Cuentos
Todos los cuentos publicados
Buscar
Todos los cuentos publicados
Capítulos de novelas disponibles
Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar
Mas vale ser niño que querer comprender el mundo
Álvaro de Campos
Errantes, dispersos, no caminan para llegar a un lugar, sino al atradecer
Marco Cornelio Frontón
—Cerramos los ojos para no ver lo que nos castiga, para protegernos del miedo —les dijo José poco antes de que todo se precipitara—. Con sólo apartar nuestras manos del fuego evitamos quemarnos, si no queremos probar algo rancio no lo llevamos a nuestra boca, nos tapamos la nariz para no oler los cadáveres descompuestos. Pero oír es involuntario. Para no escuchar algo lo mejor es escuchar otra cosa, porque el silencio es una invención, la música inventó el silencio. Lo primero que hizo el universo fue sonar, después vino la música, por último, el silencio. Con la música viajamos en el tiempo, al pasado y al futuro, se adhiere a nuestra memoria, es la lanza que lleva en su punta lo que vendrá. Ustedes lo saben: al leer las partituras anticipamos los sonidos. Y al ser prisioneros del tiempo, lo somos de la música. En Auschwitz, coros y orquestas tocaban para los prisioneros; se escuchaba ópera durante las ejecuciones. También la música ayudaba a los condenados a sobrevivir y resistir. Todo le incumbe, lo bello y lo repugnante, lo sublime y lo terrible. Aquel versículo debió decir: hágase la música, porque su metrónomo rige nuestras vidas y transforma nuestra duración. Es el único arte que predice el futuro porque el futuro, al igual que ella, es invisible.
Uno
La piel de Yoisi comenzó a oscurecerse como solía ocurrir cuando estaba muy nerviosa o si había alguna amenaza o peligro. Gusmarling fue el primero en advertirlo y de inmediato miró a su alrededor, se puso a resguardo y abrazó a su hermanita.
Habían salido a las cuatro de la madrugada con muy pocas pertenencias. Él llevaba una mochila y el estuche de la guitarra. Ella cargaba con otra mochila y el estuche del violín. Llevaban ropa, algo de comida, la carpeta con los documentos, las llaves (por si volvían), el cuaderno de notas de Gusmarling y el libro de Rimbaud de Yoisiberth. Pero lo más importante eran las cenizas de Adela, que iban dentro de un frasco de madera tallada.
Faltaba poco para anochecer. Yoisi se quejaba del peso de su mochila y se había quedado unos veinte metros atrás, mientras Gusmarling tarareaba distraído. De pronto, del patio de una casa abandonada aparecieron cuatro niños con cuchillos en las manos. Ninguno superaba los doce.
—Danos la mochila —le dijeron a Yoisi, pero ella continuó caminando como si no hubiera escuchado nada.
—¿Eres sorda? —uno de ellos acercó el arma al cuello de la niña.
—No tengo nada que les interese —dijo Yoisi—.
¿Saben tocar el violín? ¿Qué van a hacer con las cenizas? ¿Las van a vender?
Cuando Gusmarling advirtió la situación, Yoisi forcejeaba con dos de los asaltantes. Corrió para socorrer a su hermana blandiendo la guitarra como si fuera un gigantesco martillo. Aquel muchacho, bastante alto para sus quince años, parecía un demonio flaco y aguerrido. Al verlo, los cuatro niños huyeron, pero antes, uno arrojó un cuchillazo al abdomen de Yoisi, que logró detener con su antebrazo. Los niños escaparon como ardillas en el monte.
—No es nada —dijo Yoisi, mientras su hermano sostenía su brazo ensangrentado. El corte, profundo y de unos diez centímetros de largo, había alcanzado algunas arterias. Gusmarling abrió su mochila y sacó una camiseta con la que envolvió el brazo de su hermana.
—¿Duele?
Ella movió la cabeza a ambos lados y se quedó mirando el sol que se escondía por detrás de la casa abandonada. Pronto la camiseta se empapó de sangre.
—Ya vuelvo —le dijo a Gusmarling, sacándose de encima la mochila y el estuche del violín.
Se internó dentro de un gamelotal que parecía una plantación silvestre de maíz o caña de azúcar. Las espigas brillaban con la luz dorada de la tarde.
Gusmarling se quedó cuidando las mochilas y los instrumentos. Durante ese tiempo, en el que no transcurrieron más de quince minutos, se sentó encima de una piedra, sacó su cuaderno y escribió: “El Yagual, 12/3/19: Yoisi tuvo otro episodio. Fuimos asaltados. No se llevaron nada. Ella está herida”.
Se había hecho de noche cuando apareció por detrás de la casa. Las espigas más altas alcanzaban unos tres metros y allí, en medio de esas alturas, destacaba su cuerpo diminuto y compacto.
Gusmarling la vio venir sin sorprenderse y guardó su cuaderno.
—Podemos seguir —dijo Yoisi, y devolvió a su hermano la camiseta. La prenda no tenía una sola mancha y estaba completamente seca. Gusmarling la dobló y la metió de vuelta en su mochila. Examinó su antebrazo y vio que donde antes había una lesión profunda ahora sólo quedada una fina y rosada cicatriz como un delgado hilo. Cargó con la mochila y el estuche.
—¿Quieres agua? —preguntó Gusmarling.
—No tengo sed —dijo Yoisi.
—Sigamos, se hace tarde.
Subieron a un ruinoso autobús que los llevaría hasta el próximo pueblo. En el interior había familias enteras con maletas, bolsos, cajas, morrales. Los pasajeros gritaban, se reían y sus voces ocultaban la música que se multiplicaba por los parlantes. No les asignaron un asiento, pagaron para viajar sentados en el pasillo.
El niño que viajaba al lado de Yoisi le preguntó:
—¿Y tu mamá dónde está?
—Mi mamá se fue con el huracán —dijo.
—¿Qué huracán? —preguntó el niño, y Yoisi aspiró y llenó sus pulmones hasta inflar su pecho y abdomen y sopló con todas sus fuerzas en la cara del impertinente.
—¿Qué haces, estúpida? —gritó el niño y comenzó a llorar en el hombro de su madre, que viajaba distraída en el asiento de al lado. La señora preguntó qué había ocurrido y el niño dijo:
—Ella me escupió —señalando a Yoisi.
La señora le preguntó a la niña por qué había hecho eso, y Yoisi respondió:
—Porque me dio la gana.
—Maleducada —le recriminó— ¿dónde está tu mamá?
—Se fue con el huracán —dijo Yoisi.
—¿De qué huracán estás hablando?
Como si fuera el aire el que le hablara, giró su cabeza hacia adelante, donde estaba sentado Gusmarling junto con la guitarra y la mochila.
—¡Te estoy hablando, cretina!
Yoisi sacó el violín y comenzó a tocar una sonata de Paganini para guitarra y violín, que solía interpretar con su hermano. Con el pie dio un golpecito a la espalda de Gusmarling, quien de inmediato sacó la guitarra. Los pasajeros hicieron silencio y el chofer bajó el volumen del estéreo; ahora sólo se oían los dos instrumentos. La madre del niño, iracunda, les pedía a los pasajeros que continuaran hablando, que no hicieran silencio. Pero no hubo forma. Los que estaban en los asientos de adelante giraron para verlos. Los que estaban atrás se asomaron por el pasillo o se ponían de pie. De pronto, el niño, que continuaba gimoteando al lado de Yoisi, alcanzó con su manita una de las cuerdas del instrumento y la arrancó de un tirón. El violín quedó con sólo tres cuerdas, pero Yoisi continuó tocando. Endemoniado, el niño atacó de nuevo y arrancó otra cuerda. La música se detuvo. La madre aplaudió. Los pasajeros reclamaron. El niño se escondió en el regazo de su madre y Yoisi se puso de pie (no medía más de un metro treinta), se acercó al niño y encajó su dentadura en el brazo del atacante hasta arrancarle un pedazo que luego escupió sobre el asiento.
—¡Asesina! ¡Es una asesina! —gritó la madre mientras su hijo se retorcía del dolor.
El chofer se orilló y detuvo el autobús. Los pasajeros tardaron en reaccionar. Pero del fondo de la unidad, alguien dijo:
—Que se bajen.
Otro respondió: —No los queremos aquí.
—¡Fuera! —gritó la madre del niño.
Y los pasajeros en coro: —¡Fueeeera! ¡Fueeeera! ¡Fueeeera!
El chofer se acercó y los sermoneó con consejos previsibles y palabras más o menos piadosas. Condenó la violencia, los llamó salvajes, y les pidió que abandonaran la unidad.
Ambos lo escucharon atentamente. Yoisi guardó su violín y se colgó la mochila. Gusmarling hizo lo mismo con su guitarra y su equipaje. En silencio avanzaron por el pasillo hasta la puerta de salida y bajaron a la carretera.
Era una ruta secundaria, mitad de asfalto, mitad de tierra, muy estrecha, flanqueda por una tupida vegetación. Brillaba, opaca, una luna menguante.
Caminaron de noche, uno detrás de otro, sobre la orilla del camino. Hacía calor y ambos sentían sus espaldas mojadas por el contacto con las mochilas. Gusmarling iba adelante, silbando. Yoisi, atrás, en silencio. Las luces de los pocos vehículos que pasaban a su lado iluminaban a los caminantes. Algunos reducían la velocidad y los ocupantes se asomaban por las ventanillas, decían algo y luego aceleraban. Otros hacían cambio de luces y tocaban bocina, sin bajar la velocidad, despeinando el pelo crespo de Gusmarling y la cabellera lisa de Yoisiberth. Al cabo de dos horas, un camionero se detuvo.
—¿Adónde van, niños del demonio?
—A la frontera.
—Para la frontera falta mucho, pero puedo dejarlos en la próxima parada.
Viajaron en la parte de atrás, donde había sacos de arena, ladrillos y herramientas de construcción, palas, picos, serruchos, taladros. Asomando su cabeza desde la ventana, el chofer les advirtió:
—Ojo con robarse algo de lo que está allá atrás. Si se llevan así sea un granito de arena, les corto las manos con el serrucho.
El camión se desplazaba con lentitud y crujía con las irregularidades del camino. Gusmarling apoyó su cabeza en uno de los sacos y Yoisi se acurrucó en su regazo hasta quedarse dormida.
Más tarde, Gusmarling sacó el violín y reemplazó las cuerdas rotas con un par de cuerdas de repuesto que estaban en uno de los bolsillos del estuche. Después abrió la mochila y tomó en sus manos la bolsa de terciopelo en cuyo interior estaba el pequeño frasco de madera con las cenizas de Adela. Lo sostuvo como si se tratara de un corazón palpitante, giró la tapa, mojó con saliva su dedo índice y lo introdujo hasta sentir el esponjoso lecho de polvo. Con el dedo pringoso, pintó una cruz en el cuello inmóvil de Yoisi y después en el suyo. Con esa mancha fugaz y cenicienta, que apenas podía distinguirse en medio de la noche, quedaron los hermanos marcados.
Novela publicada por Editorial Pre-Textos (2025)