Con las luces altas, de Oscar Marcano

17/ 03/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

You, weak people. You, beatiful weak people
who give up with such grace…
Tennessee Williams, Cat on a hot tin roof

aguaEl jefe salió hecho una furia. Fue tan airada la discusión que ni siquiera alcanzó a dar un portazo. Reinaldo bajó la cabeza. Puso los codos en el escritorio y apoyó la frente sobre las palmas de las manos. Miró la mata de plástico. Sus inmarchitables hojas, sus nervaduras. El peso del momento le cerró los ojos. No entendía cómo había pasado. Sólo tenía claro que la relación había venido deteriorándose. Que el trato era cada vez más tirante. Tuvo necesidad, urgencia de un cigarrillo. Él, que ni bebía ni fumaba y que, por el contrario, hacía discursos pontíficos contra bebedores y fumadores. En un rapto subconsciente se volteó, tomó el teléfono y marcó el número de casa.

—¿Papá? —vociferó.

—¿Reinaldo? Iba a encender la radio.

Regularmente sintonizaba un programa de medicina alternativa.

—Papá —dijo secamente Reinaldo—, esta mañana volví a encontrar envases. Tus benditos envases llenos de agua.

—¿Dónde?

—No te hagas el loco.

El viejo calló.

—¿Estás sordo? ¿No sabes que hay una epidemia de dengue? ¿Tú no has oído hablar del Aedes aegipty? ¿Cuántas veces tengo que decirte que no se deben dejar envases de agua descubiertos? ¿Tú no entiendes que los zancudos anidan en el agua estancada? El país entero está lleno de patas blancas.

Vicente no objetó nada, pero en realidad no los dejaba abiertos. A todos les ponía su tapa.

—¿Hasta cuándo, papá?

El viejo permaneció callado. Rey levantó la mirada y la fijó en una de las sillas Eames. La oficina estaba amoblada con piezas de Herman Miller. Miró a través de las diminutas persianas negras e imaginó la figura exigua de su padre. Inofensivo y poquito, como en efecto lo era. Tan inepto e irresoluto para cualquier empresa humana, y sin embargo tan apto y minucioso para aquella manía. Le reventaba, definitivamente le reventaba encontrar esos antiestéticos envases llenos de agua escondidos en los lugares más insólitos. Potes de leche, potes de jugo, potes gigantes de refrescos, frascos de vidrio. Signos desquiciantes de un viejo que no quería entender, que hacía caso omiso de las reglas más elementales.

—¿Me estás oyendo?

Claro que lo estaba oyendo.

—Pareces un niñito —retomó el hilo—. ¿No te da vergüenza?

Le daba. Pero no precisamente recoger u ocultar potes de agua. Le daba vergüenza que si hijo lo tratara así. Si a ver iban, al prohibirle recoger agua, su hijo y su nuera lo habían forzado a esconderla.

—¿Me estás escuchando?

—Te estoy oyendo, hijo. ¿Donde los encontraste?

—En todos lados. No te hagas el loco —dijo enceguecido—. Me revienta que hagas lo que haces y después pongas esa vocesita inocente. ¿Cuál es la tirria con el agua? ¿Hasta cuando tengo que repetirte lo mismo?

Estaba harto.

—Te prohibo que vuelvas a llenar un solo envase de agua —dijo alzando la voz—. Si vuelvo a encontrar uno más, créeme que te vas con él para la calle. ¿Me has entendido?

Se descubrió mirando el puño cerrado sobre el escritorio.

—Entiendo —dijo el viejo acorralado, rayando en la libreta de notas donde apuntaba las recetas naturistas.

Reinaldo lo había traído a vivir con él desde la muerte de su madre. De eso hacía ya tres años. A Sandra no le había gustado la idea, pero igual la había aceptado. Vendieron su casa y sus muebles, mancomunaron sus cuentas y muy eventualmente lo llevaban con ellos a la playa.

Reinaldo sintió que lo observaban. Alzó la vista y era la asistente del jefe. Automáticamente tapó el auricular. Más para indicarle a ella que había interrumpido y que podía hablar, que para pedirle una pausa a su padre. Se había quitado los zapatos. Sus medias patinaban nerviosamente en la moqueta, debajo del escritorio.

—El señor Gil quiere verlo en su oficina —dijo la asistente, con ese tono de suficiencia que tienen las secretarias de los jefes.

El señor Gil era un crápula. Tenía una voz nasal, casi extra—terrestre. Se parecía a Sartre, condimentado con una sonrisa maligna de cobra sibilina.

—En seguida, Marián —dijo arreglándose el traje beige de algodón egipcio.

—En seguida no —repuso la asistente—: Ya. El señor Gil quiere verlo ya.

Altiva, la mujer giró sobre su propio eje, dio la espalda y salió.

—Hijo —refirió Vicente en un segundo plano y con voz encogida desde el auricular— creo que deberías sosegarte. Vives con las luces altas.

—No te vayas por la tangente —dijo Reinaldo tratando de serenarse—. Pero ahora no puedo hablar. Tengo que dejarte. Espero que haya quedado todo claro.

Hizo una breve pausa. Respiró hondo.

—¿Pagaste el teléfono? ¿La luz? ¿Y el gas? ¿Fuiste a la tintorería?

Vicente respondió a todas las preguntas con una sola afirmación.

—Por la noche hablamos —dijo Reinaldo, ejecutivo.

Pero no era cierto. No había manera de hablar con él por las noches. Era un tipo muy ocupado. Llegaba, se duchaba y se encerraba a ver televisión. Sandra le llevaba las viandas a la cama. De vez en cuando se le oía un sábado por la mañana durante el desayuno, oculto detrás del diario y el café humeante, en lo que más parecía un monólogo, sobre alguna medida económica o la fluctuación de un título valor. De resto, tan sólo se dirigía a Vicente para asignarle tareas o para reprocharle algo, mientras seguían apareciendo potes en los closets, en los gabinetes de cocina, en los armarios de los baños, junto a las ollas, debajo del fregadero, detrás de la lavadora o entre las matas del balcón.

Pálido y demudado, Reinaldo salió del despacho de su jefe con una sonrisita engrapada al rostro. Nadie se la creyó. Él, menos que ninguno. Pero debía atravesar el vestíbulo y todos estaban avisados. Aturdido, entendió que su dignidad no superaba la de un perro salchicha.

Había caído en desgracia. Simplemente había caído en desgracia. No obstante el jefe era así y él no había sido el primero. Un día se deslumbraba con alguien, le hacía su aliado, su mano derecha, vivían un promisorio idilio laboral mientras cortaba unas cuantas cabezas, y luego lo desdeñaba.

Todo le daba vueltas. No coordinaba. Tenía la consabida nube de mariposillas en el estómago y su mente no atinaba a comprender absolutamente nada. Como un autómata vaciaba las gavetas. Una a una recogió sus cosas y fue poniéndolas en cajas. Cajas plegadas que al abrirse adquirían forma de cajas. Ni siquiera tendría que cargarlas. Se las enviarían.
Al abrir la puerta escuchó la radio encendida. Ese sonido que tanto aborrecía. Era todo cuanto podía decir: que lo creyó dormido en la poltrona, junto al equipo de sonido, con la boca abierta, como si roncara. Sandra no había llegado y un peruano con voz de mujer dictaba remedios naturistas contra diferentes males en el dial. Sus ojos estaban abiertos pero no tenía mirada.

Lo que siguió fue un parpadeo. La ambulancia, la camilla, la sábana blanca. Los trámites, el papeleo, la cremación. Volver al día siguiente por las cenizas. Se lo entregarían en un florero con tapa. Una especie de jarrón de losa, de céramica, de porcelana.

La tarde acantonada parecía un bostezo. Uno de esos bostezos con los oídos tapados. Plomiza. Con dos o tres brochazos espliego. Reinaldo manejó de vuelta. Sandra, a su derecha, miraba por la ventana. No habían encendido la radio. Enmudecida y llorosa mojaba y apretaba un pañuelo de batista. Lucía como si no hubiese dormido. Rey, por su parte, reportaba la habitual sensación de vacío de estos casos. Pero seguía en pie. Siempre seguiría en pie. Sus dedos tamborileaban en el volante. Pensaba en su curriculum vitae. En que tendría que actualizarlo. Llueve y escampa, después de todo. En el asiento de atrás venía Vicente en polvo.

Bajaron del auto y Sandra abrió la puerta para sacarlo.

—Reinaldo —dijo abriendo y tapándose la boca.

—Dime.

—Tu padre.

—Qué pasa con mi padre.

—Lo hizo otra vez.

—¿A qué te refieres?

—Mira.

—Dónde.

Sandra le señaló y Reinaldo se asomó por la ventana. Una garrafa de plástico que en algún momento contuvo cloro o lejía, reposaba oronda en el piso, detrás del asiento del conductor, junto a la damajuana de vino chileno con el fondo tejido, ambas repletas de agua. Se miraron. En un mismo espasmo, Sandra sonrió y estuvo a punto de llorar otra vez. Se secó con el pañuelo. Luego sacó a Vicente en su jarra y cerró la puerta. Reinaldo conectó la alarma. Se estrecharon. Ella le terció el brazo por la espalda. Después toparon sus sienes.

Sandra subió con Vicente. Reinaldo cruzó la calle. Entró a la fuente de soda y se sentó en un banco de la barra. De esos circulares, de fórmica, que giran sobre un eje pesado. Pidió un café y se dio media vuelta hacia la máquina de cigarrillos. Él, que ni bebía ni fumaba.

—No funciona —dijo el hombre de al lado—. Tiene que pedirlos.

—El hombre de al lado olía a sudor ácido. Tenía la voz muy ronca y acento hispano. Fumaba un habano deshilachado que parecía haber estallado en la punta. Bebía una jarra de cerveza.

—Qué marca —dijo el hombre de la barra.

El hombre de la barra tenía acento portugués.

Rey sacudió la cabeza y cerró los ojos.

—¿Marlboro, Belmont o Kent?

—Sí, sí —dijo Reinaldo desdeñoso. Su vista hizo una maroma en el aire.

—Puso una pastilla de sacarina en el café. Sin complicarse más, el hombre de la barra le dio una cajetilla de Kent.

—Usted —dijo el hombre de al lado.

Reinaldo abrió la cajetilla y sacó un cigarrillo. El hombre de la barra le alargó un yesquero.

—¿No es el hijo del señor..?

—¿Cómo dice?

—¿Su padre no es el señor del edificio de enfrente? Los he visto juntos

Rey volteó a mirarlo y le pareció conocido. Al menos reconoció su defecto. Tenía un brazo flaquito, como atrofiado. No tenía mano y de la punta le salían una especie de deditos. Dos y un tercero más chiquito.

—Sí, creo que sí.

Tenía los dientes marrones. Lo había visto cargando bolsas o cuidando carros frente al supermercado.

—Es mi amigo, ¿sabe? Su padre es amigo mío. No sé cómo se llama pero lo es. Es una buena persona.

El hombre chupó el tabaco. El humo le achinó los ojos. Tenía ceniza acumulada. La golpeó con un dedo sobre el cubo de basura. Un ascua cayó del tabaco a la barra.

—Gente como él sabe cuán cerca estamos del fin —dijo resoplando el ascua hacia el piso. Reinaldo no entendió. Volteó intrigado a mirarlo. Tenía un círculo de cabellos truncos en la tonsura, como si se los arrancara.

—Su padre es un hombre preparado. Sabe muchas cosas.

—¿A qué se refiere?

—¿No le ha contado?

—No me ha contado qué.

—¿No le ha contado de la catastrofe que se avecina?

—No, no lo ha hecho.

Reinaldo miraba al hombre y miraba el mostrador sucio de café, de boronillas y de sobras. Los vasos contribuían con círculos líquidos. También había azúcar esparcida. Las moscas venían a posarse en los residuos. Estaban a sus anchas. Volaban en corto y volvían a relamerse las sobras.

—¿No le ha contado de la guerra que viene?

—No, no sé de qué me habla.

Reinaldo vio como el hombre de la barra limpiaba los residuos con un trapo inmundo. Ya no había sobras. Sólo olor a trapo. Le resultaba imposible saber qué era peor.

—Su padre dice que las naciones batallarán y el planeta colapsará.

El tabaco hizo el amago de apagarse y el hombre comenzó a chuparlo repetidamente.

—Pero lo que nos va a aniquilar es la escasez de agua —dijo observándole la punta—. Porque va a estar contaminada. Su padre dice que el agua valdrá más que el oro. Que nos mataremos por ella. Por eso hay que juntarla.

El hombre sacudió el tabaco para espantar una mosca que se la había parado en el bracito. El insecto volvió a posarse en la barra. Debió extrañar los residuos. El hombre volvió a chupar el cigarro.

—Su viejo se las trae. Pienso que si no lo escuchamos nos pesará. Yo quiero ver a los que atesoran fortuna, a los que tienen dinero, bebiéndose sus papeles verdes y sus medallas de níquel en aquel apocalipsis. Regando las hortalizas con sus gruesas chequeras.

Dio un jalón largo y le entró un ataque de hipo. Se pegó unos golpes en el pecho y bebió un buen trago de cerveza caliente.

—Conclusión, hay que juntar agua, muchacho.

Tosió. Bebió otro trago de cerveza y se espantó otra mosca, esta vez de la cara.

—Y cuide a su padre. El mundo se ha trastocado de tal forma que persigue justo a quien lo quiere salvar.

Reinaldo no contestó. Supo que era el momento de salir de allí. Pagó el café, los cigarrillos y una cerveza fría a quien había sido su interlocutor. Dos moscas grandes zumbaron persiguiéndose la una a la otra. Hacían un sonido eléctrico. Reinaldo las vio. Nunca supo si peleaban o hacían el amor.

El jefe salió hecho una furia. Fue tan airada la discusión que ni siquiera alcanzó a dar un portazo. Reinaldo bajó la cabeza. Puso los codos en el escritorio y apoyó la frente sobre las palmas de las manos. Miró la mata de plástico. Sus inmarchitables hojas, sus nervaduras. El peso del momento le cerró los ojos. No entendía cómo había pasado. Sólo tenía claro que la relación había venido deteriorándose. Que el trato era cada vez más tirante. Tuvo necesidad, urgencia de un cigarrillo. Él, que ni bebía ni fumaba y que, por el contrario, hacía discursos pontíficos contra bebedores y fumadores. En un rapto subconsciente se volteó, tomó el teléfono y marcó el número de casa.

—¿Papá? —vociferó.

—¿Reinaldo? Iba a encender la radio.

Regularmente sintonizaba un programa de medicina alternativa.

—Papá —dijo secamente Reinaldo—, esta mañana volví a encontrar envases. Tus benditos envases llenos de agua.

—¿Dónde?

—No te hagas el loco.

El viejo calló.

—¿Estás sordo? ¿No sabes que hay una epidemia de dengue? ¿Tú no has oído hablar del Aedes aegipty? ¿Cuántas veces tengo que decirte que no se deben dejar envases de agua descubiertos? ¿Tú no entiendes que los zancudos anidan en el agua estancada? El país entero está lleno de patas blancas.

Vicente no objetó nada, pero en realidad no los dejaba abiertos. A todos les ponía su tapa.

—¿Hasta cuándo, papá?

El viejo permaneció callado. Rey levantó la mirada y la fijó en una de las sillas Eames. La oficina estaba amoblada con piezas de Herman Miller. Miró a través de las diminutas persianas negras e imaginó la figura exigua de su padre. Inofensivo y poquito, como en efecto lo era. Tan inepto e irresoluto para cualquier empresa humana, y sin embargo tan apto y minucioso para aquella manía. Le reventaba, definitivamente le reventaba encontrar esos antiestéticos envases llenos de agua escondidos en los lugares más insólitos. Potes de leche, potes de jugo, potes gigantes de refrescos, frascos de vidrio. Signos desquiciantes de un viejo que no quería entender, que hacía caso omiso de las reglas más elementales.

—¿Me estás oyendo?

Claro que lo estaba oyendo.

—Pareces un niñito —retomó el hilo—. ¿No te da vergüenza?

Le daba. Pero no precisamente recoger u ocultar potes de agua. Le daba vergüenza que si hijo lo tratara así. Si a ver iban, al prohibirle recoger agua, su hijo y su nuera lo habían forzado a esconderla.

—¿Me estás escuchando?

—Te estoy oyendo, hijo. ¿Donde los encontraste?

—En todos lados. No te hagas el loco —dijo enceguecido—. Me revienta que hagas lo que haces y después pongas esa vocesita inocente. ¿Cuál es la tirria con el agua? ¿Hasta cuando tengo que repetirte lo mismo?

Estaba harto.

—Te prohibo que vuelvas a llenar un solo envase de agua —dijo alzando la voz—. Si vuelvo a encontrar uno más, créeme que te vas con él para la calle. ¿Me has entendido?

Se descubrió mirando el puño cerrado sobre el escritorio.

—Entiendo —dijo el viejo acorralado, rayando en la libreta de notas donde apuntaba las recetas naturistas.

Reinaldo lo había traído a vivir con él desde la muerte de su madre. De eso hacía ya tres años. A Sandra no le había gustado la idea, pero igual la había aceptado. Vendieron su casa y sus muebles, mancomunaron sus cuentas y muy eventualmente lo llevaban con ellos a la playa.

Reinaldo sintió que lo observaban. Alzó la vista y era la asistente del jefe. Automáticamente tapó el auricular. Más para indicarle a ella que había interrumpido y que podía hablar, que para pedirle una pausa a su padre. Se había quitado los zapatos. Sus medias patinaban nerviosamente en la moqueta, debajo del escritorio.

—El señor Gil quiere verlo en su oficina —dijo la asistente, con ese tono de suficiencia que tienen las secretarias de los jefes.

El señor Gil era un crápula. Tenía una voz nasal, casi extra—terrestre. Se parecía a Sartre, condimentado con una sonrisa maligna de cobra sibilina.

—En seguida, Marián —dijo arreglándose el traje beige de algodón egipcio.

—En seguida no —repuso la asistente—: Ya. El señor Gil quiere verlo ya.

Altiva, la mujer giró sobre su propio eje, dio la espalda y salió.

—Hijo —refirió Vicente en un segundo plano y con voz encogida desde el auricular— creo que deberías sosegarte. Vives con las luces altas.

—No te vayas por la tangente —dijo Reinaldo tratando de serenarse—. Pero ahora no puedo hablar. Tengo que dejarte. Espero que haya quedado todo claro.

Hizo una breve pausa. Respiró hondo.

—¿Pagaste el teléfono? ¿La luz? ¿Y el gas? ¿Fuiste a la tintorería?

Vicente respondió a todas las preguntas con una sola afirmación.

—Por la noche hablamos —dijo Reinaldo, ejecutivo.

Pero no era cierto. No había manera de hablar con él por las noches. Era un tipo muy ocupado. Llegaba, se duchaba y se encerraba a ver televisión. Sandra le llevaba las viandas a la cama. De vez en cuando se le oía un sábado por la mañana durante el desayuno, oculto detrás del diario y el café humeante, en lo que más parecía un monólogo, sobre alguna medida económica o la fluctuación de un título valor. De resto, tan sólo se dirigía a Vicente para asignarle tareas o para reprocharle algo, mientras seguían apareciendo potes en los closets, en los gabinetes de cocina, en los armarios de los baños, junto a las ollas, debajo del fregadero, detrás de la lavadora o entre las matas del balcón.

Pálido y demudado, Reinaldo salió del despacho de su jefe con una sonrisita engrapada al rostro. Nadie se la creyó. Él, menos que ninguno. Pero debía atravesar el vestíbulo y todos estaban avisados. Aturdido, entendió que su dignidad no superaba la de un perro salchicha.

Había caído en desgracia. Simplemente había caído en desgracia. No obstante el jefe era así y él no había sido el primero. Un día se deslumbraba con alguien, le hacía su aliado, su mano derecha, vivían un promisorio idilio laboral mientras cortaba unas cuantas cabezas, y luego lo desdeñaba.

Todo le daba vueltas. No coordinaba. Tenía la consabida nube de mariposillas en el estómago y su mente no atinaba a comprender absolutamente nada. Como un autómata vaciaba las gavetas. Una a una recogió sus cosas y fue poniéndolas en cajas. Cajas plegadas que al abrirse adquirían forma de cajas. Ni siquiera tendría que cargarlas. Se las enviarían.
Al abrir la puerta escuchó la radio encendida. Ese sonido que tanto aborrecía. Era todo cuanto podía decir: que lo creyó dormido en la poltrona, junto al equipo de sonido, con la boca abierta, como si roncara. Sandra no había llegado y un peruano con voz de mujer dictaba remedios naturistas contra diferentes males en el dial. Sus ojos estaban abiertos pero no tenía mirada.

Lo que siguió fue un parpadeo. La ambulancia, la camilla, la sábana blanca. Los trámites, el papeleo, la cremación. Volver al día siguiente por las cenizas. Se lo entregarían en un florero con tapa. Una especie de jarrón de losa, de céramica, de porcelana.

La tarde acantonada parecía un bostezo. Uno de esos bostezos con los oídos tapados. Plomiza. Con dos o tres brochazos espliego. Reinaldo manejó de vuelta. Sandra, a su derecha, miraba por la ventana. No habían encendido la radio. Enmudecida y llorosa mojaba y apretaba un pañuelo de batista. Lucía como si no hubiese dormido. Rey, por su parte, reportaba la habitual sensación de vacío de estos casos. Pero seguía en pie. Siempre seguiría en pie. Sus dedos tamborileaban en el volante. Pensaba en su curriculum vitae. En que tendría que actualizarlo. Llueve y escampa, después de todo. En el asiento de atrás venía Vicente en polvo.

Bajaron del auto y Sandra abrió la puerta para sacarlo.

—Reinaldo —dijo abriendo y tapándose la boca.

—Dime.

—Tu padre.

—Qué pasa con mi padre.

—Lo hizo otra vez.

—¿A qué te refieres?

—Mira.

—Dónde.

Sandra le señaló y Reinaldo se asomó por la ventana. Una garrafa de plástico que en algún momento contuvo cloro o lejía, reposaba oronda en el piso, detrás del asiento del conductor, junto a la damajuana de vino chileno con el fondo tejido, ambas repletas de agua. Se miraron. En un mismo espasmo, Sandra sonrió y estuvo a punto de llorar otra vez. Se secó con el pañuelo. Luego sacó a Vicente en su jarra y cerró la puerta. Reinaldo conectó la alarma. Se estrecharon. Ella le terció el brazo por la espalda. Después toparon sus sienes.

Sandra subió con Vicente. Reinaldo cruzó la calle. Entró a la fuente de soda y se sentó en un banco de la barra. De esos circulares, de fórmica, que giran sobre un eje pesado. Pidió un café y se dio media vuelta hacia la máquina de cigarrillos. Él, que ni bebía ni fumaba.

—No funciona —dijo el hombre de al lado—. Tiene que pedirlos.

—El hombre de al lado olía a sudor ácido. Tenía la voz muy ronca y acento hispano. Fumaba un habano deshilachado que parecía haber estallado en la punta. Bebía una jarra de cerveza.

—Qué marca —dijo el hombre de la barra.

El hombre de la barra tenía acento portugués.

Rey sacudió la cabeza y cerró los ojos.

—¿Marlboro, Belmont o Kent?

—Sí, sí —dijo Reinaldo desdeñoso. Su vista hizo una maroma en el aire.

—Puso una pastilla de sacarina en el café. Sin complicarse más, el hombre de la barra le dio una cajetilla de Kent.

—Usted —dijo el hombre de al lado.

Reinaldo abrió la cajetilla y sacó un cigarrillo. El hombre de la barra le alargó un yesquero.

—¿No es el hijo del señor..?

—¿Cómo dice?

—¿Su padre no es el señor del edificio de enfrente? Los he visto juntos

Rey volteó a mirarlo y le pareció conocido. Al menos reconoció su defecto. Tenía un brazo flaquito, como atrofiado. No tenía mano y de la punta le salían una especie de deditos. Dos y un tercero más chiquito.

—Sí, creo que sí.

Tenía los dientes marrones. Lo había visto cargando bolsas o cuidando carros frente al supermercado.

—Es mi amigo, ¿sabe? Su padre es amigo mío. No sé cómo se llama pero lo es. Es una buena persona.

El hombre chupó el tabaco. El humo le achinó los ojos. Tenía ceniza acumulada. La golpeó con un dedo sobre el cubo de basura. Un ascua cayó del tabaco a la barra.

—Gente como él sabe cuán cerca estamos del fin —dijo resoplando el ascua hacia el piso. Reinaldo no entendió. Volteó intrigado a mirarlo. Tenía un círculo de cabellos truncos en la tonsura, como si se los arrancara.

—Su padre es un hombre preparado. Sabe muchas cosas.

—¿A qué se refiere?

—¿No le ha contado?

—No me ha contado qué.

—¿No le ha contado de la catastrofe que se avecina?

—No, no lo ha hecho.

Reinaldo miraba al hombre y miraba el mostrador sucio de café, de boronillas y de sobras. Los vasos contribuían con círculos líquidos. También había azúcar esparcida. Las moscas venían a posarse en los residuos. Estaban a sus anchas. Volaban en corto y volvían a relamerse las sobras.

—¿No le ha contado de la guerra que viene?

—No, no sé de qué me habla.

Reinaldo vio como el hombre de la barra limpiaba los residuos con un trapo inmundo. Ya no había sobras. Sólo olor a trapo. Le resultaba imposible saber qué era peor.

—Su padre dice que las naciones batallarán y el planeta colapsará.

El tabaco hizo el amago de apagarse y el hombre comenzó a chuparlo repetidamente.

—Pero lo que nos va a aniquilar es la escasez de agua —dijo observándole la punta—. Porque va a estar contaminada. Su padre dice que el agua valdrá más que el oro. Que nos mataremos por ella. Por eso hay que juntarla.

El hombre sacudió el tabaco para espantar una mosca que se la había parado en el bracito. El insecto volvió a posarse en la barra. Debió extrañar los residuos. El hombre volvió a chupar el cigarro.

—Su viejo se las trae. Pienso que si no lo escuchamos nos pesará. Yo quiero ver a los que atesoran fortuna, a los que tienen dinero, bebiéndose sus papeles verdes y sus medallas de níquel en aquel apocalipsis. Regando las hortalizas con sus gruesas chequeras.

Dio un jalón largo y le entró un ataque de hipo. Se pegó unos golpes en el pecho y bebió un buen trago de cerveza caliente.

—Conclusión, hay que juntar agua, muchacho.

Tosió. Bebió otro trago de cerveza y se espantó otra mosca, esta vez de la cara.

—Y cuide a su padre. El mundo se ha trastocado de tal forma que persigue justo a quien lo quiere salvar.

Reinaldo no contestó. Supo que era el momento de salir de allí. Pagó el café, los cigarrillos y una cerveza fría a quien había sido su interlocutor. Dos moscas grandes zumbaron persiguiéndose la una a la otra. Hacían un sonido eléctrico. Reinaldo las vio. Nunca supo si peleaban o hacían el amor.

 Del libro:  Solo quiero que amanezca (Seix Barral, 2002)

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Un Comentario a “Con las luces altas, de Oscar Marcano”

  1. Julio Cesar Blanco Rossitto says:

    Este relato de Oscar Marcano explora lo que tanto nos aleja de nuestros seres queridos, la intolerancia y la falta de comunicacion. El drama se hace mas intenso cuando se trata de los ancianos que muchas veces aislamos como si fueran jarrones chinos que adornan una mesa. Reinaldo, atrapado en la cotidianidad sofocante de la burocracia, no es capaz de comprender las razones que llevan a Vicente, su padre, a conservar el agua en frascos. Peor aun, cuando ha discutido con su jefe, Reinaldo llama a Vicente por telefono para reclamarle lo que considera una obsesion del anciano. Muy tarde comprendera que el viejo quizas era un adelantado, un pionero que ve a la humanidad desangrandose en una guerra por el agua, pero ya sera demasiado tarde. Hermoso cuento, sencillo, impactacte, con un lenguaje eficiente, vasta ver las pocas frases que expresan la muerte y cremacion de Vicente.

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