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¿Tuvo razón? ¿Acaso no hay que seguir? Pero la decepción es una vaina y la inminente conclusión de nuestro tiempo la acrecienta. Comenzar a ser suplente con la sombra, la certeza, la conciencia de nuestra dependencia del cuerpo, de la lotería que es la salud, de la lotería que es la vida. Para mandarlo todo al carajo hay que tenerlas puestas. Y luego ver qué pasa con quienes perseveran, o con quienes no tienen tan mala suerte, por lo menos en el aspecto central de la vida que se decide abandonar. Esa es la lotería. Aunque entre él y yo no hay similitudes. Porque a pesar del injustificado olvido fue el mejor de su generación. Mejor que Concepción y todo lo que se parezca. Sólo que con menos suerte. Mientras que yo… ¿Qué queda de mí hasta el momento? Una novela que nadie lee, justamente obviada, ignorada en los concursos, sin la suficiente dignidad como para reclamar atención. Nunca he estado a la altura de cinco doble-plays en un juego. Ninguna tribuna de seguidores y adversarios se ha levantado a aplaudirme, salvo en sueños… La diferencia es enorme. Todavía a los 26 años no he figurado por primera vez mientras que Enzo a los 22 era considerado el mejor. Él pudo haber sido más reconocido, era el más impresionante.
David y yo éramos muy amigos. Él tuvo suerte, yo no. Más nunca hemos hablado. Cada quien dedicado a sus negocios. Yo a la farmacia. Él al beisbol. Antes no me gustaba hablar de David… Incomodidad, supongo. David era muy bueno. Tenía muchísimo alcance. Empujaba las carreras. Yo escuchaba lo que decían de mí. Oía lo que la gente común, los aficionados, los que iban al estadio, decía de mí. También los narradores, los comentaristas me elogiaban, sobre todo, Delio Amado León y Rubén Mijares. Me imagino que la rivalidad Caracas-La Guaira hacía que me observara mucha gente.
Quizás esté feliz con su negocio. Quizás haya entendido que esa era la existencia que le correspondía. Lo que no comprendo es cómo un jugador que demostraba tanto amor, que hacía todo tan bien, pueda irse así, sin más, como apagándose, como muriéndose, hasta que nadie hable de él. Debe dolerle mucho.
Prefiero haber sido una promesa, una realidad fugaz y no vivir el derrumbe a los 37, 38, 39 años, cuando ya no se puede jugar más. Ahora estoy tranquilo. Te acostumbras. Lloras primero, luego vives.
Intenté decirle que una enfermedad es algo que ocurre. Hay quienes se recuperan. Tommy John lo hizo. ¿Y él era mejor que yo? No. Tuvo más bolas. Ahí está el caso de Luis. No fue parecido al mío. Yo llegué a las Grandes Ligas a los 19 años, mientras que a esa edad él fue dejado libre por los Reales. Tuvo que convencer a Pittsburg. Insistió y ahí está. ¿Qué sería de La Guaira sin Luis Salazar? Después de una operación como la de él yo habría echado todo a rodar. Como lo hice. Mi columna no me permitía jugar y no lo hice más. Quizás debí persistir. Puedo arrepentirme. No sé. A veces sueño que le paso la bola a Remigio, o que hago un doble robo con él. A veces, en esos sueños, se me cae la pelota y cuando voy a buscarla me da una puntada en la base de la espalda. El dolor me paraliza, sudo frío, instantáneamente. Y cuando miro a la inicial, el corredor está parando su carrera hacia el rightfield. De inmediato recuerdo cuando a principios de los 70, cuando era un carajito y jugaba a morir, le llegaba a todo lo que se podía y sacaba los outs. A veces me aplaudían hasta los del Caracas. Eso pasa. Tuve dos etapas en el beisbol: una buena y otra mala.
Yo bateé varias veces contra Bob Gibson. La primera me ponchó. Me tenía en 2 y 0, y me esperaba cualquier basura. Vino con una recta durísima a la esquina de afuera. Al llegar al dogout el manager me dijo: Ese es Bob Gibson. Y mientras me quitaba el casco me di cuenta de que esa era la forma en que yo jugaba. Sin dar chances, sin desperdiciar oportunidades. Había que ser agresivo, y yo lo era. Sólo que con las enfermedades fui perdiendo la emoción. Con las noches y el dolor en la espalda y en las piernas, con los rollings a los que cada vez me era más difícil llegarles, cuando el brazo y las piernas dejaron de responderme… Esa fue mi primera lesión. Jamás había sufrido de nada. Ni siquiera de dolores en el brazo. Poco a poco, al tomar conciencia de mis limitaciones, fui perdiendo las ganas de jugar. Nunca bateé contra Sandy Koufax. Él pudo luchar contra su brazo enfermo porque las tuvo bien puestas, porque aprendió a vivir con el dolor. Yo no. Lloré cuando dejé de llegarle a los rollings que sólo David y yo agarrábamos. Lloré y me acosté a morir… Pero no todo son malos recuerdos. Tengo unos muy buenos. El 26 de noviembre del 70 metí mi primer jonrón en el Profesional. ¿Te acuerdas de aquel zurdo, Jim Schellemback? Le metí un batazo grandísimo por el rightfield. La gente me aplaudió parada por varios minutos. Al salir, Remigio y el dueño del hotel donde estábamos me tenían una cena servida… Tenía sólo 20 años.
Volver a El Tigre no fue tan malo como crees. En parte fue un alivio. Se había acabado todo. Quedaba mi vida. Podía dedicarme a mis hijas, a mi esposa. Algo tenía de recompensa. Por un tiempo no quise saber nada de beisbol. Cuando decidí retirarme ya valía poco. En La Guaira buscaban mi sustituto y cualquier muchachito podía hacerlo como yo lo estaba haciendo a esas alturas. Sabía que la prensa me buscaría, por eso me quedé unos días en Caracas. Después todo sería mío: mis recuerdos, mis sueños, mi fracaso. Sentado en ese pasillo comencé a buscar el origen de mi situación, y creo haberlo encontrado: una vez tuve miedo de luchar por un puesto en el colegio. Ese mismo miedo sentí cuando se me escapó un rolling entre las piernas. Lo había visto desde el instante en que había sido bateado, lo vi acercarse, pero a la hora de agarrarlo fue muy rápido para lo que restaba de mí. Luego pensé en el esfuerzo que había hecho para volver a jugar. Cuando me enderecé y la pelota iba camino del leftfield, el dolor en la espalda me dobló y casi me caí. Pensé que tenía que esforzarme más, también comprendí que debía vivir con el dolor si quería continuar. ¿Pero cuánto podía resistir?, ¿y valía la pena?, me pregunté. Dos años más tarde decidí que no. Y cuando lo dije, en apariencia muy seguro de mí, me esforcé para que el pánico no se viera en mi rostro. Más tarde entendí que lo fácil, y sin embargo lo más doloroso, es decir “Ya, se acabó”. Lo difícil es lo contrario: sobreponerte a tu cuerpo, al dolor físico y seguir haciendo las cosas bien. Mi decisión fue una rebelión ante la posibilidad de continuar aguantando el dolor. Cuando entendí eso, me acerqué nuevamente al beisbol. Vi los partidos, sin llorar. Estaba claro: ya era otra persona.
El batazo tuyo más grande que vi fue un triple. Fue en el Play Off contra el Aragua, en el 72. Imagínate, tenía nueve años. La Guaira comenzó ganando. Tu batazo inició un rally de tres carreras. La pegaste contra la pared del leftfield, y yo, que estaba en las gradas del right, pude ver la curva de la conexión. Juré que era jonrón, pero la pelota dio contra los tubos y rebotó hacia el campo. De todos modos llegaste a tercera y en seguida anotaste con una línea de Leo Cárdenas. Tremenda línea. Debe ser por eso que recuerdo tanto ese partido. Hubo jugadas y batazos impresionantes. Cárdenas la metió de línea contra el segundo escalón de las gradas del leftfield. La bola rebotó con tal violencia que Concepción la agarró en el terreno corto del left y la tiró a la preferencia. Creo que fue la primera vez que alguien confirmó mi intuición, mi modo de ver. En el beisbol de aquella época había dos shortstop. Esos eran tú y Concepción. Cuando fuiste a batear, antes de que te hubiesen hecho un lanzamiento, dos personas a mi lado estuvieron de acuerdo en que eras el mejor shortstop en ese momento. Al oír eso, con mis nueve años y el respeto inculcado en mi casa y el colegio hacia los adultos, sentí corroborada mi opinión. Y no me cansaría de repetirla a mis compañeros de clase, aun cuando fueses de La Guaira y en cada enfrentamiento con el Caracas activaras ese juego agresivo al que no se le podía detener.
En el 72 ganamos los dos primeros partidos del Play Off, no obstante, al final perdimos. Ese año el Aragua jugó mejor que todo el mundo, por lo menos aquí en Venezuela. En la Serie del Caribe fue otra cosa, como siempre. El equipo que va, en lo esencial, no es el mismo que obtiene el campeonato aquí. A eso se debe nuestro continuo fracaso en el Caribe. Si La Guaira hubiese ganado en el 72, hubiera sido nuestro segundo trofeo en dos campañas. Ya éramos el equipo fuerte del beisbol venezolano. Y aun así no se podía asegurar qué íbamos a hacer en la Serie. Allá las cosas son distintas. A finales de los 60 y principios de los 70 fuimos un team fuerte, y sin embargo hicimos el ridículo en la Serie. Aunque eso es otra cosa.
Pertenecer a La Guaira quizás haya condicionado mi estilo de juego. No había manera de sacarnos del paso si no había 27 outs. Si faltaba uno, ahí estábamos Remigio, Pat Kelly, Paúl Casanova, Luis Aparicio, Oswaldo Blanco y yo para que las cosas cambiasen. La temporada anterior a la de aquel partido contra el Aragua le hicimos una al Caracas: los sacamos del primer Play Off en sólo tres juegos; el último los dejamos en el campo. Ellos habían llegado arriba, 9 a 5, al noveno inning. Robert Marcano metió un jonrón con dos en base cuando ya habíamos puesto el marcador 9 a 7. Le metió el batazo a Luis Tiant, y los dejamos en el terreno. Recuerdo clarito a Ángel Bravo en el home, volteado, miraba hacia el leftfield. Saltó cuando la bola se fue. Saltó: habíamos ganado. Al día siguiente los periódicos dirían lo que nosotros sentíamos cada vez que estábamos en el campo: no había forma de pararnos, y, por supuesto, fuimos campeones. Nos enfrentamos en la final contra un Magallanes fuerte, con una importación de primera, cuando ellos eran el poder negro, ¿recuerdas? E igual le pasamos por encima. El último out fue Ray Fosse. Orlando Peña lo ponchó parado y Casanova casi lanzó a Peña al cielo.
Aquello era contagioso, ¿qué otra cosa se puede pensar? Cuando dejaron en el terreno al Caracas el pitcher era Luis Tiant. La temporada siguiente Tiant vino con La Guaira y le metió un no hit no run al Caracas, un domingo, con el Universitario lleno; y el jueves siguiente Tiant les metió nueve ceros. Era una venganza. La gerencia del Caracas lo botó casi de inmediato, creo que no dejó pasar un día luego del jonrón de Marcano para decirle que no lo traería más a Venezuela.
¿Cómo se transformó Tiant en tan corto plazo? Por lo que vio en el Club House, por el respaldo de peloteros que eran capaces de hacer cualquier cosa por ganar. De La Guaira, Tiant fue al Boston a vivir sus mejores actuaciones en las Grandes Ligas. Ojalá pudieras hablar con Tiant, él es un ejemplo de lo que tenían que hacer los importados para jugar con nosotros. También lo son Orlando Peña, Paúl Casanova –podrías aprovechar, Casanova vive en Caracas, tiene un bar en la Avenida Libertador. Pero Tiant es el mejor ejemplo. Sí, exacto. Los demás habían tenido un desempeño aceptable en Venezuela, mientras que Tiant no. Su cambio se debió a la experiencia de jugar con un equipo como La Guiara. Ahí se jugaba a morir.
Entonces, ¿qué pasó contigo?, ¿por qué en una oportunidad declaraste que hubieras preferido no haberte puesto nunca un uniforme?, ¿por qué te retiraste a los 29 años? … Estaba resentido. Tú debes saberlo. Yo reemplacé en La Guaira, cuando tenía 17 años, a Luis Aparicio. A los 20 en The Sporting News fui presentado como el nuevo shortstop de la Liga Nacional. Ni siquiera Concepción se estableció primero que yo. Y ves lo que pasó. Aparicio está en el Salón de la Fama, y es posible que David también lo esté a la vuelta de unos años. Yo, si aún continúo respirando, estaré vendiendo medicinas en mi farmacia. La vida, por lo menos la que imaginé desde aquel día del 67 en que debuté en el Universitario, pasó de largo y me dejó. Desde el instante en que los Padres comenzaron a hacerme dudar, cuando para mí y para muchos yo era el mejor a la defensiva en las Grandes Ligas, empecé a ver una realidad muy dura.
Sé que cometí errores. Batear ahora es tan importante como fildear, y el pitcheo de las mayores es muy superior al del beisbol del Caribe. En las Grandes Ligas tienes que enfrentar lanzadores buenos todos los días, aquí sólo a veces. Mi average en Venezuela está por encima de los 290. Con los Padres y Dodgers quedó alrededor de 225. En una oportunidad le dije a un periodista que mi promedio en las Mayores era consecuencia de la forma como me jugaban los outfielders, siempre muy cerca del infield. Aquí, a base de habilidad, me las arreglaba para colocar la pelota en los huecos, incluso, para bañar a los jardineros. Allá me costaba más, aunque igual seguí empeñado en no cambiar mi estrategia de bateo. John McNamara me decía que hiciera el swing hacia abajo. Mientras seguí su consejo todo funcionó. Después me engolosiné. Quise ser más peligroso y el resultado fue un out más en el pobre line up de los Padres. El resultado fue más presión sobre mí, siempre con un suplente en el banco, más alto, con más fuerza, a la espera. Desde hace mucho llegué a esta conclusión: Tuve dos problemas graves en mi carrera: la inmadurez y la espalda. Incluso he pensado que lo de la espalda fue consecuencia de mi inmadurez. Si me hubiese conformado con ser una pieza más en el engranaje habría rendido más. Pero a comienzos de los 70 yo era el pelotero joven de los Padres que tenía más futuro. Era el sustituto de Luis Aparicio, el que junto con David mantenía la tradición del shortstop venezolano. Y con 20 años se desea ser el mejor, por eso se quiere impresionar con el bate. Los resultados fueron cómodos flyes para los outfielders, así me hubiesen estado jugando adelantados. Casi nunca un tipo como yo, de 1,75 de estatura y 72 kilos, puede sobrepasar los 370 pies. Para sobrevivir los pequeños deben acostumbrarse a ser bateadores de líneas, a hacer el swing hacia abajo, como lo hicieron Davalillo y César Tovar. A menos que seas un fenómeno de fortaleza, como Mel Ott, quien, con un poco más de corpulencia y con mi tamaño, dio 511 jonrones. Y si hay algo que tengo claro es que fui excepcionalmente dotado para el fildeo, y a pesar de mi tamaño tenía un poderoso brazo, capaz de pintar un strike desde el hueco. La rapidez compensaba mi alcance limitado… Mi rapidez me hacía lucir porque realizaba las jugadas en fracciones de segundo. Y lo mejor de todo era que tenía a un Luis Aparicio que aprobaba mi actuación con una sonrisa desde el doguot, o a un Remigio que me felicitaba siempre. No obstante, el bateo, a pesar de mi facilidad de contacto, de la habilidad que logré desarrollar tocando la bola, dragándola, empujándola detrás de los corredores, nunca fue de un grandeliga. Lo que quiero decir es que el patrón de bateo que tuve con La Guaira no funcionó en las Mayores. Las veces que respondí con el madero en el Norte fue cuando hice el swing hacia abajo. Fíjate qué mariquera. Buena parte de la presión que sentí con los Padres se debió al empeño de la gerencia en suplirme por un shortstop mejor bate, y esta presión hubiera desaparecido de haber asimilado el esquema que me propusieron los distintos managers y coachs que tuve en mis temporadas en San Diego. Pero yo era un niño consentido al que le había caído de sorpresa una contratación a los 17 años y una entrada al dinero y a lo mejor del beisbol cuando aún quería ir a Lecherías a bañarme y despanzurrar cangrejos.
Hoy creo que esa actitud, esa inmadurez fue el principal motivo de su magnífica disposición para el juego, por lo menos de la que tuve oportunidad de ver desde las gradas y tribunas del Universitario. Esa sonrisa, esa habilidad para el pívot, para hacer desde el aire el tiro y forzar al corredor en segunda, para los doble robos o el squezze play suicida, más que jugadas cien por ciento cerebrales parecían reflejar la entrega, tal y como lo exige la pasión. Como escribir, como inventar un mundo ficticio todos los días. Tiene que haber rigor, vértigo, dudas, voluntad de sufrir ante un procesador o en una cama. Sólo que Enzo no se adaptó, no supo hallar el equilibrio en el momento adecuado y después se enfermó, que es casi como morir para un pelotero, como morir para un escritor que por diversas razones ha postergado la materialización en páginas de las ideas presentes en su cabeza.
Me dijiste que tu familia es de Cantaura, ¿no? Mi mamá. Mi papá era de Guatire. Todas las vacaciones veníamos a Oriente. Pasábamos quince días en Cantaura, en la casa de mi abuela; luego bajábamos a El Tigre, y después a Ciudad Bolívar, Puerto Ordaz, El Pao. Tenía siglos que no venía por acá. ¿Y cómo ves a El Tigre? Cuando llegué estuve a punto de regresarme. Nada más la hora, la posibilidad de manejar de noche, impidió que diese la vuelta y regresara a Puerto Píritu, a refugiarme en el sol, la arena y las piernas de Ana.
Mientras buscaba un hotel, el miedo a hablar con Enzo fue tan grande que llegué a convencerme de que no lo haría. Total, para escribir sobre él, me dije, bastaba con todo lo que había logrado averiguar en la Hemeroteca, con el dossier que me habían dado en El Nacional. Era suficiente. Lo demás quedaba de mi parte. Su versión del proceso que lo llevó de ser considerado el mejor shortstop venezolano al más absoluto anonimato, igualmente estaría llena de dudas. Entonces, ¿para qué hablar con él?, ¿para qué verle la cara al fracaso? Espejos abundan y mis facciones tienen aún la facultad de de reflejarse en ellos. Claro que una conversación con Enzo podía enriquecer la idea que yo tenía de su desgracia, podía fijar los parámetros para, de una vez, entender. Sin embargo, también podía quitarle el encanto a todo lo que por mi cuenta había logrado inferir. Además, había otro factor. Cuando escapé de los amigos de Ana para hablar por teléfono con Enzo, entre mi falta de dinero para matener una llamada de larga distancia y las exigencias del público de su farmacia, nuestro acuerdo fue tan vago que Enzo no habría sido sometido a una espera prolongada si yo no hubiese ido a la cita. Él mismo lo dijo apenas me presenté: Creí que ya no vendría.
La farmacia atraía de inmediato la atención. Su fachada, el letrero de neón, grande, intermitente me recordó lo bares de Bay City en los que Marlowe seducía mujeres fatales. A Enzo parecía irle bien como comerciante, por lo menos parecía estarle yendo mejor que en la última parte de su carrera como pelotero. El neón brillaba a frecuencia estable, sin ruido excesivo, y estaba encendido a pesar de ser de día —más tarde entendí ese aparente derroche de dinero: cuando llegué todavía no eran las ocho de la mañana y el turno de la noche anterior aún no había terminado. No sólo el neón era un indicador de cierta estabilidad económica en ese pueblo que en un principio me pareció un pueblo de muertos, de calles rotas, de ruinas dejadas por la extinción del gas natural y el petróleo. Todo lo que había en la farmacia indicaba que era un negocio próspero. Estaba limpia y bien surtida, había varios empleados y las cuentas eran llevadas en un computador.
Me atendió un muchacho de un acento oriental muy marcado, un acento que tal vez había tenido Enzo cuando el Chico Carrasquel lo descubrió en el Campeonato Nacional de Beisbol Amateur del 66. Para su fortuna, este muchacho no tendría que cotejar en el futuro lo que el mundo le había dado con lo que había soñado, condenado como estaba a trabajar, casarse, engordar, echarse de vez en cuando unas cervezas y, quizás, morir durante una noche de parranda en una de las curvas camino a Puerto La Cruz. Seguramente no intentaría mudarse de El Tigre. Seguramente no tendría que volver, como Enzo, con el peso y la amargura del fracaso. Le dije que deseaba hablar con el señor Enzo Hernández. El joven me hizo una seña y fue al fondo del recinto. Todavía estaba preguntándome cómo sería el futuro de todos los que como él tendrían una realidad sin demasiadas expectativas, cuando Enzo me atendió. “Buenos días. ¿En qué puedo ayudarlo?”. En nada o en mucho, razoné antes de darle mi nombre. “Claro, usted es el periodista. Creí que ya no vendría”.
Las horas que pasé en el hotel, antes de salir a la calle y, ayudado por el gerente, ubicar la farmacia, estuvieron llenas de dudas. ¿Valía la pena despertar recuerdos que podían amargar a Enzo, que podían hacerle daño? ¿Acaso mi interés por él no era más que otra excusa, otro de los “grandes” proyectos que me seducían y que luego terminaban guardados en mi escritorio? ¿Acaso no había venido más para huir de los amigos de Ana —aunque fuese apenas por unos días— que para proseguir investigando? En pleno insomnio, mientras leía fragmentos de Los verdes de mayo hasta el mar, y las notas que había escrito sobre la significación que para mí tenía y tiene lo sucedido a Enzo, recordé una de mis frases preferidas de Antagonía: “Lo peor de la vida: que resulte ser exactamente lo que nos habíamos temido”. Y yo temía que mi vida llegase a parecerse a la de Enzo, por lo menos en lo que esta ha tenido de negativo, frustrante, injusto. Me quedé dormido en la madrugada, con la luz encendida, los libros y recortes que había estado hojeando en la noche desparramados sobre la cama y el suelo. En el momento en que unos golpes a la puerta me despertaron, recordé que antes de ir a mi habitación, en el bar del hotel, había preguntado al barman la dirección de Enzo, y como no supo dármela, llamó al gerente, quien quedó en llevarme a la mañana siguiente, cuando él fuese al mercado. De inmediato, y a pesar del sueño, me di cuenta de que el único que podía tocar la puerta a esa hora era el gerente. Me paré y abrí. Sentí una gran vergüenza por el estado de la habitación, por el aspecto que debía tener yo y por la poca importancia que le había dado al compromiso contraído con una persona que únicamente quería hacerme un favor. No podía negarme. Tendría, por lo menos, que ir hasta la farmacia porque ya el hombre había dicho que me esperaba. Así, toda posibilidad de evadir el trato se desvaneció por parecerme absurdo inventar una excusa. Me vestí, más por corresponder a las atenciones de que estaba siendo objeto, que por ir de una vez a enfrentarme con Enzo.
En el camino, montados en ese potro rebelde que era la camioneta del hotel ante cualquier irregularidad del terreno, hablamos de lo que pueden hablar dos personas que apenas se conocen: la situación económica y la atención que había recibido.
A los quince minutos de haber salido, llegamos. Estábamos en una parte menos pobre que las demás que había visto, zonas en las que el hotel y algunos edificios se levantaban ante el abandono y el calor. Como más tarde me daría cuenta, una vez que el gas natural y el petróleo se acabaron, El Tigre buscó su sustento en el cultivo del maní y el algodón, y en parte lo había logrado. Las urbanizaciones nuevas parecían reflejar esa negativa a morir con el petróleo. Las hileras de casas blancas, de techos a dos aguas, los centros comerciales, el pavimento sin huecos y desniveles contrastaba con la entrada del pueblo, aquella zona edificada con el dinero que rodó por la calle veinte, treinta años atrás.
Enzo parecía ser uno de los habitantes de El Tigre que había logrado adaptarse a la nueva situación, uno de los afortunados que se había alejado de la miseria, aun cuando parezca ilógico o, por lo menos, contradictorio usar la palabra afortunado para describir algún aspecto de su existencia.
Me bajé de la camioneta, di las gracias al gerente y custodiado por su mirada y sonrisa, sin la posibilidad de claudicar, entré a la farmacia, a pesar de mi deseo de seguir de largo.
Entré y de inmediato me atendieron. Mientras, el gerente arrancó y se fue. Pude haber hecho un pedido cualquiera —pastillas para el dolor de cabeza, o para la irritación de la garganta—; pero no lo hice. Para qué huir, pensé.
¿Usted es el periodista? Creí que ya no vendría… Tengo un problema. Estoy revisando la caja de anoche… Me quedé mudo. Por fin tenía a Enzo delante de mí. Por fin, después de haber estado tanto tiempo detrás de la figura que evocaba continuamente, me enfrentaba a ella. Estaba igual al de las fotos del dossier. Sólo faltaba aquella sonrisa que en las ampliaciones que había mandado a hacer se me había revelado como el rasgo característico de Enzo en el período que estuvo con La Guaira. El mismo peso, la misma talla, los mismos antebrazos fuertes, musculosos. Únicamente las arrugas del cuello y la ausencia de su sonrisa me decían que había pasado por la frustración e impotencia hacía diez años, o desde hacia diez años. Perdón, dije, ¿en qué momento podríamos hablar? Hay dos alternativas: al mediodía o en la noche. Escoja la que mejor le parezca.
¿Al mediodía cuánto tiempo tendríamos? Unas dos horas. ¿Y en la noche? Digamos que desde la ocho hasta las doce, o un poco más? Prefiero que sea en la noche. ¿Aquí mismo o en su casa? En mi casa, por supuesto. Tengo cosas que podrían ayudarle: fotos, placas, lo que coleccionamos los que alguna vez fuimos peloteros. Perfecto, entonces en su casa. Déme la dirección… No hace falta. Yo puedo buscarlo. ¿En qué hotel está? … En el Millán. Habitación 17. Nos estrechamos la mano. Otra cosa. No me trate de usted. Aquí si hay alguien a quien tratar así es a ti…
Había sido más fácil de lo que había imaginado. Y como era temprano decidí ir caminando y, de paso, buscar un teléfono para llamar a Ana.
Encontré uno ya muy cerca del hotel. Estaba desocupado y funcionaba. Metí varias monedas y marqué el número. El teléfono repicó varias veces antes de que Ana atendiera.
“Aló”, dijo Ana.
“Ana, soy yo, Vladimir”. “Vladi… ¿Cómo estás?”. “Bien… ¿y tú?”.
“Bien… Todavía un poco dormida. Tuve que levantarme corriendo. Era la única que esperaba una llamada”.
“Encontré a Enzo. Hablar con él era lo único que me faltaba”.
“Nos han inventado un divorcio, una ruptura tempestuosa. Nadie entiende que hayas ido a hacer una entrevista”.
“Apenas llegue, nos vamos, tú y yo, Ana, a Cumaná, Río Caribe… A cualquier lugar…”
“Cuando comenzó a sonar el teléfono acababa de despertarme. Iba a tomar agua. Anoche fuimos a una discoteca. Llegamos a las cuatro de la madrugada. Tenemos ya dos días en eso, y quieren continuar hoy. Están al borde de la insolación y el alcoholismo. Te juro que no sé cómo aguantan”.
“Ya sabes, Ana, cuando regrese nos vamos tú y yo, solos… Llego mañana. ¿Está bien?”. “Sí, Vladi…”
Colgué el teléfono y caminé hacia el hotel. Fui a mi cuarto. Aún no lo habían arreglado.
Puse el letrero de no molestar y me acosté a dormir.
Soñé que llegaba a Puerto Píritu.
En el sueño caminaba por la playa y todas las mujeres se me parecían a Ana. Todas tenían un traje de baño negro que cambiaba de color a medida que me acercaba. Frente al Liceo Militar, más allá del rompeolas, en una pequeña curva de la costa, escondida tras un montículo de arena y piedras, se encontraba Ana. Tenía puestos los lentes oscuros que le había regalado y estaba desnuda. A su lado, sobre un bolso, el Fin de fiesta de Goytisolo.
Me acerqué y me senté a su lado. Intenté ubicar en el horizonte las Islas de Píritu. No recordaba si las había soñado o si existían de verdad. Esa fue la razón por la que desperté a Ana. La tomé de un hombro. Le dije: Ana, las Islas de Píritu… ¿existen?
Abrí los ojos un poco antes de las dos. Estaba sobresaltado. El dolor que me da en el esternón cuando estoy tenso me impedía respirar. Había llenado de saliva parte de la almohada. Miré el reloj y me di cuenta de que áun tenía chance de almorzar, caminar por el pueblo, preparar un poco lo que habría de decirle a Enzo y luego salir a correr, bañarme y esperar la noche. Por eso me quedé un rato más en la cama, ordenando los próximos días, los próximos meses. Claro, siempre que hablar con Enzo fuese el último paso, lo único necesario para que las miles de líneas que había imaginado se convirtieran en las páginas que me dejasen tranquilo, las páginas que me mostrasen que podía dejar de ser –si yo quería, si yo escribía lo suficiente– algo más que un desperdicio del cosmos destinado a perderse entre las hierbas.
A eso de las siete fui al bar, me senté al fondo y pedí un whisky. Nadie se me acercó. El barman, desde la barra, me saludó con un movimiento de cabeza. Y el gerente, ocupado con la llegada de un grupo de turistas canadienses, apenas tuvo chance de asomarse unos segundos. Después supe que el autobús en el que viajaban los canadienses se había accidentado a la entrada del pueblo y el gerente hacía lo imposible por atenderlos bien. En eso andaba cuando se dejó ver por el bar. Al ubicarme, levantó la mano y con un gesto rápido me dio a entender que hablaríamos más tarde. Alcé el vaso y le sonreí, aun cuando sabía que a la mañana siguiente me iría sin despedirme de él.
A diez para las ocho fui a esperar a Enzo a la entrada del hotel. No tenía la menor idea de cuál podía ser su carro. Por lo que había visto en en la farmacia pensé en un modelo nuevo, no lujoso, pero sí digno. Veía las luces y ayudado por el sonido del motor intentaba adivinar las marcas. A veces acertaba, otras no. Así descubrí que muchos tienen faros parecidos y que no sabía tanto de carros como creía. Me dio risa porque al aceptar mi ignorancia en el asunto, la imagen que me vino a la cabeza fue la de Ana. Ella reía de mí mientras decía: Ves, Súper Vladi, a veces te equivocas.
Un automóvil pequeño, silencioso y de focos rectangulares se acercó. Murmuré: Un Chevette, un Chevette. A medida que avanzaba logré distinguir, ayudado por el alumbrado público, que, en efecto, era un Chevette rojo. Lo seguí con la mirada y lo vi aproximarse hacia mí. Tenía que ser Enzo, si bien no podía asegurarlo, ya que era imposible distinguir al conductor. Sólo cuando se paró a mi lado pude verle el rostro y, sí, era Enzo.
Me saludó.
Abrí la puerta y me monté. Arrancamos.
No tuvo que pasar mucho tiempo para que el silencio me hiciera sentir incómodo, pero nada más se me ocurrían trivialidades. Ya iba a hablar del calor cuando Enzo me dijo: Tú no eres periodista deportivo. No he leído ninguna columna de beisbol firmada por ti, a menos que no lo hagas como Vladimir Soto… Cierto, respondí. No soy periodista deportivo. Más bien soy uno de esos que llaman periodista cultural. Trabajo para una revista de variedades… ¿Y entonces? … No había calculado ese riesgo. ¿Qué me restaba? Decirle parte de la verdad, lo que le concernía… ¿Lo que le concernía? Acaso no era de su incumbencia que utilizase su vida para luchar contra la intrascendencia, la suya y la mía? … Estamos trabajando en una serie de de personaje sque fueron noticia en el pasado. Personajes… personajes… ¿Célebres? … Sí, digamos que sí… ¿Pero que desaparecieron, se extinguieron? … Más o menos… Caramba, gracias por lo de célebre, aunque no soy ningún dinosaurio.
Reí y pensé que, ciertamente, Enzo no era ningún dinosaurio, a pesar de que su extinción fue más violenta y quizás más dolorosa. Bueno, en mi casa tendremos oportunidad de conversar. Creo que la última persona que me entrevistó fue Rodolfo José Mauriello. En aquellos días yo estaba buscando un nuevo rumbo para mi vida… Ya lo encontré, supongo. Me quedé callado. ¿Qué podía decir? Él había aceptado su destino. ¿Estaba conforme? Era posible. En el 81 Mauriello se lo topó en el Universitario y aprovechó para haerle una entrevista. De lo que conseguí en los periódicos fue lo que más me impresionó. Todo: las fotos, lo que dijo Enzo. Confesó haber dejado el beisbol por las angustias que le había causado. Agradecía tener hijas porque ninguna intentaría, como él, hacer carrera en el beisbol. Cuando leí aquello quedé sorprendido. ¿Cómo alguien que había jugado tan bien podía sentir tal rechazo por lo que había sido su vida? ¿Quizás el retiro prematuro, la falta de aplausos, el silencio? Amargura y frustración mostraban sus palabras. Por eso me sorprendía el Enzo que había encontrado, el que tenía mi lado. ¿Se puede cambiar tanto? Es posible. Nos quedamos callados un rato. El carro avanzaba por las mismas calles que yo había atravesado en la mañana. Vi el teléfono desde el que llamé a Ana, también percibí el paulatino cambio entre la miseria y la decencia que caracteriza a El Tigre o, por lo menos, la parte de él por la que yo pasé aquel día. Le dije, por romper el silencio, para comenzar de una vez a hablar de beisbol:
¿Recuerdas la muerte de Roberto Clemente? Claro: 31 de diciembre de 1972. Estaba con mi familia en Lecherías. Creo que fue el día en que mataron a un muchacho que era pitcher del Caracas. Andrés Barrios se llamaba. ¿Lo recuerdas? Sí… Continué: De lo que no estoy seguro es de que haya sido por la misma fecha… A Barrios lo mató un vendedor de perros calientes. El 1 de enero del 72 o 73… Sí, juraría que fue poco después de la muerte de Clemente. Era un tipo con una buena recta, un poco mayor que yo. Fíjate, ahora soy mayor que él: los muertos no envejecen. Era un zurdo que traían para lanzarle a un solo bateador. ¿Qué habría pasado con él? ¿Habría llegado a las Grandes Ligas? Imposible saberlo. A Barrios lo mataron porque se negó a pagar un precio que le pareció exagerado. Protestó y se fue. Pero el vendedor se le tiró encima y lo cosió a puñaladas. Muerto en seco, por un perro caliente. Puede ser que ni se haya dado cuenta. Ahí se acabó todo: Dodgers Stadium, el Astrodome, el Yankee Stadium… Solo hilos de sangre. A veces pienso si no es mejor así. Se acaban tus problemas. Ya está. No tienes que leer la lista interminable de novelas concursantes en el Premio Rómulo Gallegos mientras que las propias no pasan de una rústica encuadernación casera. Barrios no sufrió como yo, dijo Enzo, y sonrió.
Vivo aquí. Y la casa era, en algunos aspectos, una réplica de la farmacia: pequeña y bien cuidada. Nos bajamos. En mi peor etapa pensé que hubiera sido mejor morir. Era la única manera de romper con el beisbol. Sin embargo, después también he tenido satisfacciones, así que no sé…
Yo buscaba a Ellys María, pero sólo encontraba los trofeos de Enzo, las fotos con los uniformes de los Padres, de La Guaira. Toda una pared, toda una habitación llena de trofeos, placas, fotos. Todo conseguido antes de los 26 años. En las fotos Enzo sonreía. Eran de la buena época. Veía las del Campeonato Amateur del 66 cuando Enzo dijo: Esta es mi esposa. Ellys María, ¿no? … Sí, respondió ella… ¿Cómo lo sabe? Reí y contesté: Por los periódicos, señora, por los periódicos. Enzo me condujo hacia lo que parecía ser su estudio. Del mismo modo, las paredes estaban repletas de placas, trofeos y fotografías. Ellys María entró al rato, en el instante en que Enzo me mostraba uno de sus álbumes. Con discreción colocó una bandeja con la bebida, los vasos y el hielo, y luego se fue. Está sorprendida de que aún alguien se interese por mí… Y está contenta, así que prepárate. Esto va a ser de Etiqueta Negra en adelante.
Enzo sirvió dos tragos y continuamos viendo el álbum. Había fotos muy viejas, de cuando Enzo jugaba en equipos infantiles. Siempre igual: delgado, más bajo que sus compañeros. También había fotos más recientes, ya con el uniforme de La Guaira. En estas parecía un muchacho que roba tiempo a sus estudios para jugar beisbol, solo que las cursivas de La Guaira o las mayúsculas de los TIBURONES destacaban sobe el fondo claro de su camisa, y había que aceptar que ese niño era quien había sustituido a Luis Aparicio, y del tal forma que cuando Aparicio regresó al line up, ya curado de su lesión, lo hizo en tercera base, dando así una evidente muestra de respeto a ese joven que en dos temporadas lo sucedería en las mayores.
Es difícil explicar el contraste. Por lo que veía, Enzo parecía no haber vivido esa odisea que fueron para él los años 77, 78 y 79. Todo estaba limpio, ordenado. Aquel podía ser el estudio de Carl Yastrzemski, Luis Aparicio, Ted Williams. No había nada que hiciese pensar en el fracaso, más bien lo que venía a la mente era el reconocimiento al talento de Enzo. No obstante, sabía que todo no existía más allá de dos, tres, cuatro kilómetros. Ya en el límite, en el punto en que El Tigre y la Mesa de Guanipa se confunden nadie sabía quién era Enzo Hernádez.
¿Cómo te lesionaste? Hay muchas versiones. Sé que la musculatura de tus piernas fue lo que más problemas de salud te produjo. Pero lo de la espalda, ¿cómo empezó? Cuando comenzaba a buscar en los periódicos qué había ocurrido contigo, hallé una nota de prensa que decía que te lesionaste la columna en un robo de base. Te barriste mal en segunda y se te movió un disco. ¿Eso es cierto?
En parte. Es verdad que después de un mal slide más nunca recuperé mi nivel de juego, más nunca fui el shortstop titular de un equipo de Grandes Ligas. Aunque eso no es más que un detalle. Mis problemas anteriores, los que no me impidieron actuar entre el 70 y el 76, pero que tampoco me permitieron hacerlo una temporada completa, fueron consecuencia de una mal formación congénita. Un disco de la columna me presionaba un nervio y eso me provocaba trastornos circulatorios. Mucha gente en San Diego creyó que mis lesiones se debían a que mis piernas eran muy musculosas. Yo mismo me creí ese cuento. Si entrenaba fuerte y, a la vez, descansaba, me decían, no tendría dificultades. Claro, para ellos entrenar fuerte era estar todos los días con San Diego y no jugar en Venezuela. Sin embargo, la cosa no era tan sencilla. Si era tan valioso como decían cuando alguien se interesaba en mí, o como para mantenerme en el line up abridor, ¿por qué no me protegían?, ¿por qué me sometían a una presión física tan grande? No sé. Y no jugar en Venezuela únicamente lo hice cuando tuve que operarme. ¿Por qué? Porque estar con los Tiburones me hacía sentir seguro. Yo sabía que jugar con La Guaira me colocaba en la misma categoría que shortstops como Campaneris, Concepción, Luis Aparicio. ¿Y quiénes eran esos? Los mejores. Y entre los de mi generación, sabía que aquí en Venezuela me ponían junto con David. Él bateaba más, yo era más seguro. Actuar aquí me daba las satisfacciones que jamás obtuve en los Estados Unidos. No me imaginaba jugando solamente con los Padres. Para mí eso era ser del montón, porque así era como ellos me trataban. Y los que me vieron alguna vez saben que no fui uno más… Ahora me da risa. Quizás si hubiese decansado y si no hubieses tenido ese defecto en la espalda mi carrera habría sido lo que mucha gente, incluido yo, esperó. Quizás… Quizás… De todos modos, hoy puedo tomar Etiqueta Negra sin preocuparme por si mañana voy a estar frente a Nolan Ryan o Don Sutton.
Nolan Ryan o Don Sutton. Verga. Dos seguros para Cooperstown. ¿Y no te da miedo… no te da miedo desaparecer? Hace tiempo que desaparecí, eso tú lo sabes bien. Cuando dices Enzo Hernández aquí en El Tigre todo el mundo piensa en el dueño de una farmacia. Y mejor, porque cuando están enfermos vuelan a ver a la Dra. Ellys María… Ahora, yo también tengo una pregunta que hacerte. ¿De dónde sacaste la idea de hablar conmigo? ¿Por qué un expelotero del que se dice que tiene muy mal carácter? No sólo yo he dejado una profesión pública. ¿Por qué? Tenía que mentir otra vez. Porque me gusta el beisbol… Chico, eso no es una respuesta… ¿Valía la pena que le explicara que lo único que deseaba era entender qué había pasado con él para yo no cometer los mismos errores? ¿Acaso la relación que había establecido entre deporte y literatura no era un tanto… un tanto…? ¿En qué se parecen? En la constancia que hay que mostrar en ambos, en el fino lindero que separa la intrascendencia, el desperidico y la gloria. Yo soy un desperdicio del cosmos, y tú también, Enzo. De ti sólo me ocupo yo. De mí… Es un poco más complicado que mi gusto por el beisbol, tienes razón. Es tan, como te diría, sin sentido, ilógico. Seguro te da risa… Movió el vaso, me vio de reojo y me invitó a contarle… Está bien, en el 86 me encontré con un tipo que había sido mi vecino… Es una tontería… Sigue… Tardé en reconocerlo porque cuando él tenía unos 25 años yo era un niño de no más de siete. Además, no sólo el tiempo lo había cambiado. Tenía una cicatriz enorme en la cara y usaba bastón. Apenas lo vi me di cuenta de que era una persona que había tenido un accidente que casi lo mata. Luego, en cuestión de días, me encontré en un carrito por puestos con la que había sido su esposa. Esa mujer era una alemana que a mí desde pequeño me llamó la atención. Tenía una marca en el hombro que se le veía cuando usaba vestidos sin mangas. Le gente decía que aquello se lo había producido una esquirla de granada cuando era una niña, casi recién nacida, a finales de la Segunda Guerra Mundial. Íbamos en dirección a Chacaíto y al pasar frente a la Lutfthansa la mujer se bajó. Yo, que estaba sentado al lado del chofer, oí cuando dijo: Paga mi marido. Volteé y vi que en el asiento en que había venido sentada la mujer estaba un hombre rubio, de rostro germánico. Al principio pensé en un divorcio. No tenía nada de raro. Después comencé a imaginar algo más… más sórdido. Imaginé un abandono provocado por todos los inconvenientes que causa un enfermo que no se sabe si va a vivir y que, de hacerlo, será un inválido, un estorbo. Días más tarde fui al Universitario y alguien que estaba delante de mí habló de ti. Allí hice la conexión. Tú habías pasado por algo similar. De las Grandes Ligas caíste a la nada, igual que el pobre tipo que fue mi vecino, hoy inválido y abandonado por su mujer. Ni siquiera sabía si te habías casado, aunque sería fácil inventarte una esposa. En adelante sólo quise escribir sobre ti. Los reportajes que estamos haciendo me dieron la excusa perfecta… Ves, no tiene ni pies ni cabeza. Y fui injusto con Ellys María.
Si Ellys Marías me hubiese tratado como tú imaginaste no habría aguantado. Ella fue mi gran apoyo. Cuando comenzaba en el beisbol, era quien me levantaba en las mañanas para que saliera a trotar. Si yo no quería, me obligaba. Era ella quien revisaba mis estadísticas, quien me preparaba los informes sobre cómo debía jugarle a tal bateador, cómo batearle a tal pitcher. Cuando me enfermé, si no es por Ellys María no hubiese insistido. Ya en la lista negra, imposibilitado para jugar, fue ella quien me consiguió un traumatólogo, un neurocirujano, un terapeuta del deporte. Sin eso nunca hubiese vestido de nuevo un uniforme de Grandes Ligas. Claro, a veces dudé. Al ver las cosas difíciles me provocaba tirar todo. Pero me daba miedo decepcionarla… Sin embargo, la noche que decidí retirarme, ella sólo me preguntó: ¿Estás seguro, Enzo? … Toma, sírveme un trago.
¿Lo había ofendido? Seguramente. Me dije que tenía que ser más cuidadoso y me quedé callado. El mal rato se prolongó y sólo hablé cuando le entregué su vaso: ¿Cómo te llevabas con Remigio?
Rio, se dio cuenta de que era un truco para salir del silencio. Aun así me respondió.
Muy bien. Estar al lado de Remigio era como tener a Aparicio de manager. No sólo era un excelente segunda base, era quien dirigía el infield, quien hablaba con los pitchers cuando perdían la concentración, quien encendía la mecha en el dogout con sus palabras o con un batazo. Lástima que firmó tarde. Para el día que Don Baylor se lo llevó por delante, ya Remigio no era el mismo que yo conocí… Ves, en él la cosa fue más lógica. Una lesión lo sacó del beisbol, pero ya lo había disfrutado lo suficiente o por lo menos más que yo. Ahora, entrenando muchachitos, trabajando como instructor puede enseñar lo que sabe. Yo no. A mí me dirigían para el momento en que me lesioné. Nunca pude ser un jugador maduro. Cuando estuve a punto de alcanzar la madurez me enfermé… Mi serenidad la he adquirido vendiendo medicinas… Otra cosa… ¿Qué? … Nada, nada. Olvídalo.
No quiere ponerse nostálgico. Sé que es complicado, pero son muchas las cosas de las que quiero hablar contigo y todas desembocan en lo complejo que es tener una buena carrera. No sólo hace falta clase… Sí, no sólo hace falta clase… También son necesarias inteligencia y suerte… Además de mucho autocontrol… No me hagas caso. Cuando me veas un poco decaído, escribe que otra vez Enzo rememora su pasado y llora… Eso es lo que ponen en las entrevistas que publican los periódicos.
La primera vez que vi esa jugada en que el camarero agarra la pelota sobre la grama exterior y se la pasa con el guante al short para que este lance a la inicial fue en un partido Caracas-La Guaira. Tú y Remigio la hicieron dos veces. En una sacaron el out, en la otra el corredor llegó quieto. Creo que es el primer recuerdo que tengo de ti. Eso fue lo que me hizo buscarte: tu grandeza en el short. La plasticidad de tus movimientos es algo difícil de hallar. Hoy, después de todo el beisbol que he visto, ninguna combinación se ha aproximado a la que hacían tú y Remigio. Ni Trillo y Larry Bowa, ni Concepción y Joe Morgan. Ozzie Smith no ha tenido un segunda base de competencia. Y Morgan no tenía brazo, aunque cómo bateaba el coñoemadre. De los hombres pequeños que han logrado jugar en las Mayores, Morgan ha sido uno de los mejores toleteros, no solo de promedio. Si ves sus números encuentras 20, 22 jonrones por temporada. Y medía, mide 1,70. Así por más de 15 campañas. Eso es lo que cimienta una carrera en el beisbol: la constancia. Hacer las cosas bien durante el tiempo necesario. Si puedes ser excelente, mejor. Y durante el tiempo suficiente, su-fi-cien-te… Tenía razón en lo que decía. ¿Quién recuerda a Leñero, a Larreta? Fueron escritores de una novela. Mientras que otros con menos clase, aunque más productivos, ya son de lectura obligatoria. Lo ideal es combinar capacidad y consistencia. Como Johnny Bench, Luis Aparicio, Joao Guimaraes Rosa, ¿no? Como Clemente, Concepción, Nolan Ryan.
Las personas creen que los deportistas son bestias de carga. Que el único mérito que poseen es aguantar más que el común de los hombres. Si te pones a ver, la disciplina que exige el deporte profesional, donde cada detalle es determinante, es grandísima… Imagínate, si se te va una pelota cometes un error. Y en el beisbol la cosa es más injusta aún. Dicen que es un deporte de gordos. Incomparable a fútbol o básquetbol. Se ve que no saben lo que son seis, siete partidos en una semana. Cierto, un encuentro de fútbol puede ser más extenuante que uno de beisbol, pero no más que seis. Además el desgaste emocional es inmenso. Y el físico: en verano el bate parece pesar tres kilos. Yo admiro a quienes tienen una bonita carrera. Comenzaron siendo niños y terminaron adultos. Ahora, fueron niños capaces de soportar una presión enorme. La gente no se da cuenta. Hay que sacrificarse, decir no a muchísimos placeres… Hay que tener una vida estable. Por eso la mayoría de los peloteros se casan jóvenes. Esa fue la razón por la que me casé, a los 22 años… Si tuviese que usar una palabra para describir lo necesario para ser beisbolista profesional utilizaría “madurez”. Además de recomendar una dosis de terquedad, perseverancia y bolas. Y no sólo para llegar a Grandes Ligas, quizás la necesites más una vez que estés arriba. ¿De qué vale una carrera como la mía que ni siquiera puedo decir que exista? … ¿Qué pasó conmigo? No puedo responder, no me atrevo a responder.
Por fin Enzo reconocía lo que era imposible ocultar. Un mal congénito le ganó la lucha a todo el potencial para el deporte que sus genes también traían. Un estúpido mal congénito le escamoteó la fama. Él podía haber reorganizado su vida, pero, ¿quién puede aceptar, sin rabia o amargura, la pérdida del reino? Enzo, ¿y si hubieses continuado? … No lo hice… ¿Acaso no hay que seguir?… A veces… Mira, no te puedo decir que sea feliz, no te puedo decir que no me da lástima verme detrás de un mostrador… No te puedo decir… Mira, no puedo hablar de beisbol y permanecer impasible. Te veo y recuerdo la expresión de Mauriello cuando le di aquella entrevista. El viaje de Caracas a El Tigre fue una lucha entre las ganas de estrellar el carro y acabar de una vez y la responsabilidad de vivir. Como, ves, preferí vivir, y vivir tranquilo… Siempre la pregunta es la misma, porque sé que eso es lo que te intriga: ¿Por qué me fui del beisbol?, ¿por qué? Bueno, te voy a dar la respuesta, la misma que le di a Mauriello. Me fui del beisbol porque me cansé de que abusaran de mí. Me cansé de que me atormentaran. Me cansé de que no creyeran en mi palabra. Me cansé de que no me pagaran lo que valía. Me cansé de un tiempo que al lado de las enfermedades me trajo tantos sinsabores que llegué a pensar que si no me salía de eso me volvería loco… Los Padres me dieron la oportunidad de llegar a las Grandes Ligas. Eso es cierto. Pero no me dieron el chance de desarrollarme. Me encerraron. Si hubiese sido en esta década me habría hecho agente libre. Equipos de primera quisieron adquirirme en cambios, sin embargo, los Padres no escuchaban las ofertas. Me utilizaron al máximo. Me hicieron jugar día y noche con un equipo perdedor. Y tampoco me pagaron. Las discusiones de sueldo siempre fueron amargas. Tú que has averiguado tanto sobre mí debes saberlo. Salió infinitas veces en los periódicos. Valía demasiado para que me cambiaran, no obstante, a la hora del contrato no valía nada. Así pasaron mis años. De 1970 a 1976. Entonces vino la lesión, las operaciones en la espalda y ahí sí los Padres me dijeron adiós. Pero quise demostrar, a los demás y a mí mismo, que podía volver. Y lo hice. Regresé a las Grandes Ligas en el 78. Sólo que ya había perdido las ganas, y lo que siguió me llevó a optar por no seguir sufriendo.
En todas mis campañas con los Padres jamás me comprendieron. Si alguien decía que estaba lesionado, de inmediato lo sacaban del line up. Si lo decía yo surgían sospechas. ¿Cómo, Enzo lesionado? Tenía que jugar todos los días. Todos los partidos. Jamás he dicho algo que no siento. Esa ha sido la norma de mi vida. ¿Por qué dudaban de mí? Le digo que de él dudaron desde el principio. Cierto. Cuando viajé por primera vez a Estados Unidos se rieron de mi tamaño. Nunca creyeron que este chiquito podía hacer las cosas que hacía. Se callaron cuando me vieron fildear unos rollings. Paso a paso tuve que sobreponerme a las críticas y demostrar que era capaz de jugar en las Grandes Ligas.
¿Y con los Dodgers? ¿Qué pasó con los Dodgers?… Me mira, se lleva el vaso a la boca, toma un largo trago y continúa. Ellos tenían cuatro catchers: Steve Yeager, Joe Ferguson, Jhonny Gates y Jerry Grote. Me pusieron en el roster por Yeager, quien estaba lesionado. Al acercarse el último día de agosto, cuando debían tener los 25 hombres elegibles para los Play Off y la Serie Mundial, lo reinscribieron. ¿Cuándo se ha visto un equipo con cuatro catchers? Ya tres es demasiado. Los Dodgers, sin embargo, se empeñaron en ello. Me dijeron que me bajarían a Triple A por una semana. Lo rechacé. Podía hacerlo porque era un pelotero con más de cuatro temporadas de experiencia en las Mayores. Les pedí que me dejaran libre. Quisieron poner a Manny Mota en la lista de incapacitados para inscribirme por él. Mota no tenía nada. Estaba sano… Enzo ríe. Ríe al recordar esa maniobra de los Dodgers que no podía aceptar… Era un truco mediocre y me hartaron.
Puros fantasmas. Nada más que fantasmas. Al día siguiente de quedar libre de los Dodgers, Kansas City, que estaba peleando el primer puesto, me contactó. Necesitaban un short. Los llamé desde un teléfono público. Los llamé collet porque eran ellos quienes estaban interesados. Otra vez la red de componendas quiso atraparme. Kansas City me ofreció el sueldo mínimo. A mí, un veterano de siete temporadas en las Mayores. Y no me daban nada por firmar. Me querían para que los ayudara a ganarse un buen dinero al término de la temporada con el Play Off y la Serie Mundial, y a mí no querían darme nada. Llegaron a decirme que los peloteros podían hacer una colecta y compensarme. ¿Sabes cuánto me ofrecieron? 500 dólares. No lloré ante la ironía porque me reía de la contratación. Intentaron decirme que firmara para adquirir experiencia. ¿Experiencia a mí, luego de siete años en las Grandes Ligas?… Me trataban como un objeto, como mercancía. Entonces cogí mis cosas y me vine a mi casa. Terminaba con mi carrera. Era preferible. Proseguir en eso era para volverse loco… Sí, me dio rabia. Había perdido mi esfuerzo, había perdido todo. Hoy sé que influyó que dudaran de que estuviese recuperado. Yo también dudaba. Aunque eso no justifica el trato que me dieron.
Me gustaba el beisbol, me gustaba… Sé que fui un afortunado al llegar a las Grandes Ligas; muchos se quedan en el camino. Pero mis recuerdos de las mayores son ingratos… A medida que lo escuchaba me convencía de que su amor por el beisbol lo seduciría si le dieran otra vez el chance recomenzar… No puedo explicar por qué contaba a los 17 años con esas habilidades para jugar en el short, me dice cuando le recuerdo la sensación que causó al debutar con La Guaira en 1967. Quizás porque jugué pelota en terrenos duros, llenos de piedras. Porque jugué en las sabanas de la Mesa de Guanipa. Quizás porque desde pequeño jugué con los más grandes. A los 16 ya jugaba Doble A en San Tomé. Poco después formé parte de la selección estatal. A los 17…
Enzo terminó su trago y se limpió los ojos. Tenía dos horas en su casa y ya todas mis hipótesis se habían derrumbado. Enzo sufrió de incapacidad para soportar el sufrimiento moral, no el dolor físico, como había creído hasta el momento en que lo oí hablar. El acaso no hay que seguir debía ser visto desde otro recodo. Tenía que ver con las bolas, sí, aunque de manera distinta.
Enzo se paró y me ofreció un trago. Negué con la cabeza. Nos quedamos callados. Él salió del estudio y yo permanecí sentado. Sorprendido por lo que acababa de escuchar, rogué porque a mí nunca me pasara algo similar. Al rato sentí el frío del vaso en mi mano y vi el hielo derretido, el whisky diluido, perdido. Me levanté e iba a dejar el trago sobre la bandeja, pero decidí servirme otro. Lo hice y me lo tomé de un solo golpe. Sin saber cómo ni por qué me encontré dando vueltas por la habitación. Veía los galardones y fotos de Enzo. Estaba mareado y lloraba. Fui a la sala. Vi a Ellys María. Hablaba con Enzo. Me acerqué. Ellys María giró su cuerpo y quedó frente a mí. No me reprochó nada, únicamente me miró. No sabía qué me había motivado a salir del estudio, sin embargo, en ese instante tuve la certeza de que era mejor irme. Como un estúpido di las gracias… Enzo no ofreció llevarme. De todos modos no hubiera aceptado.
Llegué al hotel y me acosté a dormir, borracho, aturdido. Al despertar, arreglé mis cosas lo más rápido que pude y me fui.
Ya en las afueras de El Tigre, el sol y la carretera parecían reírse de mí.
Vladimir Soto
Caracas-Puerto Píritu-Caracas Diciembre 1989-Enero 1990
Cuento incluido en el libro El placer de la falsificación (Memorias de Altagracia, 1998)