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Escritores en la madriguera

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Parte de lo que quiero decir ya lo he dicho en otro lugar. En 2025, los hermanos Chang hicimos un número que llamamos Pandilla Chang de jóvenes narradores y cuyos autores, una buena porción de ellos, se encuentran en Madrigueras (Entretierras Editorial, 2026). Es muy importante señalar que este número de nuestra revista digital (está en libro) se realizó con la convicción de que la literatura venezolana no se encuentra anclada en un solo lugar fuera de Venezuela. Al país no la arrasó una plaga zombi ni de ella se fueron los únicos con talento. Durante años de ausencia de editoriales, librerías y periodistas que se interesaran (o se interesen) por la literatura venezolana más reciente, hubo gente joven que siguió leyendo y luego escribiendo. Este libro, Madrigueras, en una muestra de ello.

Eso quiere decir, si se me permite un aparte, que las personas escriben porque, más allá de la fama, del reconocimiento, del cogollo o de que tenga editoriales, necesitan hacerlo, porque es algo del espíritu, y porque con la literatura reflexionan, cuestionan, se mantienen en el mundo. Es una actividad de usted con usted mismo, profunda, íntima. Eso creo, y es por lo que creo que existe Madrigueras. Porque a pesar de los muros, la gente mira hacia arriba.

Los autores y las autoras acá recopilados ofrecen pruebas claras de que su trabajo es valioso. En este libro hay literatura, y una literatura además muy dada por las tendencias contemporáneas estructuradas por las formas de la fantasía, de lo fantástico, o si prefiere por las nuevas manifestaciones imaginativas, evolutivas de lo fantástico maravilloso. Esta convivencia que señalo es muy cercana a autores actuales que me interesan, tales como Samanta Schweblin, Mariana Enríquez, Alberto Chimal, Edmundo Paz Soldán, Carolina Lozada, Jon Bilbao, Mario Bellatin, Liliana Colanzi, entre otros. No estamos ante una mera moda (a pesar de los intentos voraces del mercado), sino frente a una (ya lo he dicho antes) necesidad expresiva fundamental. La literatura llamada de género popular ha alcanzado en nuestros tiempos alturas literarias, y no es simple juego de niños, distractor tonto y de baja calidad como en otra época se pensaba y como aún, algunos metidos en esclerotizadas ideas, siguen creyendo. Los narradores y narradoras que aparecen en este libro son los herederos de Kafka, lo herederos de Edgar Allan Poe, de Stephen King, de Borges, de Bioy Casares, del Cortázar cuentista, de Mario Levrero, de Ribeyro, de Ámparo Dávila, de Silvina Ocampo, de Felisberto Hernández, Ednodio Quintero, Armando Sequera, Israel Centeno, Julio Garmendia, entre otros “raros” que han ido más allá de serísimo realismo.

Madrigueras continúa y repotencia una tradición venezolana (quizás reducida, pero presente), latinoamericana y universal: la que podría englobarse (sin caer en discusiones ni polémicas) como literatura fantástica.  Se agradece que en Venezuela esté apareciendo con esa fuerza. Acá, perdón por repetir listas de nombres, los autores del libro: Annya Rivas, Liwin Acosta, Andrea Leal, Luis Perdomo, Natasha Rangel, Tito Herbonnière, Paola Alzuru, Gian Paolo Bonsignore, Jessedith García Cordero, Edgar A. Ortega, Enza García Arreaza y M. M. J. Miguel.

Estos autores habitan la madriguera, el portal, esa zona intermedia entre otro mundo y el nuestro, y allí se están con naturalidad porque así es la literatura imaginativa de los últimos tiempos: un lugar de fronteras difusas entre la vida cotidiana y los monstruos que caminan a la luz del día. Porque, ¿de qué otra manera puede verse al mundo cuando muchos de estos jóvenes fueron testigos de bestias hambrientas de muerte obrando con absoluta libertad por las calles de Caracas y del resto del país? ¿No es acaso la pátina de lo extraño, de lo opaco, de lo retorcido, de lo maléfico lo que ha cubierto nuestro país durante años? El miedo se ha canalizado con miedo, con una literatura donde lo cotidiano y el horror conviven. Algunos de estos narradores se han ido del país, otros aún están. Pero esa juventud que yo viví en aquella Venezuela donde ninguna autoridad destrozaba caras con perdigones, no es la misma juventud de estos autores, marcada, arrebatada, podría incluso decir, por la oscuridad. Si la literatura es un refugio, una madriguera, estos autores se llevaron al agujero esa oscuridad, y, paradójicamente, allí se sintieron seguros, y desde ese lugar, crearon.

La literatura venezolana de nuevo cuño está viva, y este magnífico libro es una demostración de ello. Acá la belleza, el terror, la maravilla de una literatura imaginativa que nos habla del mundo, que nos habla de nuestro país (o no, porque tampoco toda nuestra literatura debe figurar en las listas de obras que hablan sobre la crisis de Venezuela) desde los ámbitos modernos del folk horror, de lo siniestro, del body horror, del terror de botánico o vegetal, o de la fantasía mítica y metafísica… Todo está acá, sin prejuicios ni limitaciones, en esa forma de escribir actual que ya no se interesa por etiquetas. Que hay que trabajar, sí, hay que trabajar. Que hay que pulir y perfeccionarse, sí. Queda tiempo por delante. Pero caramba, esta gente es buena. Esta pandilla, la de Madriguera, está haciendo un excelente trabajo y debemos leerla, y debemos nombrarla y no dejarnos arrasar por trampas de ninguneos, de olvidos, de silencios que perpetran unos cuantos. Los de este libro, existen, ahí están, escondidos en la madriguera, acechantes, con fuerza.

 

Sobre el libro Madrigueras, una antología de imaginación (Entretierras Editorial, 2026),

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