Cumboto, de Ramón Díaz Sánchez

18/ 03/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas

Capítulo tercero

La casa blanca

La casa de los señores está rodeada por un corredor español cuya techumbre de obra limpia sostienen redondos pilares de mampostería, fuertes como árboles. En la mañana el sol entra por este corredor y visita el salón principal. También se cuela por las ventanas y curiosea en las habitaciones como un niño convaleciente. Del centro de la techumbre, exactamente frente a la puerta, prende un antiguo farol de hierro forjado que alumbra el lugar por la noche.

La Casa Blanca —así la llaman en la comarca por el color de sus paredes— es vieja de más de cien años. Se halla enclavada en un parque abierto en medio de la floresta, a un tiro de fusil de la carretera. En el parque hay naranjos, granados, guayabos, pomarrosos y otros frutales. Existe igualmente un jardín poblado de rosas, magnolias, jazmines y palmas de distintas clases. La Casa Blanca tiene dos plantas y, distribuidas en éstas, numerosas habitaciones. El salón, la biblioteca y el comedor están en la planta baja; los dormitorios de los señores y de los niños en la alta. Yo duermo en un cuartito de tablas construido entre la cocina y el baño, fuera del cuerpo principal del edificio. Cuando llueve no puedo llegar a mi habitación sin mojarme, pero así y todo no la cambiaría por la mejor de la casa. En sus oscuras paredes, pobladas de caprichosas manchas y figuritas, ha creado mi fantasía un mundo de amigos discretos sin los cuales la existencia se me haría muy insípida.

En el interior de la casa respírase un perfume suave pero persistente y original, que parece haberse ido creando en la atmósfera, a través de los años, con las fragancias que vienen del campo. Un perfume grave y discreto que me llena en espíritu de reverencia. Las paredes están siempre limpias y el piso brilla como un espejo. Cuando yo era pequeño me provocaba echarme en él y ponerme a nadar. Recordando una estampa iluminada que la cocinera conservaba junto a su cama, me imaginaba a Jesús caminando en aquella sala, sobre las olas.

El techo de la casa es tan alto que cuando cae la tarde no se distinguen los detalles de las molduras. Esto solía producirme vagos temores. Sin embargo gustábame mirar hacia arriba para ver cómo se adensaban las sombras e iban absorbiendo las cosas. Recuerdo que una vez penetró por una de las ventanas un murciélago que, luego de hacer una amplia evolución en la sala lanzó un agrio chillido y clavóse como una saeta en el golfo negro. “Se ahogó”, pensé yo temblando. Pero en seguida rectifiqué. “No, no se ha ahogado; se ha confundido con las sombras, se ha diluido en ellas como un trozo de jabón en el agua. Porque los murciélagos, reflexioné gravemente, son seres diabólicos que están hechos de la sustancia de la oscuridad.”

Durante mucho tiempo después, al caer la tarde, no pude cruzar esta sala sin sentirme agitado por una desconfianza medrosa. Miraba de reojo hacia arriba y me decía interiormente: “Si no fuera por el miedo que tengo, me pararía aquí hasta ver cómo se forman los murciélagos.”

Seguramente lo que daba a las alas su aire misterioso, era, más que otra cosa, la forma y distribución de sus muebles. El piano de cola, en el centro, semejaba un buque fantasma anclado en la inmensidad del océano. Había tres mullidos sillones de cuero negro, un diván de lo mismo, y, en la pared del fondo, un arcón también negro sobre el cual brillaban sordamente dos candelabros de plata. Para ir al comedor se cruzaba una puerta de arco alargado y para subir al piso superior había que recorrer cuarenta y seis escalones de madera barnizada que crujían levemente cual si se burlasen de lo que veían subir y bajar. La puerta de la biblioteca era de caoba tallada.

En aquella época la encargada de la limpieza interior era una negra cenicienta, con cara de flauta, la que con sólo estirar el brazo dominaba la altura de las puertas y alcanzaba los marcos de los cuadros colgados en las paredes. Llamábase esta mujer Eduvige y andaba sin hacer ruido, escurriéndose como una mentira. Al ver sus ojos inexpresivos y su boca amargada y muda, me preguntaba yo si estaría realmente viva. Y dejaba correr mi imaginación ideando en torno a ella las conjeturas más caprichosas. De un momento a otro esperaba ver a Eduvige dispararse hacia el techo con el brazo extendido y evaporarse allí, dejando como único rastro de su existencia el trapo blanquísimo con el que limpiaba los muebles.

Siempre me había intrigado la biblioteca. Cuantas veces me era posible —cuando Eduvige se hallaba ejerciendo su oficio—, me situaba estratégicamente en la puerta del comedor y desde allí espiaba a mis anchas. La heterogeneidad y confusión de las cosas acumuladas en aquel recinto, el imponente aspecto de las vitrinas llenas de libros, las mesas, las lámparas, los cofres, los bustos amarillentos diseminados aquí y allá, los oscuros cuadros que colgaban en las paredes, la esfera geográfica encaramada en lo más alto de un estante, los mil y un objetos de formas y colores diversos, se confundían de tal manera ante mi mirada, que nunca, por más empeño que puse en retenerlos, pude formarme una visión coherente de aquel universo fascinador.

Yo hubiese querido entrar allí y detenerme largo rato frente a cada uno de esos objetos, observarlos, palparlos hasta familiarizarme con todos ellos. Sospechaba que debía haber cosas maravillosas, reveladores de una existencia que yo ignoraba y que sin embargo presentía vagamente. Pero había de pasar mucho tiempo antes de que lograse ver realizado este anhelo. Durante todo ese tiempo conservaría la impresión de haber estado frente a algo terrible, trágico, escalofriante, sin que pudiese precisar de qué se trataba.

El comedor caía hacia el naciente y por sus ventanas abiertas penetraban la brisa del bosque y la suave música de las palmas. En una gran mesa cubierta con un impoluto mantel de lino, sentábanse los señores, los niños y la institutriz. Allí comían en silencio. Eduvige servía y yo la ayudaba trayendo el agua y llevando los platos vacíos a la cocina. Las órdenes me eran dadas por señas, por medio de miradas breves y rápidas que aprendí a interpretar admirablemente. Empero, cuando había invitados el carácter de Don Guillermo cambiaba. Entonces poníase locuaz y trataba con gentileza a su esposa. Hasta la invitaba a tocar al piano.
Olvidaba decir que en el piso bajo tenían también sus dormitorios la silenciosa Eduvige y la descolorida institutriz, una mujer blanca y pecosa, con cabellos color de paja, a la que oí siempre llamar con este exótico nombre: Frau Berza. Cual si con ella se hubiese querido completar la gama de la taciturnidad, Frau Berza también era casi silenciosa. Sin embargo, sabía sonreír y no pocas veces la sorprendí sentada en el comedor con la mirada perdida en la lejanía de los campos. Era ella quien enseñaba a los niños a leer, escribir y contar, quien los hacía tararear canciones para mí ininteligibles y les obligaba a permanecer largas horas golpeando las teclas del piano. Nunca olvidaré la entrevista dulzura con que esta mujer matizaba su voz cuando repetía las notas de la escala para grabarlas en los oídos de sus pupilos:
Do… do… do… do…
re… re… re… re…
mi… mi… mi… mi…
Federico aprendía con facilidad; Gertrudis, por el contrario, era torpe e indiferente. Cuando no se hallaba ante el piano o repitiendo las lecciones que le dictaba Frau Berza, aquél se distraía dibujando animales y paisajes con sus lápices de color. Este era el momento en que yo podía aproximarme a él para verle y hablarle. Me paraba a su lado y con los ojos muy abiertos seguía los trazos de su mano, veía brotar y correr sobre el papel las líneas multicolores y asistía a la creación de pequeños mundos en los que me hubiese gustado vivir. Él sonreía complacido y, a cada trazo que daba, levantaba su cuadro para que yo lo admirase. Entonces mi impaciencia se desbordaba y olvidando todo comedimiento me permitía interferir en el proceso de sus creaciones.

—¿Por qué no le pones más verde a esta palma?

—Porque está bien como está.

—¿Lo crees tú?

—Claro que sí.

Incluso solíamos discutir:

—¿Pero quién te ha dicho que las hojas del níspero son verdes?

—¿Y cómo van a ser? ¿No las estás viendo tú mismo?

—Yo no las veo verdes sino azules.

Una vez me largó una pregunta que me dejó confundido:

—¿Quieres pintar un cuadro tú mismo?

Me entregó su cuaderno y sus lápices y se puso a mirarme. Sudé tinta aquella tarde. Cuando hube concluido y le mostré mi trabajo, Federico rompió a reír.

—¿Pero qué es lo que has hecho? ¿Son hojas estas que salen del palo? ¡Dios mío! Parecen burros. ¡Burros azules!

Su risa atrajo a Frau Berza, la que frunció el ceño y le dijo algo que no entendí pero que hizo a mi amigo bajar la cabeza. Después dirigióse a mí mismo:

—Este no es tu lugar. Vete a limpiar el piso.

Mi consternación no puede ser descrita. Aquellas palabras me hirieron en lo profundo y despertaron en mí fibras desconocidas, sentimientos nuevos e inexpresables. Comprendí en tal momento que era posible morir de vergüenza, y el pequeño mundo de mi infancia, lleno de extrañas resistencias pero matizado a sí mismo por los más hermosos colores, se me puso de pronto negro.

Cumboto (Editorial Nova, 1950)

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