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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

Desde el banquito

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My theme is memory. These memories, which are my life…
because we possess nothing certainly except the past.

Evelyn Waugh

Los ruidos de la mañana orillaban el perímetro de la plaza, creando una barrera de múltiples cacofonías donde se iban acogiendo quienes entraban al lugar para quedarse o cruzar al otro lado. Llúcia traspasó el caudal de sonidos y fue acercándose lentamente al banquito, pensando en quienes seguían resistiendo del lado de allá, donde el día a día era cada vez más oscuro pese a la luminosidad de aquel sol tropical tan añorado, especialmente durante los inviernos barceloneses. “Venezuela vive uno de los episodios más difíciles de su historia. Mientras que millones de sus ciudadanos están repartidos en los países sudamericanos y otros, la tensión política se agudiza cada vez más, con Nicolás Maduro aferrado al cargo y Juan Guaidó promoviendo la recepción del apoyo de la comunidad internacional”, había leído poco antes en la prensa peruana, aprovechando la llegada de unos vecinos a quienes les cuidó las plantas durante su ausencia.

No que la prensa española dejase de ocuparse del drama creciente sufrido por la población, “sin distingo de raza ni clases sociales”, como decían los libros de historia de Venezuela al referirse a la igualdad de todos ante la ley. Y lo recordaba, no tanto de los suyos, que en realidad no tuvo pues su formación fue superficial y esporádica, sino de los de sus hijos, a quienes con el marido contribuyó a instruir, pagándoles además la mejor educación posible en la nación anterior a la dictadura. De hecho, anterior incluso al gran boom petrolero; cuando aún no se había logrado del todo la pacificación de la guerrilla y hasta el Paseo los Próceres llegaban los gases de las bombas lacrimógenas, lanzadas por la policía contra los estudiantes de la Universidad Central. Más de una vez les habían alcanzado aquellos vapores volviendo del colegio y viéndose obligados a refugiarse en algún comercio cercano.

Con todo, los recuerdos de aquellos años eran para Llúcia fundamentalmente alegres, deslastrados de las miserias dejadas atrás al tener un océano de distancia. Tras la boda y la apertura de la pastelería con quien la acompañó hasta sus últimos días, la existencia cobró sentidos inimaginables en el estrecho mundo de la mercería y el piso familiar donde el hermano vivió hasta morir, como su marido, poco antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos del 92. Para entonces ya Venezuela se hallaba en estado de crisis, si bien ellos todavía podían vivir sin grandes apuros gracias al negocio, con lo cual el intento de golpe en febrero, orquestado por el ya inmortal Comandante, no les afectó más allá del susto. Su marido, sin embargo, empezó a preocuparse y a transferir los ahorros a la cuenta en Barcelona, y el mayor de sus hijos encontró una beca para estudiar repostería en Le Cordon Bleu parisino, con lo cual aquella cerrada rutina familiar, predecible e íntima por los cuatro costados, se abrió hacia lo desconocido para no volver a cerrarse nunca más.

“Hacer memoria de lo transcurrido es como cambiar las cortinas en invierno y en verano: una práctica ineludible, aunque innecesaria. Pero una práctica al fin heredada de madres y abuelas orgullosas de la disciplina con que imponían el orden dentro de la casa. Recordar de una manera igualmente metódica los episodios vividos, me produce la satisfacción vista en el rostro de la mare cuando había terminado de cambiarlas y se sentaba a admirar su obra; algo tan superfluo como el volver sobre un pasado desvanecido en el tiempo. Mis sobrinas seguramente ya no las cambian, aunque no puedo afirmar con la misma seguridad que dejen de regresar al pretérito de sus existencias, donde también yo tengo un pequeño papel. Ellas, no obstante, llenan un número importante de páginas dentro de la mía, quizás porque las conozco desde siempre y en su acontecer sigue presente mi hermano quien, pobre, nunca se recuperó de la muerte de su mujer.

Yo también extraño a mi marido; cómo no hacerlo si nunca nos separamos más de dos días seguidos, pero los hijos y nietos ocupan espacios necesarios, aunque distintos al suyo, cual es de suponer. Probablemente es por el hecho de ser hombre y, ya se sabe, a los hombres les cuesta estar solos pues necesitan de una para tenerles la casa organizada. Y aquí vuelvo a las cortinas; con aquel clima tan primaveral todo el año allá no había necesidad de cambiarlas, hasta haber de reemplazarlas después de muchas lavadas, en cambio al volver aquí recuperé aquella costumbre y me gustaba verlas cambiadas cuando entrábamos en la nueva estación.

A veces me siento en el balcón, y en el trajín de la gente yendo y viniendo me transporto a los afanes y esfuerzos puestos por nosotros en levantar una familia y un negocio aún hoy en pie, si bien la pastelería le da muchos dolores de cabeza a mi nieta. Según me contó, hace unos quince años había casi ochenta mil negocios en Caracas y hoy no llegan a la mitad. Ella ha podido sobrevivir despachando a los empleados y sirviendo a los clientes con el marido, tal como hicimos nosotros al principio. Por supuesto, ello representa un retroceso a la época cuando empezamos, lo cual no es para nada justo, pues ni siquiera reciben dólares preferenciales del gobierno. Tal cual ella me dijo, las divisas solo llegan a veinte mil empresas de las doscientas mil que todavía quedan en el país; una vergüenza después de haber dejado lo mejor de nosotros detrás de aquel mostrador.

En aquel entonces sí recibíamos ayudas a través de la Corporación Venezolana de Fomento y la Alianza para el Progreso del presidente Kennedy. Así pudimos ampliar la pastelería y poner mesas para servir desayunos y meriendas. Además, el barrio ofrecía un entorno seguro donde los niños podían jugar y en diciembre hasta cerraban parte de la Avenida Victoria para poder patinar sin peligro. Parece mentira, pero así se vivía allá entonces; unos más modestamente que otros, es verdad, pero la mayoría con lo suficiente para comer, vestirse y sobre todo educar a los hijos, porque eso es lo más importante; de lo contrario acaban en la calle sin oficio ni beneficio, como les ha ocurrido a tantos jóvenes en aquel país, añorado a pesar de la represión y la destrucción.

Claro, no me imagino cómo podría sobrevivir a mi edad allá, aunque me ayudaran mis nietos, pues ni las medicinas se consiguen. Un amigo de aquella época me cuenta que no tiene para la comida y menos para los medicamentos, porque no hay ningún sistema de salud que le ofrezca garantía de servicio. Si no fuese por sus hijos, el pobre no existiría porque habría muerto de hambre. De hecho, todavía trabaja dado que la pensión no le alcanza para nada. Por suerte, en su juventud compró el piso donde vive con uno de sus hijos, ya que hoy no sabría ni cómo pagar el alquiler.  Según me comentaba, un vecino se suicidó, pues el nieto que le enviaba alguna remesa desde Florida, con el virus se quedó sin el trabajo que tenía, a destajo porque está allí sin papeles, y el hombre ya viudo dependía de ese dinero para llegar a fin de mes, y sobre todo para comprar los antidepresivos”.

Varias nubes pasajeras oscurecieron el banquito espejeando los pensamientos de las tres vecinas, prestas a sacudirse lo que las sombreaba de ellos. Una operación ampliamente aprendida como correspondía a las mujeres de su generación en la España de la inmediata postguerra, cuando la existencia tenía visos de no hacerse posible más allá del radio limitado por las calles donde habrían crecido. De hecho, una prima de Amèlia, al casarse, se mudó a pocas cuadras de los padres y vivió allí hasta su muerte. Amèlia, al menos, había tomado los trenes de cercanías para ir a la costa y el autocar hasta el pueblo del marido los veranos; si bien el barrio de sus primeros años, hoy invadido por turistas e inversores, quedó como un paisaje congelado en el tiempo que le hacía reconocer en las ventas de suvenires, restaurantes de comida rápida y cadenas comerciales, las mercerías, chocolaterías, vinaterías y colmados del pasado; especialmente ahora cuando ese pretérito tenía para ella la nitidez de los episodios recién vividos.

Llúcia, por su parte, evocó las negruras del desembarco al llegar a Venezuela y encontrarse descompuesta y sin novio, aunque pronto se disolvieron con el sol de aquella primavera eterna de la cual gozaba el valle de Caracas. Quizás por eso al recorrer, ella también, los predios de la Barcelona gentrificada, trasladaba a las genéricas tiendas actuales la intensidad de los colores del trópico, reconocibles entonces en algunos negocios familiares puestos a exhibir las mercancías de ultramar, llegándoles por vía de los españoles establecidos al otro lado del Atlántico.

Montse, en cambio, pasaba sin nostalgia por las metamorfosis de la Ciutat Comtal, posiblemente porque Nueva York se devora a sí misma cada pocos años, reinventándose en lo que después se transformará en el modelo a seguir. Por ello en su caso las metamorfosis eran aspectos integrales del existir, como los movimientos de los astros y las mareas; de ahí que careciera de ese sentido de pertenencia dable de arelar en lo esfumado a sus compañeras de banquito. Esto, sin embargo, no quitaba que apreciase los lugares todavía existentes de su juventud en ambas ciudades, pues en ellas persistía la continuidad propia de las épocas aún por extinguirse.

La de las tres vecinas invocaba los nombres de sitios, experiencias y eventos afines enmarcados por una misma cultura, lo suficientemente elástica en el pasado como para absorber lo desconocido de las zonas del planeta por donde se habría extendido, llevada por la necesidad y las urgencias surgidas de beligerancias y extrañamientos. De ahí que, en la percepción de cada una, el forcejeo de muchos por encerrarla ahora en sí misma, constituyera una afrenta para quienes lucharon por preservarla en los tiempos duros de persecuciones y exilios. Pero poco le importaba a la nueva normalidad surgida con la pandemia donde iba instalándose la gente, el sentir de tres ancianas sumergidas en el anonimato de una plaza de barrio obrero; con lo cual sus espontáneos encuentros para recordar y plasmar en el contexto actual esos recuerdos, resultaba ser una gesta, si no inútil, al menos fútil a los ojos de quienes pasaban ante ellas sin prestarles atención alguna. Y es que la indiferencia y el desgano palpables en el tenor del barrio, más allá de la energía y presteza desplegadas a la hora de las comidas, auguraba una sociedad más intolerante y menos solidaria hacia quienes no encajaran dentro de los nuevos moldes. Romperlos iba a ser muy difícil, en caso de aparecer voluntarios dispuestos a abocarse a la tarea, pues las intransigencias se habían enquistado con fuerza, retando o aniquilando a quienes se atrevieran a desafiarlos abiertamente.

Nuestras tres vecinas ciertamente no pensaban llegar tan lejos, aunque esperaban al menos dejar huella en quienes habían dependido de ellas, o compartido tramos extensos de existencia, en momentos más proclives a comprender y aceptar la diversidad de la naturaleza humana. Devolverse a tales espacios era entonces una labor de sobrevivencia, si no del cuerpo, sí de las dádivas del espíritu, extendiéndose entre familiares, relaciones y conocidos en ambos continentes; especialmente para Llúcia y Montse, cual viajeras impertérritas siempre dispuestas a echarle una mano a quienes las habían conocido o escuchado hablar de ellas por vía de sus mayores.

El teléfono sonaba poco estos días, sin embargo. Pero vivir con el hijo, la nuera y el nieto como Amèlia tampoco era garantía de compañía. De hecho, cuando sonaba, nunca era para ella y del hijo apenas un saludo al pasar le pertenecía; cosa que ni la nuera ni el nieto tenían en su cotidianeidad, por lo cual vivía en su propia casa como si fuese una extraña. Pero así se le habían ido disponiendo los astros, tras la muerte del marido y la toma del hogar por parte de la pareja, que solía irse de la ciudad los fines de semana dejándola con un retoño poco comunicativo y ajeno a todo lo existente más allá de sus pantallas.

Aun cuando Amèlia no era muy expansiva, las otras dos vecinas intuían a grandes rasgos su situación, y de cierta manera se alegraban de no encontrarse en aquel bote y estar lo suficientemente fuertes aún para navegar sin tripulación hacia el ocaso de sus días. Una certeza dándoles la necesaria dosis de libertad para decidir y recibir lo que les interesara de los otros, y en última instancia de los servicios de asistencia social disponibles para las personas a su nivel.

Las agujas de los relojes apuntalaron el mediodía, quedando las vecinas varadas en mitad de la jornada y sin saber muy bien hacia dónde tomar. Montse pensó en darse un salto, figuradamente claro, hasta el café al otro lado para beberse un cortado y ojear la prensa, todavía en papel, aun cuando no se sabía por cuánto más dada la fiebre de digitalización ocupándolo todo. Llúcia se despidió de las compañeras, pues iba a hacer mercado y no quería que la tarde la encontrara con la gente saliendo de los trabajos y aglomerándose frente a las cajas registradoras. Amèlia, algo menos previsora, tenía intención de permanecer allí un rato más, antes de pasar por el súper a hacerse con algunas provisiones con miras a prepararse la comida, porque era bien sabida la falta de colaboración de la nuera y mucho menos el nieto en tales lides.

Decisiones por tomar en esta época de inseguridades producto de la pandemia y la volatilidad internacional, presagiando nuevos dramas en un futuro no muy lejano y no muy lejos de ellas. Apenas en la otra punta de Europa, Rusia hacía pocas semanas había reunido alrededor de 100.000 soldados y equipo militar frente a la frontera con Ucrania, lo cual representó la mayor movilización de fuerzas desde la anexión de Crimea por parte de ese país en 2014. Esto había precipitado una crisis internacional, y generado preocupaciones sobre una posible invasión, que estaba probando la incompetencia de la diplomacia para encontrarle soluciones al drama por venir. No que, una vez más, les importara demasiado a las tres vecinas el futuro de un país del cual poco sabían, más allá de Montse haber crecido cerca de la colonia ucraniana del East Village neoyorkino. Clubs, centros culturales, escuelas, restaurantes, panaderías, carnicerías, charcuterías constituían la llamada “Little Ukraine”, y fueron lugares de encuentro y abastecimiento cuando este barrio concentraba el grueso de la inmigración proveniente de aquellas tierras, hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

En ello pensaba este mediodía de junio Montse mientras se preparaba para un despegue, menos terrible por supuesto, que el de algún avión nuclear ruso presto a volar hacia Venezuela, si la coyuntura ucraniana exigía amenazar de cerca a Estados Unidos. Pero todavía era pronto para adelantar conclusiones; cosa que a la vecina no le iba a quitar el sueño ciertamente, si bien otro vuelo, el de la memoria hacia regiones crecientemente exploradas ahora, empezó a hacerse lugar en ella. De los recesos de sus recuerdos extrajo episodios en St. George’s Ukrainian Catholic Church con una compañera del colegio, quien la llevaba a los servicios de la Navidad y la Pascua ortodoxa para después invitarla a cenar con su familia, en un intercambio de afectos y sabores correspondidos por los suyos en la Diada Nacional de Catalunya y la de Sant Esteve, cuando la mare prepararía unos canelones irrecuperables en todos los que después de ella habría probado en ambos continentes.

“Borscht, chicken Kiev, vareniki, banush, holodets, comíamos en aquellas celebraciones donde a pesar de nuestra edad, entendíamos que la importancia de aquellos platos iba más allá del paladar, pues ambas vivíamos a distancia el drama de una cultura asediada; la de mi amiga por Rusia, la nuestra por la dictadura franquista. Y de ambos dramas íbamos inconscientemente extrayendo las lecciones puestas a cincelar nuestras personalidades para cuando nos hiciéramos adultas. De hecho, tras la muerte de Stalin, ella regresó a la tierra de sus mayores donde se casó y trabajó en unos laboratorios no muy lejos de donde construyeron la planta nuclear de Chernóbil. El cáncer, como secuela de la explosión de uno de los reactores se la llevó, poco después de haber logrado Ucrania su independencia tras la disolución de la Unión Soviética.

A veces me enviaba tarjetas postales de sus vacaciones en algún balneario del Mar Negro y yo se las contestaba con las que compraba durante los viajes por la región de los Grandes Lagos. Y aunque desde que nos separamos en nuestros veintes nunca nos volvimos a ver, siempre conservamos el mismo cariño, quizás porque habíamos compartido los años de infancia y la primera juventud, cuando las personalidades se conforman y los lazos afectivos se tejen con mayor fuerza. Aún hoy, tantos y tantos años después, me viene ella a la memoria, vestida con un colorido traje tradicional bordado bailando en alguna celebración del Centro Ucraniano, para después venir a contarme de sus conquistas, pues era una muchacha de muy buen ver y alegre como pocas.

Nunca le faltaron pretendientes, pero no se comprometió con ninguno, quizás porque ya entonces pensaba en regresar al país que no había podido conocer, pero estaba en las anécdotas de los padres y en las historias contadas por la comunidad del Village. Algo similar a lo experimentado por nosotros al encontrarnos con los nuestros en el Centro Español. Y aquí debo agregar que jamás sentimos rechazo por parte de ningún compatriota, aun cuando en algunos casos como el de mi suegro, hubiera un vínculo cultural muy fuerte con el dictador, lo cual le impedía desligarse de sus acciones, aunque también fuera víctima de sus políticas. Pero siempre ha sido difícil separar el grano de la paja, especialmente si lo privado se mezcla con lo público; y a pesar de no estar de acuerdo, así seguirá siendo por los siglos de los siglos, aunque se hable tanto de progreso por existir un sinfín de aparatos electrónicos controlándolo todo”.

Los controles impuestos escapaban sin embargo a los razonamientos de las tres vecinas, distantes en sus antojos, angustias y visiones de un presente poco amable e intrusivo, con el cual nada tenían en común: barcas desintegrándose al sol de muchas arenas aún por trillar.

“Un batido de guanábana, me viene a la mente —se dijo Llúcia, entrando al supermercado— aunque también comí el helado hecho en una antigua casa por La Pastora, propiedad de dos hermanas con quienes tuve una gran amistad, y aún hoy las recuerdo yendo de un lado a otro de la inmensa cocina con sus delantales blancos y una cuchara de madera en la mano, siempre revolviendo una olla o vigilando algún guiso. Y eso que vivían solas y eran muy frugales en el comer. Imagino que regalaban gran parte de las preparaciones a algunas instituciones de ayuda a los necesitados, tan importantes para los barrios. UNICEF y Fe y Alegría eran las más significativas, si bien había también muchas iniciativas organizadas incluso por los mismos vecinos. De hecho, nosotros pusimos, en un local al lado de la pastelería, un centro de acopio donde recibíamos ropa, juguetes y artículos del hogar. Hasta allí llegaban las madres de barrios cercanos como el de La Ceiba para llevarse lo que quisieran. Y lo mantuvimos durante varios años, brindando apoyo a cantidad de familias; lo cual me hizo sentir muy orgullosa, pues era una manera de devolverle a Venezuela algo de lo que nos había permitido obtener con esfuerzo y ganas de luchar.

Por eso a veces me preguntaba por qué había tanta pobreza, si los de allá estaban en su propia tierra y contaban con más ventajas que nosotros, arribando a un país desconocido y sabiendo bien poco de su cultura. Algunos inmigrantes incluso creían que iban a ver indios con plumas, arcos y flechas saliendo de las montañas cuando subían por la autopista hacia Caracas, o que allí no tenían cosas tan imprescindibles como un colchón; más de uno se lo trajo en el barco por si acaso. La verdad sea dicha: aquel país estaba muchísimo más avanzado que el nuestro gracias al confort americano, permitiéndoles incluso a quienes vivían de un sueldo medio tener casas con televisores, lavadoras, cocinas empotradas, baños completos y mucho más, cuando aquí todavía cocinábamos con carbón y hacíamos nuestras necesidades en una comuna en la galería”.

El blanco de la hora amortiguó las angustias de Amèlia, siempre neguitosa, como le decía la mare. Algo que no cambió cuando se casó, más bien se agudizo esa desazón dejándola incapacitada para tomar decisiones por sí misma; con lo cual estas quedaron en manos del marido y luego el hijo, quien a diferencia del padre anteponía sus intereses personales a los de ella. Esto la había dejado a merced de los devaneos del retoño; impaciente por confinarla en una residencia, si bien se contenía por aquello del qué dirán los vecinos y el prospecto de cederle al asilo la pensión, cotizada por el padre durante años de muchos sudores a fin de darle cierta seguridad e independencia a Amèlia. Y así iba pasando ella la última etapa de un acaecer con más bajadas que subidas, pero acaecer al fin, lo cual era de agradecer ahora cuando tan pocos quedaban medianamente funcionales en su novena década. Por eso encontrarse con Montse y Llúcia, representaba un regocijo superior a los escasos momentos de alegría brindados por quienes convivían, pero no vivían realmente en su, aún, casa. Si bien la indiferencia generalizada no la mortificaba más, quizás porque había encontrado en las compañeras de banquito un eco, esfumado de su cotidianeidad desde la desaparición de Eusebio. “¡Que en gloria esté!”, se repitió, para reiterarse en la compañía de quien tanto la había acompañado aguantado, orientado, a veces en contra de ella misma, pero siempre honesta y generosamente.

“Generosidad. Esto es lo que le falta a mi hijo. He estado un rato buscando la palabra justa para definir la característica más común de su generación: exigirlo todo a cambio de nada o de muy poco.  Quizás ese egoísmo es lo que nos ha llevado a donde está el mundo ahora. Un mundo hostil e intransigente donde tan poca solidaridad se encuentra. Más bien lo opuesto, me digo, con tanta gente huyendo desesperada de sus países por culpa de los odios y las intolerancias. Hasta aquí al barrio han llegado. Y los veo extendiendo sus mantas con la mercancía que han podido reunir, o es de otros y ellos se encargan de vender. También quienes pasan pidiendo caridad: muchas mujeres con niños veo. Pero cómo darles a todos. Y, claro, aquí con el desempleo y crisis, la gente se vuelve todavía más egoísta. En fin, pareciera no haber manera de cambiar las cosas ni de dejar a un lado tantos desasosiegos, producto de situaciones escapando completamente al control de una. Y yo, pobre de mí, ya bastante tengo con lo mío”.

Del entramado de madera donde se recostaban las copas de los árboles, se desprendieron algunas hojas que no habían encontrado apoyo en aquella estructura o quizás habían sido aplastadas por la presión de las ramas vecinas. Una cayó a los pies de Amèlia y quedó gravitando en torno a la muleta más cercana; como si hubiese llegado a hacerle compañía. Ella se la quedó mirando fijamente, reconfortada tal vez con el prospecto de una tarde donde solo necesitaba permanecer allí, al saberse sin nadie echándola en falta. El nieto había emergido temprano de su cueva para ir de excursión a Empúries con los compañeros de curso, y el hijo y la nuera cargaron en el coche la sombrilla, las toallas y el pollo frito, y arrancaron hacia Lloret de Mar.

Por supuesto, ninguno le preguntó si necesitaba algo, asumiendo el que la madre, suegra y abuela, en ese mismo orden, podía perfectamente apañárselas sola. Amèlia no intentó disuadirlos; más bien se concentró en parecer autosuficiente, mientras con gran esfuerzo se movía por la cocina intentando prepararse el café con leche del desayuno, con ellos despidiéndose rápidamente para no perderse lo mejor del día. “¿O no?”, caviló ella viendo la hoja seguir su camino arrastrada por una repentina brisa. Porque lo mejor era justamente esta soledad tan personal lograda en medio del trasegar de la plaza, el movimiento de las nubes y los cambios de luz generados por el sol ya en su punto cenital.

Bajo la sombra de los tipuanes Amèlia se sintió protegida. No sabía muy bien de qué, pero a salvo. La brisa seguía soplando y el movimiento de las ramas la envolvía con su verdor, amodorrándola en su lado del banquito, por lo demás vacío. Llúcia y Montse debían haber llegado ya a sus respectivas casas, con lo cual el espacio reservado a ellas contenía la memoria del rato que lo ocuparon y continuaba no obstante acompañándola. En los banquitos vecinos otros ancianos se hallaban igualmente ensimismados, en tanto los grupos de menos edad iban retirándose para comer. No ellos, sin embargo, menos atados a horarios y rutinas, y más apegados a las contracciones del corazón dictándoles lo que debían hacer; ya fuera volver a sus hogares, continuar allí sentados o, como la hoja de Amèlia, proseguir camino hacia donde el ánimo les fuera llevando.

“Ahora que se han ido todos, me doy cuenta de cuánta razón tenía Eusebio cuando me indicaba los pasos a seguir, una vez él hubiera partido. Pero me dejé llevar y aquí estoy. Seguramente si hubiese seguido sola en casa y buscado a una persona para hacerme compañía, las cosas habrían sido diferentes, tanto para mí como para ellos. Y al final seguro que me lo habrían agradecido, pues hubieran estado más a su aire y yo al mío. Pero la ambición es muy fuerte y la avaricia más. Me pregunto qué harán cuando ya no tengan mi pensión ni el aval para comprarse otro coche nuevo, aunque el anterior esté en perfectas condiciones. Debe ser el consumismo desenfrenado del cual hablan tanto por ahí. Y mi nuera la primera. Pero no hay forma ni manera de hacerle ver el derroche en tantas cosas, muchas veces inútiles o superfluas, embutidas por todas partes. Abres los gabinetes de la cocina y no caben más frascos, latas, paquetes, bolsas; miras los armarios y se derraman los vestidos, zapatos, bolsos, pantalones; entras al cuarto de baño y ya no hay espacio para más champús, jabones, cremas, enjuagues. Aunque, pensándolo bien, en el caso de mi nuera seguramente es consecuencia de haber crecido con muy poco, en aquella isla donde la mayoría pasa mucho trabajo y necesita emigrar si no quiere morirse de hambre”.

Un vacío en el estómago le hizo reconsiderar el seguir en el banquito. Y si bien quería continuar allí sentada, el cuerpo le pedía otra cosa, con lo cual sus buenas intenciones empezaron a resquebrajarse en aras de necesidades, si no más importantes, definitivamente más urgentes. Recogió con mucha lentitud las muletas y se alzó al aire de los días, el frugal sonido de las tardes, la sólida calma de las noches, acompañándola en el recorrido de vuelta.

 

Capítulo de la novela editada por RIL Editores, 2026

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