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Mucho antes de tener pelo en el pecho vi a un hombre matar a una perra. Yo tenía 10, 11 años tal vez, escribía rimas a escondidas, era un afamado bailador de trompos; fanático acérrimo de Massinger Z y de El Zorro, y el mejor con la resortera en Angostura del Orinoco y el Zarrapio, al que llegué justo un día antes del asesinato de la perra. Como cada año, pasaría todo el mes de vacaciones en ese pueblito en el que mi mamá aprendió a correr, a ver el cielo y, como decía ella, todo lo necesario para vivir.
El crimen no se hizo por maldad. El asesino solo quiso salvar a su hijo, un niño que se veía algo mayor que yo y que por un tiempo fue mi amigo, gracias al asunto con Cuyubén.
Se llamaba Augusto, y él y su papá caminaban bajo el sol inclemente del que yo me protegía entre las ramas de la mata de mango en la que me encontraba encaramado. Desde ahí observé como la perra de don Crisanto se escapó del taller y corrió hacia ellos. El hombre se colocó entre la perra y el muchacho y abrió los brazos sin dejar de mirar a la perra. Él mismo parecía un perro pues gruñía fuerte, casi más fuerte que la bestia. Cuando esta saltó para morder, aquel lanzó una patada que se acomodó en la quijada del animal. El rápido movimiento me sobresaltó, y de inmediato imaginé a mi papá haciendo lo mismo para defenderme a mí. La perra calló al suelo, en medio de una tembladera, al tiempo que los gritos de don Crisanto, que acababa de salir de su taller, llenaban al mundo con dolor y desesperación. Bajé del árbol con un mango en las manos y corrí hasta la casa de Mamá Carmen para contarle a ella, a mi hermano, a mamá y a todo el que se atravesara, lo de la perra, la patada asesina y la lloradera de don Crisanto.
Tras pasar el Zaguán y llegar al patio interno, encontré a mi abuela en su sitio favorito, la cocina, una barraquita con tres paredes y un techo de láminas de zinc. Había una cuarta pared, hecha de nada, para que el humo saliera y para que a todos nos alcanzaran los aromas de sus preparaciones. «Mamá Carmen», grité y de inmediato comencé con el cuento de la perra muerta. La falda larga de mi abuela se bamboleaba de un lado a otro y las cucharas bailaban dentro de las ollas. Mi hermano Pancho, llegó cuando la historia iba por la mitad y gritó que ya sabía lo que había pasado, pero Mamá Carmen lo mando a hacer silencio, y cuando terminé de narrar, ella me dijo que aquel hombre había hecho algo que solo lograban las personas más valientes, mantener la calma y enfrentar a los miedos de frente, mirándolo a los ojos. Sin percatarme de ello, agarré esas palabras y las eché junto al azúcar al café que mi abuela me brindó un momento después.
Lo de la perra se metió en las conversaciones del Zarrapio, sobre todo entre los adultos. Para los niños cada acontecimiento llegaba y partía a la velocidad de la patada del papá de Augusto, y dos días después ya ninguno hablaba de eso.
En general, todos los niños disfrutábamos del río, de las matas cargadas de frutas, de las iguanas y turpiales que cazábamos. Para mí, aparte de todo aquello, lo mejor era la cocina de Mamá Carmen. De ahí salían las arepitas, el café con leche recién ordeñada en cada desayuno, las jaleas de mango, el pedazo de queso con casabe que Mamá Carmen brindaba en la merienda, el arrocito con pollo, el caldo de gallina, el chicharrón de cochino… Mamá Carmen con su cocina mágica, era lo más bello del Zarrapio.
Lo más feo era Cuyubén. Y Cuyubén era el único tema que no se le olvidaba a ninguno de los chamitos del pueblo.
El sábado que siguió a la muerte de la perra, mientras hacía bailar un trompo que me había regalado mamá Carmen, escuché gritos. Dejé de mirar al trompo que giraba en el suelo, y me levanté movido por la familiaridad de los chillidos. El sol rugía en mi cabeza y en las de los niños en desbandada, en la tierra y en las casas. Escuché el canto de un pajarito.
¡Ahí viene, ahí viene!
¡Ahí viene, corran!
¡Viene, ahí viene!
¡Ahí viene el Cuyubén!
Gritaba uno, gritaba otro, gritaban todos. Diez voces o veinte, no sé. Dejé al trompo pues seguía girando, y caminé con paso temeroso y una curiosidad altiva. Los meses sin saber de aquel terror y el año que había sumado, no me impedían reconocerlo, pero sí albergar la pequeña esperanza de que todos los niños estuviésemos exagerando con el asunto de ese viejo terrorífico. Quizás no era tan feo y terrible como lo recordaba. Era posible que su silbido no fuera tan horrible. Tal vez no era un gigante, al menos no uno tan alto como el que me visitaba en las pesadillas de tanto en tanto, silbando y persiguiéndome. Tenía que verlo y escucharlo de nuevo, para superar ese pavor o al menos para que dejara de parecerme infundado. Por muy poco esquivé a mi hermano que en carrera pasó por mi lado mientras gritaba Cuyubén, hermanito, Cuyubén viene. Su advertencia me detuvo, pero logré superarla. Seguí con el deseo de atestiguar al terror. Manchado, el nuevo líder de los perros callejeros del pueblo, se paró a mi lado y gruñó mientras miraba al horizonte, igual que yo. Deseé poder gruñir, como Manchado y como el papá de Augusto, y pensando en eso, se me ocurrió que si pudiera estirar la pierna más y más arriba podría encajarle el pie en la garganta al viejo malvado.
Otro pajarito silbó.
Caminé en dirección contraria a lo que me dictaba el pánico. Los otros corrían frente a mí y a mi espalda. Me fijé en mi trompo, seguía girando. Carmela pasó como centella y no dejaba de jalarse la trenza larguísima. Carlitos, frente a su casa, era atendido por su mamá porque lo atacó el asma. El año anterior, Cuyubén, con el fuete en la mano, lo había correteado y solo lo dejó ir cuando de los pantalones del pobre Carlitos brotó un hilo amarillento que terminó dibujando un riachuelo desde el punto en el que comenzó hasta la casa del niño.
Oí alaridos que pronunciaban nombres de madres, llantos conocidos y risas de adultos. Sabía que era imposible, pero incluso escuché la carcajada de mi papá. Desde la lejanía llegaron el retumbar de un galope, un silbido y un fuetazo que parecía querer dañar al viento. Me detuve, justo en el sitio por el cual tendría que pasar, y entonces los vi. Las figuras de Cuyubén y su yegua Marianela hirieron al horizonte. Manchado comenzó a ladrar.
No nos hacía falta un diablo ni ánimas en pena. En el Zarrapio y en los pueblos vecinos ningún niño desconocía a Cuyubén, y él era nuestro Mandinga, bien concreto y palpable, atento a nuestras faltas y fechorías. Había que huir, esconderse, alejarse de sus ojos amarillos o rojos, según quien los viera. Los cuentos eran muchos. Si te portas mal te agarra y te lleva con él. Un fuetazo de Cuyubén duele muchísimo, te abre el cuero y jamás se cura. Cuyubén es terrible, hasta los tigres mariposos le tienen miedo. Mi papá me llegó a contar que el viejo había matado tigres, por lo menos cinco, a puro fuetazo. Yo no conocía ni conocí a ningún niño que hubiese sido agarrado y castigado por el viejo; pero se decía que eran muchos y que incluso algunos habían sido llevados sobre Marianela rumbo a lo desconocido.
Cuyubén, lejano todavía, levantó la mano que sostenía el fuete y azotó. El zuaz viajó con la brisa y se me metió muy dentro, en el pecho.
Zuaz, zuaz, zuaz. Y luego el silbido, el mismo de mis pesadillas. Esa vez, quizás poseído por un espíritu enloquecido, o por la perra a la que había visto morir, escuché los zuaz y por muy poquito tiempo, quise quedarme en el sitio junto a Manchado. Imaginé al perro corriendo y mordiendo los cuartos traseros de Marianela y que yo, con mi resortera, le atinaba una piedra en la frente al viejo. Pero no pude más, el suelo temblaba mientras huía. Manchado, dispuesto a seguir mi cobardía, corrió tras de mí.
No podría llegar a la casa de mamá Carmen, pues para eso hubiese tenido que tropezar con Cuyubén, así que tan pronto comencé a correr, me detuve pensando en las alternativas. El taller de don Crisanto estaba siempre abierto, pero sabía que el mecánico era amigo del viejo, y que muchas veces Marianela se quedaba amarrada a la sombra de la mata de pumalaca que gobernaba el sitio. El sonido de los fuetazos llegaba más rápido, precedido por el silbido ocasional y los cascos de Marianela. Cuyubén por fin me atraparía. La iglesia, quizás. Fue un pensamiento que no llevé a término pues la cara de Augusto, el niño que sobrevivió a la perra, apareció en una ventana y me llamó con un siseo y agitando la mano. Abrió la puerta y dejó que pasáramos el perro y yo.
Desde la ventana, con las cortinas medio separadas, vimos al terror pasear por toda la calle central viendo hacia todos lados, ensombrerado, riendo y dejando la risa solo para silbar y morder el aire como un loco. Varios pajaritos revolotearon a su alrededor, otros comenzaron a trinar sin descanso. Algunos hombres pasaron cerca y lo saludaron. Don Crisanto salió a recibirlo.
A mí me extrañaba que los adultos tuviesen trato cercano con él, sabiendo que era capaz de raptar niños o el cuero a fuetazo limpio. Algunos incluso se reían con él. Papá también lo hacía. Y al menos una vez le brindó cerveza. Lo supe porque Cheo, afamado mataiguanas y algo mayor que yo, me lo había contado el año anterior.
Cheo también me contó que una vez se coló en el bar del pueblo y llegó a ver a Cuyubén borracho bailando una de Billo’s, y que el resto de bebedores le gritaban y le lanzaban cerveza y algunos billetes; y que todo aquello había acabado cuando don Crisanto entró al bar y se llevó al viejo casi a rastras tras gritarle a los otros.
Después de escuchar esas cosas llegué a pensar que los adultos podían ser amigos de monstruos.
Cuyubén se detuvo y bajó de Marianela cerca de la mata de mango desde donde había visto el asesinato de la perra. Mi trompo, que seguía bailando. Don Crisanto le hizo señas para que se acercara al taller, pero Cuyubén le gritó que se esperara, acercó su mano al suelo y cuando la levantó el trompo bailaba en la uña de su dedo pulgar y lo hacía saltar. Me pareció increíble. Había visto a papá manteniéndolos en la palma de la mano, yo mismo ya conseguía hacerlo por unos segundos; pero era la primera vez que veía a alguien utilizando su pulgar como pista de baile. Sin embargo, mi asombro pasó a congoja cuando el viejo se metió el trompo en el bolsillo de la camisa. Mamá Carmen se sentiría mal si se enteraba que no cuidaba las cosas que me regalaba. Sin pensarlo salí de la casa, Manchado me siguió ladrando.
Me detuve a pocos pasos y Crisanto y Cuyubén se quedaron mirándome. Manchado seguía ladrando y noté que Marianela estaba inquieta. También lo notó el perro, pues iba perdiendo miedo y se iba acercando a la yegua.
—Llévate a tu perro —dijo Cuyubén. Su voz era ronca, pero no parecía la voz de un viejo—. No quiero que Marianela lo mate a patadas.
No me moví ni dije nada. Los pájaros cantaban desde la mata de mango, pero se callaron cuando el viejo insistió.
—¿Qué pasa? ¿No escuchas? —gritó y agitó el fuete. Alargaba el final de las palabras y su voz se hizo agua—. Llévate a tu perro, carajo.
Al notar el brinquito que di por el susto, Manchado se colocó tras de mí y Cuyubén rio, pero don Crisanto lo miró raro. Recuerdo que arrugué la nariz para evitar llorar, y por fin me decidí a hablar.
—Por favor, regréseme mi trompo.
—¿Cómo dices? No te escucho —Dejó de reír y comenzó a abrir y cerrar la boca, como queriendo morderme. Luego volvió a reír.
—¡Por favor, deme mi trompo! —grité.
Solo entonces noté que el pueblo había seguido a los pájaros en su silencio, y sentí el peso de muchas miradas en mi espalda. Traté de mojarme los labios, pero la saliva se me había acabado. Miré la tierra que había alborotado el trompo al bailar y vi también los cascos de Marianela, que subían y bajaban como si bailaran. También vi que dos botas de cuero y empolvadas se acercaron. Cuando levanté la mirada, Cuyubén ya estaba frente a mí, mirándome con unos ojos amarillos que huían el uno del otro. La vejiga la tenía tan apretada que me dolía. Me aguanté. No quería dar razones a la gente para que se rieran de mí.
—A mí no se me grita, carajito —ladró Cuyubén. Ya no reía y su voz parecía luchar por no volverse pequeña.
No recuerdo la magnitud del pánico que sentí, pero sí que no me nubló la mente y no impidió que una sensación de extrañamiento me invadiera. ¿Por qué no me pega? Llegado ese pensamiento, otros lo siguieron. ¿Por qué no me agarra, por qué no me lleva? Me había robado dos catalinas de la cocina esa semana, y tras descubrirme, mi mamá me había advertido que Cuyubén ya estaría al tanto del asunto, que tuviese cuidado.
—¿No me va a decir nada por las catalinas? —le dije al viejo.
Frunció el ceño, y eso me pareció más extraño todavía.
No pude seguir con mi interrogatorio porque una mancha marrón revolvió toda mi visión y me hizo caer. Cuando volví a enfocar, Cuyubén estaba en el suelo intentando espantar a Manchado, que Marianela intentaba golpear al aire, que don Crisanto trataba de calmarla, y que mi nuevo amigo Augusto estaba de pie frente a mí, apuntando con una resortera al terror de todos los niños en el Zarrapio y los pueblos vecinos.
Cuyubén apartó a Manchado, y se levantó con ligereza felina. El perro intentó embestir de nuevo, pero el viejo chasqueo los dedos cerca del hocico furioso y le colocó la mano sobre la cabeza. Lo que vi me aflojó un poco la vejiga, pero apreté de nuevo. Augusto bajó la resortera mientras Manchado se dejaba acariciar y lamía la mano que poco antes quiso destruir.
Aquello me maravilló, pero no duró mucho. Cuyubén le dio una palmadita de despedida a Manchado y sin previo aviso azotó su fuete mirando a Augusto. Me levanté, con el corazón acelerado y me puse a la espalda de Augusto, tal como antes había estado Manchado conmigo. En mis recuerdos, los ojos desordenados de Cuyubén cambiaron a rojo, pero hoy no confío mucho en esa vieja percepción. Cuando el fuete se levantó frente a nosotros, cerré los ojos. Pero nada pasó. Los abrí, y Augusto seguía apuntando a la cara del enemigo y el enemigo solo mantenía su arma en las alturas. Ninguno se movía.
—Basta, basta, Cuyubén —don Crisanto se sobaba las manos—, no le haga nada a esos muchachos. Ellos se van a portar mejor de ahora en adelante, ¿verdad que sí, niños?
Yo iba a decir que sí, pero como Augusto callaba, decidí mantener la boca cerrada.
—Vamos, Cuyubén, en la casa tengo un jugo de guanábana que hice para ti. Vamos.
Como siempre que Cuyubén visitaba al pueblo, esa tarde no hubo idas al río, ni juegos, ni cacería de iguanas. Las calles de granzón se mantuvieron vacías, hasta que llegó la noche, cuando se escuchó el galope de Marianela. Recuerdo que junto al sol de los venados apareció por la casa de mamá Carmen el tío Rafa, hermano de mamá. Llegó contando que ya todo el pueblo sabía del muchacho que había amenazado a Cuyubén. Mi mamá y mama Carmen, que aún no sabían lo que había pasado, me miraron. Mamá preguntó que si yo sabía algo. Pensé en mentir, pero supuse que igual se enterarían, así que le conté todo lo sucedido.
Mi abuela se levantó molesta, diciendo que ya no le gustaba mucho el asuntico de Cuyubén, que ya no le parecía graciosa la vaina esa. El comentario se sumó a todo lo raro que ya sentía aquel día. Y ese extrañamiento se agudizó cuando el tío le dijo a la abuela: mamá, quédate tranquila, que a todos los niños nos han asustado con Cuyubén. Recuerdo que pensé que el viejo debía de ser inmortal, un vampiro quizás y además encantador de animales.
Al otro día, mis inquietudes eran insoportables y comencé a escarbarme la cabeza cuando supe que Augusto había recibido una paliza con gritos y correazos por su insolencia. Su papá había sido el verdugo, el mismo que había matado a la perra para evitar su muerte. ¿Por qué no había salido de su casa para matar a Cuyubén con una de sus patadas letales? Nada tenía sentido.
Esa tarde fui al río. Llevé mi cuaderno secreto, mi resortera por si me encontraba con alguna iguana y una bolsa en la que llevaba un par de catalinas y un pedazo de queso. Desde que tengo memoria, los cuerpos de agua me han tranquilizado.
Me subí a una piedra grande y abrí el cuaderno. Trataba de escribir unos versos sobre el agua del río cuando vi salir de una arboleda a Augusto. Se acercó al río y caminó por su orilla mientras lanzaba piedras a las aguas.
Lo llamé con un grito. Él se sobresaltó, pero sonrió y se acercó corriendo. Se encaramó a la piedra y me saludó.
—¿Quieres catalina? —le dije. Sus piernas de garza estaban llenas de moretones.
El muchachito me quedó mirando. Yo no supe leer sus ojos.
—¿Quieres catalina? —repetí y mi mano se acercó a él para darle fuerza a las palabras.
—Gracias —me dijo tras extender la mano.
—¿Es verdad que tu papá te pegó por lo de Cuyubén?
—Sí —respondió y comenzó a comer la merienda.
>>Pero no me importa —dijo de repente—. Mi papá es así. No escucha y solo pega. Y como mi mamá no está para defenderme, aprovecha.
—Mi papá dejó a mi mamá hace poco —me quedó mirando, y me dio pena porque recordé que era un tema que mamá prefería no hablar.
—Mi mamá me abandonó —dijo él. Y aunque no se lo proponía, o quizás sí, logró que me relajara.
—Tu papá mató a esa perra —le dije—. Parecía un superhéroe.
Él por fin, soltó una risa y le dio otro mordisco a la catalina.
—Sí —dijo sin haber terminado de masticar—, es arrecho mi papá.
Pasamos la tarde contándonos pedazos de la vida. Me dijo que su papá también era del pueblo, pero que era la primera vez que él lo visitaba. Cuando me dijo que también veía el Zorro, tuve la certeza de que seríamos amigos. Yo le hablé de mis padres y de la rica comida de mamá Carmen.
Dos días después, ya éramos inseparables. Tres días nos bastaron para organizar batallas con ramas secas y pistolas imaginadas, armar robos de huevos y dulces y cimentar una complicidad férrea. Antes del fin de semana siguiente ya teníamos planificado cómo mataríamos a Cuyubén.
El tema surgió de la nada, sobre la mata de mango. Había decidido que Augusto también era bienvenido ahí. Comentábamos todo el asunto del trompo, el empujón, la resortera, los correazos que le dio el papá, del peligro que era Cuyubén y de la estupidez de los adultos por no decirle al viejo ese que ya no siguiera yendo al pueblo. Entonces, Augusto dijo algo que no se me había ocurrido.
—Se quedó congelado cuando lo apunté con la resortera. Creo que les teme a las piedras. Las piedras son su debilidad.
Todos los niños de ciudad, como Augusto y como yo, sabíamos que había cosas que debilitaban a los superhéroes y a los supervillanos. Cuyubén tendría que tener una debilidad. Era obvio, y mi amigo había dado con ella.
—Tienes razón, mi pana —le dije—. Quizás es lo único a lo que le tiene miedo, ya ves que a Manchado lo enfrentó y lo hechizó.
—¿Y si lo sorprendemos en el camino antes de que llegue al pueblo y lo tumbamos del caballo? Así como el Zorro sorprende a los villanos.
Mi amigo pensaba a velocidad y conforme más hablaba, más se abrían mis ojos. Yo pensaba en las posibles consecuencias de tumbar a Cuyubén del caballo, en lo que dirían mi mamá o mamá Carmen cuando les llegara el chisme; pero Augusto decretó que lo mejor sería matarlo para acabar con todo ahí mismo y para que no pudiera chismear a nadie. «Porque imagínate, si papá me pegó por apuntarlo con la resortera…»
Tras escuchar eso quedé casi convencido de que no había otra manera de librar a los niños del pueblo de aquella desgracia, y que, si no queríamos problemas con nuestros padres, había que matarlo.
—Pero habría que darle muy duro en la cabeza con la piedra —dije procurando esconder la tembladera de mi voz e imaginando cuanto tendría que estirar la liga de la resortera, porque hasta entonces yo solo había matado iguanas.
—Con la resortera podemos tumbarlo. Luego otro que lo corte con un machete.
—¿Machete? ¿Otro? ¿Quién?
—No sé. Tú conoces a los otros chamos. Invítalos y cuéntales del plan. Y diles que no pueden decir nada, y que si dicen algo los amarraremos en medio del camino para que Cuyubén se los lleve.
En ese punto ya no veía igual a mi amigo Augusto. Fue la primera vez que pensé en que quizás uno no puede conocer tan rápido a una persona.
—El Zorro no mata —dije de pronto, dudando.
—Pero el Zorro lleva máscara y nadie sabe quién es su papá. ¿Tienes máscara?
No la tenía. Pensé en la posibilidad de hacerme una con un trapo viejo.
—Tienes miedo, seguro —Me lanzó mi amigo y eso me dolió—. Pero si no lo hacemos, ese viejo va a seguir jodiendo, y bueno, si tú no vas, iré yo solo y lo enfrentaré de frente, mirándolo a los ojos.
Entonces recordé a la perra de don Crisanto, al papá de Augusto y a mamá Carmen.
—Sí iré contigo —dije y aunque seguí sintiendo miedo, ya no cambié de opinión.
Cuyubén no apareció el sábado. Nos resignamos a golpe de una de la tarde, cuando el hambre aulló en mi estómago y en el de los demás. El viejo nunca llegaba después de esa hora.
Hubiese sido un día genial en otras circunstancias. El río se llenó de los gritos dichosos de los niños. Carmela corría con su trenza alborotando a la brisa. Los pájaros huían de sus pequeños cazadores. Yo no dejaba de escarbar en mi cabeza. Quería terminar con el asunto, y la ausencia sabatina de Cuyubén había estropeado todo. No me subí a mi mata y me acerqué al río solo un momento. Vi que Augusto y los otros jugaban y se bañaban. Yo me fui a casa de mamá Carmen, agarré mi cuaderno y escribí mientras tomaba café.
Los otros no se habían separado de Augusto en dos días, desde que los busqué para contarles lo de la emboscada e invitarlos a sumarse. Cheo aceptó a la primera. Ya alguna vez lo había escuchado decir que algún día mataría a su papá por pegarle a su mamá, así que le creí cuando me dijo que se la tenía jurada a Cuyubén. Aparte de mi hermano y Augusto, solo a él lo tengo ubicado. Los demás hoy son solo franjas caminantes en mis recuerdos. Algunos rostros intentan regresar, pero no lo logran.
En la noche me acerqué a la plaza y encontré a Augusto que jugaba metras con Cheo. Me acerqué en silencio sin saludar y observé cómo este rompía una de las metras del otro con un solo tiro. Augusto se levantó con cara de rabia, pero al final soltó una risa.
—Y entonces, ¿vamos a matar a Cuyubén o no? —dije de repente y los otros dos me quedaron mirando.
—Claro, chamo. El próximo sábado le cortamos la cabeza a la culebra —respondió Augusto. Sentí escalofríos.
—No te hemos visto ¿Por qué no fuiste al río? —preguntó Cheo, y se agachó a recoger el par de metras que le quedaban en la arena.
—No tuve ganas. ¿Y cuándo vuelven a ir?
—Mañana, pasado, todos los días —dijo Cheo mientras se rascaba la barriga—. Menos el sábado porque mataremos a Cuyubén.
Me molestó que fuera él el que respondiera. No era el líder ni el que había ideado el plan.
—Augusto, y entonces yo dispararé la resortera, ¿cierto?
—Bueno, sí. Cheo quería dispararla, pero al final quiso usar el machete y yo se lo dejé. Él es bueno cortando monte.
La imagen me revolvió el estómago. Una piedra desde lejos no parecía algo tan grave como acercarse a cortar una cabeza. Pensé que Cheo y Augusto estaban un poco locos.
—Dale, pues, chamo, sigue jugando —dijo Cheo, y trazó una línea en la tierra para comenzar una nueva partida de metras. Ambos se olvidaron de mí
Los chicos esperaron entre los matorrales, yo entre las ramas de un mango que estaba a la orilla del camino. Aunque estaba alejado de ellos, vi cómo los ojos de Augusto brillaron como dos cocuyos cuando se escucharon los cascos de Marianela. A su lado, Cheo pasó un dedo por el filo al machete, y luego, cuando se dio cuenta de que lo miraba, me sonrió. Un turpial se posó en una rama, cerca de mí, cantó y luego me miró a los ojos.
Hui de aquella mirada cuando apareció la silueta de Cuyubén sobre Marianela. Era gigantesco, aunque no tanto. Coloqué la piedra en la badana, estiré las ligas y apunte. No era sencillo pues era un blanco móvil, y no quería darle a Marianela. Apunte al brazo. Estiré, estiré más y un poco más.
El vuelo de la piedra fue acompañado por un silbido tan terrible como el de Cuyubén, y este alcanzó a escucharlo. Lo sé porque antes de caer, durante una fracción de segundo, su mirada desordenada buscó hacia la dirección en la que me encontraba. Cayó al suelo apretando su brazo izquierdo. Marianela relinchó mientras se alejaba levantando polvo.
Mi hermano y los otros chicos salieron de su escondite a las carreras y gritando. Augusto y Cheo se tomaron su tiempo. Escuché como este decía «te dije que yo tengo mejor puntería». Yo me bajé del árbol y cuando llegué al sitio les dije que había apuntado al brazo y al brazo le di. Pero no seguí con mi defensa porque vi la cara de Cuyubén. Su mirada desordenada ya no era de fuego, no apretaba sus dientes ni hacía como que quería morder. Regalaba y arrebataba sus ojos a cada uno de sus atacantes, y cuando me tocó a mí aquella mirada se parecía a la de Manchado cuando pedía un trozo de carne. El labio inferior le temblaba. Aquello me aterrorizó. ¿Quién era ese viejito y dónde había quedado el gigante del sombrero y el silbido de la muerte?
Escuché que balbuceaba algo, una amenaza, pero no de muerte sino de chisme, que si Crisanto, que si nuestros padres, que si Marianela se fue.
—Cállate —soltó Cheo— te vamos a matar, viejo mierdero.
Aquella imprecación me sobrecogió, y cuando el machete se elevó por sobre las cabezas de todos, sentí unas ganas inmensas de orinar. Los 10 u 11 años no tienen espalda suficiente para cargar con aquello que pensábamos hacer. De inmediato me di cuenta de que ya no quería estar ahí, que de hecho nunca lo quise.
—No lo mates, Cheo, déjalo ir —el grito atrajo las miradas de todos mis cómplices, pero pronto me ignoraron. Solo mi hermano siguió atento a mí, el llanto apenas retenido.
—Mátalo, mátalo —dijo Augusto, y me miró sonriendo—, córtale la cabeza a la basura esta.
Los otros mantenían en la mira a Cuyubén, apuntándolo con sus resorteras. Cheo hacia como que quería acomodar el machete en el cuello del viejito, pero no terminaba de hacerlo. Y Augusto seguía exigiendo la muerte. Su mirada era la de Cuyubén, la del de antes, se la había robado. La maldad había huido del cuerpo del viejito y había encontrado una nueva morada en el de mi amigo.
—Ya, vámonos, muchachos, ya lo asustamos —dijo mi hermano.
—Corta la cabeza del desgraciado —repitió Augusto.
Cuyubén comenzó a llorar, y pronto sus lágrimas crearon un riachuelito que nos empapó los pies. El agua era hedionda, como si después de años estancada, por fin hubiese encontrado la libertad, y se esparció enrareciendo el ambiente. Todos dejaron de apuntar y amenazar y se cubrieron las narices.
—Mátalo, Cheo, córtale la cabeza pa que acabemos. Este viejo huele a cloaca—Insistió Augusto—. Si no lo matas con el machete, le daré una patada en el cuello, como hizo papá con la perra.
Cuando dijo aquello, las palabras de mamá Carmen regresaron a mí, y entonces, agarrado a un trocito de valor, aparté de un empujón a Cheo y por un segundo lo miré a los ojos; luego me coloqué frete al viejito y apunté a este con mi resortera. Sentí la mirada de Augusto y tan pronto le correspondí supe que ya no éramos amigos. Volví a concentrarme en Cuyubén.
—Te vamos a dejar ir, pero ya no te llevarás a ningún niño, y si vas con chismes al pueblo, entonces la próxima vez dejaremos que Cheo te corte la cabeza. ¿Oíste, Cuyubén? ¿Oíste? —volví a preguntar y le di una patada desesperada en la pierna.
—Sí…, sí, muchacho. Yo no diré nada, ya no jugaré más.
Entonces fui yo el que frunció el ceño. Miré de nuevo a Cheo y a Augusto, esperando que me retaran y tal vez lo hubiesen hecho, pero Cuyubén volvió a hablar.
—Yo no me he llevado a ningún niño, no. Mamá me dijo que no debía hacer cosas malas, solo a papá, solo a papá —y ya no dijo más. Se escondió en sus brazos delgadísimos y siguió llorando. Era tan pequeño y el charco nauseabundo se hacía cada vez más grande.
Recordé como lloraba siendo pequeño entre las faldas de mamá o de mamá Carmen. Cuyubén era tan viejo que era imposible que tuviese a su mamá, su abuela o nadie que lo escondiese para que llorara tranquilo. Pensé que ningún viejo debería llorar, porque nadie consuela a los viejos.
Cheo y Augusto soltaron unas carcajadas que a mí me parecieron groserías. Augusto dijo que dejáramos al pobre viejo cagado, dio media vuelta y comenzó a caminar en dirección al pueblo, acompañado de las risas de los otros. Cheo se quedó un rato más, junto a mí, agitando su arma. Luego giró y se alejó susurrando algo que me ha acompañado incontables noches: «me quedaré con las ganas de matarlo».
Cuyubén temblaba cuando lo dejé. Bastó que me alejara para que un montón de pajaritos lo rodearan. El turpial que me observó era parte del remolino de plumas. No vi hasta donde se extendió el río de su lamento. Cuando caminaba de regreso al pueblo, me encontré con Marianela. Era una yegua vieja y bastante esmirriada. Quise acercarme, pero siempre se mantuvo distante de mí. Cuando ya estaba lejos de ella, comenzó a trotar en dirección contraria, en busca de su compañero. Encontré a mi hermano fuera de la casa de mamá Carmen. Parecía nervioso.
—Cheo y Augusto dijeron que era en juego, que no lo iban a matar —hablaba bajito.
—Sí, claro —le respondí—. Todos jugábamos.
Una semana antes de marcharme del Zarrapio, vi que Cuyubén apareció por el camino. Yo estaba sobre la mata de mango y reparaba mi resortera. Fue raro ver que su silueta se erguía en el horizonte sin la compañía de su silbido. Marianela iba al trote. Algunos niños corrieron asustados, pero él se mantuvo con la cabeza gacha, como si no los notara, solo echando fortuitas miradas a un lado y a otro.
Cuando estuvo cerca del taller de don Crisanto, noté que sobre su sombrero estaba posado el mismo turpial de aquel día. Un señor que era puro barriga se acercó sosteniendo con fiereza la mano de un chiquillo, «si te sigues portando mal, le diré a Cuyubén que te lleve, decía el viejo». El chiquillo lloraba y se esforzaba por liberar su mano.
—¡Yo no me voy a llevar a nadie! ¡Ya no juego! ¡No, no!
Fue un grito triste, pero tenía raíces. Creo que se escuchó en todo el pueblo, porque de las casas cercanas y de otras lejanas, salió la gente, mirando en dirección a Cuyubén. De repente, el señor barrigón, sosteniendo aún al pequeño, comenzó a reír. Y tras esa carcajada llegó otra y otra. El turpial voló hasta mi mata de mango y se posó cerca de mí.
—¿Qué pasó, Cuyubén? —soltó el barrigón— ¿Te pica el culo?
Más risas. Cuyubén espoleó a Marianela para que entrara rápido a casa de don Crisanto. Yo sentí deseos de acercarme para prestarle el trompo. Él no dijo nada más, quizás porque no quería, o porque de no sé dónde aparecieron Augusto, Cheo y los otros tres, riendo y chocando las manos entre ellos, y se le atravesaron en el camino.
Cuyubén los miró y apretó las riendas de Marianela. Pero eso no fue lo peor. El pobre viejito miró hacia la mata de mango y me encontró entre las ramas. Vio la resortera y sus ojos se abrieron mucho más. Escondí el arma y quise gritarle que no, que no le iba a lanzar piedras, pero él dejó de mirarme y se acercó al portón del taller para tocar.
Don Crisanto, que al parecer había escuchado el bullicio salió del taller sin esperar ningún llamado y miró a todos lados tratando de entender el porqué de las risas, negando con la cabeza y apretando los labios. Tomó las riendas de Marianela y la llevó a ella y a Cuyubén hasta la aparente seguridad del taller, pero yo sabía que las risas también se escuchaban dentro.
Reía el barrigón, reían los cercanos y los lejanos. Reían Augusto, los otros tres y Cheo, y este lo hacía mirando hacia donde yo me encontraba.
Augusto no regresó el año siguiente al Zarrapio. Algo escuché de su mamá y un juicio por la custodia. No lo extrañé. A Cuyubén no lo vi más. Me dijo mamá Carmen que había muerto por unas fiebres raras que había agarrado en el monte. Marianela pasó el resto de sus días en el taller de don Crisanto, y él me permitió visitarla ese año y el siguiente, pues sobrevivió unos tres años a su amo.
A la yegua le cantaba mientras la cepillaba:
Yegua de triste ceño
¿tus ojos pa donde ven?
¿Buscan sabanas de ensueño
o a tu amado Cuyubén?
Seguí disfrutando del pueblo, pero solo mientras lo adornó la presencia de mamá Carmen. Porque desde lo de Cuyubén, supe que ahí sí había monstruos, y que nada tenían que ver con el viejo del sombrero y su silbido de pesadillas.
Tercer lugar del Premio de cuento Julio Garmendia para Jóvenes Autores, 2026