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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

El tubo

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Timothy extendió los planos en la mesa. Durante algunos segundos permaneció allí parado y en silencio, observando las líneas que se cruzaban para componer las dependencias del nuevo complejo residencial Murano, orgullo de la firma de arquitectos Obadía & Pariente. El día estaba claro, y la luz se filtraba sin dificultad a través de los ventanales orientados hacia la montaña. Pronto la puerta se sacudió y, desde las entrañas de la oficina, apareció una mujer alta, de cabellos negros y cuerpo bien proporcionado, sosteniendo una bandeja en la que se bamboleaban tres tazas de café y una azucarera de plata. Timothy alzó la vista, enrolló los planos, y tomó asiento en medio de los dos hombres que le acompañaban.

—Esto merece una buena infusión. Sin duda, nuestra obra será un icono de la ciudad que bien puede granjearnos el Premio Nacional de Arquitectura. —intervino Jack Obadía, quien dirigía los asuntos de la oficina a raíz de la muerte de su padre.

Simón Pariente, el más gordo del trío, no pudo evitar esbozar una sonrisa imaginando los billetes que podrían engrosar las cuentas de la empresa con un negocio tan ventajoso. No era la primera vez que fantaseaba con un asunto como este, ¡qué va! Desde la universidad había aprendido a compaginar los valores estéticos con lo funcional y a adaptar sus diseños a los vaivenes de la economía. Se ufanaba de poder convertir una fábrica en desuso en una solución habitacional con el simple tronar de los dedos, ahorrando en el camino todo lo que podía en cabillas, sacos de cemento y otros materiales de construcción. Jack, su socio y compañero de promoción de la Universidad Central, había colgado de la pared su título de arquitecto para centrarse en el mundo de las relaciones públicas. Él era, por tanto, quien conseguía los contratos y se enfrentaba, cara a cara, con los periodistas. Tenía, a decir de las damas, un charm, un brillo especial que lo acercaba más a un artista de Hollywood que a un urbanista. El equipo no estaría completo sin Helga, la mujer que acababa de ingresar al salón de conferencias con el café matutino, y que fungía de secretaria, amén de unos cinco pasantes sacados de los salones universitarios, so pretexto de que aprendieran los entretelones del oficio a cambio de una mísera remuneración.

El negocio marchaba, pues, a toda máquina, maximizando ingresos y recortando gastos, lo cual apuntalaba la vida opulenta que llevaban Jack Obadía y Simón Pariente puertas afuera de la oficina. Coches de alta cilindrada, trajes confeccionados a la medida, botellas de vino numeradas servidas en restaurantes exclusivos, reservas en hoteles de cinco estrellas, yates y obras de arte ganadas en remates de Nueva York, todo cabía en la imaginación de aquellos arquitectos y nada se resistía a sus cuentas bancarias. Precisamente, fue en una de esas subastas donde Timothy conoció a Jack Obadía. La asistencia al evento fue por “estricta” invitación, y no se permitía llevar acompañantes para mitigar los riesgos de contagio del COVID—19. Timothy había aterrizado en Caracas, apenas dos semanas antes, tras culminar una maestría en administración en la Universidad de Miami. Lucía como un joven prometedor, miembro de una de las familias más distinguidas de la sociedad venezolana. Con certeza, sus atributos físicos no les resultaban indiferentes a las muchachas casaderas. Con una altura que superaba el metro setenta y cinco, de contextura robusta y buen desarrollo muscular, cejas pobladas, cabellos rubios y labios sensuales, las chicas parecían atraídas inmediatamente hacia él como las moscas al glaseado de un pastel. Todas concordaban que el mayor atributo de aquel mozo recién llegado eran sus ojos, expresivos y soñadores, de un color miel que, extrañamente, las hipnotizaba. Eso en cuanto a la parte física, pues, en lo intelectual, Timothy podría sorprender con sus razonamientos hasta a un catedrático. En general, era pausado, meticuloso, moderado en el comer y en la bebida, a excepción del whisky escocés, que consumía con mucho hielo y un chorrito de agua gasificada. La mayoría de las veces se le veía girando el trago en su mano con la pericia de un malabarista. Este ritual le garantizaba que el alcohol se mezclase a la perfección entre los resquicios de las rocas de hielo depositadas en el fondo del vaso. Tal vez, aquella práctica le ayudaba a pensar las cosas con calma o a vencer el tedio, ¡quién sabe! Lo cierto es que, con el paso del tiempo, se convirtió en un sello distintivo de su carácter. No sería raro creer que un hombre con tales características poseía a sus espaldas una larga lista de relaciones amorosas, no solo los típicos “flechazos” que suelen colmar las páginas de la adolescencia y los primeros años de la edad adulta, los flirteos en los pasillos universitarios, o los intercambios de fluidos que siguen al despertar de las hormonas, sino verdaderos romances apasionados donde los protagonistas se rasgan las vestiduras y llegan casi al punto de cortarse las venas ante la tibia amenaza de un rompimiento. Es decir, amoríos reales, con tarjetas cursis, ramos de rosas rojas, cuerpos desnudos pincelados por las primeras luces del amanecer, botellas a medio consumir, cigarrillos manchados por pastosos labiales, y brazos olorosos a sexo y Carta Blanca Bacardí. Pero no, pese a las dotes con las cuales la naturaleza había bendecido a Timothy Albright, su rodaje en el sendero del amor no ofrecía más marca que la de un deportivo “cero kilómetros”. ¿A qué podría atribuírsele tal cosa? Al capricho, o a la suerte. Quizás a un poco de todo, o a mucho de nada.

Ese viernes de mayo, Timothy llegó poco antes de las cinco de la tarde al salón Michelena del hotel Marriott. No había nube en el cielo y el ambiente parecía, a lo lejos, perfumado por un dulce aroma a jazmín. Aparcó su coche a dos cuadras de allí y resolvió ir andando hasta su destino. Usaba su mejor traje de gabardina azul marina, camisa blanca de botones, y una corbata de seda con motivos de la Grecia clásica. En el hall principal fue recibido por un empleado de protocolo que, sin grandes miramientos, lo llevó hasta los ascensores. Ya en el primer piso, a dos metros de las puertas del salón, entregó su tarjeta de invitación y se registró para obtener una paleta de puja numerada. Lo entornaban unas treinta personas que hablaban prácticamente de cualquier cosa, mientras disfrutaban bien de una copa de vino, o de un whisky de marca desconocida. Entre aquella concurrencia reconoció a un par de amigos de quienes no tenía noticias desde hace algún tiempo o, lo que es lo mismo, desde su partida a los Estados Unidos para encarar estudios superiores. No pudo evitar sonreír al verles, confiado de que tendrían muchas cosas de qué hablar.

— Timothy —habló el hombre que vestía camisa a rayas y pantalón de pana marrón— de veras que esto es una sorpresa.

— Sí, una feliz coincidencia —enfatizó el caballero bajo con gafas de montura antigua.

Timothy acortó distancias, colocándose a un lado del mesonero que repartía los tragos con generosidad entre el público asistente a la subasta. Una vez apertrechado con un vaso de whisky, respondió a sus amigos:

— Carlos, —dijo mientras su rostro se reflejaba en las gafas del más bajito de los dos— estás igualito, dime, ¿has cuidado bien mi Mustang GT?

— No lo dudes —respondió el amigo, haciendo una pausa— el coche ronronea como en sus mejores tiempos.

Esa expresión supuso, en definitiva, lo que Timothy quería escuchar. Él apreciaba mucho aquel coche, con motor de ocho cilindros y cuatro válvulas por cilindro, que había vendido a Carlos Villanueva a cambio de unos cuantos billetes verdes. El Mustang le recordaba a Miguel López, uno de sus más cercanos compañeros de la preparatoria, quien, desafortunadamente, falleció a edad temprana a consecuencia de una insuficiencia renal. Ambos sacaron dos deportivos nuevos del concesionario; el de Miguel era verde botella, mientras que el de Timothy era gris.

— ¿No te habrás olvidado de mí, Albright? —preguntó el tercero del grupo.

— ¡Qué va! ¡Cómo podría! —admitió Timothy, bebiendo un sorbo de whisky— Un mariscal de campo tan rudo es imposible de pasar inadvertido.

El comentario aludía a los partidos de rugby disputados en la liga intercolegial, encuentros donde Richard Dalton brillaba como una estrella de primera magnitud. La respuesta de Timothy hizo sentir a Dalton en el centro de los focos como en sus mejores tiempos.

La conversación continuó fluida, tomando asiento en los viejos recuerdos de juventud que, con el alcohol, abandonaban las gavetas de la memoria. Los amigos reían, repotenciaban sus tragos, y se comportaban como auténticos titiriteros, moviendo las manos sin parar. Eso, hasta que se les unió Jack Obadía. Según Timothy pudo conocer, de los labios de Carlos Villanueva, el recién llegado era un arquitecto de renombre que acababa de culminar el proyecto de un centro comercial del este capitalino, capaz de rivalizar con otras catedrales del merchandising de fama bien ganada, como el Sambil o El Tolón. A decir suyo, este sería el centro de negocios y entretenimiento más frecuentado de la capital.

Jack y Timothy hicieron buenas migas rápidamente. Desde luego, tenían algo en común; su gusto por los billetes. Antes del inicio de la subasta, ocuparon asientos contiguos y, sin dejar de revisar sus respectivos catálogos, hablaron sin adornos de un asunto que Timothy tenía incrustado entre ceja y ceja.

— Jack, tal vez el destino nos ha reunido el día de hoy por algo muy concreto. Verás… —habló el hijo único de los Albright, estirándose en el respaldar de su silla— Mi padre tuvo una hermana que casó con un napolitano, un zapatero de apellido Castiglioni. Él abrió un local, a dos cuadras del Capitolio, que gozó de gran fama en los cincuenta. Sus calzados de piel estaban confeccionados a la medida y seguían los patrones de diseño europeos. Ganó una auténtica fortuna que invirtió en bienes inmuebles, terrenos y casas dispersos por Caracas y el interior del país.

Jack escuchó con atención, sin decir nada, al tiempo que un brillo particular aparecía en sus pupilas. Cualquiera diría que esa extraña claridad en sus ojos tenía la forma de la divisa estadounidense, las mismísimas curvas de una serpiente de cascabel reptando por el suelo.

— El tío murió sin hijos —continuó Timothy— debido a su adicción al cigarrillo. ¿Creerías que se fumaba una cajetilla al día de Belmont extra-suave? En fin, a la tía Hortensia no le quedó otro remedio que liquidar la zapatería, e ir vendiendo en su momento las propiedades familiares para sobrevivir. No es que ella llevase una vida dispendiosa, ni mucho más, sino que el dinero desaparece de las cuentas bancarias por arte de magia, sin necesidad de usar las palabras correctas de cualquier ilusionista. Todo se traduce en retirar fondos y no tocar la ventanilla de la taquilla de los depósitos.

Obadía sonrió, y Timothy se mostró dispuesto a continuar:

— Así que, para hacerte corto el relato, primero se fue por el caño la zapatería, después los terrenos de Santa Mónica y El Paraíso, una casa en La Campiña, dos locales en la esquina de Miracielos, la platería, algunas pinturas que el tío había comprado en Italia, las joyas de la nonna, y el coche que Castiglioni solo sacaba a recibir aire y sol los domingos; un Fairlane 500 blanco, que simulaba una lancha de pesca. Pero, tía Hortensia conservó un solo inmueble antes de que la muerte la arrebatara de este mundo: la casa de Campo Alegre. Allí había vivido con el tío hasta la muerte de este, en la primavera de 1974. Básicamente, se trataba de un terreno de 2.500 metros cuadrados, con una vetusta construcción de dos plantas, que ocupaba unos 400 metros aproximadamente de toda aquella superficie. Ubicado a una cuadra y media del Centro Comercial Mata de Coco, formaba parte de los antiguos predios de la finca agrícola La Limonera.

— Timothy, —habló Jack Obadía, lanzando el catálogo que tenía entre las manos en el suelo alfombrado del salón— esos terrenos valdrían actualmente una fortuna.

— Así es, entre tres y medio y cuatro millones de billetes verdes. Es solo cuestión de multiplicar cada metro cuadrado por unos mil seiscientos dólares. Todo ello me pertenece, por cuanto soy el único beneficiario de la herencia de tía Hortensia, sin embargo, hay un problema…

— ¿Cuál será? —preguntó intrigado Jack.

— La tía, ya sabes cómo son las viejas, se dedicó a alquilar algunos trozos de terreno a diversos comerciantes. Hoy, hay allí tapicerías, talleres de latonería y pintura, carpinterías y hasta un negocio de reparación de lavadoras. Estos inquilinos se niegan a desalojar, y lo que pagan de renta no alcanza siquiera para los helados del mes. ¡Son como una plaga bíblica! —se lamentó Timothy con un gesto teatral.

— Descuida, amigo, esa ubicación es perfecta para desarrollar un complejo de apartamentos de lujo. Multiplicarás tu ganancia por dos, ya lo verás.

— Y los inquilinos, ¿qué haremos con ellos?

— Déjalo en mis manos, “les haré una propuesta que no podrán rehusar”…

Timothy había escuchado esa frase en alguna parte, puede que hasta la hubiese leído, empero, no era capaz de acordarse dónde ni cuándo. Se sentía embelesado por las maneras de aquel hombre que acababa de conocer y, antes de dar su pleno acuerdo, hizo uso de la palabra el subastador: “Lote No 1. Octavo de real de 1802, variante no reseñada en el libro de Tomás Stohr. Oxidaciones removidas hace tiempo por manos expertas. Condición: very good – fine. Precio de salida: 2500 dólares. ¿Quién da 2500 dólares por la primera moneda venezolana?”

 

Primer capítulo tomado de la edición de Editorial Adarve (2023)  

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