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La condesa y el organista

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El maestro daba vueltas por la habitación como si estuviera en cuarentena. Las partituras se apilaban revueltas encima del escritorio, el piano y la mesa del comedor. No le importaban las manchas del café ni de la sopa recién comida que dejaban gotas de grasa en los papeles. Siempre la misma sopa, estaba harto de eso también. Tenía que hablar con su hermana para que cambiara el menú. Se apartó a una esquina y anotó: Hablar con María Anna sobre los alimentos. Continuó caminando de una pared a la otra, mientras enumeraba cada uno de los tablones de madera del piso. Sin que se le escapara ninguno. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… seis, siete ocho, nueve. Después, los pliegues de la cortina, sólo él era capaz de sacar esas cuentas. Vuelta y vuelta. Las piernas le temblaban. La agitación le apretaba el corazón. Comenzaba a resbalarle el sudor desde la frente estriada en extremo hasta las ojeras abultadas por las tantas noches en vela.

¿Cómo tranquilizarse, quedarse quieto y dejar que ese aceleramiento no fuera a desmayarlo?

Tomó unas gotas calmantes, entró al baño y sin mirarse al espejo, al querer echarse agua dejó caer la palangana. En contraste con todo aquel desorden de la casa, su higiene personal era parte de su ser íntimo y servía para ahuyentar los piojos y demás alimañas que le acechaban día y noche. Noche y día. Eran unos monstruos invasores que se burlaban de él con sus afilados dientes de hiena. Recogió la palangana, le echó más agua y se lavó el rostro y las manos. Con vehemencia. Una y otra vez. Mil veces. A ver si las limpiaba bien y se ponía fuera de peligro. Cómo le temía a infectarse, la muerte le acechaba. ¡La peste, mein Gott! Las uñas, la cutícula, cortada con cuidado para tocar mejor el piano y sobre todo el órgano. No podía quedar nada de sucio debajo de las uñas. Se las miró, no estaban bastante limpias, las repasó con un cepillo. Le faltó tiempo para ir a hacerse la manicura. Había una sola Frëilan que sabía cómo manipular sus manos. Según la agenda, le hubiera tocado un par de días atrás. Y la pedicura también. Pero tuvo que dejar de lado todas las anotaciones y deberes de su libreta que metía y sacaba del bolsillo del pantalón cada tanto y a escondidas de todos. Esos eran momentos, instantes, en que una luz misteriosa entraba en sus ojos y lo tranquilizaba. Pero ahora no, algo inaplazable tenía ocupada su mente.

Balanceando el cuerpo como una foca, se acercó al escritorio, se sentó y apartó de un manotazo todos los borradores de sus sinfonías, puso ante sí una hoja en blanco con su membrete de “Maestro Organista” y escribió:

“Linz, 18 de enero de 1868

Estimado Rudolf Weinwurm,

Mi actual petición y angustia se refiere a un asunto urgente. Incluso durante la enfermedad que me tenía aquejado hace poco, fue la única cosa que estaba cerca de mi corazón: México, Maximiliano. Deseo a toda costa ver su cadáver. Sea bueno conmigo, Weinwurm, y envíe una persona de confianza al castillo. Hágale que pregunte al jefe de la casa imperial si va a estar acostado en un modo visible, es decir, en un ataúd abierto o al menos bajo un vidrio. Entonces sea tan amable como para enviarme la respuesta por telégrafo, para que yo no llegue demasiado tarde. Le ruego de la manera más apremiante hacerlo. Le reembolsaré sus gastos con agradecimiento,

Anton Bruckner”

Cerca, más hacia el sureste de Linz, en la ciudad de Viena se estaban preparando las exequias del archiduque Maximiliano I, emperador de México. El ambiente de duelo se sentía en cada calle y en cada hogar. El pueblo entero lo lloraba. Sus restos habían llegado a la capital del vals la noche del 19 de enero, en un tren especial desde Trieste, donde había anclado la fragata Novarra, que los traía desde México. Venían custodiados por una guardia de honor. A lo lejos, entre la bruma nocturna, se alejaba el palacio de Miramar en el que había vivido días de gloria y felicidad.

El peso de aquellos restos obligaba a los súbditos a bajar la cabeza. Mirar la tierra misma que pisaban entonces y donde también reposarían alguna vez los restos propios. Un peso que suspendía los pulsos de los corazones. Un peso que silenciaba las gargantas. En esos momentos se siente la muerte como una amenaza en cada ser humano. La ciudad estaba teñida de negro y el cielo tronaba escupiendo gotas gruesas de dolor. Esperaban el tren escogidos oficiales austríacos, un cuerpo considerable de tropas, y una gran multitud que se había reunido para manifestar su respeto al difunto, y su simpatía por los deudos imperiales que le sobrevivían. ¡Qué pena y frustración se reflejaba en los rostros de aquellos habitantes solida- rios con sus gobernantes!

La carroza fúnebre tirada por seis caballos, después de tan largo viaje, llegó a palacio con todo el cortejo a eso de las nueve y media de la noche. Ese fue el momento más temido, el del encuentro con la familia imperial en vela expectante ante la llegada del cadáver. Una prolongada espera, una agónica espera de más de seis meses.

Seis eternos meses hasta que el gobierno de México dejó salir el cuerpo del emperador Maximiliano, fusilado en Querétaro. De nada habían servido los ruegos de su esposa, la emperatriz Carlota que había partido desde Veracruz —a pesar de los tiempos lluviosos— a Europa para entrevistarse con Napoleón III, con el Papa Pío Nono y con otros reales mandatarios europeos para que intercedieran por la vida de su marido. Tampoco las súplicas de la norteamericana Inés de Salm Salm, convertida en princesa después de su matrimonio con Félix Constantin Alexander Johan Napomuk, un príncipe de origen alemán. La princesa de Salm Salm que admiraba a Maximiliano en extremo se puso de rodillas ante el mismísimo Benito Juárez. Sus propias anotaciones reflejan su clamor desesperado:

Eran las ocho de la noche cuando fui a ver al Sr. Juárez, quien me recibió al momento. […] Temblando y sollozando caí de rodillas. Rogaba con ardientes palabras que provenían del corazón […] El presidente dijo: “Me causa verdadero dolor, señora, el verla así de rodillas, mas, aunque todos los reyes y todas las reinas estuviesen en vuestro lugar, no podría perdonarle la vida, no soy yo quien se la quita, es el pueblo y la ley los que piden su muerte”.

No se pudo hacer nada. Había quedado en el pasado remoto la aventura mexicana del archiduque Maximiliano de Habsburgo, emperador de México. Parecía un mal sueño jamás vivido. Aventura absurda para algunos y proyecto frustrado para los conservadores mexicanos que soñaban con un imperio nuevo, ordenado para una nación prendida en llamas.

El señalado y elegido por Napoleón III para salvar a México de su ruina llegaba de vuelta al hogar de sus antepasados en una caja de madera.

Al entrar a palacio el féretro fue transportado, después de ser bendecido, a la capilla de cámara, en donde la madre esperaba para orar sobre su cadáver. Cuando quiso abrazarlo, más pálida que la misma muerte, apenas si pudo reconocer esos restos como los de su hijo, el hijo salido de sus entrañas, su hermoso hijo consentido, del que tenía aún fresca la imagen de cuando tres años atrás se despidieron en Viena para su viaje transatlántico. Guapo, alto, altísimo, rubio y de un porte que había traído enloquecidas a todas las damas de la corte no solo vienesa sino de toda Europa. “Encantador, amable, fascinante”, había escrito la princesa Radziwill.

Venía encogido y deformado por los sucesivos embalsamamientos mal hechos, y los ojos, sus hermosos ojos azules devorados por los cuervos del derrocamiento del imperio. En los cuencos coagulados, unos vidrios transparentes y del mismo color que el de esas aves agoreras. ¿A quién se le ocurrió esa idea? La de sacar los globos inexpresivos de una virgen cualquiera de la iglesia y colocárselos al muerto como si fuera un juego infantil de canicas. Los suyos, los de Maximiliano se parecían a la clara luz de un cielo sin nubes o como un mar que se perdía en el horizonte. Ahora no veían a nadie.

¡Ese no es mi hijo!, resonó en todas las paredes del palacio. La estantería con cientos de copas de bohemia retumbó. La archiduquesa tuvo que ser sostenida por sus damas y con la ayuda de ellas dio la media vuelta con su amplia falda de tafetán que hizo tambalear la vajilla del té recién servido y se refugió en sus aposentos. Desde ese fatídico instante en adelante nadie iba a poder consolarla.

Ni siquiera quiso ver cuando fue colocado en el catafalco, que ya habían construido con los mejores materiales y adornos de lujo para albergar al muerto hasta la eternidad.

A medianoche, de la capilla de cámara fue transportado a la capilla imperial y a las ocho de la mañana se permitió el ingreso al público. Todos los que desfilaron verían las paredes revestidas de negro y en los altares las armas de México con la inscripción: Maximiliano Emperador.

También se quedarían impresionados por los doscientos diez cirios de cera sobre grandes candelabros de plata, y cuatro candelabros cada uno con otras treinta velas que se hallaban alrededor del catafalco. Seguía in- terminable el desfile del pueblo que quería rendirle honores al Emperador mientras un capellán oraba cerca del féretro, y en los altares de todas las iglesias de la ciudad se celebraban continuamente misas fúnebres. A las diez de la mañana fue cantado el Miserere por el coro imperial, y de las doce a la una doblaron todas las campanas de la capital que llenaron la ciudad del sonido de la muerte.

A las tres empezó la procesión para llevarlo a la Iglesia de los Capuchinos, donde se encontraba la Cripta.

Seguían al féretro, en primer lugar, con paso marcial, el vicealmirante Tegetthoff, quién tuvo por misión recobrar y repatriar los restos de Maximiliano, después de un periplo que lo llevó de Francia a Gran Bretaña, de ahí a Estados Unidos, hasta llegar a México.

Caminaba el vicealmirante seguido por dos gentilhombres, luego la diputación de la marina imperial, la del octavo regimiento de lanceros, guiado por su comandante, el teniente general conde de San Quintin, como también algunos miembros de la que fue su corte mexicana, los condes Francisco y José Zichy, Hadik Fubals, el marqués Corio, el Señor de Eloin, el secretario particular de Maximiliano, el coronel de marina Ridanetz y otros dignatarios.

Aparte se encontraba el conde Enrique de Bombelles, acongojado sin poder contenerse. A él, a su amigo personal, tutor y luego Capitán de las guardias palatinas, Maximiliano le había escrito sus últimas palabras:

“Mi corazón me impulsa a expresar a vd. a toda prisa, por última vez y en pocas palabras, toda mi ferviente gratitud por la fiel y sincera amistad y el cariñoso afecto que siempre me ha profesado en toda mi borrascosa vida. También suplico a vd., salude a todos mis seres queridos, a quien nadie mejor que usted conoce, y le diga a mi nombre, que siempre he obrado fiel a mi honor… me faltan palabras para realzar el heroico valor de mis generales, oficiales y soldados.

Dándole a vd., mi querido amigo, el último abrazo, quedo suyo afectísimo,

   Maximiliano”

Cómo no estar en ese estado de desolación si habían pasado tantos años juntos desde la niñez. Los juegos, los paseos por el campo, las lecciones del conde de Bombelles acerca del buen manejo de un gobierno. Con él aprendió el futuro emperador varios idiomas, historia y literatura. Estuvieron juntos en México. Se golpeaba el pecho con su mano enguantada justo donde estaban las medallas de honor. Si ese gesto al menos lo pudiera revivir, pensaba, se las arrancaría una a una.

Fuera de la iglesia esperaba la Junta provisional de la baja Austria y el corregidor. En el refectorio se hallaban reunidos los miembros de la familia real, el rey de Hannover, los duques de Módena, entre otros soberanos.

Al anuncio de la llegada de la carroza fúnebre todos los demás invitados entraron en la iglesia y ocuparon los puestos que les estaban designados. Siguió el cortejo escoltando el féretro. Ahí dentro fue levantado y recibido por el arzobispo Rauscher, —también antiguo tutor del fallecido— a la cabeza del clero, compuesto por un gran número de obispos mitrados. El vicealmirante Tegenthoff, los dos gentilhombres y su séquito siguieron detrás y ocuparon sus puestos. De inmediato tuvo lugar la solemne bendición dada por el cardenal, y los cantores de la capilla de corte entonaron el Libera.

También la condesa Henriette von Fürsten, una de las damas de compañía de la archiduquesa Sofía había bajado de su decorada carroza que olía a palo de rosa, y esperaba junto a los demás miembros de la corte para colocarse en el lugar designado para ella. Alta y delicada. Traía el rostro oculto por un espeso velo que le caía hasta los hombros como si fuera todo en ella una cascada oscura y así dar rienda suelta a sus expresiones de dolor que era mucho. Su traje austero realzaba su figura. Traía en una mano el abanico y en la otra un pañuelo de seda. Cuando fue llevada a su asiento, entre la cortina de encaje, pudo reconocer al lado suyo al insigne profesor de música de la corte, Joseph Hellmesberger que ya estaba sentado. Él se inclinó ante ella y la saludó.

Seguían los cantos. Y en aquella semi penumbra solo iluminada por velas a cada lado de las columnatas, podía apenas observarse, tímido y apartado, amparado por la poca luz y por uno de los pilares, a un hombre pequeño, pequeñísimo, cuyos ademanes torpes y desmañados desentonaban en ese ambiente de cuellos estirados y almidonados. Indeciso, miró con insistencia hacia los lados, dio un corto paso adelante y otro hacia atrás. Así varias veces. Estaba queriendo esconderse tras la columna y quizás desaparecer. Entrecruzó los dedos como si fuera a rezar. Pero irremediablemente estaba ahí, imposible desaparecer. Antes de sentarse necesitaba cumplir uno de sus más anhelados deseos, para eso había viajado de Linz a Viena. Pero seguía sin atreverse. Entonces sintió una sacudida en la espalda, espectral pero rotunda que lo empujó hacia adelante y las danzantes llamas de los velones exteriorizaron su espanto. Fue así como, con los ojos desorbitados y con su típico andar tambaleante, tropezando aquí y allá, al adelantarse pasó rozando la manga de la condesa von Fürsten. Si no cayó sobre ella fue de milagro. Al darse cuenta de su torpeza, se le humedeció la camisa y se inclinó ante ella espantado. Quiso resolver el descuido con gestos extravagantes y pidiéndole disculpas a pesar del silencio sepulcral. Ella, sin voltear a verlo, abrió y agitó su abanico de plumas con un ademán para que siguiera su camino, para que desapareciera de su lado.

Hellmesberger tranquilizó a la condesa y le murmuró algunas palabras que nadie más que ella pudo oír. Él conocía a aquel desmañado hombre de rostro apretado como una papa cocida y perfil aguileño. Su cuerpo parecía un globo con los botones de su camisa a punto de estallar. Se trataba del organista de la Catedral de Linz, Anton Bruckner, envejecido aun cuando apenas había cumplido meses atrás cuarenta y cuatro años. Venía forjándose con empeño y la sangre de una corona de espinas, una fama como intérprete del órgano, compositor y maestro de piano que sabía llegarle al alma de los pupilos con un método singular.

Acababa de terminar su segunda sinfonía, tras una serie de composiciones religiosas importantes como un Réquiem y el Salmo 114. La segunda sinfonía la haría imprimir algún tiempo después como “Primera Sinfonía”. Constituiría esta obra —como escribiría Bruckner a su amigo Rudolf Weinwurm, director musical de la Universidad de Viena por aquel entonces— una compensación desoladora frente a las muchas decepciones experimentadas por “este enemigo del mundo y de los hombres”, según expresión del propio Bruckner.

Los rituales seguían su curso. Al concluir el Libera fue levantado el catafalco por los reverendos padres capuchinos, con la asistencia de los sargentos de marina, cánticos fúnebres y velas encendidas.

Bruckner, después de pasar por todos los escollos que lo separaban del cortejo, aprovechó para saltar a empujones sobre todo aquel trabajoso protocolo. Irrumpió entre la muralla de la guardia de honor que por la sorpresa quedó paralizada. El músico logró entonces tocar al inerte Emperador como un acto de identificación simbólica.

Se oyeron murmullos e incomodidad entre los presentes que estaban cerca de lo que acontecía hasta que los guardias del cortejo fúnebre reaccionaron y lo apartaron del féretro. Podría casi hablarse de un escándalo. Sin embargo, el organista estaba en éxtasis. Se había unido con su héroe, el desventurado Emperador a quien tanto amó. Y entonces buscó su asiento. Los asistentes que estaban a su alrededor lo observaron de soslayo. Apenas podían creer lo ocurrido.

Cuando se rehízo el orden, el féretro fue transportado al panteón, en donde tenían por costumbre guardar las sepulturas de los miembros de la realeza austríaca desde 1633. Detrás del ataúd venían el emperador de Austria Francisco José I con sus hermanos, los archiduques Carlos Luis y Luis Víctor, seguidos por la guardia, los pajes, y otras personas del protocolo. Todos los demás asistentes se quedaron en la iglesia durante este acto íntimo, familiar.

En el panteón fueron dichas otras oraciones y bendecido de nuevo el catafalco. Concluido este ritual, el primer gran mayordomo entregó al jefe de protocolo del ceremonial, señor de Reymond, la llave de la caja, para que fuese colocada en la sala del tesoro, después de lo cual volvieron a la iglesia, mientras que los asistentes poco a poco la fueron abandonando, conmovidos por la solemnidad de la ceremonia, último tributo al emperador Maximiliano.

Henriette von Fürsten se levantó con la respiración entrecortada y los ojos enrojecidos. Con el pañuelo se secó las mejillas llenas de lágrimas. Detrás de ella la seguía Hellmesberger. Salieron juntos, solemnes, sin pronunciar palabra alguna.

Bruckner se quedó hasta que se vació el recinto sagrado. Se acercó a la antesala donde reposaba el catafalco y se arrodilló con devoción para rezar a solas. Su pesar lo llevó a estar lo más cerca posible para impregnarse del último misterioso destello del fallecido. Él lo percibía, casi que veía elevarse el alma del Emperador. De habérselo permitido la guardia lo hubiera hecho, de seguro. Pero la custodia era rigurosa. Así que se conformó con estar en esa posición, de rodillas, convulso y tapándose el rostro con el brazo. Lloró tanto como lo había hecho a la muerte de su propia madre, también a solas, ocho años atrás en Ebelsberg, cerca de Linz, ciudad en la que él era ahora organista.

No pasó desapercibida la salida de Bruckner con el rostro descompuesto y temblando como un velero a la deriva. La condesa lo observó a cierta distancia, y ya con un pie en la carroza, le dijo con discreción a Joseph:

—Maestro, me interesa conocer a Bruckner, su devoción por el Emperador, nuestro archiduque que Dios tenga en su gloria, es extraña, ¿no es cierto?

Se pasó de nuevo el pañuelo por las mejillas y Hellmsberger, después de una leve reverencia, se volteó y observó también a su colega músico; en efecto, se percibía su soledad, estaba perdido, buscando qué camino tomar en ese mar agitado de gente que se dispersaba y desaparecía en sus carrozas.

—No faltaba más, condesa. Con todo respeto, estoy de acuerdo. Creo que valdrá la pena saber más sobre él y consultar en palacio con músicos que lo conozcan, que sepan algo de su obra… su música, ¿cierto?, espere mis noticias.

La condesa se dirigió directo al palacio para estar junto a la archiduquesa Sofía. Se abrazaron. Su Majestad la tenía en estima no solo por sus nexos familiares, sino por la dulzura y sensatez en su comportamiento y conversación. La hacía sentirse en paz, la apartaba de las turbulencias y conspiraciones de los cortesanos.

Nació Henriette von Fürsten el otoño de 1840 en Austria, en las cercanías de la capital. Su familia procedía de una antigua casa emparentada con los Habsburgo por el lado paterno, por el materno con la mismísima archiduquesa. Fue criada en la corte. Tenía inclinaciones religiosas muy marcadas, y la vida licenciosa de muchos nobles la decepcionaron, a tal grado que con la venia y beneplácito de Sofía hizo votos de castidad desde joven. Y se sintió bien, aliviada. Sabía de música y había tocado el piano desde los cinco años. Conoció a Johannes Brahms y a Johann Strauss hijo en las visitas de los músicos a la corte. Sabía de historia y arte, dominaba varios idiomas además del propio: el francés, el portugués, el italiano y el español.

A pesar del rostro redondo y semblante severo, sus rasgos no pasaban desapercibidos. Sobre todo, por los inteligentes ojos claros que competían en su brillo con las luciérnagas. Apacible. Su cabellera era oscura, abundante y recogida en una trenza gruesa que le rodeaba la cabeza. Elegante y recatada, era experta en todo lo relacionado con los protocolos reales. Sus modales refinados les daban un toque especial a las reuniones aristocráticas.

A los dos meses del encuentro en el funeral, recibió la condesa Henriette una esquela de Hellmesberger en la que le avisaba que había conseguido algunas partituras de Bruckner y que las podían revisar esa misma semana en Palacio. Ambos se conocían desde la época en que el músico fue nombrado concertino de la Ópera de la Corte de Viena. De hecho, toda la familia de Joseph era musical. Su padre fue quién le enseñó a tocar el violín en el Conservatorio de Viena. Fueron músicos su hermano Georg y sus dos hijos Josef y Ferdinand.

Se citaron para las tres de la tarde del viernes. Pasaron de inmediato a la sala de música donde brillaba el piano Bösendorfer de rica madera barnizada y decorado con bellas pinturas. Entró la condesa, como siempre lo hacía allí, en ese recinto sagrado para ella, con los ojos humedecidos, y suspirando con el aliento de una sílfide. Se acercó al piano y lo acarició lenta y suavemente en un encuentro de dos almas compenetradas. Hellmesberger esperó a que ella absorbiera las emanaciones del instrumento y terminara un recorrido pausado por el salón que no se había abierto desde el fallecimiento de Maximiliano. Le indicó que se sentara en un sofá aco- modado de tal modo que ella pudiera ver y escuchar lo preparado por el maestro. También estaban puestas cuatro sillas con sus respectivos atriles.

Cuando vio que la condesa estaba lista, le pidió permiso para llamar a los músicos: un violinista, un violista y un cellista. Les puso las partituras en los atriles y él con su violín en mano hizo un gesto con la cabeza para que se iniciara la interpretación del cuarteto de cuerdas en Do menor de Bruckner. Después de unas cuantas pruebas con los intérpretes, fueron saliendo poco a poco las nítidas notas brucknerianas. La condesa Henriette quedó asombrada por la música, que, aun siendo romántica, dejaba entrever ciertas cadencias novedosas que se entretejían con el melodioso ritmo austríaco. Hellmsberger como primer violín, continuó acompañado por los demás músicos con mayor soltura y ellos con mayor conocimiento. Repitieron la pieza hasta que él hizo una seña para que pararan. Se quedó pensativo con los ojos fijos en las partituras.

Sin apresurarse, se acarició su barba a la moda, tupida hacia las patillas —iguales a las de Maximiliano—, calmo, silencioso, tratando de no desperdiciar opiniones o halagos innecesarios, como solía hacerlo antes de dar cualquier veredicto. Después de una pausa expectante en la que solo se oía la respiración tensa de la condesa, se dirigió a ella para manifestarle lo fascinante que era la música del maestro de Linz. El asombro fue común a ambos, ya que después de haber visto a Bruckner, tradicional en sus ademanes y desaliñado en su vestir, jamás iban a esperar que salieran de los instrumentos notas tan fascinantes, dulces a veces y que tenían el atrevimiento de lo novedoso. Había escogido Hellmesberger un cuarteto de cuerdas en un momento de madurez del compositor donde mostraba la necesidad de expresar cierta intimidad y dar rienda suelta a las confidencias lánguidas con cierto toque de voluptuosidad. Tímido y reservado, pero no oculto, dictaminó. Detrás de esta música de arcos se podía oír su confesión sincera y sensible de una vida dedicada con fervor a la música y a la religión.

Al percatarse Hellsberger de que la condesa estaba ansiosa de más música, le entregó la partitura del Klavierstück en Mi mayor compuesto muchos años atrás, en 1856 y que consiguió por un amigo común. Habilidosa con el teclado, Henriette se acomodó ante el piano, repasó las teclas una a una como si estuviese acariciando a un amante y logró interpretar primero con lentitud y luego con más soltura la llamada “Pieza para piano” de ritmo… tan… tan vital, alcanzó a decir al finalizarla con una emoción que le abarcó todo el cuerpo, que logró transportarla a su mundo del arte, de la música al que pertenecía, y arrancarle poco a poco el abatimiento donde estaba sumida su alma. Primera vez que se dibujaba en sus labios una sonrisa en mucho tiempo. Era una pieza juvenil de Bruckner, íntima y a la vez vital. El maestro violinista, atento a las reacciones de Henriette, supo que era el momento para tocar alguno que otro vals y un par de mazurkas de Bruckner. Estaba en éxtasis, en una ensoñación en la que las teclas eran las alas de su espíritu. Joseph no se atrevió a detenerla hasta que por fin terminó su interpretación.

—Si me permite decirle, condesa, valdría la pena que conozca a Bruckner. Se trata de un renovador pero balanceado en la composición, también con fama de buen maestro.

Tuvo que esperar unos segundos antes de que la condesa volviera a la realidad. Muy quedo, con suavidad, le respondió:

—Le agradecería le escriba para convenir una reunión.

—No hay problema, condesa. Le escribiré, tenga eso por seguro y la mantendré informada.

“Viena, 15 de marzo de 1868

Maestro Anton Bruckner,

Me he tomado la libertad de dirigirme a usted para que reciba en su despacho a la condesa Henriette von Fürsten. Le he hablado sobre su persona y su calidad como profesor de música. También hemos oído algo de su música. La condesa Henriette tiene interés en conocerlo.

Le agradezco me informe la fecha y la hora en que tenga a bien recibirla Queda de usted con aprecio y gratitud,

Josef Hellmesberger”

Después de las pompas fúnebres de Maximiliano, que lo seguían manteniendo en estado de excitación, Bruckner volvió a Linz y su concentración se abocó a la dirección de su coro de hombres, el Liedertafel Fhohsinn. Con esa obsesión perfeccionista característica en él, no decepcionaría al público que siempre lo aplaudía, ni pondría en peligro su buena reputación como director coral, cargo que ostentaba desde 1860. No la iba a perder a pesar del dolor, los quebrantos de salud, las preocupaciones económicas o las inseguridades que parecían perseguirle a modo de zarpazos ineludibles.

Sobre todo, se sentía víctima de sus detractores. No eran pocos. Les era imposible ponderar su capacidad ni sus méritos académicos tantas veces expresados por sus maestros, seguidores y alumnos destacados. En especial, fue atacado con saña por Eduard Hanslick, musicólogo y defensor del formalismo en la música, considerado por sus seguidores como el sacerdote supremo con derecho a decidir sobre el destino de los compositores. Y la crítica negativa le afectaba a Bruckner hasta la depresión. En el rincón más íntimo de su esencia de compositor.

Y a pesar de ese dolor espiritual ante las críticas, transformada a la larga en malestar físico, seguía trabajando, componiendo, y a la vez ensayando las voces del coro con un concepto de perfección que dejaba exhaustos a los cantantes y más aún a él mismo. Una y otra vez. Hasta el cansancio. Soñaba con una representación grandiosa. Salía de su casa a la catedral y de la catedral a la casa varias veces para cerciorarse de que todo marchara correctamente. En esos momentos de creatividad se subrayaba su manía de revisar si había dejado abierta la puerta o la estufa. Cuando apenas llegaba a su oficina en la Catedral, se devolvía, y así varias veces al día.

También, tenía trabajos pendientes, contratos por cumplir, la expectativa de la apertura del órgano de Nancy al año siguiente, y a pesar de ser experto como ningún otro organista, practicaba cada momento libre. Además, componía. ¿Era posible que tuviera algún momento disponible para otras cosas? Anotó ese curioso pensamiento en su libreta.

Aceptaba todas las clases privadas que cabían en su agenda, y más aún. Tenía por costumbre comprometerse con varios trabajos a la vez. Y es que lo acosaba un miedo visceral a perder lo adquirido. Se despertaba casi siempre en mitad de la noche horrorizado en medio de pesadillas en las que se encontraba en la calle vestido con harapos y pidiendo limosna. Entonces salía de la cama y daba vueltas por el estudio. Quería verificarlo todo. Las partituras, los cientos de objetos que iba coleccionando con obsesión. Cuando se percataba de que su casa estaba intacta, volvía a la cama.

Había tenido una niñez llena de estrecheces y ese trauma lo acechaba como también otros fantasmas que le martillaban el cerebro. Una invasión de seres extrasensoriales, bacterias, moléculas, y a pesar de todo eso o por eso mismo, lograba componer con hechizo.

Quedaba extenuado. Pero en una ocasión la mucha carga mental le produjo un colapso nervioso, aunque no era el primero ni sería el último.

La depresión lo obligó a internarse en el Sanatorio de Bad Kreuzen, donde era habitué y donde se hacía tratamientos con agua fría que le sentaban muy bien. Él creía en ese método puesto de moda en Alemania por Sebastián Kneipp. Cientos de hoteles, centros termales y clínicas se adhirieron a mediados del 1850 a su doctrina: agua fría y plantas para una filosofía de la salud general. Cada vez que se sentía mal acudía a esos baños que según él “restablecían el orden del cuerpo, el sistema neurovegetativo y descon- gestionaban la cabeza”. Además, le servía de refugio y descanso espiritual.

En realidad 1867 fue un año duro para él. Aparte de su extenuación por exceso de trabajo, sufrió en ese entonces dos pérdidas importantes.

Se había enterado por Weinwurm —estando ya internado en el Sanatorio— que Maximiliano con su disminuida tropa imperial había tenido que salir de la ciudad de México y que se había replegado hacia Querétaro. Allí, en el Cerro de las Campanas el Emperador decidió entregarse después del constante ataque de los republicanos. Esto representó un golpe para el debilitado corazón de Bruckner. Lo tuvieron que tranquilizar y detener por la fuerza, ya que estaba dispuesto a salir del sanatorio y viajar a México.

A los pocos días el Emperador fue juzgado por un Consejo de Guerra, sentenciado a muerte junto a sus generales Tomás Mejía y Miguel Miramón y ejecutado con ellos a las siete de la mañana de aquel fatídico 19 de junio de 1867. Como si los disparos fueran al mismo Bruckner. Y justo en México, país que le había atraído, no recordaba desde cuándo.

Cualquiera pudiera pensar que Anton Bruckner, estudiante de música hasta pasados los cuarenta años con cientos de títulos en cada materia, (varios grados de organista, teoría de la música, bajo continuo y contrapunto) tuviera una densa biblioteca sobre diversos temas de interés que en esa época se discutían entre músicos e intelectuales, como filosofía, literatura y arte. Sin embargo, en su magra biblioteca, como lo atestiguaban sus alumnos más eminentes, se destacaba, entre apenas un par de libros, un pequeño volumen ilustrado de las biografías de Hayden, Beethoven y Mozart, un folleto turístico sobre Suiza (a dónde fue por cierto en un paseo para ver el Mont Blanc, que lo llevó de Zúrich a Ginebra, Lausana, Friburgo, Berna y Lucerna), un tratado sobre los actos milagrosos de la virgen de Lourdes, un misal en latín y una biblia. Pero lo más curioso es que destacaba un inmenso libro sobre la guerra de México y otro sobre la estadía de Alexander von Humboldt en lo que era entonces la Nueva España. De eso dedujeron aquellos pupilos que Bruckner no tenía necesidades intelectuales. Y adquirió fama de poco inteligente, de alguien que no leía, y sobre todo en una época en la que la cultura era algo de gran valor. Y esa reputación de inculto iba de boca en boca. Todos se divertían burlándose de él. ¡Y cómo se arrepintió más adelante Gustav Mahler por haber estado en ese corro de maldicientes!

Wagner, Hugo Wolf, Brahms, Liszt y el propio Mahler discutían sobre filosofía, arte y literatura; en cambio Bruckner despertaba en la madrugada, ansioso, insomne, encendía una vela en la íntima soledad de su hogar bajo la cruz de madera y una virgen de Lourdes que formaban su altar, y entre destellos de iluminación interior, buscaba su agenda de anotaciones y escribía con una caligrafía impecable observaciones profundas y emotivas sobre sus ideas de los distintos movimientos de la música de cámara de Beethoven que le venían a la mente. Luego saltaba de tema y apuntaba asuntos de lo más rutinarios de los que se pueda uno imaginar: tratamientos médicos, curas de salud, gastos, salidas y entradas a su oficina; sin dejar de lado recordatorios de los días de ensayo con el coro, los horarios de los cursos que debía dar a sus alumnos. En otra libreta apuntaba algunas aclaratorias sobre las sinfonías de Mozart. Describir su rostro, ahí en la penumbra de su escritorio, con la complicidad de una vela era conmovedor. En esas pequeñas agendas de bolsillo están también con precisión y detalles las descripciones de su viaje a Suiza. Las puestas de sol y los magníficos Alpes Berneses. Y todas esas anotaciones de viajes, visitas y expediciones con sus respectivas fechas. Nadie en ese entonces llegó a pensar que de aquellas libreticas salía a relucir la propia alma de Bruckner, sus inquietudes existenciales, temores, amores, dolencias, y su música, claro. Eso, pocos lo entendieron.

Lo cierto es que cuando Bruckner se enteró de los preparativos del viaje de Maximiliano y Carlota para hacerse cargo de la responsabilidad de establecer un imperio en México, averiguó sobre la posibilidad de integrarse a la comitiva como organista de la futura corte. Incluso manifestó a sus amigos íntimos que había recibido una oferta para acompañar al Emperador.

Entre las cosas que siempre le interesaron, como se descubrió en alguna de sus agendas de bolsillo, fue, además de los avatares de Maximiliano, su deseo de abandonar Linz que lo aburría en cierto punto y emigrar a México o a Rusia. Una búsqueda enigmática y secreta de objetivos lejanos, ¿o más bien inasibles?

Se podría decir que quizás fue en los momentos efervescentes de la expedición que se preparaba en Austria como en Bélgica, cuando se hizo más evidente su interés por un país tan lejano como México, conocido sobre todo por las batallas de las tropas napoleónicas para dominar parte de los territorios fronterizas a los Estados Unidos. Y sus conocimientos sobre el país eran amplios. Las descripciones y la exótica historia de México lo hechizaron y siguió con detalle los acontecimientos desde que zarpó de Trieste la fragata austríaca Novara, escoltada por la francesa Themis.

Y en el preciso momento en el que Bruckner salía del sanatorio, algo recuperado, fallecía su maestro Simón Sechter, que volvió a repercutir en su estado de ánimo. De hecho, Sechter lo consideró como su mejor alumno y le había dedicado una fuga el día de su graduación. Al convertirse en el sucesor natural de su antiguo mentor, además del dolor de muerte, iba a significar más ocupaciones, compromisos ineludibles, por lo tanto, mayor agotamiento.

La carta del profesor Hellmsberger le llegó a Bruckner en medio de ese momento de gran agitación mental. Sin embargo, con su característica formalidad, respondió de inmediato, entre otras cosas que “estaba muy ocupado… pero a pesar de ello, sería un honor complacerlo y recibir a la condesa Henriette von Fürsten, siempre que fuera después de la presentación del orfeón…”

En efecto, estaba ensayando el coro final de “Los Maestros cantores de Nuremberg”. Y es que Bruckner había conocido por primera vez la música de Richard Wagner a través de su maestro Otto Kitzler, director musical del Teatro de Linz. Las óperas “El holandés errante” y “Tannhäuser” lo impactaron de tal modo que viajó a Múnich para el estreno de “Tristán e Isolda”, acontecimiento musical del que estaba en extremo pendiente. Y para su sorpresa llegó a conocer en esa ciudad bávara a Wagner en persona. También, para su beneplácito, logró trabar amistad con el implacable director alemán Hans von Bulow.

Después que aquel primer encuentro en Múnich, Wagner, impresiona- do por las partituras de las primeras sinfonías que le mostró Bruckner, guardó cierto cariño y admiración por él, en especial por la benevolencia al compositor humilde que se había inclinado casi hasta el piso cuando se lo presentaron. Para sorpresa de muchos, el músico alemán le envió la parte final de la ópera “Los maestros cantores de Nuremberg” aún sin haber sido estrenada. Con orgullo comentó Bruckner a Rudolf Weinwurm: “Sonó, pues, el coro en Linz, en el mes de abril, como una especie de “estreno a plazos” de la obra de Wagner”. Fue un evento relevante en Linz que Bruckner diera a conocer ahí las primicias del fragmento wagneriano, unas semanas antes del estreno absoluto de la ópera, que se llevó a cabo el 21 de junio de 1868.

Y cinco días después de ese importante acontecimiento musical, la condesa Henriette von Fürsten se preparaba para su cita con el consagrado maestro coral y organista. Era un martes a las dos de una tarde soleada. Eso siempre lo recordaría la condesa. La luz, el cielo despejado y una franca sonrisa la ayudar a comenzar el día con optimismo. Antes de partir entró a la capilla privada del palacio, como siempre lo hacía cada vez que emprendía un viaje largo o comenzaba una nueva aventura. Se inclinó ante la cruz y se quedó largo rato en devota meditación.

Viajaba desde Viena a Linz, relajada, en un recorrido que el cochero trató de que fuera amable. Se recostó en los cómodos almohadones de su carroza con olor a palo de rosa y se puso a recordar expectante sobre el comportamiento de Bruckner en la ceremonia fúnebre de Maximiliano.

¿Cuál era su relación con el Emperador?, ¿el porqué de tanta atrevida veneración? Además, soñaba con su música, la que le interpretó Hellmsberger, estaba imbuida por el sentimiento religioso que transmitían las notas y la pulcritud de sus melodías, la belleza de la composición. En ese recorrido de imágenes y de sensaciones vislumbró de repente la silueta del compositor a través de su obra, no como lo veía la mayor parte de la gente. La figura verdadera del hombre, así como lo conoció había desaparecido en la neblina de unos recuerdos no tan lejanos, y se entretejió a la de su imaginación.

El carruaje de la condesa se detuvo frente a la casa de Bruckner. Él acababa de comer y se estaba limpiando los últimos hilos de salsa que le salían de la comisura de los labios cuando oyó el ruido de los cascos contra las piedras de la entrada del edificio. Saltó de su silla, corrió al baño a lavarse el rostro y las manos como siempre lo hacía, con agua helada, y como siempre, con un fervor religioso, evitando el espejo y como siempre, irritado por aquel cristal que mejor no estuviera ahí. No quería mentirse, así que era preferible no reflejarse en él. A sus cuarenta y cuatro años no se había acostumbrado a la forma de su rostro ni de su fisonomía, y no había cómo tapársela, así que, como aquellas aves que esconden su cabeza ante una tempestad, no lo veía. Pensaba que así podría prescindir de las miradas ajenas.

Apenas terminadas las abluciones, con paso rítmico, moviéndose de un lado al otro y evitando las marcas de los listones del piso que se sabía de memoria, le abrió de par en par las dos gruesas hojas de madera para que la condesa no tuviera que esperar. Detrás del músico, algo más lejos, estaba parada una señora un poco más joven y bastante robusta. De inmediato con una corriente irradiante, el aroma del palo de rosa se introdujo en el apartamento como un bálsamo:

—Magnífica condesa…

Iba junto a una dama. Antes de que Bruckner pudiera reaccionar o continuar con todo el boato y movimientos protocolares que había ensayado, Henriette le dijo a modo de saludo:

—Le presento a Klara de Widmeir, mi dama de compañía. Indíqueme por favor dónde puede quedarse.

Bruckner le mostró la pequeña sala de entrada.

Klara se quitó el abrigo, el sombrero, los colocó en el perchero, sacó un libro de su bolso y se acomodó en el sofá.

Antes de pasar a la condesa al salón se inclinó casi hasta el piso con una reverencia parecida a la que hizo ante Wagner, quien lo mandó a levantarse de inmediato. Eso hizo también la condesa, quien ante ese espectáculo se despertó del sopor que la tenía amodorrada después del largo viaje.

Y a pesar de lo preparada que estaba, le tomó un buen rato ensamblar su imaginación del organista con el hombre de carne y hueso que ahora estaba delante de ella, además con el sensible autor que había compuesto la música que escuchó en el salón del palacio en Viena junto a Hellmesberger. Sin embargo, cuando la hizo pasar a aquella habitación notó algo más.

Vio ahí, en aquel desorden, un aura, al genio que se percibía en el ambiente de esa estancia —no muy grande, más bien diminuta para dar paso a su lujosa y amplia falda—, que le desconcertó. En primer lugar, estaba el piano, encima, colgado de la pared, un retrato de Maximiliano, más abajo, una cruz de madera, y en un nicho, la imagen espectacular de la virgen de Lourdes encima de una la vela bajo ese altar enigmático. Todos esos objetos hablaban por sí solos de la personalidad de Bruckner.

Se quedó quieta por unos instantes. Dios Santo, mein Gott, pensó. Sus facciones se iluminaron como ante una revelación. Rememoró las experiencias que la habían macado, en todo lo que había ocurrido durante su azarosa vida, en el boato que había rodeaba su mundo exterior y que ahora estaba poseído por la devoción y la fe. Su compromiso con Dios estaba presente incluso en su estilo y conducta, aquel voto que hizo acompañada de la archiduquesa Sofía de Baviera. De tal modo que el ambiente de la casa de Bruckner se le hizo familiar.

En ese instante Henriette alejó de su mente al músico entre desaliñado con el cuello de la camisa arrugado y el traje apretado. Tampoco se fijó en el rostro lleno de surcos profundos. Todo aquel enjambre de pensamientos desagradables desapareció cuando se acercó a él, sonrió para sus adentros con la misma calidez que lo hubiera hecho la virgen de Lourdes que se destacaba en ese altar privado. Él estaba discretamente apoyado de una silla del comedor mientras ella se habituaba al entorno que se fue impregnando por donde caminaba con su aroma de rosas. Se quitó el sombrero cuyo tocado había velado su rostro y lo puso, apartando varios papeles, con sumo cuidado, sobre la mesa. Respiró profundo, el rostro suavizado, plácido y aristocrático. Un abanico se balanceaba en su muñeca sostenido por un aro de perlas con una cruz. Entonces pudo él oír su dulce voz. Ya estaba lejos aquel tono de mando que casi le había helado la sangre al músico al momento que irrumpió la condesa:

Herr professor Bruckner, gusto en conocerlo.

 

Editada por ABediciones, 2025.

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