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Llevábamos varios días de marcha. Así lo atestiguaban los zamuros y las huellas a nuestras espaldas. La cima de Montealto aguardaba por nuestras lisonjas. Yo extrañaba la comodidad de la aldea y los brazos de mi madre; pero, ya era un hombre destinado a presenciar el nacimiento del Oráculo. Había varios chicos como yo, arañados por el viaje e insomnes por la expectativa.
Llegamos al altar. Sobre él, un huevo rodeado por una corona de fuego titilaba como un cocuyo. Los ancianos maraquearon sus varas, y un zumbido salido de la montaña se alojó con nosotros. Nos daba la bienvenida.
Los chicos llevamos las ofrendas. Los mayores escupían sus bebidas imitando a la lluvia. El huevo emanaba el calor de la primera mañana del mundo. Me embobé por los grabados de la cáscara: un lago de sembradíos, escorpiones en la selva y gaviotas del mar. Eso era la Ystoria.
El huevo se agrietó, y de las fisuras irradiaron tantas luces que pensé que jamás recuperaría la vista. Al arrodillarnos, un graznido sacudió hasta las tormentas del distante océano.
—Ha nacido —dijo uno de los ancianos.
Un pájaro raquítico se removía en los restos del cascarón. Era del color de la sangre. Nuestras antorchas eran oscuridad a su lado. Nos recorrió con la mirada antes de picotear las ofrendas con grotesca avidez. Despellejó los corazones de venado, los ojos de sapo y las lenguas de vaca. Los ancianos recogieron las cáscaras de Ystoria desperdigadas. Parecían pesar tanto como la propia montaña.
Mientras el Oráculo terminaba su festín, se recitaron las debidas gracias hasta encerrarnos en un silencio carnívoro. Para degollar la mudez, habló, no, clamó sus primeras palabras. La voz del páramo se le unió en un trueno montaraz que me hizo pensar que la tierra se abriría en dos.
Bajo la luna perlada bailarán ellos.
El recorrido de nuestros pueblos
es lo que buscan.
Incendiamos flores y la cumbre se perfumó con la primavera. Me hicieron beber hasta perder el conocimiento, y solo recuerdo ser cargado al día siguiente de vuelta a la aldea. Sin embargo, la profecía del Oráculo me horadaba en mi hebra de consciencia; granizó mis latidos, como si solo yo lo entendiese.
II
Una tarde en que apedreaba culebras los escuché llegar al Padrebosque: forasteros de grandes aretes y rostros tostados. Respondían a los designios de un ciego. En su cuello se enroscaba una serpiente albina. Advertidos por algún vigía, mi gente salió de entre los árboles, con las lanzas en alto y la intención de asustar a los recién llegados.
Vistagris, así lo he llamado, permaneció tranquilo, aunque fue su serpiente la que habló, irguiéndose por encima de su cabeza como un estandarte:
—Esssta también esss mi tierra —siseó—. Vuelvo al hogar donde nací.
Mi gente bajó las armas, confundidos. La serpiente me miró y juraría que esbozó una sonrisa.
—¿Será él? —dijo—. ¡Ssserá él!
Alguien me haló del brazo y me arrastró con la prisa de un conejo huyendo de un águila. Estuve encerrado el resto del día en mi habitación, aunque escuchaba a mi madre conversar airadamente con los ancianos. Sin entender, y ya cansado, sucumbí a un sueño sombrío.
***
El croar de las ranas convivió con el graznar de los cuervos a lo largo de los años. Los forasteros, acogidos por la profundidad del Padrebosque, llamaron Nuevoclaro a su asentamiento. A veces visitaban nuestra aldea, guiados por Vistagris y una callada desconfianza. No se quedaban mucho tiempo. Los veía partir sin más que sus rostros abatidos.
Y entretanto… El Primero de Nosotros cortó la cabeza del ogro y la enterró en sus jardines. Allí creció el Árbol de las Bestias. Sus frutos eran murciélagos, guácharos y lechuzas; todas criaturas de la noche, guardianes de la oscuridad. Sufrieron la condena de resguardar al hombre mientras duerme.
Así decía una de las tantas cáscaras de Ystoria. Yo intentaba descifrar aquellos glifos, una esencia que traspasaba al lenguaje, que escapaba de sus redes como un pez que lucha por quedarse en el río. Quería escoger una voz, no una palabra; las palabras son nidos deshabitados. Así como el cuco tenía su canto, el caballo su relinchar, la Ystoria su melodía. Mi tarea, si es que no he sido claro, era plasmarla en estos papiros para el mañana. Así lo decidieron los ancianos, bajo el mandato de quién sabe qué presagio. Mentiría si dijese que no recuerdo mis primeros días de escriba, ni las largas noches a vela pura, que alargaban las sombras de las Ystorias sobres las paredes, haciéndolas revolotear sobre mi cabeza como taras sin hogar. Así me alejaron de mis propias decisiones, para descubrir que ciertamente tenía algún don para la lectura.
Interrumpí mi tarea para ir a casa. Mi madre seguía al cuidado del cosepellejos. La fiebre no bajaba. Le di sopa y me quedé con ella hasta quedarse dormida. Apenas me reconocía entre sus desvaríos. Verla así era enfrentarme a la prontitud de ofrendar su cuerpo a la montaña.
—Esa es la voluntad de quienes han dado forma al mundo —dijo el cosepellejos—. Toca esperar.
Volví a mi estudio, latigueado por la desesperanza… Las estrellas son los ojos del Gran Creador. Nada se le escapa, pues él es el tiempo, la línea que separa lo que fue, lo que es y lo que será. Cuando las estrellas caigan, su ceguera será la nuestra. Entonces, aquel que fue el Primero de Nosotros, curará la enfermedad del que ya no ve.
Curar: disipar las tinieblas del organismo. Aquella noche emprendí hacia Montealto con la certeza de que el Oráculo tendría respuestas. Ya no era un pajarraco grotesco de plumaje rojo, así como tampoco yo era un mocoso. Ahora él parecía un gavilán dispuesto a enterrar sus zarpas al primero que se le acercase.
Intentó imponerse invocando los cuatro elementos. No lo dejé percibir mi miedo. Aguanté sus ráfagas.
—Yo soy quien te da voz entre los mortales —me hice oír—. Saca a mi madre del reino de los muertos.
Soltó una risa coja y me asechó desde el aire. Me arrodillé cuando aterrizó frente a mí.
Nuevoclaro espera.
Ella vivirá a cambio
de todas las palabras que conoces.
Poseído, extendí mi antebrazo izquierdo hacia el Oráculo. Sus garras me arañaron de largo a largo. Fui marcado por el fuego. Trastabillé. Mi sangre pintaba la piedra. Al serenarme, no había rastro del Oráculo. La única prueba de su presencia eran los esqueletos de roedores en el altar y mi herida: tres garras.
***
Los vigías de Nuevoclaro tardaron en decidir que un muchacho de la aldea vecina no era una amenaza. Vistagris intercedió y me llevó a su carpa. Nos esperaba un caldero humeante, que parecía carraspear los olores de las azaleas con la acritud de la tierra. Vistagris removió la mezcla mientras la serpiente albina se enroscaba en su cuello.
—Tienesss el semblante de quien verá un cuerpo pudrirse.
—Se trata de mi madre —No me acostumbraba al reptil—. Me han dicho que puedes curarla. Por favor, sálvala en nombre de tus dioses.
—¿Diosessss? —gruñó—. Nosotrosss no creemosss en nada. El hilo del tiempo nos ha desterrado de su barco. Somosss lo que vesss, y nada másss. Para nosotrosss, las nochesss serán siempre más oscurasss y fríasss, no importa que tanta madera arrojemos a nuestras fogatasss.
Su lengua bífida me juzgó.
—El Oráculo me ha enviado —le enseñé la cicatriz.
—Sé lo que te ha dicho —me interrumpió sin apartar sus ojos de piedra rosa de mi marca—. También sé lo que me darásss a cambio. Ven.
Salimos de la carpa. La gente de Nuevoclaro nos esperaba alrededor de un muñón de madera, en donde la serpiente me ordenó sentarme. No distinguí más que incredulidad entre ellos. Sus rostros parecían un brazo más de la noche. Tan solo me tocaba correr el velo de aquella penumbra:
—El Primero de Nosotros renació con las gracias del Padrebosque y Montealto. Una vez vuelto en carnes imperecederas, curado de sus heridas contra el Gran Creador, se lo tragó el horizonte. Esta tierra no fue suficiente para él, como tampoco para los Oráculos…
Nuevoclaro atendió como si escuchase por primera vez la tonada de los grillos. Recorrí las gestas, aquellas que me habían lastimado la muñeca de tanto escribirlas con una pluma sin filo. Las ascuas de la hoguera se sobresaltaban cuando en medio del cuento el peligro era inminente, y suspirar con aliviados hilillos de humo las veces en los héroes eran bendecidos por los dioses.
Al alba yo seguía despojándome de la Ystoria. Oscilaba desde mi estómago y un regusto a sangre corroía mi garganta. Vistagris me detuvo, claramente complacido. Me llevó de nuevo a su carpa y la serpiente se sumergió en el caldero. Emergió luego de varios latidos de corazón y escupió el brebaje en un cuenco antes de entregármelo.
—Ella mejorará en pocos díasss.
III
—¿Y qué pasó después?
—Baja la voz.
Un centinela rondaba cerca.
—Por favor —rogó Tellari—. Un poco más…
Güido se llevó un dedo a los labios, cosa inútil, pues en la oscuridad de la celda no distinguía más que la silueta de la niña.
—Durmamos un poco —dijo cuando se hubo asegurado de que no los vigilaban.
Escuchó la respiración acompasada de Tellari y trató de conciliar el sueño. La hora de volver a las canteras estaba por llegar. Nunca se alejaba demasiado; acechaba a la espera del menor descuido, de cualquier intento por recuperar fuerzas.
El golpe a los barrotes lo sacó de la duermevela. Güido sacudió con suavidad a Tellari. “Vamos, vamos”. Quería que se terminase de despertar antes de que sus custodios volvieran a dejarlos medio muertos de una paliza por no obedecer.
Luego de ponerles los grilletes en los tobillos y muñecas, los formaron junto a otros prisioneros y marcharon azotados hacia el exterior, hacia el lodazal. El calor de aquel día había olvidado la misericordia, y al serles entregados los cribadores, Güido y Tellari comenzaron a sumergirlos en el enorme pozo que se los tragaría si daban un mal paso.
—¿Por qué hacemos esto? —preguntó Tellari como siempre.
Güido tenía preparada otra respuesta, mucho mejor que la de ayer.
—Esta es la huella de un gigante —dijo—. Las suelas de sus zapatos están hechas de oro, y cuando van de aquí para allá, dejan un rastro dorado de pepitas.
—¿Y qué podemos hacer con ellas?
—¡Ah! ¿Tú ves? Si encontramos alguna, te prometo que podemos plantarla y así crecerá un árbol tan brillante como una estrella.
—¿Con qué se riega un Árbol Estrella?
—Con aplausos —Güido dejó la tarea para aplaudir tres veces—. Lo único que necesita es un poquito de adulación. Por eso deben ser nada más tres aplausos. No queremos que se le suba a la cabeza, qué digo, ¡a las ramas!
Tellari rio a pesar de tener la cara llena de moretones y de las burlas de otros prisioneros. Güido les mostró los dientes, y quizá por recordar lo que era capaz de hacer por defender a la niña, por indiferencia o cansancio, dejaron de molestar.
Así había sido desde que los centinelas la metieron en su celda. Tal vez era la hija de un rey derrocado, o una noble que perdió a su familia en alguna invasión. Daba igual en las canteras. Ella devoraba los títulos. Solo sabía que estaba asustada y hambrienta. Siempre rechazaba la ración de pan mohoso que Güido le ofrecía. Se aplastaba a temblar en un rincón como si eso fuese a calmar su estómago. Y así pasaron varias jornadas, entre la inclemencia de picar piedras y el dormir en catres infestados de chinches; hasta que Güido, al notar que la niña apenas se mantenía en pie, agarró dos hogazas y les hizo tres agujeros a cada una. Ahora parecían tener dos ojos, muy juntos, y una nariz.
GÜIDO: ¿Será ella la hija de los océanos?
PARDA: Si no lo es, se parece mucho.
PÁLIDA: Se parece más a la hija de las medusas.
GÜIDO: Estás equivocado. La hija de las medusas es mucho más vieja, y sus tentáculos son tan largos que podrían darles la vuelta cinco veces a cinco países. ¿Ves que tenga tentáculos?
PÁLIDA: Yo escuché que vivía campante en el mar de los espejos, allá, muy arriba, por donde la luna suele jugar a las cartas con el sol.
PARDA: Estás confundido. Esos son los dominios de las Pesadillas.
PÁLIDA: ¡Claro que no! Las Pesadillas viven entre nosotros. Nacen cuando olvidamos taparnos la boca al bostezar.
PARDA: ¡Mentira! Nacen cuando pisamos una flor. Por eso tienes que ver por dónde caminas.
GÜIDO: ¡Disparates! Todos saben que las Pesadillas nacen cuando dejamos de comer. Cuando el estómago ruge. (Hace el sonido de un gruñido). ¿Qué ha sido eso? No fui yo.
PÁLIDA: Yo menos.
PARDA: No me miren a mí. Yo me zampé cinco corderitos.
GÜIDO (gira, lentamente, hacia la niña y la señala): ¡Una Pesadilla!
(La niña se sobresalta y se sacude)
P Y P: ¡Horror! ¡Horror!
GÜIDO: ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¿Qué hacemos?
PARDA: Hay que sacrificarse.
GÜIDO: ¡¿Qué estás diciendo?!
PÁLIDA: No hay otra manera.
(Güido vuelve a fingir el rugido del estómago).
PARDA: Llévanos hasta ella antes de que sea demasiado tarde.
Güido se acercó a la niña con las hogazas de pan.
—Ya los oíste —dijo—. A menos que quieras que las Pesadillas vengan por nosotros, debes comértelos.
—¿No sufrirán? —fueron sus primeras palabras, y esta vez, fue su estómago el que rugió—. ¿Qué pasará con la hija del océano? ¿Es cierto que me parezco a ella?
—Tú y yo nos encargaremos de encontrarla, pero primero tienes que decirme tu nombre. ¿Qué te parece?
Hacía lunas rojas, verdes y amarillentas de eso. Ahora regresaban a su celda cubiertos con una túnica de barro que se endurecería como una segunda piel. Cenaron sobras mientras esperaban que sus ojos se acostumbrasen a la oscuridad, y eventualmente, al crepitar de las antorchas a los lejos.
—Güido —dijo Tellari—. ¿Conoceré a los reyes dragones en las estepas? ¿A los encantos maliciosos de las riberas? ¿Jugaré a las adivinanzas con los espectros de las viejas catatumbas?
—Con calma, con calma… —respondió Güido—. Algunos de esos cantos todavía no han empezado, y otros siquiera piensan en terminar. Sin embargo, no solo los conocerás, sino que vendrán a ti por sí mismos. Los relatos del mundo son como animales a la intemperie. Creen que pueden sobrevivir una o dos tormentas, pero la realidad es que son frágiles, se deshacen entre los dedos; no tienen hogar. Las historias son vagabundas, limosneras harapientas, que van de un sendero a otro. Se dice que nunca dejan de viajar, y por eso le pertenecen al olvido.
»No pongas esa cara, Tellari. Recuerdas que son como animalitos abandonados, ¿verdad? Eso nos deja con la ilusión de que encuentren una madriguera donde resguardarse, o una linda cabaña para crecer. Con suerte, alguien las adoptará, las hará parte de su vida. Y entonces esas historias, más fuertes que nunca, no solo contarán cómo el olor a tierra mojada era el hogar de nuestros abuelos, sino también cómo el mundo aprendió a hablar gracias a ellas; lo dotaron de lenguas de plata, de oro, de bronce, cada una con la gracia de moverse a través del instante. Y así escapamos del olvido, Tellari, de la nada. Cuando una historia crece, atestiguamos una rasgadura naciente en el cielo, y si observamos bien adentro de ella, algo, que se parece mucho a nosotros, nos regresará la mirada antes de habitarnos. Una buena historia es una sombra: muy vaga para ser reflejo, muy inquieta para no seguirnos, ¿no te parece?
Tellari asintió, apretó los labios y se rascó la nuca para arrancarse una costra de barro. Se quedó quieta, compartiendo espacio con el eco de las palabras de Güido.
—Creo que podremos plantar un Árbol Estrella —dijo al rato.
—¿Cómo así?
Ella tenía las manos hechas un puño. Con un mohín, le mostró a Güido lo que guardaba: una pepita de oro quasiforme.
—¿Servirá? —preguntó Tellari.
Era mínima; un diente de león era más grande.
—¡Por supuesto! —respondió Güido con los pulgares arriba.
—Guárdala tú. A mí se me va a perder
Tellari se la entregó. Güido la ocultó entre los pliegos de su pantalón.
—Tenemos toda la noche —carraspeó acto seguido—. ¿Dónde nos quedamos?
IV
Las cáscaras seguían describiéndome, por ejemplo, el andar de criaturas con astas tan grandes que derribarían cinco montañas. Los papiros se acumulaban en los estantes a medida que escribía. Pensaba que se apareaban entre ellos y daban a luz más papiros. Así de eternas eran las Ystorias; y así de eterna, mi pena.
Una noche, en la que esperaba que la tinta se secase, tocaron a la puerta. Tardé en abrirla al pensar que era alguno de los ancianos con más Ystorias, así que no evité saltar para atrás cuando me encontré con Vistagris.
—¿Nosss acompañasss…? Esssta noche estamosss aburridosss.
Sin esperar respuesta, Vistagris agarró dos papiros y se largó. Ya nos esperaban cuando llegamos a Nuevoclaro. Fui llevado a una perezosa recién tallada en lo alto de un pequeño montículo. Vistagris me devolvió los papiros y se sentó en primera fila junto a unos niños.
—Cuando quierasss…
Desenrollé un papiro y narré. Esta vez no solo Nuevoclaro me escuchaba, sino también el Padrebosque: No podría decirlo con certeza, pero sé que sus hijos merodeaban por allí; también lo hicieron las lechuzas, los cuervos, los escarabajos, las mariposas. Tallé una vez más el peligroso viaje de ida y vuelta de otro héroe hacia lo desconocido; y cuando acabé, mi pecho palpitaba con tanta fuerza como si hubiese escalado varios Montealto.
—¡Bravo! —aplaudieron todos.
No solo fui escuchado aquella noche. Vistagris se aparecía en mi estudio cuando menos lo esperase y volvíamos a su aldea. En cada velada llevaba nuevos cuentos, algunos roñosos y manoseados, y otros más recientes, según iba escribiendo en los papiros; la verdad no importaba el orden. De vez en cuando pedían que repitiese alguna o que parara sobre un pasaje en particular. Mi presencia se hizo cotidiana; me dieron un nombre. Los nombres también tienen una gesta en su haber, aunque ignoraba la mía.
—Creo que no podré ir hoy —le dije a Vistagris en una ocasión.
—¿Qué passsa?
—Se me acaban las Ystorias. Quedan las aburridas, las abruptas y las que no van a ningún lado.
Para Vistagris la solución era obvia.
—Inventa otros finalesss… Tienesss cabeza para essso. Algo te habrá quedado de tanto dessscifrar y dessscifrar… Vamosss, que nos esssperan…
***
Y se abrió un profundo agujero hacia las entrañas de las Entretierras. Nada sobrevivía… Me detuve. Miré a mi audiencia. Tenía su atención. El relato de verdad terminaba allí, y era desesperanzador que después de un largo viaje, el héroe solo se quedase mirando al socavón mientras contemplaba su propio vacío. Odiaba ese final. Yo pensaba que su aventura debía continuar. No tenía que desintegrarse. Podía ser, en dado caso, otro. Así como hubo superado tantas pruebas, podría eludir la inevitable desaparición:
Escuchó una voz desde lo profundo. Una voz que decía su nombre, que clamaba su ayuda. Era la voz del Abismo. Sin pensarlo, saltó, pues quien supiese su nombre verdadero, era de fiar…
Dormía a sabiendas de que en Nuevoclaro replicaban mis palabras sin importarles si pertenecían o no a las Ystorias. En boca de los niños, aquellos cuentos se mezclaban como las hojas y el lodo en un río crecido. En los adultos, se endurecían como una creencia. Compartirlas era mejor que recluirme por el capricho de unos viejos, que al fin y al cabo, solo las acumulaban por avaricia. Siquiera en mi aldea podía narrarlas. Eran un secreto cuyo valor era el secreto mismo, porque a decir verdad, cualquiera podía entenderlas.
—¿Y qué piensan que pasó después? —pregunté en una ocasión.
Después de que se mirasen las caras buscando cobijo, una aldeana habló entre la multitud.
—¿Vivieron felices para siempre?
—¡Vivieron felices para siempre! —exclamé—. A lomos de una nube voladora, se les vio partir hacia los reinos divinos.
Las Ystorias ya no se apilaban en mis estantes. Habían superado al polvo. Con el pasar de los años dejé de distinguir entre las verdaderas y las inventadas, y fui atrapado por el gusto de crear. Preservaba en tinta cada idea que me asaltaba en medio de la noche, y torcía más las que ya había tocado; siempre podían mejorarse.
—A los niños les encantará —le dije a Vistagris cuando le mostré mi último trabajo.
Tanto él como su serpiente ladearon la cabeza.
—Será sencillo —seguí—. Yo los guiaré. Con cinco personas bastará. ¿Por qué las Ystorias tienen que quedarse atrapadas en esto? ¿Quién decidió que fueran esclavas de las estaciones? —Revolví los papeles—. Merecen escapar, que las veamos cara a cara como a un viejo amigo. ¿Cómo es que decías? Ah, sí, «el hilo del tiempo nos ha desterrado de su barco. Somosss lo que vesss. Para nosotrosss, las nochesss serán siempre más oscurasss y fríasss, no importa que tanta madera arrojemos a nuestras fogatasss». No tiene que ser así. Que las Ystorias sean tu voz. ¿No era eso lo que buscabas hace años? ¿No era esto lo que viniste a buscar? Tenlas, no las quiero para mí. Todos se merecen una Ystoria. Todos merecen encontrar consuelo en ellas, y que las noches no sean una rapiña hambrienta.
Como predije, a los niños les encantó que sus héroes fuesen interpretados en carne y hueso fuera de mis narraciones. El Padrebosque, como si supiese lo que estábamos haciendo, nos proporcionaba materiales para la indumentaria, para que el invento fuese más creíble. Y así, un simple aldeano, cubierto por una capa hecha con plumas, llegaba a ser un demonio que maldecía al mundo; o mi perezosa, luego de desarmarla y volverla a armar, en un barco navegado por cinco enanos hasta los confines del levante.
Nuevoclaro adoptó el oficio de las Ystorias de carne y hueso como si siempre hubiese sido suyo. Ya no asistía para contarles, sino para verles representar, exagerar y hasta condenar la propia esencia de sus hogares.
—Ya vienen, Güido —me alertó Vistagris antes de que empezase el primer acto de la última pantomima que presenciaríamos.
V
—Viene alguien, Güido —dijo Tellari.
La arrastraron fuera de la celda jalándola de sus cabellos. Güido arremetió contra los guardias. Lo golpearon hasta hacerse negrura. Vagó entre niebla, barro y metal. Clamaba el nombre de Tellari cada vez que corría las cortinas. Nada. Lo despertaron los gritos de la niña a la distancia.
—¡Yo la tengo! ¡Yo la tengo! —gritó Güido también, blandiendo la pepita de oro fuera de los barrotes—. ¡Yo la tengo, por favor! ¡Déjenla!
Güido había perdido la voz cuando los centinelas regresaron tiempo después arrastrando a una Tellari inconsciente. La arrojaron dentro de la celda. Respiraba un hálito tímido. Su cuerpo era un mapa de moretones y quemaduras. Güido saltó hacia ella, pero los guardias lo interceptaron. Entre forcejeos, le quitaron la pepita de oro.
—¡Llévatela, llévatela! No la quiero…
Uno la mordisqueó. Escupió en el acto.
—Solo es una piedra común y corriente.
La dejó caer y pateó a Güido hasta dejarlo sin aire. Se fueron despedidos por los gimoteos de ambos prisioneros. De nuevo, el crepitar de las antorchas de las mazmorras fue su única compañía.
—Tellari —llamó Güido al incorporarse—. Tellari.
La cargó entre sus brazos e intentó limpiarle la sangre con la poca agua de la cubeta. Su mirada era ceniza, augurio de la enfermedad que la atraparía en los días siguientes. Fiebre; sudaba a cataratas, embestida por temblores y delirios. El miasma parecía consumirla por dentro, como si insectos carnívoros la devorasen hasta deshabitarla de ella misma.
Güido fracasó en hacerla probar bocado. Ninguna nana la sacó a flote en la contracorriente. Se iba, se iba, se iba. Rezó: a las bestias, a los dioses. En el lodazal intentó conseguir hierbas, alguna raíz que sirviese para aliviar los espasmos, sin éxito. En su lecho, Tellari exhalaba como un fuelle roto.
Era una madrugada de témpano. Quién sabe bajo qué influjo la mano de la niña agarró la de Güido. «Aquí estoy, aquí estoy». En la oscuridad, se distinguió un leve resplandor en sus ojos, un brillo que tenía una sola orden; un mandato al que Güido quiso escaparle.
Sin embargo, aceptó.
Era su labor.
***
Mi pueblo arribó a Nuevoclaro. Los ancianos lideraban la turba: pajarracos desplumados y descompuestos. Sabían lo que hice. Vistagris dio un paso al frente, pero lo detuve. Su serpiente se me enroscó en el brazo como una pulsera de escamas. Me puse una de las máscaras de piel hecha para la Ystoria de carne y hueso que representaríamos y los encaré.
—Después. No ahora. Una Ystoria está naciendo.
Vi posarse al Oráculo en un árbol. Los ancianos también lo notaron. Dio su aprobación. Y no solo él, sino el Padrebosque. De los matorrales emergieron sus hijos; cervatillos erguidos como hombres y sus pastoras danzarinas. Al sonido de las siringas, se unieron las chicharras, y los búhos, y los murciélagos que colgaban de las ramas como frutos negros.
Y la Ystoria de carne y hueso empezó con el lamento de La Tristeza Madre, acompañada nada más que por las lunas, (interpretadas por tres niños con máscaras de colores). Bailaban a su alrededor, y de tanto bailar nacieron otras tristezas (los niños cambiaron sus máscaras de colores por otras negras). «¿Por qué llorar?», le preguntó la luna menor. «Pesa. Pesa mucho», respondió La Tristeza Madre. Entonces las lunas llamaron a las estrellas (interpretadas por niñas con máscaras tricolores) siempre curiosas de lo que pasaba en el cielo. Siguieron bailando y volvieron a nacer otras tristezas (ahora las niñas cambiaron sus máscaras de colores por unas negras). «Aún pesa. Pesa mucho». Poco a poco Nuevoclaro se fue enmascarando y bailando alrededor de aquella tristeza. «Pesa, pero ya no tanto». En algún momento, le sucedieron los hijos del Padrebosque. «Pesa, pero puedo aguantar». La danza de las máscaras negras arropó el claro como una segunda noche en la tierra. Mi gente bajó sus armas y se unió. «Pesa. Solo pesa».
Fui el último.
«Siempre pesará. Pero ya no estoy sola».
Dejamos de bailar y nos quitamos las máscaras. Éramos solo rostros. Muchas tristezas. Muchas ausencias. Había amanecido. Busqué al Oráculo. Busqué a Vistagris. Nunca los volví a ver. Mi pueblo regresó a su aldea, silentes. Yo me quedé junto a las tristezas, dentro de aquella Ystoria de carne y hueso.
Reímos.
***
Güido se negó a abandonar el cuerpo de Tellari en las fosas, así que cavó su tumba en un patio de las canteras. Bajo la vigilancia de los guardias, estuvo varias horas hasta que alcanzó la profundidad necesaria. No lloró. Acostó a la niña ahí dentro. No deseaba ensuciarla luego de haberla lavado. Antes de echar el último puñado de tierra, tomó su manita fría y le puso la pepita dorada, cerrándola en su puño. Aplaudió tres veces. Terminado el túmulo, se fue de allí sin mirar atrás. Dicen, que de haberlo hecho, vería el brote de un pequeño tallo, un futuro Árbol Estrella.
Del libro Los novísimos: Siete nuevos narradores venezolanos (ABediciones, 2023)