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El sábado me visita de nuevo mi amiga poeta con la joven Alfonsina. Me da mucha alegría verlas. Las invito a almorzar. Luego nos vamos al jardín, nos sentamos a conversar.
Le cuento a Alfonsina que yo, que siempre he sido triste, dejé el puerto un día que no me dio tristeza. Dejé el mar, pero también me lo llevé. En Puerto Cabello había mucho silencio y la gente no era feliz. Pero puedo decir que no me dio tristeza porque ya Ida se había ido con su familia en el año de 1939. Lo tengo muy claro porque ese año me casé con Alfredo y también porque ese año ya sabía que nos mudaríamos a Caracas. Estaba recién casada y volvería a ver a Ida en la capital. Recuerdo que cuando ella y yo nos despedimos fue algo simple, sencillo. Ida era poco expresiva, yo también, es cierto. Pero no era eso, era que ya sabíamos que tan sólo dejábamos Puerto Cabello, pero no nuestra amistad; pronto volveríamos a estar juntas.
Cuando llegué a Caracas estaba maravillada. Casi un país era la ciudad de lo grande que la veía. Alfredo me tomaba fotos frente a casas vistosas, en plazas, escaleras y campanarios que para mí eran como animales. Como ovejas, como bueyes, como criaturas del mar… Mi amiga poeta se ríe con este cuento, Alfonsina también. Yo me río con ellas y les digo, no, no, en serio, quizás mi cabeza por aquellos días de recién llegada seguía por los lados de San Esteban, de Borburata, de Puerto Cabello.
Miramos el mundo con los límites de nuestras palabras, les digo. Las imágenes que entran por nuestros ojos al final se convierten en lenguaje. No digo nada propio, sigo al lúcido Wittgenstein. Un hombre de la selva verá un edificio y pensará en un gran árbol, verá el mar y dirá que es el río más grande que ha visto.
Así estaba yo en Caracas, viendo el mar y viendo el monte, viendo animales y árboles y hasta embarcaciones. El obelisco de la Plaza Francia se me presentaba como un mástil, figuré incluso transatlánticos donde se alzaban edificios. Aquel era el mundo que yo había conocido, y así también nombraba el mundo nuevo. Lo mismo hicieron los europeos que llegaron a estas tierras. Acá se habían hecho reales las maravillas que alguna vez imaginaron. Lo sabemos: ya no era el reino del Preste Juan ni Cucaña lo que buscaban, sino El Dorado. El Orinoco fue el Ganges, el Tahuantinsuyo, la bíblica Ofir; los pumas, leones; las llamas no más que monstruos; el cóndor, un grifo. La herencia de los cruzados pasó a América. Nombraban lo distinto con lo que ya conocían. Así andaba yo, viendo fauna, viendo criaturas hermosas en la ciudad.
La realidad no es una sola. Puedes mirarla desde muchos prismas, traspasarla. Existen, sí, distintas realidades. Podemos conocerlas si nos esforzamos. Yo lo he hecho. Aquellas primeras veces que Alfredo me llevó a pasear por Caracas, yo cambiaba lo existente. No se crea, me gustaba, sí, la capital, pero el bautizo de las cosas nuevas con mis palabras formaba parte de mi juego privado, íntimo. Yo estaba lejos del mar, lejos de la selva, y el contraste resultó tan inmenso que me puse a jugar de esta manera, porque simplemente me divertía, pero también, ahora lo pienso, porque temía, porque con aquel juego me protegía.
Yo he estado en otras partes, he atravesado puertas, volado lejos. Cuando no salgo de mi cuarto porque la edad me dificulta la pisada, tomo un cuaderno y me pongo a escribir. Entonces me voy, hago algo distinto con la realidad. La palabra es hermosa. Entiendo, sí, lo anoté hace poco, a esos poetas que comprenden el lenguaje como si este fuese una máquina de escribir rota que hay que juntar para decir la poesía. Yo no digo que sea sencillo, no lo es, pero para mí la palabra es una fiesta y me sume en una cierta locura dichosa. Y aclaro que la respeto, a la locura. Mi pobre Ida estuvo allí; así que no juego con la idea, ni con la palabra. Pero esta mía está bien, no la concibo nefasta, me lleva a otros territorios, a celebraciones, a grandes momentos que hacen historia dentro de mí, que dejan huella, me sostienen.
La poesía te invade, lo he dicho siempre en entrevistas, en conversaciones. Te invade la cara, los ojos, las manos, la vista. Es como el viento, pero también agua, llamarada, elementos que van y vienen y transforman. Con ella podemos trasegar el mundo, recombinarlo, renacerlo, incluso esta Caracas, que ya hace tiempo dejó de ser la que era, puede ser mirada de otra manera. Me gusta menos la ciudad, pero también cada vez menos salgo de casa. Ya no hace falta: yo llevo ciertas distancias muy cerca de mí; yo soy el mar de Puerto Cabello, el aire del mar, la selva, su aroma profundo.
Mi amiga poeta calla, también esta chica Alfonsina. Por un instante no saben qué decir, creo que luego comprenden que no hace falta decir nada. Yo las miro sonreída, miro también mi jardín. Las tres pertenecemos a este espacio florido, lo completamos, existimos con mayor plenitud en él. Y no sé por qué, ahora pienso que soy un crisantemo, así de fuerte, así de eterna, así tan hermana de la muerte pero al mismo tiempo tan viva. Soy un crisantemo, sí, y eso me complace profundamente.
De la edición de LP5 Editora (2026)