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Los buenos libros

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Corría febrero y corría el año de 1979. También corría yo sobre la urgencia de los 18 años. Dos recuerdos mantienen suspendido en mi memoria mi primer día de clases en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. El primero es una gran pancarta de tela que cuelga sobre una enorme pared, junto a la rampa que conduce a los salones de clases. Es un cartel de bienvenida del centro de estudiantes a los nuevos alumnos. Sobre la tela está dibujada una bota. Arriba de la bota, una pregunta: “¿Sabes para qué sirve esta bota?” Debajo de la bota, la respuesta: “Para darle una patada en el culo a los licenciados en Letras que buscan trabajo”. El segundo recuerdo, gracias a cualquier dios y a la buena literatura, es Adriano González León.

Las jornadas de estudio comenzaban a partir de las 5 de la tarde y a mí me tocaba estrenarme asistiendo a las 7 y 15 en el aula 201. La materia se llamaba “Introducción a las literaturas occidentales”. Así fue. Así tuve la suerte de que Adriano inaugurará mi primera hora de clases en la escuela de Letras. La expectativa era grande. Entre otras cosas porque, de seguro, todos los que nos juntábamos ahí jamás habíamos estado tan cerca de un escritor.

Ahí estaba, de pie, frente a nosotros, ese hombre tan semejante a un sueño. Casi era la constatación de que los escritores existían y llevaban una vida cotidiana, podían elegir una camisa gris o un pantalón azul, tenían gestos, tosían, se quejaban del tráfico y repartían preguntas en los exámenes. Era, también, la ilusión de tener de pronto un ideal al alcance de la mano. De repente, tropezamos con un hechizo en mitad de la academia.

Adriano era un profesor prodigioso, un maestro alborozado en la ruta de iniciación en el conocimiento de la literatura. Su memoria se agitaba en un permanente estado de ebullición. Sus palabras saltaban en medio del aula. Casi podíamos verlas, descubrir su presencia, tocarlas. Iban y venían. Nos mojaban con su resplandor. Se alzaba de pronto una cita de Rimbaud que luego escapaba y se hundía en la primera frase de Los Hombres de Maíz. Baudelaire (¡Mon coeur mis à un!) incendiaba los pupitres. Rulfo conversaba con James Joyce. Estallaban los verbos de Cervantes en el aire. Dante inventaba un precipicio sobre el pizarrón. Los versos de El Cantar de Los Cantares sutilmente se perdían entre las piernas de las más hermosas muchachas del salón. El único método que conocía Adriano era el entusiasmo. Y su entusiasmo fue ferozmente eficaz. Nos contagió con la mejor experiencia literaria posible: el gozo de la lectura.

Así aprendimos, de manera radicalmente natural, la mejor lección: no nos convocaba a estar ahí ningún deber, ninguna ciencia. La literatura, antes que nada, era una fiesta. Pero el sentido de la fiesta también encontraba, en esas clases, una nueva dimensión, más profunda y definitiva. No se trataba de un simple desorden orgiástico. Había también una ponderación de las palabras, y del acontecimiento estético, como un acto de poder capaz de cambiar una vida en muy poco tiempo, en el tiempo en que lees esta línea. La fiesta, entonces, también se convirtió en un sacramento.

Al inicio de ese extraordinario libro llamado “La experiencia de leer”, C.S Lewis tiene una frase trepidante: “El mal gusto es, digamos, por definición, el gusto por los malos libros”. Desde estas comillas recuerdo hoy a Adriano González León. Desde ese agradecimiento que aún respira en algún lugar de 1979. Porque él hizo por muchos de nosotros lo mejor que podría haber hecho un excelente escritor: descubrirnos el gran universo donde viajan todos libros, eternamente vivos; acompañarnos en el difícil camino del gusto, enseñarnos a descubrir el milagro de los buenos libros.

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