propuesta distinta a las que guarda en su arsenal. Se ha creado una reputación que raya en lo teológico y no oculta su visión férreamente estatista y socialista de que el sector privado es un enemigo a muerte del bienestar social. Esa misma lógica es abono para las peores semillas, al hacerlos rechazar y perseguir lo que poco después vuelven a necesitar y propiciar. Son incapaces de mantener una relación sensata, coherente y homogénea, y en estas vueltas y revueltas, el país se hunde junto a su moneda y cada tanto se lanzan llamas contra un nuevo culpable para expiar públicamente nuestros pecados ante los dioses del socialismo.
Giordani sabe bien que el chavismo consiste en un juego a ver quién luce más revolucionario mientras logra acumular más riquezas. La mayor alabanza posible es que el mismo presidente Chávez te diga: «Calma, compañero, hay que ganar terreno poco a poco», y luego, cuando sales del despacho, murmure: «Está loco de bola, ¡pero cuánta pureza!». Y Giordani sabe usar ese disfraz. Para estar bien con el ministro basta con insistir: «¡Esos tipos de las casas de bolsa, además de alacranes, son unas cucarachas!».
Al amigo que me trajo las primeras malas noticias le respondí que la histeria de Giordani era un buen indicio:
—Si asegura que somos lo peor del capitalismo es que lo estamos haciendo bien.
Quiero pensar que esta respuesta no es la de un cínico, sino la lógica consecuencia de las contradicciones a que estábamos sometidos. Nuestra manera de reaccionar ha sido errática, aunque la suponemos juiciosa. Enfrentar a un Gobierno tan envanecido como ignorante, tan idealista como codicioso, es un embrollo desquiciante. Por un lado nos persiguen y por el otro crean las condiciones para enriquecernos con sus ambigüedades y bandazos de un extremo al otro. Tratamos de actuar apegados a la ley, cumpliendo las normas tan minuciosas como inoperantes de una camarilla corrupta y corruptora. Son sorpresivos los cambios, elusivos los valores, alejadas las formas del fondo y los medios del fin, arrolladores los chorros de riqueza, desmedidas las ofertas, engreídos los mediocres, creciente la perfidia de unos gobernantes lactando alborozados en las tetas del capitalismo que afirman detestar.
Novela publicada por Ediciones Kalathos en 2020