A los que nunca terminaron nada, de Oscar Marcano

05/ 02/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

Eran las 11:00 am y ya estaba clavándome puñales en el bar de Tony cuando la vi entrar. Llevaba un vestido rojo y zapatos de tacón alto. Era todo un espectáculo. Atravesó el tufo húmedo del salón y fue a sentarse al otro extremo, en la penumbra. Era una aparición. Toda cuerpo. Toda pechos, cadera y piernas. Un verdadero botín. Pero los botines no se habían hecho para mí.

Sacó un cigarrillo y me miró. De cualquier forma no había nadie más a quien mirar. Sólo una buganvilla floreada que Tony cultiva detrás de la barra. Cruzó las piernas. Descalzó a medias uno de sus tacones y lo empezó a columpiar. Pude ver el talón y hasta donde alcanzaba de aquel pie. Siempre me han gustado los pies. Su misterio. Su forma. Su olor. Admiré el empeine alzado y firme, y un trozo de tobillo. Los imaginé rapaces. Resistentes y hoscos. Mínimamente endurecidas las plantas por una pátina callosa. Pedí a Tony otra cerveza para fantasear sobre su olor y el dibujo de unas uñas ocultas en la puntera beige. Puse, adicionalmente, un par de lunares en el puente. No podían ser Pecorino. Ni siquiera Provolone. Correspondían más bien a dos Fontina frescos del valle d’Aosta. En otro tiempo los habría acompañado con un Grumello. Aunque estas niñas con pie de queso fresco tienen el alma de Gorgonzola. Hay que trabajarlas preferiblemente con un Sassella o un Inferno.

—Invítame algo —dijo calzándose el zapato e incorporándose.

Tenía porte. Hace unos años me habría ruborizado. Caminó hacia la barra. Hacia mí. Un elemento en apuros. Vendía revistas viejas y ahora trabajaba con un librero. A los cincuenta años estaba haciéndole mandados a un librero. El decía que no era así, que era su asistente, pero sólo le hacía mandados y había salido a cobrarle un cheque. Por eso llevaba cierta cantidad conmigo. Se empinó en la punta de sus pies y se sentó en el banco. Al acomodarse abrió los muslos. Era un verdadero espectáculo.

Volteó a verme.

—Pide —dije—, pide lo que quieras. Ya vengo. Voy a llamar por teléfono.

Salí del bar y caminé hasta la esquina buscando el teléfono monedero. Ahí estaba el teléfono pero ya no era monedero. La semana pasada lo era. De pronto las monedas no valían nada. Metí la tarjeta y llamé a Julio, el librero. Le dije que iba a tomar algo prestado. Había surgido una pequeña emergencia, nada serio, claro. Se lo devolvería. La plata estaba en mi bolsillo y no en el de él. Tal vez por eso no dijo que no. Noté su nerviosismo pero no dijo que no.

Cuando regresé seguía sola y no había pedido nada.

—¿Y? —la inquirí— ¿Creíste que no volvería?

—No. No sabía qué pedir —mintió—. ¿Cuánto tienes?

Sonreí.

—Pide. Pide lo que quieras.

Me miró escéptica.

—Pide —insistí.

Pidió un Dewar’s.

—¿Tú?

—Yo otra cerveza.

—¿Cerveza? —se extrañó.

—Sí. De menor a mayor.

—¿Como los cocineros?

No entendí.

—Como los conciertos —respondí.

Inclinó su vaso y bebió la mitad. Se relajó. Me contó que iba a una reunión de Alcohólicos Anónimos cuando vio abierto el bar de Tony y supo que iba a desertar.

—¿Tan temprano?

—Tan temprano.

—¿A qué te dedicas?

—Desperdicio mi vida —dijo sacando otro cigarro.

Tenía estilo. Sólo faltaba verla sentada en el water para corroborarlo.

—No podía ser de otra forma.

—¿No?

Encendió el cigarro. Lo chupó. Chupaba el cigarro como si buscara desesperadamente oxígeno. Como si su vida dependiera de ello.

—No. A esta hora están aquí los que tienen que estar.

La boca se le contrajo. Estuvo a punto de dejar ver su dolor.

—Disimula —dije—. Hablemos de otra cosa. De la moda. De béisbol. De los zancudos de Cagua que son célebres por su corpulencia.

—¿Quiénes? —repuso.

—Los zancudos de Cagua. Son vertebrados, barrigones y lanudos. Tienen un vuelo pesado, se posan en tus brazos y succionan todo lo que pueden. Como una bomba de achique.

Se me quedó mirando.

—Olvídalo. Tendrías que conocer a Néstor.

Sonrió, y pude ver unos carnosos labios abriéndose sobre dos hileras perfectas de dientes.

Tony volvió del traspatio donde agolpaba gaveras y se sirvió un Campari. Comentó algo del tiempo. El calor, la lluvia. Abrió una lata de maní. Puso el contenido en un plato y nos lo dejó al frente. Me preguntó si me quedaría a comer. En realidad Tony se llamaba Antonieta. A veces me cogía un ruedo o me invitaba pastel de carne y schnaps. Yo no sé si las mujeres lo saben, pero cogerle el ruedo a un extraño es la más genuina muestra de amor por la humanidad. Tony era alemana, de Kassel. Tenía sesenta y cuatro años y tocaba el acordeón.

—A todas estas no nos hemos presentado —dije volviéndome hacia el espectáculo. Le alargué la mano.

Puso cara de mierda frita. Como si hubiese felicitado a Simone de Beauvoir el día de la secretaria.

—A todas éstas —dijo concluyente.

—Pedro —dije. Mi mano continuaba extendida.

Chupó el filtro de su cigarro, volteó la cabeza y me observó displicentemente. Fumó de nuevo y se volvió completa hacia mí. Miró mi mano con desdén y finalmente la estrechó.

—Rata —dijo—. Mi nombre es Rata y no me voy a acostar contigo.

Arrugué los ojos y volví la cara. “Estamos los que somos”, pensé mientras echaba la cabeza para atrás y dejaba blanco el fondo del vaso. “Ni uno más”.

—¿Dijiste algo? —preguntó buscando mi boca con los ojos, como quien lee los labios.

—Que estamos completos.

—¿Quiénes? —repuso excluyente, respingada.

—Aquellos a los que nos tiemblan las manos y nos sale una nata azul en los ojos.

Se quedó pensando. Chupó su cigarrillo y aspiró el humo.

—Además no me he lavado el pelo —dijo molesta.

Volteó a verme.

—¿Para eso bebes?

—¿Para qué? —repliqué confundido.

—¿Para que te tiemblen las manos y te salga una nata azul en los ojos?

—No.

—Entonces ¿para qué bebes?

Sonreí.

—No, en serio. Dime. Por qué lo haces.

—Por lo mismo que tú.

—¿Por qué?

—Porque no me gusta el olor ni el sabor de la vida.

—¿No será porque..?

—También —la interrumpí—. Pero en particular, porque cuando bebo, vuelvo al sitio donde todas las mujeres son bellas y todas están locas por mí.

Se me quedó viendo.

—¿Con esa cara? —dijo burlona.

Rata tenía razón. Nunca me gustó mi rostro. Ni a mí ni a nadie en general. Tenía bolsas en los ojos. Más pómulos que quijada. Demasiadas encías y uno de los dientes de enfrente gris. A eso había que agregarle una mancha de sol en la frente y un pterigium en el ojo izquierdo.

—Tienes razón.

—Descuida —respondió—. Todos somos feos de cerca.

Soltó una risotada, dio el último sorbo a su vaso y miró el almanaque de Firestone que Tony tenía colgado en la pared. Se volvió de nuevo hacia mí.

—¿Cómo debería oler la vida para que te gustara?

—Como tus pies —respondí—. Como el queso de tus pies.

Se tapó el rostro avergonzada. Luego se retrajo y se quedó viendo el almanaque de Firestone. Empezaba a llegar gente.

—No me he lavado el pelo —dijo con enfado.

—Pide —invité.

—¿Otro? ¿En serio?

—En serio.

—Mira que soy un pozo sin fondo.

—TODOS somos un pozo sin fondo.

Tony trajo otro Dewar’s y otra botella de cerveza.

—No me he lavado el cabello —repitió con enojo.

—Y cuál es el drama —pregunté.

—Que no me gusta —dijo incómoda, manoseándoselo—. No me lo pude lavar. Estaba nerviosa. Y tensa. Y encabronada.

Callamos un rato bebiendo cada cual de lo suyo, viendo a Tony salir y entrar a la cocina. Volvió a acabarse su trago. Esta vez demasiado rápido. Se me quedó mirando.

—Pide —dije—. Y otra para mí.

Salí de nuevo a llamar. Metí la tarjeta en la ranura y marqué los siete dígitos. Avisé a la dependienta que me tomaba el resto del día, pero ella insistió en pasarme a Julio. Julio era un tipo raro que leía a Chaucer. Me saludó y me anunció que había trabajo, pero lo que quería era que apareciera con el dinero. Le dije que me sería imposible. Que hoy me sería imposible. Quiso saber dónde estaba. No se lo dije. Colgó nervioso, pero confiaba en mí. Al menos eso fue lo que dijo.

Cuando volví, su vaso iba por la mitad. Me estaba esperando.

—¿Qué es lo que más más más te gusta en la vida? —preguntó animada y un poco más suelta.

—Considerando que no te vas a acostar conmigo, el Jack Daniel’s —le dije—. ¿Y a ti?

—Considerando que no me gustan los hombres, la Stolichnaya.

Rata acercó su cara a mi cara y me miró. La miré. Pude contemplar sus inmensos ojos almendrados y unas cuantas pecas mal administradas sobre sus mejillas. En otro tiempo me habría babeado.

—Lo que más más más me gusta es desayunarme con vodka —agregó.

Entrelazó sus manos y volteó hacia el frente. Otra vez al almanaque.

—¿Te comenzaron los temblores?

—¿Perdón?

—¿Que si ya te comenzaron los temblores?

Noté su preocupación. Busqué su mirada.

—Hace más de un año.

—A mí me acaban de empezar.

—Es cuando más provoca beber.

—Da mucho miedo —dijo.

—Así es.

Se quedó pensativa.

—Por eso iba a Alcohólicos Anónimos.

—No hay reunión a las once en Alcohólicos Anónimos.

—Por eso tenía pensado ir a Alcohólicos Anónimos.

Volvió a ver el almanaque. Luego retomó el ímpetu.

—No bebas más eso —ordenó con denuedo.

—¿Qué?

—Eso.

Hizo una mueca de asco.

—Es sólo cerveza.

—No, no bebas más eso. Fíjate: yo me tomé la mitad de éste. Tómate tú la otra y pedimos un Jack Daniel’s y una Stolichnaya.

—De acuerdo —dije empinándome su medio vaso de Dewar’s.

—¿Bueno? —preguntó.

—Bueno —respondí con la boca llena de hielos derretidos, hielos que devolví al vaso—. El problema es que Tony no vende Jack Daniel’s.

—¿Ah no?

—No.

Rata se puso triste, muy triste.

—Entonces nos bebemos dos whiskys. O dos vodkas. ¿Tienes más plata?

—¿Que si tengo? —dije jaquetonamente—. Soy muy, muy rico. Me finjo pobre para que no me secuestren.

—Entonces pidamos.

Pedimos. Tony trajo dos vasos cortos y los llenó de hielo picado. Les puso full vodka. En cuanto acabó de servirlos me pasó una mano por el pelo.

—Este es como mi muchacho —le refirió—. Lo quiero mucho. Lo malo es que le va a estallar el hígado.

Ambos sabíamos que a ella le estallaría primero. Volvió a la cocina.

—Cuéntame —preguntó Rata—. ¿Quién te fregó?

—Quién me fregó de qué.

—Tu historia. ¿Quién te fregó?

—Nadie. Estudié, trabajé, las cosas no salieron bien y me fundí. Eso es todo.

—Te fundiste.

—Sí, me fundí.

Chocamos los vasos. En ese momento entró un tipo con rostro de medalla mediterránea. Rubio. Muy tostado por el sol. Como un surfista cuarentón. Llevaba un traje barato. De polyester. Lo gritaban las puntadas de nylon que saltaban de las costuras de los hombros. Le quedaba muy ajustado. Al menos dos tallas por debajo de la suya. Las mangas del saco no le cubrían las muñecas. Los pantalones no le llegaban a los tobillos. Tony salió en ese momento. Me miró resuelta, tribunalicia. De inmediato fue a atenderlo. Lo hizo con tal agresividad que el sujeto, cohibido, dio las gracias y se marchó. Tony agrandó sus ya enormes ojos y sentenció: “además el muerto era más pequeño”. Hizo un buche de Campari, lo pasó de un cachete a otro y lo tragó. Volvió a la cocina negando con la cabeza.

Rata no entendía nada.

—Aunque Tony tiene el cabello casi blanco y los ojos azules, le tiene ojeriza a los rubios.

Seguimos charlando, bebiendo y chocando vasos toda la tarde. Me habló de su hermano. Me contó que era actor. Si se puede llamar actor a un sujeto que aparece en las telenovelas vestido de médico, diciendo que sí o que no con la cabeza. El bar se fue llenando. Poco a poco fueron apareciendo los animales domésticos del día y de la noche. Sin embargo, nuestra presencia era una isla. Al principio me daba cuenta de la sensación que Rata causaba entre los hombres. Después se diluía. Como todo. Sólo uno se metió con ella. Yo había ido al baño. Me lo contaron cuando le tocó a ella orinar. El tipo le insinuó que necesitaba mujer. Ella le preguntó que por qué no inflaba una.

—¿Desde cuándo no ves a Linda? —me interrogó.

—¿Cómo dices?

—Que desde cuándo no estás con una mujer.

Bajé la mirada.

—Anda, dime.

Me dio pena responderle.

—¿Días? ¿Meses?

Seguí callado, contemplando sus facciones.

—¿Años?

Sonreí.

—¿Años?

No pudo evitar la risotada y yo tampoco.

—Pero no será por lo feo —dijo empinándose su vaso—. Hay tipos más feos que tú que de vez en cuando.

Volvió a estallar en risas.

Estábamos bebidos.

—Yo creo que por lo feo y porque tengo un “La” natural que no llega…

Vacié mi trago. Estaba en una situación muy comprometida. Rata lo percibió.

—Tienes cara de conocer dolores.

—Más o menos —dije—. Desde Santa Teresa hasta la neuralgia del trigémino.

—Pide un deseo —dijo.

No tuve tiempo de pensarlo. Se bajó del asiento giratorio y pasó una pierna por sobre las mías colocándose entre la barra y yo. Luego se me sentó de frente, a horcajadas, repantigando maliciosamente sus nalgas sobre mis piernas delante de todos. Tomó mi cabeza entre sus manos, abrió sus carnosos labios y los posó sobre los míos. La gente aplaudió. Todo el bar aplaudió. Fue un beso cósmico, infinito. Permanecimos abrazados, con las frentes juntas por un buen rato, mirándonos a los ojos. Luego me desmontó. Miré la buganvilla en flor. Chocó mi vaso y bebió. Sonreímos. Tony sacó el acordeón.

—El deseo no agrega nada a lo que traes por dentro —dijo con la lengua enredada.

Ni entendí ni hice el menor esfuerzo por entender.

—Por qué no me dices tu nombre —le pedí—, tu verdadero nombre…

Se me quedó mirando en una mezcla de ternura con piedad y cerró los ojos.

—Tamara —dijo—, me llamo Tamara —y de inmediato se puso seria.

—Gracias, Tamara.

Volvió a besarme. Tony bebía y tocaba acordeón en medio de una bulla espantosa, mientras al lado, un tipo con cara de soplete le hablaba a otro con cara de Gauloises sin filtro.

—Ustedes —dijo airado el de la cara de soplete—. Cuando el país no lo necesitaba, se fueron a la montaña. Ahora que esto se cayó a pedazos, hacen lobbying y downsizing y aprietan los maxilares para bailar las orejas. Me cago en su épica, en sus años sesenta y en la puta madre que los parió.

—Vámonos de aquí —dijo Tamara pegándoseme, besándome, metiéndome la mano entre las piernas—, vámonos ya.

—Espera —susurré—. Ya nos vamos. Pero antes quítate los zapatos.

—¿Cómo?

—Te estoy pidiendo que te quites los zapatos.

—No entiendo.

—Quiero ver tus pies. Tus bellos pies. Sé como es la gente por la forma de sus pies.

—¿Aquí?

—Sí, aquí, ahora.

—No.

—Sí, anda.

—Sólo uno.

—Esta bien. Uno. Sólo uno.

Tamara se descalzó uno y lo alzó disimuladamente. Era divino. Tal como lo había imaginado pero mejor, más rapaz, más salvaje, más femenino. Con un puente alzadísimo y unos dedos que parecían percebes.

—Déjame olerlo.

—No, loco.

—Por favor…

—Huele a queso.

—El queso es el alma.

Me besó desbordada para ahuyentar su rubor.

—Anda, quiero olerlo.

—¿Pero aquí?

—Aquí, sí, aquí, aquí.

—No me he lavado el pelo —dijo mimosa.

Se lo tomé con mis dos manos y lo extendí sobre mis piernas. Lo froté. Lo masajeé. Me olí las manos. Me las lamí. Fui feliz. Sonreí. Lo alcé. Lo olí. Lo olí profunda, intensamente, por arriba, por debajo, entre los dedos. Con una mano sujetaba el talón y con la otra apretaba su pantorrilla, mientras restregaba los dedos de aquel pie en mi cara, en mi nariz. Fontina. El mejor Fontina. El más fresco Fontina del valle d’Aosta. La gente miraba, gritaba. Reía y gritaba.

—Loco —decía Rata, Tamara—, loco…

Yo estaba en el paraíso. Añoraba ese Grumello.

De pronto me arrebató la pierna. Yo permanecí en éxtasis, encorvado, oliéndome los dedos, las palmas de las manos. Demoré en incorporarme. Me di cuenta de que estaba ebrio. Muy ebrio.

—Es Otra —dijo.

—¿Otra? ¿Cuál otra? —balbuceé.

La sentí calzarse atropelladamente. Arreglarse el vestido. Bajarse del asiento y trastabillar. Volteé a verla y su mirada estaba petrificada. Apuntaba hacia la puerta.

—Es Otra —balbuceó.

Giré la cabeza y una mujer hombruna, fornida y con las manos en la cintura la auscultaba con odio. Se vino hacia nosotros.

—Puta —chilló—. Eres una puta —e intentó abofetearla.

Rata no lo impidió. Sólo bajó la cabeza.

—Estás borracha. Te he buscado todo el día. No fuiste a A.A. No tienes ni una pizca de consideración.

Yo luchaba por volver de mi sopor, pero me costaba. Estaba descomprimiendo archivos. Aun así la observé. Todo lo tenía corto. Manos, pelo, cuello. Parecía una nevera con escote.

—¿Así es como me pagas, Una?

El aliento le olía a fósforo. Tenía las uñas comidas y la pintura descascarada.

—¿Así es como me pagas? —repitió. Por el timbre de su voz juzgué que estábamos en presencia de un queso rancio.

—No, no —dijo Tamara revolviéndose el cabello.

—¡Alcohólica! Mírate en ese estado. ¿Quién es este infeliz?

—No sé, no sé —dijo Tamara a punto de romper en llanto.

—¿Quién es este infeliz? —volvió a preguntar.

Yo estaba desconcertado, volviendo del olor del pie de Tamara.

—¿Qué tienes tú que ver con Una? —me preguntó.

—¿Con quién?

—Con Una.

—Su nombre es Tamara.

—Ella es Una y yo soy Otra —chilló.

Debía tener un problema serio en la próstata. Se volvió hacia Tony.

—Apártele ese trago. Llévese la bebida y nos trae un té.

—Querrá decir un café bien cargado —replicó Tony.

—Un té. Quise decir un té —dijo categórica.

Se volvió hacia Tamara.

—Estoy harta de lidiar contigo. No soporto más.

Pero algo en la voz no sonó cierto.

—Te he aguantado de todo, Una. La mala bebida, la infidelidad. De ahora en adelante vas a aprender a cuidarte tú sola.

Tamara rompió en llanto y se le echó en los brazos. Ambas lloraron.

—¿Por qué me haces esto? —dijo más calmada, secándole las lágrimas, peinándola con la mano—. ¿Quién es ese tipo?

—No sé, mami, no sé.

Volvió a sollozar. Demasiado vodka.

—Vente, vámonos.

Caminaron juntas. Atravesaron el piso de kaolín hasta una mesa del fondo. La única mesa vacía. Una mesa de mantel rojo. Tamara seguía llorando guindada del cuello de Otra.

—¿Qué hacías con ese tipo?

—No sé, mami, no lo sé. No entiendo nada.

Otra besó sus ojos. Tamara los abrió y volvió a sollozar.

—No me he lavado el pelo.

Me di vuelta y serví el resto de la botella. Lo fui bebiendo despacio. Ya no veía lo que ocurría. Me habían quedado de espaldas. Creí advertir cuando Tony les llevaba el té. De repente se restituyó la bulla. El olor a humedad. El almanaque de Firestone.

No sé cuanto tiempo pasó.

—Tony —dije en algún momento—, dame la cuenta.

Miré la buganvilla, sus brácteas, y me pregunté cómo podía florecer una planta en un lugar así. Sin luz, sin sol. Me dije que por Tony. Sólo lo hacía por Tony.

—Dame la cuenta. Y otra botella de vodka.

No había razón para parar. Ahora estaba seguro de que no había razón para parar.

—Me la envuelves en una bolsa de papel.

Sabía que pronto no quedaría nada. Acaso la sensación de irme sumiendo en ese sopor, en esa parálisis, en esa dulce y lerda inconsciencia donde en cámara lenta y con los ojos cerrados, quisiera decir un parlamento de alguien más a salvo, menos averiado, más bonito que yo.

Me fui tambaleando. Con el puño cerrado en torno al cuello de una botella metida en una bolsa de papel. Antes de salir volteé. Una estaba al lado de Otra, comiendo de una bolsa de chicharrón picante y bebiendo té de menta en una horrible jarra de cerveza. Otra le hablaba sin verla, desangeladamente, como si mascara chicle.

Del libro: Solo quiero que amanezca (PuntoCero)

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4 Comentarios a “A los que nunca terminaron nada, de Oscar Marcano”

  1. Muy buen cuento, muy entretenido, con un aire muy nostálgico, de otras épocas, me encantó, felicitaciones al autor.

  2. La Negra says:

    Atrapada. Quiero más.

  3. Un cuento que atrapa desde el primer momento. Resalta el drama existencial de dos alcohólicos que se encuentran en un bar y por un momento piensan que pueden obviar la nube desalentadora que los persigue…

  4. Margoth García says:

    me encantó…situaciones así suelen pasar..

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