Una mujer me mira y me incomoda, de Miriam Mireles

10/ 10/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

A Orlando Alcántara Fernández.

 

caño amarilloTiene una discreta cámara fotográfica, la mueve con cierto nerviosismo entre sus manos. La mujer la saca a cada rato de su bolso. Hago como si no me diera cuenta de su inquietud. Me mira y me incomoda. Estoy a punto de decirle que no me vea demasiado. Intento distraerme de la ansiedad que eso me provoca pero el tic nervioso del señor sentado a mi derecha, multiplica mi desasosiego. Él lee el periódico y sacude casi imperceptiblemente su cabeza. Curioseo en el resto del vagón donde sólo vamos tres personas. Observo de nuevo a la mujer, ahora lleva oculta la cámara en un pañuelo de colores pasteles.

Sin moverme del asiento, leo el periódico del señor desde su hombro izquierdo, pero es difícil hacerlo con naturalidad.  El metro se detiene bruscamente y a pesar de no caerle encima, lo tropiezo.

—Disculpe. Todavía no me acostumbro al nuevo sistema que han implementado para bajarnos.

El señor se aleja un poco de mí y responde:

—¿Sí?

Me arrimo para decirle en voz baja:

—Subir por una escalera hasta llegar al techo del vagón e introducirse en el tubo succionador que te lleva a la calle directamente, es como mucho para nosotras las mujeres. Sobre todo si nos ponemos faldas o vestidos.

Anuncian por los altavoces el retraso para ir a la próxima estación.

—El otro sistema de bajarnos por las ventanas me gustaba más, se hacía un esfuerzo pero era menos azaroso y tenía menos riesgo —digo mientras aguardo en vano que me hable.

Con una  risita y sin dejar de leer el diario, el señor responde:

—Me parece fabuloso el nuevo sistema.

La mujer de la cámara ha cambiado de lugar; sin embargo, me sigue mirando con el rabo del ojo y de vez en cuando escribe en una pequeña libreta. ¿Qué será lo que anota? ¿Es una reportera? Estoy a punto de abordarla, de preguntarle ¿por qué me mira tanto?  No, no soy capaz de decirle nada. Quisiera acercármele. Sí, me gustaría hablar con ella. ¿Contarle lo ocurrido? No sé. Me parece como si la conociera ¿Será qué la conozco? No. Ella no me ha saludado pero, siento que puedo revelárselo. Le contaré todo pero no sé si me crea.  Sí, comenzaré por decirle sobre la entrevista de trabajo de hace dos días. Cerca de la estación de Caño Amarillo ¿Me creerá? Bueno no, mejor empezaré por explicarle sobre los gritos al pasar por una casona pintada de colores naranja y dorado. Sí, ahí me detuve para ver de dónde salía esa bulla. Provenía de un gentío que manifestaba más adelante. Me vi envuelta entre ellos  cuando comenzaron a correr  en dirección a donde yo estaba. Quedé paralizada. No sabía qué hacer. De inmediato empezaron a caer, muy cerca, bombas que irritaban los ojos. No me moví. No reaccioné, sólo alcancé a taparme la cara. Tosí. Tosí mucho. En aquella confusión, sentí a alguien tomar mi mano y arrastrarme. No veía nada, caí al suelo varias veces. Sentí la desesperación de la gente. Golpeaban las puertas y gritaban. A pesar del desbarajuste, la persona no soltó mi mano. Sentí el calor del gentío, de sus cuerpos, de sus brazos, más no pude verlos; forcejeé. Tuve muchas sensaciones extrañas. Los gases ocultaban las formas, aún las más próximas. De repente, la masa de gente se detuvo, empezó a recular y quedé aprisionada contra una puerta de vidrio. Se abrió con la presión  e inmediatamente se cerró. Terminé adentro. La persona cuya mano me había arrastrado desapareció. Intenté abrir la puerta pero no pude. Mis ojos se irritaron y me dio un fuerte dolor en el pecho. Caminé por un corredor oscuro y logré conseguir una butaca y, tirarme en ella.

Cuando volví en sí, estaba desorientada. Eché mi cabeza hacia atrás y empezó a sonar una música de propagandas: de refrescos, de cigarrillos. Limpié mis ojos para aclararlos. No sabía qué estaba sucediendo realmente. Me di cuenta que transmitían, en una pantalla gigante, la publicidad de un cine: “Visita Cancún en tus vacaciones navideñas” nos invitaba con voz seductora la chica de una agencia de viajes. Miré hacia atrás, hacia todos lados, no había nadie. Estaba sola, no había ninguna otra persona en aquella gran sala. Todo transcurrió muy rápido. Comenzaron a pasar los tips sociales: cóctel en la inauguración de un centro comercial, celebración de una boda y cuando me secaba el rostro con las  mangas de mi maltrecha blusa, apareció la noticia de las exitosas operaciones del cerebro. Para mi desconcierto quien daba las declaraciones era yo y me acompañaba un médico un tanto especial. No lo reconocí. El reportero lo presentó como Doctor Dagoberto Alcántara, fundador junto a otros del Movimiento de Operaciones Cerebrales de la Corriente del 02. El doctor auguraba el éxito de mi intervención, donde había utilizado diversos tejidos, experimentado con la genética animal. Estaba convencido de las sorprendentes conclusiones clínicas que se obtendrían progresivamente. Le insistió al reportero sobre los acercamientos difusos entre las tendencias de los diferentes gremios médicos del país. Le habló sobre las fronteras de los postulados entre esas sociedades que se habían fragmentado. Esta situación impedía la realización de un evento único de operaciones cerebrales.

Sacudí mi cuerpo.

No entendí nada, y menos aún cuando el Doctor Alcántara explicó al reportero que este movimiento era filosófico-médico-cibernético, surgido en Venezuela a mediados de los ochenta.

Ya no pude escuchar más, pensé que los gases de las bombas me habían trastocado la mente. Decidí irme. Empujé muchas puertas y salí de aquella sala de cine. Afuera no había rastros de aquella gente, ni de la protesta.

Al  regresar a casa, llamé a mis familiares en Barquisimeto. Nadie contestó. A todos les dejé el mensaje:

—Llámame ¡Es urgente!

Encendí el televisor y no parecía ocurrir nada anormal. En el noticiero no dedicaron ni dos minutos a reportar la protesta cerca de la estación de Caño Amarillo.

Esperando las llamadas de mi familia, me dormí.

Al día siguiente, al bañarme descubrí unas pequeños nudos en mis omoplatos y al lavar mis pies, me di cuenta que mis uñas se habían endurecido. Estaban más largas de lo habitual. Traté de ver mi espalda en el espejo, pero mi vista no alcanzaba. Sólo vi un leve enrojecimiento en el lado izquierdo de mi nuca.

Decidí buscar a Dora en la universidad. Ella puede ayudarme a revisar mi espalda y tal vez, pueda decirme qué tengo ahí.

En la Facultad, les pregunté a algunos conocidos sobre la protesta en las inmediaciones de Caño Amarillo. No dijeron nada importante y me fui sin despedirme, pues sentía una molestia en las puntas de los pies.  Al estar lo suficientemente lejos, los examiné.  Las uñas habían crecido un poco.

No encontré a Dora en la universidad, ni en su residencia, ni siquiera respondió el teléfono. Decidí  regresar y por el camino traté de serenarme, de ir lento, poco a poco, pero iba contraria a mis pensamientos. Apuré el paso y noté algo inexplicable mientras entraba a mi habitación. Mis pies dieron como pequeños saltos.

Pasé todo el día encerrada en el cuartico y, a ratos me acercaba al pequeño espejo colgado en el pasillo del baño. Únicamente vi el ligero enrojecimiento de la nuca. No pude observar más nada en mi espalda. La toqué una y otra vez y sólo sentí pequeñísimas protuberancias, como pedúnculos. Comencé a sofocarme y a temblar. Entré en una especie de pánico. Traté de convencerme de que no pasaba nada. Me acosté y di muchísimas vueltas en la cama. Algunas veces me levanté y no pude hacer nada. No dormí bien. Me levanté muy temprano con un malestar de cabeza y me tomé dos Vicodín.

Resolví  ir hasta los alrededores de Caño Amarillo. Pasé por el frente del Instituto Armando Reverón y cerca del Viaducto, me dispuse a tomarme un jugo en una de las muchas fuentes de soda que por allí había. Pregunté al dependiente si sabía algo de la protesta. Me comentó despectivamente que esos escándalos eran cotidianos. Le hablé del sitio, una especie de sala de cine con puerta de vidrio en su fachada. Me dijo que nunca la había visto. No le creí. Cuando pagué al cajero le pregunté sí conocía al Dr. Alcántara y me respondió que no.

Salí desconcertada de aquella fuente de soda y caminé hacia la estación del metro.

 

Con cierto disimulo, examino otra vez las uñas de mis pies. Me doy cuenta,  mientras me calzo los zapatos, que en el vagón hay otras dos personas. El señor del periódico ya no está a mi derecha. No vi cuando se marchó, me distraje pensando en lo qué le diría a la mujer de la cámara fotográfica. De nuevo, ella me mira con el rabo del ojo y anota en su libreta. Ahora, las dos nuevas personas que nos acompañan fingen no observarme.

En un impulso me acerco a la mujer. Se sorprende.

—Me ha ocurrido algo muy raro. Necesito contárselo por favor —le digo muy agitada—. ¿Puede escucharme?

Me mira entre recelosa e incrédula pero acepta.

Cuando el metro se detiene, salgo con la mujer por el succionador del vagón, nos lleva directamente fuera de la estación. Buscamos un lugar para sentarnos y, ella señala mi espalda.

—¿Son naturales?

Asustada, estiro la mano para tocarme y ahora sí, mis dedos palpan unas carnosidades con suaves y escasas plumas. Un frío recorre mi cuerpo. Me tapo la boca para no gritar. Estoy a punto de desmayarme. La mujer me sostiene y nos sentamos en el banco de una plaza muy cercana a la estación. Comienza a preguntarme y totalmente perturbada le cuento lo que ha sucedido.

Ella muestra una cara de fascinación y sin preocuparse demasiado por mí, pregunta:

—¿Puedes volar?

—¿Qué dice? —grito.

—Desde hace largo rato he visto tus alas. —Totalmente emocionada, acota—: Han ido creciendo.

Desconcertada con sus palabras me echo hacia atrás para pegar mi espalda al banco de la plaza  y así, esconder las plumas. Ella se da cuenta y me entrega su abrigo.

Lo acepto de mala gana y pregunto:

—¿A qué se dedica?

—Busco una historia para un cuento.

—No te creo —le digo alterada.

Ella me mira cautivada.

—¿Puedo tomarte una foto?

Me siento grotesca.

—No sé. —Hago un esfuerzo y accedo— Está bien.

Sin ningún apuro, la mujer limpia la cámara fotográfica con el pañuelo de colores pasteles. Delicadamente lo guarda en el bolso junto a su libreta.

—Tienes que quitarte el abrigo. —Estira sus brazos y me ordena—: Despliega tus alas así.

La imito y me sale una media sonrisa.

Al enfocarme con la cámara, mis pies comienzan a levantarse del piso.

—Sonríe. —Insiste—: ¡Sonríe! ¡Mueve tus alas!

Le hago caso y siento que subo rápidamente.

Una tenue brisa, color naranja, rodea mi cuerpo.

 

Vuelo.

 

Del libro: Leonardo en Venezuela (V. Garbín. ed, 2006) 

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6 Comentarios a “Una mujer me mira y me incomoda, de Miriam Mireles”

  1. Ysabel Sandoval says:

    Disfruté tu cuento,yo también creí que habia ocurrido;o si? Excelente!! Un abrazo.

  2. Arnaldo Martínez says:

    Me gustó mucho Miriam. Muy bueno. Felicitaciones…! Publica el link en el grupo de facebook del liceo.

  3. Gabbyhp says:

    Miriam, soy una de tus grandes admiradoras! Perturbador y hermoso! Me encantó, me atrapaste con detalles que no esperaba, la publicidad de Cancún hasta me hizo reír. Espero otro! Un abrazo.

  4. ¡Excelente cuento! No te había leído pero te confieso que me he quedado sin aliento
    al leerte y al ver la belleza y profundidad de tu prosa narrativa. Muy bien el cuento y su final,
    espectacular..

    Te felicito por tu forma de escribir..!

  5. Solange says:

    Algo de surrealismo en la historia.
    ¿Locura cotidiana? Ir en el metro, sentirse observada, administrar multitudes, el agobio, el empuje involuntario sin dirección alguna.
    Encontrarse perdida aun sabiendo donde es nuestra ubicación.
    Me gustó la historia, me recuerda cuando pierdo mi GPS biológico y vuelo…
    Recordé al Ángel de John Travolta cuando le hablaron a la protagonista de quitarse el abrigo y desplegar sus alas

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