El móvil del delito, de Adriana Villanueva

04/ 03/ 2013 | Categorías: Destacado, Fragmentos de novelas
El secreto de Paraguaná

La noticia estaba en primera plana: “Desapareció móvil de Calder de la UCV”, la leí por casualidad vía el Parque del Este. No me gusta enfrentarme a la prensa tan temprano en la mañana, prefiero comenzar el día con optimismo y una buena caminata. Pero a veces no puedo evitar darle una ojeada fugaz a los titulares que ofrecen los pregoneros en el tráfico. Con el tiempo he logrado crear una coraza contra el drama político, contra el terrorismo mundial, contra la muerte de un ídolo; pero cómo prepararme para afrontar, en enorme letra impresa, la terrible posibilidad de que entre mis amigos de juventud pueda haber un experto ladrón de obras de arte.

Compré el periódico en el semáforo frente a la Plaza Altamira. Lo puse a mi lado, y aunque me moría de ganas de leer la noticia ahí mismo, un cornetazo me recordó que estaba en la avenida Luis Roche y ya el tráfico del día comenzaba a impacientar.  Tuve que controlarme las dos largas cuadras antes de llegar a mi destino, y una vez parado el carro en el estacionamiento del parque, abrí con impaciencia el segundo cuerpo buscando detalles del robo.

La nota estaba firmada por Yuri Linares. La conozco, fue la primera reportera que denunció el desmantelamiento de la escultura de Jesús Soto en la autopista (una gran esfera de hilos de metal naranja que los traficantes de aluminio se llevaron barrita por barrita), también escribió sobre la compra del autorretrato de Reverón de un ministro revolucionario (compra que fue desmentida por el servidor público y que le costó a la periodista una demanda por difamación), y sobre la falsificación del cuadro de Matisse del Museo de Arte Contemporáneo (Odalisca poco parecida a la original que pasó dos años guindada en el museo sin que nadie se diera cuenta del cambio).

Esta chica está haciendo carrera con la crónica negra del arte urbano. Como buena reportera, Linares se limitó a los hechos:

A primeras horas de la tarde de ayer la arquitecta Paulina Villanueva denunció que uno de los móviles de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Central es una falsificación de la obra original. La profesora Villanueva asegura que hace seis meses, cuando se jubiló como profesora de la UCV, el móvil de pie de Alexander Calder titulado Estalagmita aún formaba parte de los espacios universitarios creados por su padre, el arquitecto Carlos Raúl Villanueva; pero ayer en la mañana, al realizar su primera visita a la Facultad después de su jubilación, se dio cuenta de que los colores rojo y azul de la escultura policromática no son las tonalidades exactas utilizadas por el artista norteamericano creador de las nubes acústicas del Aula Magna.

Tras la grave denuncia de la profesora Villanueva, la arquitecta Amanda Coutiño, coordinadora del Centro de Información y Documentación de la Facultad de Arquitectura y responsable directa de su patrimonio artístico,  convocó a una comisión de expertos, quienes, después de detallar la obra, coincidieron que la actual Estalagmita es una copia casi perfecta de la original, y certificaron que las otras esculturas de Calder en la Facultad de Arquitectura: un móvil de techo conocido como Ráfaga de Nieve y un móvil de piso sin título, son las obras originales realizadas por el artista en la Escuela Técnica Industrial de la Universidad Central durante su visita a Venezuela en el año 1955. Igualmente se constató que el resto de las esculturas de la Ciudad Universitaria son las obras originales que conforman en su conjunto el proyecto de síntesis de las artes que desarrolló Villanueva en los años cincuenta.

La profesora Villanueva también manifestó su preocupación por los recientes enfrentamientos políticos dentro del recinto universitario que han causado incontables daños materiales.  Villanueva recordó que la Ciudad Universitaria fue decretada por la UNESCO en el año 2000 patrimonio cultural de la humanidad como obra maestra de planamiento moderno, arquitectura y arte; representante de un tipo de construcción que ilustra un período significativo de la historia humana. Tras el robo de una de sus obras y ante los destrozos causados por los enfrentamientos políticos,la Ciudad Universitaria corre el riesgo de ser despojada de tal honor.

Ante la hipótesis de que la desaparición de la escultura de Calder puede estar vinculada con los recientes enfrentamientos estudiantiles, la arquitecta Coutiño  exigió a los representantes de los medios no politizar el lamentable suceso. Coutiño aseguró que la lucha estudiantil y trabajadora por la autonomía universitaria nada tiene que ver con el cambio de esculturas y afirmó de manera enfática que la Estalagmita original estará de regreso en menos de 48 horas en la casa que vence las sombras y que los responsables del plagio serán una gran sorpresa para la opinión pública.
A este país se lo llevó el diablo: La Ciudad Universitaria, mi Alma Mater, en menos de una semana ha sido víctima de hurto, plagio y saboteo. Con la nota periodística hay una foto del móvil desaparecido. Se trata de un standing movil, o “móvil de pie” como tradujo la periodista literalmente al español. No podría jurarlo pero me parece que la obra robada era la que estaba en la entrada del auditorio de la Facultad de Arquitectura cuando yo estudiaba en la universidad a principios de los años ochenta. La foto está en blanco y negro, pero si mal no recuerdo su base era un estábil con un lado negro, otro azul y otro rojo. Arriba de la base, sostenido por una punta en forma de flecha, delgadas varillas de hierro sostenían círculos de distintos tamaños, todos blancos con excepción de un círculo grande, rojo. Como casi todas las paredes de la planta baja de la Facultad son ventanales y celosías abiertas, en los días de brisa el móvil de Calder  parecía un alegre microcosmos.

No soy experta en arte, ni trabajo en una galería ni pasé cinco años quemándome pestañas entre planos y maquetas aprendiendo a distribuir espacios. Soy fotógrafa profesional. Si sé tanto sobre esta obra de arte en particular, si esta mañana azul de junio estoy encerrada en mi carro, arriesgándome a un atraco, leyendo incrédula la noticia del reemplazo de estalagmitas, es por la terrible posibilidad de que hace muchos años, cuando era una estudiante universitaria, pude ser testigo de la planificación de este robo que hoy tanto me conmueve.

Dejo la prensa de lado, tengo que ordenar mis ideas. El robo de la Estalagmita no es obra de los ladrones de aluminio y metales que desvalijan la ciudad. No se habrían molestado en hacer una réplica. Si Paulina no fuera tan meticulosa quizás el robo nunca habría sido descubierto. Eso hace pensar que no estamos ante una banda de hampa común. Estamos ante un crimen pasional cuidadosamente planificado por amantes del arte contemporáneo. Un crimen similar al que les oí narrar en una lejana playa de la península de Paraguaná a un grupo de estudiantes de Arquitectura, quienes, bajo los efectos de una droga tropical, se pensaban destinatarios de ese universo de colores que iluminaba su Facultad.

Para entrar en época saco de la guantera mi estuche de CDs y escojo el segundo disco de Forty Licks, la última recopilación de los Rolling Stones. El primer disco no me sirve, demasiado sesentoso. Necesito una mezcla de rock, blues y funk para regresar a principios de los años ochenta. Pongo el trancapalanca al carro, conecto la alarma, y al ritmo de Start me up, retrocedo a aquellos años en los que sin darme cuenta dejé de ser una insegura adolescente y me convertí en una mujer.

Entré en la Escuela de Artes en marzo del 82, nueve meses después de graduarme de bachillerato. En 1985 ya había borrado cualquier resabio del colegio de monjas y era parte integral del bestiario de la Ciudad Universitaria: cosecha primera mitad de los años ochenta. Desgarbada más que delgada, melena castaña corta por los hombros, anteojos de montura redonda. En una era de misses voluptuosas mi imagen andrógina de John Lennon caraqueña tenía su tumbado en el reducido espacio en el que me movía, triángulo comprendido entre la piscina Olímpica (frente quedaba la Escuela de Artes, hoy creo que está en Humanidades), los pasillos de Economía donde todavía están los libreros que entonces visitaba a diario y que hoy venden Cds quemados; y de vez en cuando iba a los alrededores de la Plaza Cubierta para asistir a algún concierto en el Aula Magna, o a la Cátedra del Humor. Rara vez me aventuraba fuera de este triángulo. No tenía necesidad. Hasta que en el quinto semestre de carrera, después de un desamor con un tesista que se las daba de Fellini y sólo lo igualaba en sus mañas donjuenescas, juré no volver a fijarme en un hombre que se decretara artista o se las jactara de intelectual. Mal material para novio. Tampoco podía quedarme fastidiada en mis horas libres. Así que salí a explorar.

Hoy me pregunto por qué más bien no fui a Medicina Tropical, a Farmacia, o a Ingeniería, carreras opuestas al perfil de hombre intenso del cual estaba renegando. A lo mejor no quería un cambio  drástico. No recuerdo bien. Quizás mis visitas a Arquitectura se debieron a que mi amiga Cristina, con quien estudié en el San José de Tarbes desde preescolar hasta Quinto año de Bachillerato, pidió traslado a la Central después de dos años estudiando Urbanismo en la Simón Bolívar y me tenía aturdida hablándome de su maravilloso grupo de compañeros artísticos pero pragmáticos, cultos, talentosos y hasta buenmozos; y yo, que nunca he sido muy inteligente dije: ¡bingo! ahí tiene que haber uno para mí. Sin darme cuenta de que la descripción de los amigos de Cristina encajaba a perfección con el perfil de hombres intensos del que venía huyendo.

Heli, Ricardo y Andrés se llaman mis sospechosos de ser los vengadores del arte abstracto que hoy son noticia. Heli era novio de Cristina, “el Chivo” lo llamábamos porque venía de Judibana, estado Falcón, una ciudad satélite de Punto Fijo. Escogió Arquitectura para complacer a su padre, un obrero petrolero que soñaba con tener un hijo universitario. Pero al Chivo se le salía la tridimensionalidad por los poros, su única vocación era la escultura. Ricardo me tocó a mí. Hijo de inmigrantes cubanos, su madre, pintora, le transmitió el amor por al arte. Su padre, diseñador gráfico, le dio la técnica. Pero como ser artista no es una carrera, se fue por Arquitectura. Andrés, caraqueño de esos que llaman mantuanos, amos del valle, de toda la vida; era hijo, hermano y sobrino de arquitectos. ¿Qué otra carrera podía elegir?

Miss you canta Mick Jagger, y yo, como siempre, lo acompaño en los coros: “Uh, uh, uh, uh…” ¡cuánta gente nos pasa en la juventud! En aquel entonces estos pichones de Le Corbusier eran imprescindibles en mi vida. Hoy sólo los veo ocasionalmente, a unos más que a otros. Creo que ellos ni siquiera mantienen mucho contacto entre sí. Pero mientras el viejo Mick se pregunta: “Why you’re waiting so long?”, dejo de evocarlos sentados en el cafetín de la Facultad de Arquitectura admirando el infinito mundo de posibilidades de las obras de Calder, y me desplazo al punto más septentrional de Venezuela: el cabo San Román, donde escogimos pasar nuestras primeras vacaciones como grupo inseparable.

 

Una madrugada de agosto me despedí de mis padres asegurándoles que estaría de regreso en diez días. Ya era adulta, tenía veinte años recién cumplidos. De todas maneras, a mis viejos les daba una enorme sensación de seguridad que Cristina me acompañara. Mi amiga de escuela siempre fue más responsable que yo. Además, también iban los hermanos Smith –Sonia y Tomás–, hijos de unos amigos de ellos, gente como uno, muchachos muy serios. Sonia era compañera de Cristina en la Facultad. Su hermano Tomás también estudiaba Arquitectura, pero estaba por graduarse.

Éramos un grupo grande, cinco carros rústicos, por lo menos veinte personas, nadie llegaba a los veinticuatro años. Ricardo y  Heli pintaron cinco carteles adornados con cactus que decían: Paraguaná 1983, y los pusimos en los parabrisas de los carros para que en el trayecto  nos identificaran como caravana. Nuestro punto de partida fue la casa de Cristina. Su papá, que era un cardiólogo de los mejores, quien, por cierto, murió del corazón hace  tres años, nos aconsejó prudencia, nos pidió que no pasáramos de cien y nos rogó que no consumiéramos alcohol en la carretera. Cristina era su única hija. Sin embargo quedó confiado, sabía que su niña sólo se reuniría con buenos muchachos. Lo que el pobre doctor ignoraba era que entre los compañeros de viaje de Cris, todos excelentes chicos, eso sí, había ciertas divergencias de estilos de diversión, diferencias que no tardarían en hacerse sentir: si Tomás Smith y sus adláteres querían disfrutar de una nota sana casi ecologista de qué linda es Venezuela, el resto del grupo, poco zanahoria, para qué negarlo, prefirió magnificar esa nota ayudado de buena hierba, sexo y mucho rock and roll.

La primera etapa del trayecto duró casi todo el día hasta Judibana: “la nariz del estado Falcón” como decía Andrés con el mapa de Venezuela abierto sobre el volante de su jeep negro. Judibana, nombre de una princesa indígena según nos contó orgulloso nuestro anfitrión, está al oeste de la península de Paraguaná, pasando los médanos de Coro. La recuerdo más como a una ciudad pequeña que como a un pueblo grande. No era bonita, le faltaba un toque pintoresco, demasiado Texaco Oil Company, sus casas blancas y con vereda se correspondían al estilo uniformado del sueño americano. Hoy evoco de esta primera parada no una imagen sino una sensación: hacía tanto calor al atardecer que del piso manaba una especie de vapor caliente. De no ser por la inmensa felicidad de estar rodeada de amigos, habría pensado que me encontraba en el mismo infierno.

Los padres de  Heli todavía viven en Judibana. Creo que su papá hizo carrera en la refinería de Amuay, hoy ya debe estar jubilado. Su casa, aunque cómoda y de dos pisos, no era muy grande pero tenía aire acondicionado central, una verdadera necesidad para un grupo de jóvenes patiquines que de las playas de Choroní no habíamos pasado. La casa estaba decorada de manera sencilla pero con buen gusto –aunque a los veinte años tampoco se suele ser muy esnob en ese aspecto–, y los padres de  Heli, encantadores, se desvivieron en amabilidades con los invitados de su hijo. Hasta nos prepararon comida: espagheti a la boloñesa. Me imagino la cara de mis padres si yo me hubiera presentado una tarde en casa con veinte amigos para acampar: “¡sorpresa!” Mamá nos habría botado a escobazos.

Esa noche dormimos en casa de Heli como caímos, regados en la sala, en su cuarto, en el cuarto de su hermana. Estábamos exhaustos del viaje. Al día siguiente salimos temprano, casi de madrugada, y después de  más de tres horas de camino entre salinas, desiertos y playas, Heli mandó a detener la caravana en un oasis de cujíes: “Aquí nos quedamos”. No sé si sería efecto de la emoción, del cansancio, o de las primeras cervezas, pero si el día anterior me sentí en el infierno, esa primera mañana de campamento pensé que estaba en el paraíso al encontrarme entre kilómetros y kilómetros de hermosas playas de arena rocosa, sólo para los panas.

Tardamos horas armando campamento. Cualquier excusa era buena para darnos un chapuzón en el mar de olas fuertes o para servirnos otro Smirnoff con limón y agua tónica. Andrés parecía el más feliz de todos, corría de un cocotero a otro recogiendo piedras, probando la fortaleza de ramas, repitiendo las palabras de su gurú, Walter Gropius, como si fuera un libro de texto: “no hay mejor escuela para un arquitecto que abandonarlo en una playa desierta y ver qué hace con palos y piedras como únicos materiales y herramientas”.

La verdad es que no fue mucho lo que logramos hacer, aunque Andrés asegurara orgulloso que el resultado final de nuestro campamento era el primer desarrollo turístico del cabo San Román.  Poco nos importaba que el viento volara las carpas y que no hubiera palmera que nos protegiera del sol,  que parecía más inclemente que en otras playas.

Heli conocía a Paraguaná como a la palma de su mano: nos dijo que estábamos en el norte del cabo de San Román, a pocos minutos del faro, el punto más septentrional de Venezuela como aseguraba una plaquita conmemoratoria, y nos prometió que en las noches despejadas podríamos ver las luces de Aruba en el horizonte, que por esa zona no merodeaban animales salvajes, aunque quizás nos podíamos encontrar con una culebra, y que a pesar de que a pocos kilómetros había dos aldeas de pescadores, estábamos por lo menos a dos horas de camino de la luz eléctrica. Qué importa, llevábamos enormes cavas repletas de hielo seco con comida, caña y refrescos para sobrevivir más de una semana, sin olvidar una buena provisión de cigarros y un botiquín de primeros auxilios rigurosamente escogidos por el papá de Cristina.

Contra el veneno de culebras no llevábamos nada, sin embargo a nadie se le ocurrió preguntar dónde estaba la medicatura más cercana. ¿Será que cuando uno es joven se piensa inmortal? Pero hoy puedo jurar que jamás me sentí tan infalible como bailando con mis amigos en una playa desierta la música de los Rolling Stones.

 El móvil del delito (Ediciones B, 2006)

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