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El dictador

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VÍSPERAS

A paso de vencedores la tropa de neogranadinos del general Bolívar se acerca a la Ciudad de los Caballeros. La noticia vuela por los aires colmando con una mezcla de zozobra y alegría los corazones de los ha- bitantes de esta olvidada ciudadela ubicada en la cordillera occidental. Ya nadie pone en duda la inminente llegada del general del Ejército Libertador. Dicen que ayer partió de La Grita, y si acaso fuera verdad y no uno de los tantos rumores sin fundamento a los que son proclives los vecinos de esta aldea con ínfulas de gran ciudad, el general y sus segui- dores deberían pasar la noche de hoy en las cercanías de Tovar, y en tal caso estarían llegando a Mérida mañana a eso del mediodía. Es proba- ble que en esta ocasión el rumor se convierta en una verdad irrebatible, pues hace tres días que arribó a nuestro pacífico poblado perdido entre la niebla un variopinto grupúsculo de soldados de a pie, algunos andra- josos y con rostros patibularios, y unos pocos jinetes que hacen caraco- lear sus monturas en las calles de piedra como si anduvieran de parran- da. Justo antes de la llegada de esos guerreros que parecieran regresar de una batalla librada contra espectros, el general Correa, mandamás de las tropas españolas acantonadas en Mérida, tomó las de Villadiego por el páramo de Mucuchíes rumbo a la provincia de Trujillo, ganándose el apodo de general Gallina en razón de su cobardía. Algún deslenguado afirmó que el general hacía honor a su apellido, a voz en cuello gritaba:

«¡corre Correa como una condenada gallina!».

El padre Tomás Angola Landa, el severo vasco encargado de la disci- plina del Seminario, no podía disimular su nerviosismo cuando esta tar- de a la hora de la merienda se acercó para confirmar con voz cascada y temblorosa lo que al principio era un rumor soterrado y que ahora nadie ponía en duda: el general Bolívar había entrado en Tovar y se disponía a pernoctar en la hacienda La Inmaculada Concepción, propiedad de una viuda adinerada, de origen español, que se había sumado a la causa republicana. Lo que para la gran mayoría constituía una noticia que avi- vaba la curiosidad, pues la fama de Bolívar se había extendido por todo el territorio del país y más allá y la posibilidad de conocerlo en persona era un privilegio que muy pocos podrían disfrutar, para el padre Angola la presencia del afamado capitán del así llamado Ejército Libertador era motivo de intensa preocupación, incluso de miedo cerval. Yo regresaba de la capilla del Santísimo luego de haber cumplido con mis oraciones vespertinas, y ante la llegada intempestiva del padre Tomás al comedor donde mis compañeros del Seminario se aprestaban para hundir las deli- ciosas catalinas en las tazas rebosantes de leche, entendí su azoramiento, sus temores y embarazo, pues él es español peninsular con apenas cinco años en nuestra provincia, y se dice que el general Bolívar le tiene una inquina terrible a los españoles. Ah, y el hecho de ser vasco, como la familia del general, no lo excluye de la animadversión hacia los inicuos nativos de la madre patria desde que se decretó la Independencia. Es posible que el padre Angola, una persona recta y generosa aunque un tanto cascarrabias, tema por su vida. Tal vez sean exageraciones suyas o mías; sin embargo, quién sabe hacia dónde pudieran derivar las circuns- tancias de esta guerra feroz. Los relatos de la saña y sevicia de las tro- pas españolas con los rebeldes que se han alzado contra las autoridades reales parecieran haber sido extraídos de alguna relación verídica de las tropelías de Atila. Y afirman aquellos que se sienten con autoridad para hacerlo, que si los patriotas aspiran a tener alguna oportunidad de salir airosos en esta infeliz contienda, acabarán por imitar las salvajadas de sus enconados enemigos.

Por otra parte, desde hace un tiempo para acá todo el mundo habla del general Bolívar, su nombre anda de boca en boca, retumba en las monta- ñas más lejanas como un eco vengador, se ponderan sus hazañas durante la guerra relámpago en la Nueva Granada como si se tratara de la gesta de un héroe homérico. Aun cuando no ha cumplido los treinta años, su temple y valentía, su audacia que se puede calificar de temeridad, inclu- so de locura, le han granjeado la admiración de miles de patriotas y la envidia de algunos de sus allegados, aquellos que quisieran al igual que él saborear las mieles de la gloria. Lo cierto es que hasta el presente se ha mantenido invicto, y este hecho por demás notable es digno de admi- ración. Sin embargo, es vox populi que su carácter violento y autoritario lo han convertido en un individuo despótico. Algunos, incluso, en voz baja lo califican de sanguinario. A decir verdad, aunque sus logros en el arte de la guerra sean indiscutibles y sus ideas acerca de la libertad de los pueblos oprimidos por el Imperio español no admitan ningún cues- tionamiento, a menudo me acometen las más terribles dudas y vacila- ciones acerca de tan controvertido personaje, y mi mente no alcanza a discernir entre el bien y el mal. Quiero decir que en tales momentos de temor y confusión no estoy del todo convencido de considerarlo como un héroe, menos aún como un ejemplo a seguir. Por encima de cualquier circunstancia, y aunque esta idea pueda parecer una utopía, pienso que las diferencias entre personas, comunidades o naciones deberían resol- verse mediante el diálogo. Hablando es como se entiende la gente, decía mi señor padre.

De la manera que sea, todos en el Seminario andamos dando carreras de aquí para allá, pues Monseñor Carrillo, el director, quien también es español, de Extremadura, con treinta o cuarenta años asentado en la pro- vincia de Mérida, para curarse en salud —y pienso yo, que me perdone Dios, para congraciarse con el general Bolívar— nos ha ordenado a los seminaristas, novicios, curas e incluso a los profesores seglares de Botá- nica y Ciencias Naturales, que nos preparemos con nuestras mejores ga- las para hacer acto de presencia en la plaza de Armas cuando mañana a la hora que fuere aparezca en las calles el afamado general y su séquito.

Nadie sabe dónde se han metido las autoridades españolas. Parece ser, según las malas lenguas, que la mayoría se ha quedado medrando en sus casas y han enviado emisarios al general Bolívar aceptando la rendición incondicional, e incluso hay quienes se han ofrecido para su- marse como entusiastas voluntarios a la causa patriota. Se dice también que la idea de esos pícaros y vividores es la de continuar ejerciendo sus mismos cargos, sólo que en este caso con distinta bandera. Otros, te- merosos y pusilánimes, imitando al general Correa, han puesto pies en polvorosa hacia los páramos de Mucuchíes donde estiman que estarán a salvo de las retaliaciones de esa pandilla de desarrapados y bandoleros, como suelen llamar con un tono despectivo a los valientes guerreros comandados por el general Bolívar… En fin, que los más asustadizos se han aventurado por los lados de Santo Domingo rumbo a Barinas pues en aquella ciudadela de tierra caliente se encuentra acantonado un im- portante batallón realista al mando del teniente coronel Antonio Tízcar, famoso por su crueldad.

A mí, debo confesarlo de entrada, este asunto de la guerra no me gusta para nada. Pienso, siguiendo las enseñanzas de Marco Aurelio, el Emperador filósofo, cuyas Meditaciones me han servido de guía y consuelo cuando el insomnio y las preocupaciones derivadas de estos tiempos aciagos que nos ha tocado vivir atenazan mi voluntad y nublan mi entendimiento, pienso que la guerra es la más vil y miserable mani- festación del fracaso del espíritu humano. Opinión ésta que no deja de ser contradictoria con las vicisitudes y confrontaciones que tuvo que enfrentar el piadoso Emperador, en particular en la guerra contra los bárbaros germánicos, en la que no se distinguió precisamente por su compasión. Lejos de mí juzgar los actos de los demás… En fin, digamos que en ciertas circunstancias las guerras son males inevitables, tal vez necesarios. Y ésta, de los que se hacen llamar patriotas contra los rea- listas o leales al rey de España ―aun cuando el tal rey sea un prisionero del emperador Bonaparte―, que comenzó apenas el año pasado con la derrota del general Francisco de Miranda y la caída de la Primera Repú- blica, tiene todo el aspecto de convertirse en una matanza. Quién sabe por cuántos años se habrá de prolongar, quién sabe cuántas vidas habrán de ser sacrificadas hasta que la malhadada contienda llegue a su fin, pues todo en esta vida, por la gracia de Dios, tiene su final.

De los seis años que llevo en el Seminario de san Buenaventura, este último ha sido sin lugar a dudas el más acontecido. En octubre murió mi padre allá en el páramo de Cabimbú, por los lados de La Ovejera, en la provincia de Trujillo, y me vine a enterar días después por boca de unos arrieros conocidos de mi familia, a los que encontré por mera casualidad en el mercado principal. La infausta noticia me causó una profunda tris- teza, y dolido me trasladé hasta la casa paterna para consolar a mi madre y mis hermanos, al tiempo que les reproché que me hubieran mantenido en el limbo durante los días posteriores al funesto acontecimiento. Por supuesto, justificaron su extraña conducta alegando que para esa fecha yo me encontraba rindiendo exámenes y no querían causarme ninguna molestia. Sólo mi hermanita Lucía, luz de mi vida, se puso de mi parte y su presencia fue para mí un bálsamo que logró reanimarme. En di- ciembre mataron a un primo mío, de siete puñaladas, en una posada del Llano del Jarillo, cerca de Jajó. Eusebio, que así se llamaba mi primo, había sido mi compañero de estudios hasta el tercer grado de primaria en Niquitao, y éramos uña y carne, más que primos parecíamos herma- nos gemelos. Pero a Eusebio no le agradaban los estudios, era lento y ro- ñero, se quedaba dormido en clase y al final le dieron la boleta de retiro. Y ya más grandecito se dedicó a destilar aguardiente de contrabando en rústicos alambiques de cobre de los que en mi tierra llaman “zanjone- ros” pues los furtivos destiladores se ocultan en los zanjones. En semana santa del año pasado, para rematar la mala suerte, el tan anunciado te- rremoto de los Andes al fin llegó. Un evento devastador que arrasó con gran parte de la ciudadela, incluyendo daños cuantiosos en la catedral. Ninguna de las siete iglesias menores se mantuvo en pie. Y casi todas las casas sufrieron daños severos, algunas fueron convertidas en polvo. Y al día de hoy apenas unas pocas han sido reconstruidas en su totalidad. En lo que respecta a los templos menores, nadie se ha atrevido a remover las ruinas y los escombros como si quisieran conservarlos al igual que el testimonio de la ira de Dios. En el Seminario nos salvamos por un tris, dicen los curas que las paredes y el techo de esta soberbia construcción están benditos. Se me hace difícil creer en milagros, pienso más bien que este caserón con anchos muros de tierra apisonada es capaz de so- portar el terremoto más devastador. Y justo ahora, un año después del terremoto, cuando aún no nos reponemos del susto, cuando, como dicen con sorna algunos de mis condiscípulos, todavía las víctimas del gran temblor no se han enfriado por completo, aparece como un emisario de la venganza el general Bolívar al frente de un temible ejército de legio- narios neogranadinos. ¿Qué otras atrocidades nos será dado contemplar este año de la peste?

Sábado, 22 de mayo de 1813

Novela publicada por ABediciones (2025)

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