Buscar

‎ Cuentos
‎ Cuentos

Todos los cuentos publicados

‎ Novelas
‎ Novelas

Capítulos de novelas disponibles

‎ Sobre el oficio
‎ Sobre el oficio

Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

La edad del rock and roll

  • Compartir:

¿Qué es la maldad? ¿En qué consiste? ¿Qué significa ser malo? ¿Existe un límite entre el bien y el mal? ¿Y cómo saber que hemos cruzado esa frontera? ¿Se nace malo o acaso aprendemos a ser malos con el tiempo? ¿Qué es lo que impulsa a una persona a cometer un acto de maldad? ¿La rabia, el dolor, el resentimiento, la venganza o bastaba tan solo con el puro aburrimiento? ¿Y qué atributos o características debería reunir una acción para que fuera catalogada como un acto de maldad? ¿Debería ser consciente y premeditada? ¿O contaba también lo incidental? ¿Sucumbían las buenas personas ante los actos de maldad o había en su ADN algo que les impedía cometer este tipo de acciones? ¿Las personas buenas son absolutamente buenas y las malas absolutamente malas? ¿Qué es lo que diferencia a unas de otras? Las pintadas que él y El Chino habían hecho frente al colegio de Alesia, ¿representaban un acto de maldad?; ¿un verdadero acto de maldad? ¿Se arrepentían los malos de sus acciones? Él, al menos antes de ser humillado en público por Alesia, se había arrepentido de las cosas que había escrito en aquella pared… Y ese remordimiento, ¿lo desacreditaba a él y a su acción, respectivamente, como autor y obra de un acto de maldad? ¿Son suficientes la rabia y el dolor para transformar a una persona buena en otra mala? En el fondo, ¿era él bueno o malo? «¡Mierda!». Era todo lo que tenía, lo que daba vueltas con insistencia dentro de su cabeza: un montón de preguntas sin respuestas. Nada más. Ya la comisura de sus labios había parado de sangrar. Además de una insipiente costra, una punzada y un escozor insoportables se habían instalado en el lugar de donde antes emanaba sangre. El camino hacia su casa andando era largo, no obstante, a él parecía no preocuparle. «No será hoy ni mañana; tampoco pasado mañana…». En la calle adyacente a la acera por la que transitaba comenzaron a acumularse los vehículos. Los había de distintas marcas, modelos, años y colores. Se alineaban uno detrás de otro debido a que se trataba de una calle estrecha. Ni aún el violento rugir de sus motores y tubos de escape consiguió abstraerlo de sus cavilaciones. «Pero algún día lo haré, me vengaré de todos ustedes. ¡Lo juro! Los voy a hacer sufrir como ustedes me han hecho sufrir a mí. Seré implacable de la misma manera que hoy ustedes lo han sido conmigo». En la siguiente esquina, enarbolando señales de pare en sus manos, dos niñas con uniforme escolar eran las responsables de que el tráfico se hallara temporalmente detenido. «Antes tengo que cambiar. Tengo que dejar de ser el idiota que soy y hacerme duro y malo». Al cabo de un rato, una prolongada columna de niños, a cuya cabeza iban dos maestras, atravesó la calle de una acera a otra. Tampoco él se percató de este hecho. «¿Y cómo diablos se llega a ser malo y duro?». Dobló a la izquierda en la esquina y tropezó con un señor que salía de una tienda. Éste se detuvo y le espetó a voz en grito que se fijara por dónde caminaba, pero al notar que él no le había prestado la menor atención, decidió encogerse de hombros, dar media vuelta y echar a andar. Ahora Fernando se abría paso en la abarrotada acera de una abarrotada avenida. «Tengo que buscar la forma de aprender, de penetrar en ese lado oscuro que dicen que todos llevamos dentro… ¡Como Anakin Skywalker en Star Wars!». Pasó frente a un par de jugueterías y discotiendas y ni siquiera se dio por enterado. «¡No! ¡No! ¿Ves cómo eres? ¡Estúpido! ¡Estúpido! Ésta es la clase de cosas que tienes que tratar de corregir, de superar, de erradicar de ti… ¡De arrancarlas de cuajo y dejar atrás! ¿Cómo que “Anakin Skywalker en Star Wars”? ¡Madura y deja de pensar como niño!». Cruzó de forma instintiva la siguiente calle, sin reparar en el semáforo, imitando al grupo de gente que lo hacía en ese justo momento. «Olvídate de lo que has sido hasta ahora, Fernando, de lo que has vivido hasta el día de hoy y conviértete en una nueva persona; una persona por completo distinta». Atravesó otro par de calles como había hecho metros atrás, sin reparar en semáforos ni conductores, dejándose llevar por el resto de los peatones que deambulaban por las aceras como zombis atrapados en una ciudad abandonada. «¿Y si le digo a papá que quiero que me envíe de regreso a los Estados Unidos? ¿Si le digo que quiero seguir estudiando allá? ¡Y si se niega, juro que me escapo; me voy de la casa y hago mi propia vida y nunca más volverán a saber de mí!». De pronto escuchó un griterío de voces infantiles. «Mamá, mamá: ¡Dart Vader!», oyó que decía una, emocionada. Enseguida giró la cabeza hacia el lugar de donde provenía la algarabía. A las puertas de una tienda de juguetes, en la acera de enfrente, un hombre alto, de anchas espaldas, embutido en un disfraz de Dart Vader (de impecable factura, dicho sea de paso, elaborado respetando los detalles del original), saludaba a un grupo de niños arremolinados a su alrededor. Por más que intentó controlar el impulso, no pudo evitarlo; se olvidó de su soliloquio interior y cruzó deprisa al otro lado de la calle para apreciar, más de cerca, el estupendo disfraz del villano más admirado y temido de Star Wars… Ta-ra-rá Tan-ra-ra Tan-ra-ra. Ta-ra-rá Tan-ra-ra Tan-ra-ra…

Fragmento de la novela publicada por Ediciones Carena, 2015

¿Qué tanto te gustó?
Etiquetas:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.