Cuentos
Todos los cuentos publicados
Buscar
Todos los cuentos publicados
Capítulos de novelas disponibles
Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar
Daba tristeza observar la misma historia todos los días. Teresa se iba quedando solita en el colegio mientras los demás niños se iban. Nunca le quitaba la mirada, aun cuando hablaba con las demás maestras. Me acercaba a ella cuando ya no quedaban más niños con los que jugar. No para preguntarle dónde estaban sus padres, sino para hacerle compañía.
A ella parecía no importarle, pero yo llevaba un tiempo trabajando con niños. Ningún niño feliz suspira tanto.
Tere no era de mi salón. Yo llevaba la sección de 3ero A y ella era de la B. Su caso era tema de conversación, sin falta, durante las horas siguientes al timbre de salida. Muchas maestras me decían que no me diera mala vida, que mientras más trabajabas en educación, más cosas veías y aprendías a filtrar lo importante.
Yo entendía lo que me decían. Cuando era pequeño, mi mamá también tardaba mucho en pasarme buscando. Solamente se trataba de un caso más de mujer sola criando a un hijo, pero no quiere decir que yo no sintiera una soledad más allá de ser el último en irse, de saber que las maestras cuchicheaban sobre mí y mi mamá. «Irresponsable» es una palabra demasiado fácil para señalar lo que se desconoce.
Tere estaba sentada moviendo sus piernitas en columpio mientras veía la pantalla de su teléfono. Al darse cuenta de que me acercaba, me saludó con la mano. Le pregunté que cómo estaba y me respondió con el pulgar.
—Tere ¿sabes algo de tu mamá? —pregunté, señalando su teléfono.
—Que va a llegar un poco tarde porque su jefe no la ha dejado salir aún. Que está hablando con mi abue a ver si me puede venir a buscar —respondió moviendo las manitos en cada sílaba, casi como ensayado.
—Ah, bueno. Me quedo más tranquilo entonces —dije—, ¿quieres ir a la sala de maestros para que no te quedes aquí sola bajo el sol?
Asintió y me acompañó hasta el salón.
Las demás maestras la saludaron y la invitaron a sentarse junto a ellas mientras comían. Le ofrecieron un vaso de refresco y yo le di una de mis dos arepas para el almuerzo. Los niños, cuando tienen pena, demuestran el hambre con la mirada. Una muy fija.
Una vez que terminó de comer y, mientras los profesores hablábamos, Tere se inclinó sobre sus bracitos en posición de descanso.
—¿Quedaste bien? —pregunté y me respondió asintiendo con la cabeza.
—¿Y eso que no estás en el teléfono? —pregunté.
—Se me apagó—respondió—, ¿no tendrá un cargador que me preste?
Yo no tenía, así que le pregunté a las demás maestras. Ninguna había llevado el suyo.
—Bueno, podemos hablar —propuse mientras me servía un vaso de agua—. Cuéntame, ¿cómo se llaman tus padres? —me atreví a preguntar.
—Mi mamá se llama Valeria y mi abue se llama Olga —respondió. Intentó arrancarle una hoja a la mata de Navidad que estaba en la mesa. Aparté la maceta y la puse lejos de ella.
—¿Y tu papá?
—Javier —respondió, luego de haberlo pensado un tiempo.
—Ah, mira tú —respondí—, mi mamá se llama Lucía, mi abuela se llamaba Carmen y mi papá se llama Ulises.
Me tomé todo el vaso.
—Mi mamá, cuando lo vio por primera vez, dijo que es muy joven para ser maestro —dijo—, también se pregunta si tiene hijos.
Sonreí. Tomé el vaso y lo volteé sobre la maceta. No cayó ni una gota.
—¿Quieres prenderle la tele, Maco? —preguntó una maestra. Miré a la niña y esta asintió. En la televisión estaban pasando telenovelas, pero Tere parecía estar encantada con lo que veía. Las maestras se reían con los comentarios que hacía sobre los personajes.
—Ramiro es un mal hombre. No la merece. Mentiroso como todos los hombres —suspiró Tere.
—No digas eso —la corregí—, ¿qué va a pensar Javier?
—¿Quién? —volteó a verme como si le hubiese hablado en otro idioma.
—Tu papá.
—Ah, sí. —Siguió viendo la novela.
—¿Por qué le dicen Maco? —preguntó, ya aburrida de la televisión.
—Porque de pequeño no podía decir «Mauricio» y decía «Maco». Desde entonces, pido que me digan así cuando me presento.
—Pero ¿por qué Maco? Mau es más bonito.
—Ya, seguro.
—Mauri, Mauro… —Enumeraba con los dedos.
—Veo que no te gusta mi apodo.
—Maumau, Macaco…
—Bueno, ya.
Me puse a corregir tareas y a sacar cálculos de notas. Cada vez que miraba la hora, borraba parte de lo que escribía y volvía a hacerlo. El salón empezaba a quedarse vacío y el televisor era más un ruido de fondo. Ella tenía la mirada fija en la ventana.
La corneta de un carro sonó y Teresa se levantó de golpe. Su mamá había llegado. Agarró su bolso, se despidió de las pocas maestras que aún quedaban y salió corriendo a la salida. Yo la acompañé y su mamá me dedicó una mirada de disculpa y de vergüenza. Le sonreí y ofrecí mi número de teléfono. Le comenté que, si lo notificaba, otra persona podía pasarla buscando. Me pidió que la disculpara por parecer tan irresponsable, que su mamá estaba muy mayor y le daba miedo que saliera sola a buscar a la niña. «La vida del adulto, usted sabe», me comentó.
Llegué a casa, pero mis pensamientos se quedaron en el colegio con Teresa. Su mamá estaba consumida por las ojeras. Recordé a la mía y la llamé mientras me cambiaba de ropa. Le comenté acerca del día de hoy y sobre la niña. Le agradecí por todo lo que hizo, sola, por mí.
—Pero qué bueno que estuviste ahí para ella. Siendo otro, tú sabes, no le hubiese importado.
Me quedé en silencio mientras pensaba qué responder. Antes de decir algo, mamá me interrumpió — Eres un buen hombre, Maco.
Suspiré. La pijama rota se sentía más holgada que de costumbre.
Busqué entre los seguidores del colegio en Instagram a la mamá de Tere. Había muchas Valerias, pero pude dar con ella. Decidí investigar más y vi que solo tenía fotos de ella y la niña, pero no había ningún hombre.
Me quedé curioseando el perfil de Valeria, la empecé a seguir y vi que tenía una historia reciente. En ella salían ambas preparando algo que parecía ser una torta, con una leyenda que decía «juntas podemos con todo».
Dejé que la breve historia se consumiera.
Después de un rato, me di por vencido en mi intento de encontrar a Javier. Había muchos, pero ninguno parecía ser su padre. Entre tanto buscar, me enteré de que Tere cumplía años el mismo mes que yo. Pensé que si buscaba fotos por esa fecha era muy probable que lo encontrara. Lo normal es que un padre esté ese día con su hijo.
J-A-V-I…—Me detuve. Borré lo escrito.
El eco de la calle hacía sentir aún más vacía la casa.
U-L-I-S-E…
Volví a borrar.
Me senté en la cama y estiré las piernas, parte de ellas colgando, casi columpiándolas. Me metí en su perfil y pude ver que subió otra foto con su familia, que había tenido un infarto hace poco y que había ido a la playa.
Vi la hora y dejé el teléfono a un lado. Qué irresponsable. Al día siguiente tenía colegio y yo husmeaba en vidas ajenas.
También caí en cuenta de que Valeria no me había escrito. Volví a tomar el teléfono y dejé un video reproduciendo. El sonido me hizo compañía mientras me quedaba dormido.
Valeria no llegó a la hora de salida, pero sí más temprano. La niña se subió de un brinco al carro mientras su mamá bajaba el vidrio del copiloto para hablar conmigo.
—Hola, maestro —dijo mientras se abanicaba con las manos por el calor—. Ayer le iba a escribir, pero se me olvidó.
—La vida del adulto, ¿no? —pregunté. Lo brillante del reflejo del sol hizo que me costara sonreír.
—Ayer nos quedamos hasta tarde haciendo una travesura —respondió señalando a la niña.
Una pequeña nube cubrió el sol. El calor parecía desaparecer lentamente.
—Ah, qué bueno. Los niños deben pasar más tiempo de calidad con sus padres. A esa edad es fácil sentirse solo —sonreí. Ella se me quedó mirando unos segundos.
—Bueno, si te parece bien, yo te escribo esta noche para que guardes mi número y mañana te traigo torta —dijo—. ¿Te guardo como Maco? Cuando Tere me dijo que te decían así, pensé que eras más joven.
—«Mauricio» está bien —dije intentando reír. Sentí una ligera sensación de vergüenza.
Me despedí y volví a entrar al colegio, deseando que lloviera un poco para escapar del calor.
Para mi pesar, no llovió. Igual llegué empapado de sudor a la casa. Conecté el teléfono y lo dejé sobre la mesa de noche, la conversación con Valeria lo había dejado casi sin batería. Me sorprendió lo elocuente y divertida que era, aunque más lo hizo saber que era soltera.
Me metí a bañar y al salir, me apresuré a avisarle que ya había vuelto y que iba a cocinar.
Mientras hablaba con ella, pensaba en cómo ayudarla cuando no pudiese llegar temprano a buscar a Tere. En que, como maestro y adulto, debía hacer algo por la niña. Incluso llegué a fantasear con comprarme un carro y rápidamente llevarla hasta el trabajo de su mamá.
Me reí por lo infantil de mi pensamiento. No tenía ni licencia y no entendía por qué ahora quería andar a toda velocidad por las calles.
El teléfono vibró de manera distinta. Me levanté de golpe y contesté.
—Ay, Maco —mamá tenía esa voz de cuando da las malas noticias—. Me acabo de enterar de que a tu papá le dio un infarto. No lo resistió.
Contuve la respiración unos segundos. Al principio no supe qué responder, solo me limité a repetir frases acerca de lo fugaz de la vida. Conversamos un momento hasta que ya no hubo más tema. Es difícil hablar largo y tendido de lo que se desconoce.
Llovió durante toda la madrugada. Su intensidad varió durante horas. Al final, el calor y la humedad se disiparon.
Tere me estaba esperando. Tenía su teléfono en la mano.
—Mi mamá me mandó a decirte que hoy va a llegar un poco tarde. Que no te olvides que hoy te trae torta.
Cuando estaba por responderle, una maestra se me acercó y me puso la mano sobre el hombro.
—Lo siento mucho, Mauricio. Me enteré lo de tu papá—. Me sonrió levemente y le agradecí el pésame.
Me quedé un rato hablando con ella. Mis palabras salieron cómodamente, más de lo que pensé que lo harían. Como un niño cuando logra pronunciar finalmente una palabra que le resulta difícil.
Valeria llegó y la niña salió corriendo. Yo la seguí. Al probar la torta, me miró con ojos de curiosidad y nervios. Yo decidí dar bocados pequeños y descubrir que era lo que tanto me gustaba de ella.
Cuento participante en la segunda edición de El Editor Invitado,
a cargo de Miguel Gomes.