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Incluso ahora, estando ya mayores las dos, su hermana le parece una boba. La está observando, forzada a apartar los ojos de la lectura y atrapada en ese gesto característico de Alba que tanta contradicción de ánimo le causa: allí está, con el bordado colgando de las manos sobre el regazo y la mirada persiguiendo el aleteo de una mariposa que salta indecisa entre las rosas. Es un gesto simple, a su entender, necio: hipnotizarse por el insecto y su movimiento, con ese deleite en la expresión de su rostro. Eso es precisamente lo que le importuna, la serenidad de la concentración por aquella frágil felicidad. Cuánto le fastidia la falta de disciplina de Alba, de foco para aspirar a un bienestar más coherente y sólido; ese es el gran abismo que las separa. Su madre lo supo siempre; por eso ella fue su favorita y se esmeró en que puliera las dotes que logró detectarle desde niña. Fue con ella todo lo exigente que no pudo ser con Alba, conociendo quizá desde el vientre la ligereza de carácter con la que venía.
El sonido del timbre la trae de vuelta de sus pensamientos. Fija la vista en el libro nuevamente, sin leer; luego sigue el recorrido de Alba con disimulo, fingiéndose ensimismada en las páginas abiertas, observando con desaprobación los movimientos lentos de su hermana.
—Pisa pasitos —murmura.
Cuando la pierde de vista, se figura la escena, los saludos, la sonrisa tibia de Alba, la tertulia.
—Frasquitera —remata, torciendo la boca.
Ya se conoce la rutina: Albita regresará con un poquito de cualquier cosa traída por alguna vecina, siempre pendientes de ella. Nunca vienen con una sola porción; no la dejan por fuera, aunque su ración sea más pequeña. Alba siempre disimula ofreciéndole la de mayor tamaño, pero Margot tiene claro hacia dónde van las preferencias del populacho que las rodea. —Saben muy bien que el verdadero paladar de esta casa lo tengo yo, pero no nací para monedita de oro, como decía mi madre —masculla.
Adelanta un poco el cuerpo en la mecedora, tratando de escuchar la conversación. Seguramente Alba cerrará la puerta de prisa para evitar su regaño por andar de asomada, dándole conversación a cualquiera. Así fue siempre con Albita. Con Alba, como deberían llamarla y no con ese diminutivo que contribuye a aniñar su presencia y comportamiento. Con el diente pelado y ese temperamento tan dado a encontrarle la gracia a todo, desdeñando la sobriedad que debe reinar en cada acto y expresión, para no andar por la vida de payaso, riéndose hasta de las miserias.
Margot interrumpe sus consideraciones. Alba reaparece en el patio con una bandeja que deja sobre la mesa. Se sienta en su mecedora y retoma el bordado.
Ambas toman el sol de las primeras horas en el patio interno de la casa. Viven en La Pastora, de San Fernando a Nazareno, n.º 110. Sus padres llegaron allí en 1939. En 1941 nació Margot, y en 1943, Alba. La casa aún luce su puerta principal de madera oscura y dos ventanas sobresalidas, con postigos de celosía y asiento interno. Luego viene el zaguán y otra puerta pequeña, en forma de arco, que da acceso al recibo y a la habitación que usaba don Agustín; después, un corredor ancho con pisos rojos y dos habitaciones: a la derecha, la de doña Emilia, que en vida durmió sola desde que sus hijas podían recordar; a la izquierda, la habitación que compartieron Margot y Alba. Ahora Margot duerme en la habitación de la difunta doña Emilia.
El patio interno se adorna con macetas de diversos tamaños y materiales. Porrones altos de barro, baldes pequeños de plástico e incluso viejas latas de leche colgantes, de las que caen frondosos helechos. Una mata de parra tejida entre retazos de rejas hace un techo natural y verde. El comedor y la cocina están abiertos a ese espacio claro y ventilado. El baño se halla al fondo, antes de llegar a otro patio, donde están la batea, el tendedero, una mata de mango y una escalera que lleva al techo. Las columnas de la casa están mordidas por los años y los pisos acumulan pegotes de cera roja en las esquinas. Las puertas y ventanas emiten diferentes quejas, y algunas cenefas de madera se desmigajan por el comején; pero las paredes se pintaron hace dos años, a pedido de Alba, y mejoraron la cocina. Los muebles son los mismos con los que crecieron, que, a decir de Margot, han salido muy buenos.
La casa es de las pocas con nombre, porque doña Emilia se empeñó en bautizarla como a la mayor de sus hijas. Sobre la segunda puerta de entrada, en baldosas especialmente diseñadas, puede leerse Villa Margot. Doña Emilia insistió en distinguirla con aquello de «Villa», a pesar de que casi todas las casas de la calle son humildemente iguales.
Margot no se considera hermana mayor solo por los años; no hay gran diferencia de edad entre ella y Alba. Asume la batuta por experiencia, por lucidez, por claridad a la hora de pensar y sentir. Está convencida, sin necesidad de expresarlo a viva voz por delicadeza elemental, de que quizás el principio de todo lo que la separa de su hermana es que siempre fue la más bonita, la de mejor porte. Heredado de su madre, sin lugar a dudas. Alba se parece a su padre. La simpleza de ambos siempre fue tema de conversación entre doña Emilia y Margot: esa inclinación a dejarse mostrar sin reservas, a hablar y contar de más, sin contención en la emoción. La tendencia a reírse a carcajadas, a bailar con cualquier musiquita. Hasta en la misa Alba es una desmedida, y en más de una ocasión Margot la ha pillado emocionada luego de la confesión, como si el cura de turno la hubiese liberado de pecados de por vida y tres avemarías fueran suficientes para eliminar lo pernicioso de su carácter.
De jovencitas fue ella la que atrajo siempre la atención. Incluso hoy en día seguía siendo más estilizada, porque es más disciplinada y no anda probando la comida de todo el mundo ni relamiéndose por cuanto dulce le pasen por delante. Por eso Albita está rellena, con las piernas como jamones, varicosas, y con la panza a medio desbordar. Ella no. Aprendió de su madre a permanecer el día entero con la faja puesta, para mantener la figura y caminar erguida. Le concede a Alba unas facciones armoniosas, unos ojos bonitos, achinados, perdidos entre la risa que la persigue desde niña. Su boca está hecha para reír, no será mezquina: Alba siempre tuvo los dientes blancos y alineados. Pero eso se desbarata con su expresión bobalicona y esa deferencia con la que trata a la gente. Desde que Margot recuerda, Alba se transparenta entre las cosas, se escurre y aparece tímidamente con sus ponderadas opiniones. Con esa presencia tan sumisa a su alrededor, es lógico y sensato que sus pasos resuenen, que su respiración rellene los espacios. A ella nadie le quita el gusto de dar su opinión, de expresar lo que piensa. Se considera honesta y lúcida de criterio, como bien le enseñó su santa madre.
¿Y quién tuvo más pretendientes? Sobra comentarlo, y es tema delicado; el único asunto que pone a Alba revuelta de tripas y corazón, porque, por decisión de doña Emilia, Alba debió esperar a que Margot se casara para aspirar a presentar algún pretendiente en la casa. Y Margot coleccionó pretendientes desde los quince años: un aspirante a doctor, un incipiente pintor; un muchacho muy guapo de la cuadra, sin futuro ni esperanza, que le juró idolatrarla y la dejó en cuanto tuvo ocasión; un prominente abogado, cuando ya estaba cercana a los treinta y todas las alarmas de la soltería sonaron a su alrededor. Pero nunca dio el sí, porque el único hombre que realmente amó guardaba sus suspiros para Alba. Y cuando la impaciencia de aquel hombre por declararse lo llevó a saltarse las reglas, tan firmemente custodiadas por doña Emilia, ella propició varios encuentros con Jacinto Agüero, hasta hacerlo sentir indigno y miserable, lo suficientemente culpable para desaparecer de la vida de Alba. Su hermana nunca sospechó. Margot le hizo el favor, porque mal podría haber hechovida con aquel mequetrefe que se dejaba seducir tan fácil.
Para Margot, su carga es cuidar de esa hermana gentil, de ese ser de ensueño que languidece, que teje, cocina y borda, que en su vida no se aprendió la catequesis, ni los salmos, ni un solo libro de historia. Que bailaba con don Agustín, montada en sus zapatos y enredaba en sus brazos, mientras ella, con el peso de todos los deberes y conocimientos, no podía flotar sobre nada.
Ese padre murió, sabe Dios cuándo, a qué hora y en qué lugar. Se fue con cualquier excusa, de esas que los hombres se inventan para evadir el hogar. Su madre murió de rabia; Margot la veló sobre la misma cama en la que nacieron. La casa quedó para ellas, con su patio y su zaguán, con los techos mugres de esa extraña mezcla de amor y rabia que le produce Alba. Y no quiere pensar en lo que siente Alba, porque mayor padecimiento lleva ella, encerrada tras esa puerta que lleva su nombre. Una puerta que se negó a cruzar después de morir doña Emilia. Y hasta en eso Alba la irrespeta, dejándose ver en la calle y en las esquinas sin el luto puesto.
—Han pasado muchos años desde que mamá murió —dice entre dientes, remedando a Alba—. Seguro que espera por mi muerte para quedarse con todo. Pisa pasitos.
—¿Qué murmuras, Margot?
—Yo no murmuro, Alba; cuando pretendo decir algo, hablo fuerte y claro. Se me fue un párrafo de la lectura en voz alta.
Alba se levanta y va a la cocina. Margot le sigue los pasos con la mirada.
—Ya va a ofrecerme un guayoyo o una piñita. Si le digo que no, se atraganta ella. Como si no estuviera lo suficientemente gorda y con el azúcar alto. Glotona. Bien lo decía mamá: que Albita quería comerse todo, con la boca, con los ojos, con la alegría. Mamá, que fue mujer tan circunspecta, tan de guardar las formas y las maneras. Para nada. Para venir a casarse con papá, tan moreno y arrogante, dispuesto a celebrar y gritar consignas, tan diestro para dilapidar el dinero. De no ser por mis previsiones y ahorros, muy mal estaríamos. Gracias a mí, a mi frugalidad, a la sensatez para administrar los recursos, nos mantenemos. Cierto es que Alba sale a hacer la compra, paga los servicios y cocina con rendimiento. No seré mezquina. Le reconozco sus destrezas, son pocas, pero destrezas al fin. Es ella la que manejalas modernidades de pago que se estilan hoy día, pero soy yo quien aconseja y tengo la última palabra. Si es por ella, hace todo como le recomienda José Agustín. Y yo le agradezco sus oficios al ahijado, para ayudar con las diligencias sofisticadas, pero también es un poco su deber, aunque Alba piense lo contrario; para algo somos sus madrinas.
—¿Qué dices, Margot? No te escucho —protesta Alba desde la cocina.
—¿A ti? Absolutamente nada. Qué preguntadera. Le estoy hablando a las matas, mijita.
De las matas se ocupaba ella, que tiene buena mano. Ni Alba lo discute. En verdad, Alba no
le discute nada; otra costumbre muy boba de su hermana, esa condescendencia, esa compasión tan mal administrada, porque, obviamente, ella no la necesita. Pero qué se le va a hacer, Alba es definitivamente algo fatua, insustancial.
El reloj del pasillo anuncia el mediodía. Alba trajina de espaldas al patio y dispone la mesa para almorzar. Margot continúa sentada en su mecedora. Mira con curiosidad el bordado que Albita ha dejado sobre la mesita auxiliar y se pregunta cómo ha podido avanzar tanto, con la distracción de la que ha sido capaz entre mirar mariposas, atender visitas y preparar la comida.
—Seguro que preparó otra vez pollo con ají dulce, con lo fatal que me cae, porque me irrita el estómago.
Se remueve, se inclina sobre la mesita y desbarata los puntos de las hojas bordadas por Alba.
La voz de su hermana la sorprende desde el comedor.
—Vente Margot, está servido el almuerzo. Te preparé la crema de calabacín que tanto te gusta.
—Tú estás decidida a estropearme la digestión, tan buena que la tengo en estos días. Me he cansado de decirte que el calabacín me sienta fatal.
Cuento incluido en el libro Punto de fuga (La jungla de las letras, 2026)