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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

Declinación

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A Trina Larralde, in memorian

 

…no era una amiga;
estábamos tan estrechamente unidos
que casi no era otra persona distinta.
Henry Miller. Sexus

 

Yo era un muchacho tranquilo
Hasta que di con mi sueño más dorado
que era una mujer algo mayor que yo
Silvio Rodríguez. Cierta historia de amor

A)

 

El edificio donde vivía Magaly Archa tiene unos veintiún metros de altura. Su exterior conserva el tono amarillento y las líneas blancas que marcan los pisos, tal como estaban dispuestos en la época en que conoció a Víctor León, justo el año en que ella alcanzó la edad de Cristo crucificado.

Para entonces, ya tenía el empleo como profesora en el liceo donde había estudiado —aún se denominaba Trina Larralde—, que está muy cerca del apartamento de sus padres. Víctor fue objeto de su atención apenas lo vio en un pupitre de la primera fila. Muy alto y con barba, el adolescente levantó la mano varias veces en la clase inicial, con auténtico afecto por la Historia.

Pero Magaly fue discreta. A pesar de que entonces difundía su costumbre de hacerse amiga de sus alumnos, no hizo comentarios a los colegas sobre el muchacho; ni siquiera mencionó el asunto a Lourdes, su confidente desde que ambas transitaron por las Humanidades en el mismo liceo y luego en la universidad.  

Esa tarde, apenas llegó del trabajo, Magaly se detuvo más de lo usual en el baño. Se imaginó en un futuro próximo con Víctor, quizás una cena y luego una función de buen teatro. O quizás a la inversa. Después, otras salidas…

Un poco antes de estar bajo la ducha, mientras subía en el ascensor y se miraba en el espejo, Magaly notó una ligera pestilencia. De seguro la conserje había dispuesto la basura en el crematorio. Desde que lo habían emplazado, los vecinos bendijeron al artefacto como una solución terminante para los desechos en la acera, donde canes, gatos y roedores se querellaban por los espolios. Pero los humanos tomaron conciencia de que el problema se había revertido en una vulgar fumarola y en el olor que Magaly tanto aborrecía. Por suerte, era de una media hora. Cuestión de soportarlo un poco. 

Igual hubo que aguantar, en su momento, a los hippies del cuarto piso. Tres hermanos de cabello largo adictos al rock y a la marihuana, que a la hora de la siesta ensayaban a volumen máximo con instrumentos de segunda mano: Bajo y guitarra eléctricos, batería, amplificadores del sonido. Muchas veces los residentes del edificio y de los más próximos tuvieron que llamar a la fuerza pública, pero muy pocos dieron la cara ante los escandalosos. Magaly sí se atrevió, con su padre. Hizo causa común con él solo en tales reclamos.

Le resultaba natural pelear con los abusadores. Había crecido como hija única en un hogar de progenitores comunistas. Magaly para entonces —tendría quince años— militaba en la juventud del partido y la jerga, la música y la indumentaria de los despreciables drogadictos le parecían un avance demasiado cercano del imperialismo.

Idéntica actitud, como alumna, tuvo en el liceo. En más de una oportunidad quiso desafiar en la calle a los piquetes del orden. No lanzaba piedras ni ladrillos como sus compañeros de aula, pero sí escribía en los muros consignas de spray contra el gobierno, a pesar de que el presidente del país por esos años había hecho legalizar al partido como una estrategia para liquidar diez años de guerrillas.

El padre de Magaly, (alias) Joaquín, fue uno de los primeros en beneficiarse de los indultos. La autoridad del fortín donde estaba confinado se acercó a su celda y le entregó una esquela oficial con la noticia. De inmediato Joaquín estuvo en la calle, tomó un carro de alquiler que pasaba y llegó a casa sin anuncio. Al bajar del auto escuchó un estruendo musical que provenía de las alturas.  La indignación superó al regocijo e hizo callar al grupo de jóvenes con amagos. La primera en aplaudir la frescura del silencio fue la madre de los peludos, quien le suplicó al valiente que fuera a intimidarlos todas las tardes: “¡Por fin un hombre de verdad!”.

La adolescente Magaly y su madre, Jacinta, oyeron el alboroto del cuarto piso y se sumaron a la condena del bullicio, pero no pudieron creer que el líder fuera aquél a quien el fin de semana anterior habían visitado con resignación en el castillo que tenía por cárcel. Así que los vecinos tuvieron que volver a protestar, entre sonrisas y cerca de la medianoche en la puerta del apartamento del recién liberado, para que bajaran el volumen del tocadiscos. Esta vez las piezas puestas no fueron de rock, sino Bella Ciao, No hay ejército más poderoso que el ejército rojo, el himno de la Internacional Comunista y el repertorio del cubano Carlos Puebla y sus tradicionales. Por si fuera poco, luego llegaron con varias botellas de ron los amigos que sirvieron de contacto entre la ciudad y las montañas donde subsistieron algunos focos guerrilleros. Entonces el bochinche fue mayor que el de los hippies.  

Al amanecer ocurrió la primera de una serie de peleas entre Magaly y Joaquín. La fiesta se había extendido más allá de la medianoche y la libación fue mayúscula. No obstante, él se levantó antes de las siete y a gritos le urgió a la muchacha disciplina y puntualidad para con sus estudios. Ella, que había cumplido los dieciséis en julio anterior, obedeció entre sollozos de amargura, pero no se atrevió a defenderse.

Minutos más tarde descubrió en el espejo del ascensor a una joven de rasgos inflamados y melena sin garbo. Buscó adornarse, pero entonces cayó en cuenta del olvido de peine y cosméticos. Como no tenía salud ni espíritu para ir al liceo, se dedicó a vagar por las calles próximas. Tuvo que ingerir una ración gruesa de chicle de menta para no delatar su hálito de alcoholes. Entró en un café y al rato despertó con la cara sobre una mesa, cubierta de vómito. Mientras continuaba devolviendo en el baño, juró vengarse de su padre.

Las angustias de Magaly con Joaquín no eran recientes. De niña la espantaban los alaridos en medio de las lizas conyugales, que con frecuencia se convertían en agarrones donde la pequeña, entre lágrimas, intentaba mediar. Más de una vez tuvieron que correr al hospital porque un plato o una botella habían llegado por equivocación a la cara o al cuerpo de Magaly, la única hija. Una cicatriz en su barbilla es testigo de esos combates.

Joaquín también fue intransigente en las prohibiciones. Una de ellas consistía en no ver la televisión, a menos que él estuviera en casa. De no ser así, la madre vigilaba la ausencia por el balcón. Cuando él regresaba más temprano, Jacinta se aprestaba a desactivar el receptor de TV y a darle un libro a Magaly. Pero, luego de saludar con aspereza a sus dos hembras, el jefe colocaba sus manos sobre el aparato. Si estaba caliente, les venía un reproche pasmoso, con su correspondiente discurso anti-imperialista.

Un veto adicional era el acceso de la niña a la azotea. No podía subir ni siquiera con Jacinta. Sin embargo, sucedió cuando Magaly tendría unos cuatro o cinco años. Jacinta la llevó a jugar mientras lavaba la ropa. No supuso que su compañero vendría antes de que bajaran. Se dedicó a los calcetines, a los calzones y a las camisetas de su hombre. Absorta en su tarea, no advirtió que la niña estuviera al borde del precipicio: Magaly lo reconoció, lo midió y finalmente dio la vuelta para proseguir con la crianza de sus muñecas. Encontró a Joaquín plantado frente a ella, los ojos fuera de trayectoria, las manos n garra para impulsarse y salvarla de la indolencia materna.

El episodio quedó en el laberinto de sus evocaciones, pero fue suficiente para despertarle a Magaly el ansia por el retorno. Cuando estuvo más crecida y Joaquín optó por alzarse en armas en las montañas occidentales del país, muy lejos de casa, Magaly se arriesgaba a explorar el pasillo en los descuidos de Jacinta, quien había resuelto conservar la orden de que la niña no fuera a la azotea, en consideración al camarada ausente. Sin embargo, eran muy llamativos tanto la luminosidad de la puerta abierta, así como los escalones empinados (hasta el piso previo no llegaba el ascensor) y, finalmente, el vértigo de caer en tentación. Varias veces Magaly procuró el arribo, pero en el último minuto aparecía Jacinta, o a la niña se le debilitaban las piernas o sentía que se le iba el corazón al cuello, bronco como el humor de los padres.

Así pues, el despotismo para Magaly cesó por un buen tiempo con la huida de Joaquín. La semana que se fue, Jacinta se ocultó en el mutismo. Cuando la criatura preguntaba por su papá, la señora solo la veía, nublada en pesadumbre.

Luego de un mes, ambas se refugiaron en la Iglesia. Apenas las detectó, el oficiante de turno improvisó un sermón recordatorio de los desmanes del gobierno republicano español en los años treinta del siglo XX y de los más cercanos del régimen fidelista en Cuba o los de la Unión Soviética y sus satélites. Habló de ejecución de feligreses, de saqueos y clausura de lugares sacros, de libertinaje y odio social.  Esa tarde, cuando volvieron al edificio, ya la conserje había dispuesto los residuos en la acera. La niña, de siete años, vio una rata escapar hacia el desagüe; el animal se detuvo: la miró con mirada humana, apenas un instante. Cuando subían en el ascensor, preguntó una vez más por el ausente, así como por las palabras del párroco. Jacinta se clausuró tras un temblor de impotencia, y solo pudo asir la mano de su hija, quien entonces detalló a través del espejo el semblante inerte, el eclipse de los párpados, la respiración intranquila de su madre. Mientras Magaly alzaba la vista hacia el ventilador y los paneles del aparato, Jacinta permanecía con los ojos velados, llenos de un altar con un hombre con traje de cura que exigía justicia para los mártires del comunismo.

Una vez en la habitación, se sentaron en el cobertor amarillo sobre la cama nupcial. Magaly recordaba esa colcha desde tiempos arcaicos: Permanecía acostada en una superficie muy extensa, en uno de cuyos costados se hallaba una pintura con cielo y mar grisáceos, al fondo de unas grandes rocas en la arena. Pudo recordar el autor: Caicedo. El lienzo desapareció del apartamento en una de las tantas mudanzas, pero la imagen de la planicie amarilla fue insumo de un sueño contumaz hasta la muerte de Jacinta, sucedida treinta y seis años después del sermón acusatorio. Sentadas en el lecho, Jacinta le habló de hacer una sociedad a imagen y semejanza de los Mandamientos, donde los niños no sufrieran hambre ni los mayores pasaran trabajo. Un reino de equidad en el cual los cristianos fueran a sus templos sin que un clérigo los insultara.

Sin embargo volvieron a la iglesia, más como un acto de arrojo que como una acción guiada por la fe o por la búsqueda de sosiego. Entonces las prédicas se avivaron con nuevos detalles de los países del este europeo, en donde los comisarios gubernamentales perseguían diligentemente a ministros y fieles de Dios. Magaly se inquietó con la historia de una jovencita búlgara que luego de bautizarse, padeció la expulsión de la escuela y el desempleo de sus padres.

El relato obligó a una nueva conversa con Jacinta acerca del lugar de Cristo en su imperio de justicia: Explicó que no siempre los hombres se comportan como debieran, que muchas veces entienden las cosas al revés y —lo más importante— que no se asustara con el próximo gobierno de los revolucionarios, puesto que su padre era uno de ellos y él no desearía nada malo para su hija, si acaso ella resolviera bautizarse.

Lo cierto es que Jacinta aprovechó la lejanía del esposo para organizar el primer sacramento de Magaly, puesto que la niña quiso comulgar un domingo por la mañana y tuvo que regresar al edificio ahogada en lágrimas. Su madre pidió a un vecino que las llevara de emergencia al hospital porque la asfixia no sucumbía. Por la noche, cerca de la una, su descanso fue roto por el canto del himno nacional por parte de un batallón del ejército que marchaba por la avenida. Luego supieron que los militares iban a combatir a los alzaos de una ciudad de la costa, donde la población civil en armas y la marina de guerra habían tomado las calles. Desde entonces, Magaly sufrió de un asma indócil que, al igual que el sueño de la sabana amarilla, cesó con la muerte de Jacinta. Pero en la crisis de esa noche consumió todos los ingenios medicinales sin efecto perdurable y finalmente accedió a bautizarla con un cura de una parroquia del oeste de la ciudad, quien además le dio la primera comunión.

Entonces Magaly pudo respirar mejor y, por supuesto, comulgar pese a las primeras negativas del eclesiástico enemigo. Jacinta se le enfrentó amenazándolo con visitar al obispo y exponerle que uno de sus sacerdotes rechazaba a una niña porque su padre era un luchador por la dignidad social. El párroco, un peninsular entrado en años, desestimó la bravata de la mujer, pero en un encuentro ordinario con su superior, este le preguntó al paso si en su parroquia había una dama cuyo consorte se hallaba en situación anómala con la justicia militar. El mitrado dijo, como de paso también, que una tarea de la Iglesia en esos tiempos difíciles consistía en celebrar esfuerzos por la conciliación y por el abrigo a las ovejas extraviadas. El subalterno aseguró no recordar tal situación entre sus fieles, pero que estaría atento para ayudar.

Las misas permitieron una conexión inusual con Joaquín. Una tarde se le acercó a Jacinta una doña cubierta con una mantilla blanca. Permaneció a su lado durante el oficio y, al instante de la consagración, le susurró al oído: “Su esposo está bien y le suplica que no lo olvide. Pronto tendrá más noticias. Por ahora, vamos a arrodillarnos”. Cuando el cura bendijo a la multitud para despedirla, ya la matrona de la mantilla había desaparecido. Dejó un pequeño fajo de billetes en el reclinatorio, envuelto en un sobre para cartas a nombre de Jacinta. La ocasión se repitió varias veces.

Un domingo de mayo Jacinta volvió a escuchar en la consagración la voz inconfundible de la señora del velo. Las noticias en esa oportunidad no fueron agradables, puesto que le informaba que Joaquín estaba preso en la base de un “teatro de operaciones”, un “Te-O”. La mujer se escurrió de igual forma que las veces anteriores. Jacinta sabía lo que significaba el arresto en un “Te-O”: Los prisioneros eran forzados a cometer delaciones a punta de golpes y amenazas, muchas de las cuales los carceleros cumplían. Las más habituales eran los fusilamientos subrepticios o en público (como escarmiento) y los suicidios provocados por medio de la indiferencia, el hambre, la sed y la obligación de no dormir. Desesperada, Jacinta quiso salir con rapidez del templo, pero se había aglomerado la asistencia en el portal y fue imposible seguir a la informante.

Minutos después, Magaly vio en el espejo del ascensor el rostro marchito, la congestión de los ojos, la boca sin respuestas de su madre. El ventilador se había dañado, y los paneles tenían rótulos soeces, que Magaly ya podía leer.

La situación se hacía más difícil porque Jacinta no contaba para esas cosas con vecinos ni familiares, puesto que era una suerte de paria por ser mujer de un revoltoso. Además, cualquier trámite de aproximación unilateral pudiera resultar un peligro para Joaquín. Necesariamente tenía que aguardar a que el partido la contactara, y eso podía durar semanas. Entonces buscó al cura del barrio marginal que bautizó a la hija, quien escuchó las angustias bajo el secreto de la confesión; recomendó que volviera a la iglesia y esperara la vuelta del correaje. El bautista, por su parte, haría las gestiones que estuvieran a su alcance.

Aunque Jacinta cumplió diariamente con el consejo, la camarada de las noticias y el dinero no apareció sino una mañana de julio, a treinta y tres días del último susurro, en la víspera del décimo primer cumpleaños de la niña. Esta vez el sobre contuvo un papel escrito por Joaquín, en el cual relataba lacónicamente su captura por un comando antiguerrillero —los cazadores—, su detención en el “Te-O” y el juicio sumarísimo que lo sentenciaba a diez años por subversión en una fortaleza en la capital. Allí podrían visitarlo previo acuerdo con el partido.

Magaly guardó esa carta hasta hace un año, cuando tuvo uno más de sus encontronazos con Joaquín, y resolvió quemarla. Esta vez el motivo del pleito se localizó en un reproche de ella acerca del manejo que el padre hacía de los fondos gubernamentales en el cargo que le concedió el nuevo presidente revolucionario quien, contra todo pronóstico, había llegado al poder por elecciones. 

 

AE)

 

Cuando se inscribió en la universidad, Magaly se hizo una nueva promesa respecto a su padre: no seguir el mismo sendero político. Quiso transitar su propio modelo y dedicarse principalmente a la lectura de los clásicos de la Historia, del continente y de su país.

Su amiga Lourdes, por su parte, creyó que la compañía de Magaly debía seguir siendo un hospedaje de entusiasmo. Así, se registró en las mismas asignaturas de cada uno de los lapsos académicos en que lo hacía su amiga. Juntas re-fundaron el cine-club de la Facultad, en cuyo auditorio proyectaban documentales que revelaban dificultades del país: La ciudad que nos ve, de Jesús Enrique Guédez; Tvenezuela, de Mario Handler; Araya, de Margot Benacerraf; y otros títulos de cuyo nombre no quiero acordarme. En más de un cine-foro se les oyó gritar a favor de sus creencias, a pesar de que ellas mismas eran las árbitras oficiales del debate, las “moderadoras”.

Se negaron a pasar películas cubanas, con el argumento de que la cinematografía de ese país estaba dirigida por el partido comunista, que había desdeñado el levantamiento de los jóvenes del Mayo francés y la primavera social y política de los revolucionarios-de-verdad de Bohemia y Moravia, en 1968. Encima, el gobierno caribeño siempre fue cómplice de crímenes, como el secuestro, tortura y asesinato del alto funcionario gubernamental Julio Iribarren Borges aquí en 1967, y de intromisiones extranacionales como la del Cocal de los Muertos, en el oriente del país, ese mismo año. Eso sin mencionar el apoyo encubierto que le dio a la dictadura de Videla en los ´70, cuando los argentinos enviaban trigo a la Unión Soviética para paliar el embargo de los gringos. 

La discriminación de películas cubanas produjo agrias discusiones con la militancia del movimiento de izquieda revolucionaria (mir) y de la juventud comunista (JC), además de otras facciones izquierdistas que debutaban en la universidad. Entre los adversarios estaban varios de sus antiguos jefes del liceo, cuando Magaly había estado en la JC. A ratos, las disputas de pasillo se convertían en riñas, pero nuestras jóvenes lo evitaban porque primero, eran mujeres, y no se veía bien que alumnas universitarias anduvieran repartiendo zarpazos o botellas al vuelo (y algunas veces, tiros). Segundo, porque gustaban de las ideas de una nueva agrupación cuyo nombre era poder joven y se debían a sí mismas coherencia entre lo que pensaban y hacían.

El poder joven proponía paz, amor y libertad, como los hippies norteamericanos. Magaly y Lourdes lo entendían como una nueva manera de lucha social, ajena a imposiciones jerárquicas y autoritarismos camuflados. Les irritaba sí, el influjo yanqui que se traducía en rock, drogas y amor libre. Quizás por eso muy pronto se adhirieron al movimiento al socialismo, el mas, una asociación que brotó de la ruptura del partido comunista, el cual no pudo digerir el naufragio de la guerrilla ni la invasión soviética a Bohemia y Moravia.

Al poco tiempo de ingresar a la escuela de Historia, el director del liceo Trina Larralde, un escritor de ideas socialistas, invitó a Magaly a que hiciera un relevo profesoral. Una vez cubierto, fue convocada para varios lapsos, hasta que finalmente estuvo en la plantilla de funcionarios del instituto. Le asignaron un escritorio para que planificara sus clases y corrigiera los exámenes y ensayos hechos por sus alumnos. Magaly festejó el nuevo cargo con ellos, en una reunión vespertina en el caserón de Lourdes, en donde conoció de cerca a Víctor León. Él estaba sentado con la mirada fija en los arabescos del suelo.

Lourdes vive —aún— en la antigua urbanización-de-ricos denominada El Conde, en el centro histórico de la capital. Hace más de medio siglo, las familias pudientes migraron a otros lugares y dejaron los espacios para que se instalaran otros venezolanos, no tan prósperos como los primeros dueños. Los segundos, los terceros o los cuartos habitan un reino con vocación de escombros.

Lourdes sirvió la guarapita y colocó un disco de Fernandito Villalona para que los merengues conquistaran la sala. Después de bailar algunas piezas de otros dominicanos, como Wilfrido y Sergio Vargas y Juan Luis Guerra, Magaly supo que Víctor había sido criado en el conservadurismo de una familia andina. Ante una pregunta, él detalló varios aspectos de su historia: El padre, como muchos de sus coterráneos, se inscribió en la Escuela Militar para escapar de la potestad del abuelo tiránico. Cuando se graduó, el sub-teniente fue sumiso y eficaz al mismo tiempo, lo que le valió reconocimientos y dádivas de sus superiores, pero también la mala voluntad de sus pares. Fue acusado injustificadamente de sedición, pero contaba con el padrinazgo del ministro de la defensa, cuyos ancestros habían resguardado una larga amistad con los León. Absuelto de culpas, sin embargo tuvo que entrevistarse con el presidente de la república. “A la larga no lo premiaron, profe, porque cuando lo ascendieron a teniente coronel, fue nombrado comandante de un batallón de cazadores en la sierra. Allá la cosa no estaba precisamente fácil”, contó Víctor.

Lourdes no podía creer lo que escuchaba, en especial la última información. Respiró con fuerza e ingirió un poco del licor barato que tenía en la mano. Lo campaneó una vez más y lo agotó de un trago, le hizo una seña a su amiga para que lo reemplazara. ¿Qué hacía el hijo de un militar en un liceo público? ¿Por qué le tocaba precisamente a ella, esta situación? Fijarse en el hijo del enemigo…

Magaly entonces habló de (alias) Joaquín, de Jacinta (que gracias a Dios, se habían por fin divorciado el año anterior), de la JC, de las peleas en casa y en la universidad, del estudio, de su amistad de toda la vida con Lourdes. De su inclinación por el poder joven y su militancia en el mas. Si bien había tenido algunos novios, era soltera y estaba disponible.

Yo era un muchacho tranquilo…

También conversaron, cómo no, de la visita del Papa Juan Pablo II el año anterior, del papel que jugaba la secretaria íntima del presidente en el manejo del Estado, de los rumores de insatisfacción militar. Repitieron el chisme de los tanques que accedieron de madrugada a la avenida del palacio de gobierno, y que la secretaria se puso un uniforme de campaña de coronela, como Manuela Sáenz en su tiempo. Lourdes, en la cocina, también bajó su trago, mientras tarareaba la pícara pieza del cubano Silvio Rodríguez en la que retrataba la historia de una mujer madura con un jovencito.

 

AS )

 

Como insinué antes, quizás los mejores tiempos entre Magaly y Joaquín fueron cuando ambos iban a intimidar a los pro-imperialistas del cuarto piso y especialmente cuando ella decidió alistarse en la JC. Entonces tenía trece años, y había escuchado acerca de un sacerdote que se fue a las montañas a realizar la Pasión del Señor, próximo a los campesinos. Magaly leyó con interés un panfleto del ejército de liberación nacional de Colombia, en donde se describía la trayectoria biográfica del cura muerto en combate con las tropas regulares. También examinó un artículo de una revista guardado por Jacinta, en el cual había una imagen de la faz malograda del héroe. Seleccionó sin embargo otra foto en la que él, con sotana, parecía expresarse en actitud de arenga. La recortó y la fijó en la puerta de su armario. 

En el liceo participó en una célula de la JC fundada por alumnos del último año. Magaly fue objeto de una estima reverencial porque su padre era un rehén del sistema. El grupo debía moverse con suprema discreción, puesto que la policía política gozaba de un olfato suspicaz y cualquier descuido significaba el arresto y la tortura, cuando no la muerte inmediata.

Aun así, editaba una hoja en multígrafo con críticas a los problemas institucionales, además de incitar a la desobediencia civil y militar. Por esos días los jóvenes se enteraron del desembarco de unos cubanos con cuadros del mir en el Cocal de Los Muertos, un sitio en el litoral oriental apenas vigilado por las patrullas leales al gobierno. Las autoridades nacionales de la JC ordenaron entonces a las células suspender sus operaciones como un acto de profilaxis. Pero los muchachos del Trina Larralde desdeñaron la orientación y salieron a lanzar piedras y botellas al asfalto, mientras Magaly y Lourdes procedían a escribir en los muros vivas a la revolución y palabras innombrables para el gobierno, los ricos y el imperialismo.

Esta rebeldía de la célula para con sus jefes estuvo influida por el ajusticiamiento de Iribarren Borges, quien como director del instituto de seguridad social había subido la cuota de afiliación a partir del primero de enero de ese año, 1967. La versión del grupo ejecutor (las fuerzas armadas de liberación nacional, faln, un desprendimiento del Partido), escrita en el diario Granma de La Habana, argumentaba que el secuestro y muerte del reo obedecía a su deslealtad con la clase trabajadora, porque el incremento en cuestión no había obrado en beneficio del proletariado.

La célula del liceo había discutido el tema y tanto Magaly y Lourdes, así como sus jefes inmediatos, concluyeron que la liquidación del corrupto fue un acto propio de la justicia revolucionaria. Sin embargo, otros muchachos de la célula, en minoría, reafirmaron su acuerdo para con un documento editado por algunos líderes del Partido, dieciocho meses antes de la ejecución, en noviembre de 1965. Sus autores proscribían la fórmula de la violencia como práctica de lucha contra el capitalismo. Argumentaban que el furor terrorista no solo era ineficaz para el triunfo del socialismo, sino típico de “anarquistas y aventureros”, entre los cuales incluían al mir y a las faln.

Por suerte para Magaly y sus amigos, la mañana en que la célula salió a desatar su furia contra el orden, animada por la gesta de la misión cubano-mirista, integrantes de las faln habían hecho fuego en varias azoteas en sectores pobres de la ciudad, y la dirección general de policía (digepol) tuvo mucho trabajo en detectar a los francotiradores, de manera que restó importancia a los sutes revoltosos del Trina Larralde. No obstante, los sapos del liceo registraron con detalles el incidente y dieron parte a sus superiores. 

Esa semana, cuando Magaly visitó a su padre, este le habló en voz baja acerca de la inconveniencia de los métodos anarquistas. A ella le extrañó un poco la cercanía y el esmero de Joaquín en la admonición que le hizo. Él recomendó cautela con el enemigo, al mismo tiempo que firmeza y resolución. Le habló de cuidarse mucho, puesto que una agrupación ilegal como la JC estaba muy vigilada por los matones de la digepol.

Jacinta estuvo a favor de las advertencias de su marido, en especial cuando se trataba de volver a la hija al camino de la paz. Eso le costó varias discusiones con Magaly, quien aducía su poder de decisión sobre qué era bueno para su vida, aunque fuera menor de edad.

A pocas semanas de llegar a los catorce, que festejó con apenas una comandita del liceo y las velas representativas sobre un pastel hecho por ella misma, la joven sintió que una ola recóndita, subterránea, agitaba el edificio y hacía caer libros y papeles de los estantes. La desorientó el trueno que provenía de muy abajo y hacía chasquear la estructura. El piso convulsionó durante treinta y tres segundos, tiempo suficiente para que las dos mujeres volaran sobre las escaleras y, al llegar a la calle, descubrieran el espanto de otros edificios deshechos por el sismo.

En su consternación, la madre tuvo el relámpago de un castigo divino. Recordó la historia del realista José Domingo Díaz sobre Bolívar y Palacios en los escombros del claustro de —precisamente— San Jacinto en la Semana Mayor de 1812: Si la naturaleza se opone…. Pero esta vez la madre no fue bolivariana. Se trataba de convencer a Magaly de la inutilidad de la insurrección armada, aunque se avergonzó por un instante de especular como el clero monárquico de hacía 155 años, que condenó a la revolución como enemiga de Dios.

Cuando a los días pudieron subir y bajar por el ascensor y el apartamento estuvo en orden, un domingo después de misa, Jacinta deslizó su juicio a favor del pacifismo:

—Creo, hija, que nos salvamos por un milagro en el terremoto…

—Umjú.

—Dios nos ha dado otra oportunidad para seguir luchando, especialmente a ti, que eres joven. Debes conservar tu vida a como dé lugar, y para eso debes evitar exponerte…

A partir de entonces Magaly se sumergió en sus estudios, con notable énfasis en las lecturas y en los ejercicios de latín del cuarto año de bachillerato, para lo cual se alejó de las actividades subversivas. En la búsqueda de un hábito para aprenderse de memoria las declinaciones, empapeló su habitación con hojas tamaño extra-oficio en donde tenía estampados los sufijos: A, AE, AS… Cubrió la cabecera de su cama, las maderas del closet, junto al cura arengador, y parte del espejo del baño. La técnica de estudio fue tan efectiva que pronto la joven se convirtió en una referencia para sus compañeros y algunos le pidieron ayuda, de tal forma que empezó a dar clases particulares de la lengua muerta.

Entre sus alumnos se hallaba un antiguo camarada, quien una tarde de mayo le comentó que los jóvenes de París se habían alzado en las calles y estaban haciendo la auténtica revolución. Una de las consignas era Tomemos el cielo por asalto. Otra: Seamos realistas: pidamos lo imposible. A Magaly le impactó más la primera. Se lo informó a Jacinta, quien ya estaba al tanto de las noticias, y agregó que estaba próximo el tiempo en que el reino de los cielos sería una certidumbre palpable. Puso como ejemplo lo que sucedía en las regiones europeas de Moravia y Bohemia, donde los líderes del estado socialista concedieron libertad para debatir, editar y quejarse públicamente. “Es la auténtica democracia, hija. Vale la pena dedicarse a una cosa así”.

Pero a las pocas semanas, el 22 de agosto, se enteraron de que la noche anterior el sueño fue tragedia con la ocupación de los tanques rusos. Jacinta y Magaly se quedaron sin buenos ejemplos del cielo en la tierra. Por su parte, Magaly también se quedó esperándolo en su vida personal hasta tiempo después, al advertir que podía encontrarlo en sus propios alumnos.

Al día siguiente de conocer a Víctor León, Magaly lo llamó a su escritorio y le dio algunos libros de análisis histórico del país. Le dijo que podía quedárselos si eran de su interés, a cambio de que los debatieran como amigos. El joven transitó el aspecto de ella: mestiza de ojos grandes, quizás demasiado. Se detuvo en la cicatriz de la barbilla: Tal vez una caída de pequeña. La melena, retinta en sortijas, hasta más abajo de los hombros. Los broches superiores de la blusa roja estaban abiertos, hasta el tercero. Unos senos en apariencia duros, aunque pequeños, resaltaron. Siguió el detalle de los labios, un poco gruesos, que al abrirse descubrían una dentadura que no era desagradable, pero donde un colmillo parecía un desertor de la formación. Ella sonrió y Víctor pudo escaparse hasta un portalápices de barro cocido, con bolígrafos y marcadores punta fina. Halló también unas carpetas amarillas con exceso de papeles y, en la pared, un retrato del marxista italiano Antonio Gramsci junto a otro de Bolívar y Palacios, de civil.

Víctor aceptó la oferta y a la semana había hecho la asimilación completa de los textos. Le mostró a la profesora los esquemas que había elaborado. Ella lo invitó a una tasca a conversar acerca de las conclusiones.

…a eso le siguió una lluvia de pequeños regalitos para mí…

Tal como ella lo había vaticinado en la primera página de este relato, fueron a varias tabernas, por varios días, en varias tardes. Magaly convocaba a otros alumnos, quienes al principio aceptaron, pero luego se dieron cuenta de que aproximarse a los amigos era como estropearles algo. En cierta ocasión, Víctor tardó demasiado en volver a casa, y hube de rastrearlo hasta que lo detecté en la taberna Sansón Carrasco, a eso de las nueve de la noche. Se hallaban en los estancos de mesas y butacas largas. Ella, acostada con la cabeza en el regazo de él, descuadernó los ojos y quedó sin palabras mientras llamé aparte a Víctor. Él y yo acordamos mentir en casa, para no comprometerla. Quedé sumiso a la melena de ella, retinta en sortijas, esparcida en las piernas de él. 

Otra noche, ya egresado Víctor del liceo, ella lo invitó a su piso, después de asistir al teatro. Jacinta estaba en clausura, en su alcoba. Magaly tranquilizó a su acompañante con respecto a su madre: No saldría de la habitación en toda la noche, puesto que tenía prescritos somníferos y ella misma le había doblado la toma. A pesar de las aproximaciones previas, Magaly y Víctor no habían copulado. Al ritmo de ella, sus encuentros eran solo para narrarse el decurso de sus días, para leerse los poemas de cada cual, para cantarse himnos de protesta, para discutir sobre religión. En este punto, Víctor apostaba por el ateísmo, aunque siempre le gustó la proclama de Martín Lutero adherida en los portales de la iglesia del castillo de Wittenberg la noche del 31 de octubre de 1517, que denunciaba la comercialización de los favores en el más allá por parte de la Iglesia de ese tiempo. Víctor simpatizaba también con los versos del cura Ernesto Cardenal y con los sermones colectivos que dirigió en la isla de Solentiname en Nicaragua, en tiempos del general Anastasio Somoza. Magaly, por su parte, siempre buscaba coincidir con estas opiniones, lo cual hacía con mucha facilidad.

Esa noche había llegado la ocasión de invitarlo a mayor cercanía, pero él pidió más cerveza y permaneció en la sala. Ella colocó un disco de Georges Moustaki: Les amours finissent un jour, / Les amants ne s’aiment qu’un temps. Estuvieron sentados en un sofá de mimbre, donde Magaly insistió. Víctor, por fin, tuvo palabras a favor de una muchacha, vecina y menor que él, a la cual escribía sus mejores versos y no deseaba traicionar… Él era virgen y quería guardarse para la chica, una vez ambos cumplieran la mayoría de edad.

Magaly se quejó de su destino, maldijo el primer día de clases y la afición de ambos por la Historia. Su desdicha se sentó entre ambos y un estampido amargo y mudo despojó de prudencia a las lágrimas.

El amanecer fue una intrusión adicional en el sofá de mimbre. Jacinta, ya en pie y libre de tóxicos para dormir, observó los cuerpos algo separados entre sí, que ocupaban el mueble. Él, con los brazos cruzados y la cabeza sobre el apoyamanos. Ella descansaba, salvo sus piernas, a lo largo del espacio que no ocupaba Víctor. La madre tocó a Magaly en la mejilla y ésta abrió los ojos con extrañeza, fuera de órbitas; la hija colocó su dedo índice en sus labios y le hizo señas a Jacinta para que se retirara al cuarto.  La madre se resistió al principio, pero aceptó ante el aire implorante de Magaly. Esta despertó a Víctor y le ofreció el baño.

—Si quieres, te duchas… Pasamos mala noche. Debemos irnos.

Pero él solo liberó su vejiga y fregó su dentadura con un cepillo que supuso le pertenecía a Magaly. También tuvo la intrepidez de rechazar un café que Jacinta había preparado de emergencia. Pero sí se dejó llevar de la mano por Magaly fuera del apartamento. Entraron al ascensor en viaje a la azotea. Esta vez Magaly no atendió a los rasgos del aparato, sino que naufragó con su nariz en el tórax de su alumno predilecto. Las puertas se abrieron y él sintió cómo ella acarreaba el cargamento del que no había sabido cómo escapar hasta entonces: Magaly lo dejó ir hacia la planta baja. Él detalló en el espejo la humedad de los ojos, la nariz y la boca de Magaly impresos en su chaqueta.

Magaly quiso reconciliarse con la luz del pasillo, con el vértigo relegado por tantos años. Ascendió despacio la escalera final y quiso saludar por última vez al sol. Vio de nuevo a Joaquín aproximarse, con el peligro en la piel, la vista sin norte, la basura que envejece en la orilla; escuchó sus bramidos en las guerras domésticas, la bulla del cuarto piso, el himno de los soldados en la madrugada, al compás de las botas sobre el asfalto. Tuvo el atisbo de una sabana amarilla extendida hasta el horizonte, donde ella permanecía acostada boca abajo, la cabeza y el espíritu erguidos para advertir enemigos.  

Una vez en la cúspide, Magaly oyó el silbo de su propio hálito. Sintió de nuevo la fatiga en su pecho, la fatiga de la declinación, de las misas cuando niña y el alivio de los sacramentos primarios. Decidió sentarse de cualquier modo para escuchar las canciones revolucionarias de cuando Joaquín regresó del castillo. Escuchó sus propias amenazas y los juramentos contra su padre, ninguno de ellos cumplido, salvo la incineración de la carta del museo familiar en la que el padre echaba los cuentos de sus últimos días como guerrillero, y la determinación de estudiar Historia.

Magaly pensó en Lourdes, su devota Lourdes, en sus aventuras cinematográficas y en los pleitos con la ultraizquierda por la revolución cubana. También hizo memoria de su adolescencia y en su tránsito por la JC, en su afición por la violencia, interrumpida por un temblor de tierra y por las admoniciones de Jacinta. Evocó con grande tristeza el aborto de la primavera de Praga y el martirio de Camilo Torres. 

Puso los pies muy cerca del borde y contempló la fachada y la longitud del edificio: horrible amarillo, quizás veintiún metros… Recordó una rata que una vez la miró con mirada humana. 

—¿En qué piensas?

—En nada… recordaba cómo fue que te conocí, mi amor.

—Ay, Alirio… seguro que estabas recordando lo de Víctor ¿Para qué te atormentas? ¡Fue hace quince años! Más bien atiende a la asamblea, porque los del Comité de Acción Docente quieren cambiarle el nombre al liceo ¿Te lo imaginas? Cambiar a Trina Larralde, escritora de tantos merecimientos, por el dictador Marcos Pérez Jiménez, a sugerencia del mismo jefe del gobierno… Solo porque para ellos la mujer era una oligarca. No me gustaría jubilarme con esa derrota (Tú sabes que ya vencí en mí mi gran fantasma, el de Joaquín). Anda, presta atención y olvida a Víctor, él está bien. En el extranjero, pero bien. Yo ya lo olvidé, tranquilo tú. Además, es tu hermano menor…

—Está bien… Me conoces demasiado. Es como dice Miller, al comienzo de este relato: Casi no somos dos personas distintas… Lo que sí lamento muchísimo es que Lourdes sea la líder local del cambio de nombre del liceo. 

Alirio León, agosto de 2004

 

Cuento incluido en el libro Transiciones (El Taller Blanco Ediciones, 2021)

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