Alucinaciones / Letra A, de Mario Morenza

31/ 07/ 2013 | Categorías: Cuentos, Destacado

“La rutina puede llegar a ser el más temible

alucinógeno que se conozca en la naturaleza.”

                                               Morocco Navarro, a sí mismo en una noche de insomnio.

 

 

pasillo Picnic en el Karma Ghia Caracas – Maracay – Caracas

 

Ver cómo se desplazan las montañas por las ventanas del Karma Ghia era lo que Fabiana y yo conocíamos como road movie. El celuloide tenía ancho, profundidad, colores y nosotros éramos la versión caribeña de Bonny and Clyde que el paisaje reclamaba para ser taquillero. Fabiana en aquella época solía usar para los viajes aquel bluyín del Mercado de los Corotos que fue evolucionando proporcionalmente al kilometraje del vehículo, en pescadores, bermudas y, por último, en chorcitos más acordes con su personaje. La realidad se nos dislocaba y la jurábamos en constante fuga horizontal. Era como atravesar un territorio sagrado conduciendo un vehículo diabólico. La ecuación, para explicarnos esta teoría, fallecía cuando Fabiana alzaba sus piernas de textura toronjil como antenas captando vida extraterrestre y las aireaba fuera de la ventana del Karma. Ella confesaba que podía sentir como el viento se le metía por unos poros y escapaba por otros, y que pedazos de aire se quedaban dentro, conviviendo por años, hasta que les diera la gana de huir, ya sea en forma de eructos o palabras. Al final de la carretera, siempre veía el efecto ocular que producen los rayos solares. El pavimento tiembla como gelatina y parece un lago. Siempre, en algún momento del viaje, hacía alusión a este significativo fenómeno que, como nuestras incorregibles ecuaciones, estaban un poco más allá del hasta dónde podíamos llegar.

 

 

Dos tazas de café antes del trigésimo paso

A-1/ Diciembre 2005

 

Apoyarme en el balcón toda la vida fue un acto religioso. Un ritual equivalente al acto, teatral algunas veces, de señoras emperifolladas que han de inclinarse en los muebles de la Iglesia, mientras el cura recita versos ininteligibles (al menos para mí) de la Biblia, llenos de parábolas sabias, consejos milenarios que, con el transcurso de los siglos, no logran desenredarse (al menos para mí). Imagino a estas señoras ponerse de pie. Estrechar palmas con el vecino más próximo. Secarse la cara enjuagada de lágrimas propias y ajenas. Después de este inalterable acto, de tarde en tarde teatral y ridículo, las lágrimas vuelven a sentarse en pañuelos arrugados o van a morir junto con sus hermanas de agua a cualquier manga de seda oscura, con olor a guardado. La diferencia entre la manía de mirar el mundo desde mi balcón y esta variante parroquiana del yoga, es que mi música de fondo no son las letanías celestiales. Y no tengo idea de por qué.

Escucho carreras de caballo y programas especializados en hipismo durante todo el día. Estoy obsesionado con las carreras de caballo. Sin embargo, tengo quince años que no sello ni un 5 y 6. La abstinencia absoluta. Es como ir a una licorería y mirar las botellas de vino, whiskey y vodka y jamás atreverse a comprar ninguna. Al menos reconozco mi mal. No se trata de una promesa en busca de algún milagro esquivo, de alguna cruz o ungüento purificador. La paradoja es absurda y está teñida de una constante de derrotas. Digamos que toda mi vida le aposté al caballo equivocado. No el perdedor de los perdedores, ese que siempre se traga el humo de la ambulancia, no. Toda mi vida le he apostado al caballo que siempre estuvo a punto de ganar. Finales de fotografía. La antítesis del fanatismo, seguro pensarán aquellos a quienes le confío mi hazaña descolocada. Yo le llamaría una metáfora a la vida de un fanático de la gloria casi alcanzada. Estoy enviciado con paradojas absurdas y no tengo idea de por qué.

O la pureza del fanatismo.

El desinterés.

El impulso de abandona la memoria y muere.

Que te peguen los coletazos de viento cuando pasa la manada de caballos. Es un viento destilado, que pareciera venir sin esas “basuritas” que te espolean los ojos y hacen que te los restriegues con tus nudillos.

Me gusta apoyarme en el balcón y ver pasar gente, ver la cara de la gente. Ver cómo se desencajan sus facciones. Me anima la situación. Esta actividad, de algún modo, me recuerda a las válidas. Todos los habitantes de Bloque 4 retornan y parten a sus propias carreras. Entre esos dos puntos categóricos que establecen momentos, existen fenómenos de carácter concluyente. Una historia. Y en sus bolsos o maletines y carteras llevan su porvenir fragmentado. Piezas mínimas con las que construirán sus sueños o terminarán por destrozarlos. Se puede llegar a decir que atestiguo principios y fines de jornadas. A veces veo a la chica que se pinta el cabello de colores como si le hubiera caído un arcoíris en la cabeza. La chica estrafalaria. La escucho susurrar canciones que se le meten en su cerebro a través de audífonos y, horas después, cuando ya la noche ha caído, la veo llegar con el maquillaje despanzurrado en su rostro. Tambaleante, atraviesa la vereda. Con las pulseras de metal chillando por el roce. Supongo, que la noche, al caer, le frotó el rostro. La chica estrafalaria.

Todos los días a eso de las 6 y 30, Chicho saca a pasear a su perro chow-chow. El canino parece llevar un registro de sus pasos, como si los tuviera contados y dar uno menos o dos más de lo permitido, le traería consecuencias irreversibles. El perro va y viene de su letra a la mía. Salta al terreno de la manera en que un niño se zambulle en un mar septembrino. Se detiene. Mira sigiloso. Se paraliza. Algo se mueve entre los arbustos. Corre. Corre como un artefacto teledirigido. Luego, intempestivo, destronca su cintura para cambiar comprometidamente su orientación y desviarse hacia un montículo y echarse y revolcarse en la tierra. Se pone en pie después de la enésima vuelta sobre sí mismo. Reestabiliza su eje, bordea mi árbol favorito, a veces orina en él, a veces no, otras, amaga con regarlo y se conforma con levantar su pata trasera por unos segundos. A veces la humanidad realiza un movimiento semejante. Un movimiento perpetuo. Siempre he querido preguntarle eso a alguien.

La biografía de una persona puede escucharse en el tono de las pisadas. Confieso que reconozco algunas. El tamborileo. Un pie delante y otro atrás. Luego se invierten cincuenta veces hasta detenerse en un punto determinado, durante los segundos en que el andante emplea para sacar sus llaves y hacer crujir cerraduras y rejas. Quizá levante una pierna en el trayecto o tal vez no, o sólo se conforme con un amague de chutar una lata de cerveza abandonada en el camino.

Sé reconocer cuando una persona es impaciente por sólo escucharla caminar. El ritmo de los desplazamientos dice mucho. Igual, cuando una persona es solitaria. Éstas, por lo general, caminan rápido y no miran a los lados, a veces se les olvida mirar a los lados, cuando cruzan avenidas y calles que suponen solitarias de vehículos y viene uno y le cruza los huesos y todo por dentro. Debería buscar trabajo como intérprete de pasos. Que me contraten en algún Ministerio. En algún bufete de abogados. Y decidir qué personas son aptas para determinado cargo y cuáles no. Déjeme contratar por Ud. Ese sería mi lema.

Sería mi slogan. Así jefes y gerentes encorbatados de escritorio y oficina se ahorrarían tiempo en entrevistas insulsas, hipócritas e innecesarias. Sólo exigiría, para el óptimo despliegue de mi talento, una pequeña pista de cinco metros en la que ordenase caminar de un lado a otro a los aspirantes. Caminar de izquierda a derecha las veces necesarias. Con la voz distorsionada, oculto en esas cabinas de testigos, que entre sospechosos eligen a quien acusar. Desde allí daré mis órdenes de movilización.

Ahora, con la caminería recién inaugurada en el terreno, muchos vecinos han bajado a recorrerla. A sudar y exprimir los kilos de más. Los más arriesgados trotan. En la tierra las pisadas no se escuchan. La arena, las piedras y el monte no dejan subir el sonido, o será la tierra misma que se los traga. Con baldosas de por medio, como una lámina de retención, es la única forma en que puedo conocer de qué ánimos está una persona.

Muchos, en Bloque 4, me han catalogado como un hombre atento, que sabe escuchar (eso sí). Por un tiempo vivió en el bloque una chica veinteañera. Yo le llevaba (o le llevo) una década de ventaja (o de vejez). Por no sé qué razón nos hicimos amigos. Tal vez la poesía. Tal vez mi buen humor, no sé. Esta chica, al parecer, tenía varios amantes, entre los cuales yo engrosé la lista al año de conocerla. De conocerla cuando fuimos presentados, quiero decir, en una maldita reunión de condominios en que la discusión sobre la mala iluminación del estacionamiento fue desvirtuada para hablar mal de Toñito. Sabía qué días invitarla a tomarse un café y cuáles no con sólo escuchar sus pisadas.

Aprendí a escuchar con la lucidez que da la práctica apasionada, a escuchar cómo camina una mujer después de hacer el amor. Ella llegaba. Ella abatía la reja, sin delicadezas ni eufemismos. Ella enfilaba su paso por la vereda. De esa reja a la entrada de la Letra A, hay unos quince metros, que en total serían unos treinta pasos. Con veinte pasos ya sabía si venía de beber con sus amigas, de estudiar con sus amigas, o de algún encuentro con algún amigo. En este caso, yo me regresaba a la cocina antes que ella diera el paso treinta y me tomaba dos tazas de café (una taza la destinada a ella). Leía el periódico, el vespertino, que por lo general traen una amplia reseña de hipismo y desvergonzados consejos para apuestas.

Me acostaba a dormir. Lo que no quiere decir que me dormía al instante. Quizá la duplicada dosis de cafeína me proclamaba el insomnio. Por lo general, sin cepillarme los dientes me acostaba. Pasaba mi lengua por los incisivos. Por los caninos. Por los molares. Por las encías. Y trapeaba con mi lengua los restos lechosos de café. Era una terapia. Una consolación salivosa por no tener a mi vecina conmigo y una manera de darle ejercicio a mi lengua predispuesta a enredarse. Imaginaba en que esquinas de la ciudad habría estado esta chica. Cuál rutina había articulado entre estaciones de Metro, paradas de autobús y una carrera de taxi. Entre uno y otro malabarismo de mi imaginación me dormía pensando en las frases de su próxima visita que sustituyeran mi realidad soñada en ella. La realidad desde esos tiempos la medí en compases, con pausas relativas y no tengo idea de por qué.

 

Cuando uno desarrolla el oído para ciertos sonidos es difícil ignorarlos. Lo sé porque mi madre fue pianista y para ella escuchar teclear un piano desafinado era el grito de un niño cuereado con correas o toallas mojadas. Las pisadas de los vecinos del A-3 son insoportables. Sobre todo cuando sus pies están descalzos. Los pies son la parte más sucia del cuerpo. Es escuchar sentimientos desnudos. Una especie de voyeurismo del Hades.

Y el Hades tiene forma de A-1. Y en el A-3 parece que nadie usa zapatos. ¿Serán de esa religión asiática que promueve evitar el uso de zapatos dentro de la casa para no llevar al hogar las malas energías de la ciudad? O, por alguna razón, se enteraron de mis cualidades y quieren que funja de psicólogo horas extras, para que un buen día les diga, cuando me los consiga por casualidad en las escaleras, todo lo que tienen por dentro. Caminan y caminan, siento las plantas de los pies anteponiéndose una a la otra y la otra a la una, en sus chuponzazos de piel sudada —de medias recién salidas de zapatos y de pies recién salidos de medias— sobre las baldosas frías. Las veces que subía la-chica-de-muchos-amantes era mi salvación, pero, ahora, en la era post mudanza de la-chica-con-muchos-amantes, no me queda otra que aguantarme confesiones inconscientes. A veces los dones son maldiciones. Para enero del 2006, cambiaré mi habitación para el cuarto que da a Bloque 5.

Pon los pies en la Tierra y sabré quién eres. Mañana, muy temprano, veré el despertar de otras tantas válidas.

Los pies son la parte más sucia del cuerpo y no he sabido por qué.

 

 

Menos llena de periódicos

A-2/ Abril 2000

 

El médico dice que son tres meses. Posiblemente se equivocaron. Voy para la séptima semana de mis supuestos últimos noventa días. Y me siento como el primero. Será que en mí está instalada una bomba compleja, programada para estallar el 13 de mayo, desgarrándome tripas y conductos sanguíneos, venas y conductos de grasa. Lo difícil es saberse molestia. Saberse estorbo. Hacer que las miradas se desplacen de mis ángulos hacia un árbol o pared.

Todo lo que he hecho en la vida es esperar. Ahora, encerrado en esta habitación, mi mundo se hace cuadriculado. Cuando por fin se cumpla el decreto de los médicos, la casa, seguramente, será más amplia, sin mi espeluznante tos llenando los espacios. Sin mis ronquidos angustiantes invadiendo la tranquilidad de las madrugadas.

Ocurrió hace tiempo. Ya hemos pasado por esto antes. Primero fue nuestro pastor alemán, que más bien merecía llamársele teutón. Enfermó de un día para otro. Un parásito, alguna comida, y sin ánimos todas las tardes que lo paseaba. El chow-chow impertinente de Chicho lo sometía por primera vez en su perruna vida: La peluda raza china fue más poderosa que mi teutón envejecido. Un perro muy inteligente, al menos más que el administrador del Bloque, principal sospechoso del envenenamiento de mi teutón.

Al perro lo sepultamos en el terreno, a la orilla de un árbol. El maldito Chow-chow orina todas las tardes sobre su tumba. La casa a Cristina, a Domingo y a mí se nos hizo más grande. Menos llena de periódicos para las necesidades urgentes del animal. Más dolorosos y espaciados se hicieron los rincones cuando se nos fue mi amada Cristina. También quedaron las oquedades en las paredes, sus gritos y padecimientos parecieron nunca irse y merodear la casa con una pulsación silente. Aquella vez que, por el dolor, a Cristina se le alacranaba la espalda, sentía cangrejos fluyendo dentro de sus pulmones y probando la calidad de sus tenazas. Aún los gritos siguen anidando ecos, aquí, en el copete de la cama. Ése es su lugar favorito.

Pintar las paredes fue lo primero que hice después de regalar toda la ropa de Cristina. Una terapia. Un volver a mi primer empleo. Fui pintor de brocha gorda en Maturín. Ayudé a mis padres de ese modo. No era tanto lo que ganaba. Cuando me vine a estudiar a Caracas la casa de Maturín pasó de grande a infinita, con mis padres, solos, haciéndose compañías con un telón de fondo de mosquitos y bachacos, y una banda sonora orquestada por un coro de gallinas solteronas. Al menos, los ecos eran producidos por entidades palpables y visibles. Entidades que olían mal, babeaban y si les dabas mucha confianza te lamían al menor descuido.

Nuestro A-2 se nos hizo grande a Domingo y a mí.

Cuando Domingo baja a comprar pan, el A-2, de algún modo, se vuelve un abismo, un infinito de paredes, un laberinto de cuartos y eventuales espejos. Es un laboratorio de cómo será la situación de darse la cosa al revés. Domingo siempre cambia de lugar los espejos, como si fueran cuadros de réplicas. Reflejarse en ellos es reflejarse en un retrato móvil. Provoca partirlos. Que no se culpe a nadie después de mi acristalada predicción. Los gestos, las facciones y las arrugas que los años cincelan no pueden ser objeto de exhibición en un museo doméstico.

Ir de la cama a tomar un vaso de agua en la cocina, es como viajar de Maturín a Caracas. Siempre termino vomita(n)do. En sillas de ruedas la situación es un poco menos deplorable. Las ruedas han ennegrecido paredes y los ángulos filosos de mi vehículo constreñido de metales han arrancado esquinas nobles de las mismas paredes. Prefiero que Domingo traiga el pan, el vaso de agua, la prensa enrollada para espantar moscas y la noticia desesperada, de última hora en la redacción de un periódico, advirtiendo un nuevo conflicto bélico en tierras asiáticas. Ya a estas alturas ese tipo de noticias debería aparecer en la sección Negocios o Deportes.

Dentro de dos semanas, si los médicos no se equivocan, el A-2 será infinito.

Domingo, hace poco, me presentó a su prometida. Una chica de Buenos Aires que conoció por el Internet. Es realmente hermosa. Pronuncia las palabras como los ángeles. La traerá a vivir con él. Dormirán, supongo, en alguna de las otras tres habitaciones. Es comprensible. Nunca nada es tan malo. Menos, cuando sabes cuánto te falta para el nunca nada. Es lo que me toca a mí dentro de unos cuantos días, según los médicos. Siempre según los médicos. Hay mañanas que deseo su equivocación. Otras, que hayan sido muy optimistas en sus predicciones. Seguro apostaron entre ellos. Es como en los partidos de fútbol. Y pierdes 1 a 0 ó 2 a 3, o pierdes por un gol apenas. Y faltan quince minutos para el final, si no anotas, si no empatas, si no te vas arriba, quedas eliminado. Yo creo que pierdo por goleada. No tengo posibilidades técnicas ni tácticas de anotar. Los jugadores están ansiosos por escuchar el pitazo final. Sin descuento. Quizá lo haya. 1930 – 2000. Así dirá mi mármol. Mi última cédula de identidad. Setenta años que abarcaron un siglo y pellizcaron el nuevo. Mi quizá último consejo para Domingo, cuando suba con la ración de pan de Los Primos, será que compre una mascota, una mascota preferiblemente alemana, que no se dejé joder por el estúpido perro chino. El A-2 no puede estar tan vacío.

 

 

Graba Conversaciones

A-3/ Julio 2005

 

Las manías son tan variadas como los códigos genéticos. Algunas tienden a ser lo suficientemente bizarras para sospechar en el individuo que las perpetra un halito demencial. Es el caso del señor Gustavo Seco que, durante los años vividos, padecidos y, de algún modo, perpetrados en el apartamento A-3 de Bloque 4, registró con su grabadora todas las reuniones de condominio, conversaciones eventuales con sus vecinos en la vereda, en el estacionamiento, en las escaleras de Bloque 4. Registró con su grabadora conversaciones acodado en la repisa de los balcones, arremangado a la cerca del parque, en los bancos de cemento o madera del parque, en la caminería. Su peregrinar de cinco años fue, al mismo tiempo, nutrir los anaqueles de su habitación con una alimentada biblioteca conversacional que archivó con rigurosidad taxonómica. Un diario íntimo de sus conversaciones. Seco era profesor de bachillerato y se peinaba con gomina, ya en estos tiempos escasa.

 

Por tres gruesas horas, el olor a descomposición sorprendió los olfatos de los vecinos de la Letra A durante el mediodía de un sábado. Cuando se percataron que el único de los residentes que faltaba por reportar su queja era el señor Seco y que su Sierra estaba estacionado en su puesto habitual, sospecharon que algo andaba mal: la pestilencia ya no era a comida descompuesta, sino a órganos humanos en descomposición. Entre Pulusa, El Psicólogo de Bloque 4 y los poderes mentales de Rafaela forzaron la puerta luego de varios intentos para comunicarse con él. Seco era flaco y alto, y con  un tic nervioso en el ojo izquierdo que lo hacía parpadear compulsivamente. El hemisferio derecho de sus bigotes tenía una proporción de quince canas por cada cien vellos.

El cuerpo de Seco fue hallado sin vida. Todos los vecinos, aunque negaran con falsas miradas y excusas sin convicción, querían ver el tétrico espectáculo del A-3, así las náuseas complicaran la soltura en el caminar y malabarismos intestinales. A un lado de la cama, había un carnaval de hojas de exámenes, al otro, un carnaval de botellas de diversas marcas y porcentajes alcohólicos que, a primera vista, se confundía con la vitrina de un botiquín o con una exposición etílica que le daba la vuelta a un sambódromo miniatura. Del otro lado, una pared forrada completamente de cassettes y, en todo el medio, el reproductor encendido reverberaba como una boca cuya dentadura era un armazón de aluminio y teclas. Rafaela, instintivamente, dijo: “Esto parece la emisora radial del infierno”. Extendió el brazo y pulsó el botón play.

Se escuchó la voz del señor Alfredo Troconis llevando la batuta. Algo distorsionada por el forzado desplazamiento de la cinta a través de los conductos mecánicos del reproductor. Al parecer, se trataba de la última reunión de condominios cuya asistencia llegó a las ocho personas.

Pulusa que, por su reacción, pareció más asqueado por las palabras que brotaban de las cornetas que por el espectáculo dantesco, hundió su dedo en el botón Stop y la voz del administrador, la odiada voz del administrador, se apagó en seco. El señor Seco, cada vez que los Leones ganaban, ponía a todo volumen el himno nacional, y fue el estribillo patrio lo que comenzó a sonar cuando Pulusa volteó el cassette y oprimió Play de nuevo. Segundos después quedó la sensación de como si el Gloria al bravo pueblo hubiera sacudido las entrañas del aire. Hasta ese momento ningún vecino había visto ninguna mosca: comenzaron a revolotear numerosos escuadrones de moscas dentro del cuarto. La invasión aérea se agudizó en el coro y fue imposible la permanencia en aquella habitación sin ser acariciado por el aleteo de cientos de puntos negros voladores.

Seco se abotonaba la camisa hasta dejar libre los dos últimos botones de arriba.

 

 

Rafaela

A-4/ Julio 2005

 

Después de pulsar el botón Play, Rafaela parecía la única imperturbable. El resto de los vecinos estaban desorientados. Rafaela, desde niña, una cápsula la cubrió de las emociones y asombros. Los psiquiatras que trataron de indagar sobre el misterio de su carácter ígneo, sospecharon la ausencia de una hormona, o cromosoma, o, en fin, la ausencia de un elemento genético con el que nunca dieron. En el silencio de Rafaela, los vecinos presumían una promesa o un secreto que temía ventilar, o por qué no, a veces le daban razón a la ciencia: lo de Rafael era una falla de origen.

Rafaela pasaba casi todo su tiempo pintando. Cuando no lo hacía, se dedicaba a imaginar próximas creaciones. En sus cincuenta años de vida, ha tenido dos ataques catalépticos. Casi una metáfora de su personalidad: simulacros de una muerte. Rafaela pintaba vírgenes. Vírgenes con sus palmas juntas, rezando. Vírgenes con sus palmas juntas, agachadas. Vírgenes sentadas, de rodillas, volando, o elevándose con ángeles; vírgenes en las montañas, en los ríos, en la lluvia, dentro de una gota de lluvia; en el mar, construyendo castillos de corales subacuáticos. Vírgenes negras, vírgenes blancas con sus palmas escondidas, trigueñas, andinas y orientales. La diversidad racial y costumbrista de su panteón beatífico le daba a su obra la heterogeneidad que siempre escaseó en los vitrales de las iglesias.

Rafaela, diez años atrás, se ganaba la vida leyendo el porvenir de las personas en sus propias cédulas de identidad. La atmósfera burocrática y laminada del futuro se manejaban ella con soltura verbal y veracidad. Dígitos de siete y ocho cifras bastaban para diagramarle a sus clientes los futuros posibles. Rafaela se negaba a leer cédulas vencidas, argumentando que traían mala suerte, tanto para el propietario del documento como para ella. Rafaela se ganaba la vida diciéndole a la gente lo que querían escuchar. Le fue bien.

Rafaela abandonó el apartamento A-3. Sin mediar palabras con los vecinos apurruñados como en un vagón fúnebre. Rafaela cruzó el rellano que la separaba de su apartamento. Se hizo un arroz a la cubana. Destapó una botella de Frescolita y sacó de un anaquel un paquete de galletas Newton. En mitad de un bocado, se detuvo a pensar en la esposa de su vecino. Ésta andaba de viaje y llegaría mañana, a cualquier hora del domingo. No dudaba que ella misma era la única en poseer el teléfono de la señora Seco, pues no era una mujer muy sociable. Era profesora de educación Artística en bachillerato y, aunado a esto, la cercanía geográfica de sus apartamentos, había facilitado la tenue amistad. Una vez la señora Seco la invitó a una clase para que mostrase algunas vírgenes.

Una mosca. Dos y tres más, empezaron a revolotear por la mesa. Rafaela, en el aletear de los insectos, reconoció en ellos su más reciente destino turístico y que el olor a huevo y arroz les apetecían más que los brebajes alcohólicos de la muerte.

Después de almorzar, Rafaela buscó su agenda. Allí tenía anotado el teléfono celular de la señora Seco. La llevó a las manos de Navarro, el abogado. Qué palabras utilizar, fue la traducción del silencio colectivo de los vecinos que, en la vereda, recordaban una congregación de pascuas. A todo el que pasaba cerca de ellos, de salida o de llegada, le informaban lo ocurrido con el tono de una agencia de noticias especializada en necrologías. La tragedia ocurrida los seducía y los llevaba a compartir más, a abrazarse como excusa de quienes nunca se han, ni siquiera, dado un beso de saludo en la mejilla.

A todos le informaban, con exactitud de detalles: la marca de la botella a medias bebida, cuántas moscas planeaban y cuántas aterrizaban sobre el cuerpo de Seco, el promedio de notas de los exámenes que corregía el desgraciado. A la media hora, con la capacidad que tiene una historia de ir de una persona a otra y desfigurarse, todo Bloque 4 tenía una versión oficial que variaba de Letra a Letra. Por ejemplo, en la Letra D, el señor Seco había muerto envenenado por un antigripal vencido. En la C, se había suicidado (que no era descartable). En la G, se hablaba de crimen pasional, sosteniendo esta teoría en el viajecito de su esposa al interior del país. Y en la E, aún estaba presente la muerte de las hermanastras Torrealba, y se pensaba que había un psicópata asesino entre los bloquecuatreños. Pero, comunicarse con su esposa, ya viuda sin saberlo, era algo diferente. No se trataba de una noticia transformada en chisme. Buscar a un familiar no tan cercano para que éste se encargara de informar era lo más viable. El olor a podredumbre a las cuatro de la tarde se había acentuado. Urgía hacer la llamada. Unas horas más y el apartamento iba a ser el cuartel general de las moscas de Coche. Navarro sacó su celular del bolsillo, y marcó la docena de dígitos. Sonó una. Sonó dos. Sonó tres, cuatro, siete veces y dos llamadas más. Y otras tres. En la cuarta ocasión, la voz programada de una operadora dijo que el teléfono estaba fuera de cobertura e sugiriendo intentarlo de nuevo más tarde. Luego de agradecer por usar el servicio de telefonía a distancia, surgió de la nada, en la nada del teléfono, la voz de la señora Seco, invitando a dejar su mensaje después del pitido. Navarro canceló la llamada. El señor Luis, el psicólogo del A-1, dijo que, de seguro, dentro del apartamento, había una agenda con los teléfonos de las amistades de los Seco. Gerardo, del A-7, dijo con impertinencia que los teléfonos de las amistades de los Seco seguro estaban anotados en una sola hoja, para qué iban a tener una agenda. Nadie, obviamente, hubiera ignorado e, incluso, reprochado el comentario de Luis en otra situación. Bueno, no nos queda otra, dijo Navarro, a ver, ¿quiénes entramos y resolvemos esto de una buena vez? Nosotros éramos los únicos amigos de Seco.

Navarro no había terminado de hablar cuando Rafaela, casi moviéndose como un zombie, se dirigió a la entrada de la Letra A.

—!Bueno! —exclamó Navarro—, ¡allá va la valiente Rafaela!, sé que ella podrá, sin la ayuda de nadie, encontrar la agenda. Ella y la señora Seco se llevan bien, creo que hasta van al Bingo juntas. Y Rafaela, ¿se acuerdan?, tiene ese extraño síndrome de no se impresionarse con nada ni con nadie.

Pasaron veinte minutos y Rafaela aún no bajaba con teléfono alguno anotado. Treinta. Cuarenta minutos. “Voy a ir llamando a una funeraria mientras tanto”, dijo Luis. “Mejor subamos, sabes cómo es Rafaela”, dijo Navarro, llevándose su dedo índice a la sien para indicar cierto grado de locura.

De pronto, se escuchó desde el cuarto del occiso, el sonido de una conversación entre Navarro y Seco: En esta mierda de bloque a nadie le gusta trabajar, dice Navarro. Tienes razón, aquí todos son unos zagaletones que quieren que todo se los dé el gobierno, dice Seco. Muy cierto, no pueden ver una repartidera de algo, dice Navarro. Se escuchan unos ladridos, ladridos de Chow-Chow. Ya toda esta situación me está cansando, añade Navarro.

Los vecinos subieron envalentonados con una tropa de bomberos solicitada por algún otro vecino bloquecuatreño. Cuando entraron al A-3, vieron a Rafaela con sus instrumentos artísticos, su atril, sus paletas, sus acuarelas, su delantal, sus pinceles y su talento. Retrataba la imagen del señor Seco en brazos de una virgen. Una virgen asiática, sobre un pedestal que recordaba a un radio reproductor portátil.

 

 

Debajo de los árboles siempre escampa después

A-5/ Agosto 2002

 

Mi marido me recomendó este árbol. Desconozco la especie. Sé de botánica lo mismo que puede saber un televisor de gastronomía. Lo curioso es que soy cocinera. Y generalmente aderezo almuerzos: fragmentos de botánica en polvo. El escozor en la espalda es terrible. No llegar con tus uñas al punto de brote es angustioso. Mi marido me recomendó este árbol. El día se ha hecho gris como si alguien hubiera manipulado manubrios para graduar la intensidad del color. Son las nubes. Llueve. Llueve o no sé bien si llovizna. Siempre digo que llueve cuando sé que hay “precipitaciones” por el gemido de la lluvia en los toldos. Para mí las clasificaciones de pluviosidad no existen. Me quedaré dentro del árbol hasta que escampe. El terreno se humedece poco a poco. Unos niños que jugaban al fútbol en el terreno se refugian en la Letra C.

El escozor no para.

Por la calle, la gente me ve como si un hombre invisible me torciera el brazo cuando intento rascarme. En casa, he optado por rascarme con un tenedor amarrado a un palito de gancho. Tengo dos. Uno en mi habitación y otro en la cocina, en la repisa de la ventana, donde antes solía colocar cuchillos cruzados para evitar que lloviera. Antiguamente, en la etapa primitiva de mi escozor, me rascaba la espalda en el marco de la puerta de la misma cocina. Es una puerta corrediza y, para cerrarse, se encaja en un borde que, a manera de asidero, tiene los ángulos precisos. Pegaba mi espalda al marco de la puerta y movía mi cuerpo como si bailara lambada con un hombre invisible.

Mi marido me recomendó alcohol. El alcohol alivia. Siempre lo untábamos en las ronchas que dejaban los mosquitos de Sotillo. Nuestros hijos, cuando pequeños, donaban su sangre a enjambres de insectos. Fui a dermatólogos. De todos ellos, no recibí nunca una respuesta satisfactoria. Que lo mío era psicológico. Por lo tanto, tenía que consultarme con un psicólogo. Hasta me lo recomendaban. Agarraban una tarjetita y me la daban como si fuera una carta en plena partida de bridge. Hasta ellos mismos telefoneaban y me apartaban la cita. Pensé que entre dermatólogos y psicólogos había un trato estrecho, un negocio de pieles y mentalidades.

Desde hace un mes visito este árbol. Me acodo a él. Abrazarlo por completo es imposible, cada uno de mis brazos necesitaría cuatro antebrazos más para que mis dedos lleguen a tocarse al otro extremo. Un anillo de mis carnes y de mis huesos en el tronco del árbol. Como si nos casáramos y nos hiciéramos el amor. De todas maneras, nunca lo he abrazado. El árbol es mi mejor amigo. El amigo que siempre está. Plantado. Tres veces a la semana lo riego. Dicen que si uno le habla a las plantas éstas crecen con mayor frondosidad. Son leyendas urbanas como los cuchillos cruzados para que no llueva. Yo diría leyendas rurales transplantadas a la ciudad. Sustituí cuchillos cruzados por un tenedor al que amarré un palito de madera. Ambos, tenedor y palito de gancho, son antebrazos para llegar a los puntos más lejanos para mis uñas en mi piel: un horizonte en mi propia carne.

En estos días de agosto, las lluvias son lo más común. Las escampadas intempestivas. Las lluvias o lloviznas mansas. Días calurosos sin que se asome ni una sola nube. Otros días, también calurosos, en que no se asoma nada azul, como si las proporciones se invirtiesen. Sospecho que alguien muy poderoso decide la graduación cromática del mundo.

En las noches, luego de cenar con mi marido, ambos nos vamos a disfrutar de nuestras pasiones. Él se entretiene con los juegos de béisbol que transmite el canal de deportes. De las novelas brasileñas ya me aburrí. Y aburrirse de las novelas brasileñas es asumir que no volveré a ver novelas por un buen tiempo. Las colombianas tuvieron su época. Las mexicanas y las venezolanas hace mucho que no me enganchan con algo innovador. Prefiero sentarme en el balcón y coger un poco de fresco. El árbol de noche parece intacto. Entre sus ramas anida un pedacito del día recién transcurrido, refugiado como un murciélago que escapa de la luz. Entre sus ramas frondosas, entre esa musculatura verde. Bloque 4 le habla mientras es regado. Siempre he pensado en eso. Tienen una confrontación de palabras que de marzo a abril adquieren el murmullo de las chicharras. De mayo a septiembre, el goteo de las lluvias y el gargajeo de los sapos. Y de octubre a enero el zumbido de mosquitos y luciérnagas.

Ahora ha terminado de llover. Charcos empantanan el terreno aquí y allá como una metástasis. Prefiero decir que ha escampado, pero como siempre ocurre en agosto, o en meses de lluvia neurótica y, sobre todo, en este agosto, mientras me rasco la espalda siguiendo las recomendaciones de mi marido, he comprobado que debajo de los árboles siempre escampa después.

 

 

Pulusa

A-6 / Octubre-Noviembre 2005

 

Pulusa es contador. Fue un maniático de su automóvil. Alcohólico. Ex alcohólico una docena de veces. Fundó la Sociedad por la Dignidad de los Mendigos de Coche (Sodimenco) que, por falta de presupuestos y apoyo del Estado, tuvo poca prosperidad. Llegó a organizar tan sólo una verbena para recaudar fondos destinados a la construcción de una casa hogar para “Los Caballeros de la Noche Etílica”, tal como Pulusa, en su derecho de palabra, denominó a los mendigos de Coche en la única reunión de condominios a la que asistió.

La administración Alfredo Troconis quiso hacerse de sus servicios por las conocidas dotes de contador (y genio matemático), oferta que, sensatamente, rechazó, por la imposibilidad de cuadrar las cuentas sumidas en un irreversible caos financiero. Pulusa tuvo un carro. Un deportivo de dos puertas. Un Plymouth. Era blanco. Pulusa, en esos éxtasis que lo atacaban de noche en noche cuando los niveles de alcohol controlaban las trincheras de sus emociones, decidió bautizarlo como El Colmillo Indomable. Lo lavaba y pulía a diario, hasta dos veces: un despliegue de obsesión compulsiva que no sólo se quedaba en el jabón y el encerado. Cuando ya todos conocían el alias del mejor amigo de Pulusa, le gritaban cuando lo veían salir de la Letra A con el tobito y los materiales de limpieza: “¡Pulusa, ya está bueno, le vas a arrancar el esmalte a tu colmillo!” Pulusa, en un comportamiento de sobreprotección paterna, verificaba el funcionamiento de la alarma de dos a tres veces. Pulusa amaba a su carro.

Una tarde de octubre, el celo que le rendía a su Plymouth, casi una prolongación de él mismo, desapareció tal como siempre desaparecían las multas por conducir ebrio: Pulusa prestó su Colmillo Indomable y jamás volvió a saber de él. Estaba en el nivel Everest del alcoholismo. En ese estado es capaz de confiarle su alma a Dorángel Vargas o le da, las más de las veces, por perseguir, con cuchillo en mano, a los muchachos que beben los viernes en el estacionamiento, hasta cansarse de ser toreado y burlado.

A veces, en las madrugadas, con linterna encendida en mano, busca su Colmillo en el estacionamiento. En la otra mano la alarma. Sonido y luz. Los dos fenómenos que más rápido viajan en cada una de sus palmas. El ruido. Los silencio fóbico. El haz de luz posándose algunos segundos en las placas de los automóviles, es una escena que me provoca un Déjà Vu Light.

 

 

La piel del humo

A-7 / Diciembre 2010

 

Azar. Azar. Azar debería ser el nombre secreto de Dios cuando no quiere firmar. Es la mejor definición que he escuchado sobre esta palabra. La leí en la prensa. Aún conservo el artículo. Es de un escritor portugués que se llama Lobo Antunes. Fue a la guerra. Anduvo en la guerra. Merodeó en la guerra. Transpiró. Recolectó memorias tanto propias como ajenas. Y es médico. Mi origen portugués me llevó a recortar el artículo. Lo metí dentro de mi billetera como si cargase en mi bolsillo una vivencia ajena, del mismo modo que Lobo Antunes, con lo que atestiguaban sus ojos, sus oídos y sus tactos, dobló existencias ajenas dentro de papeles para luego transcribirlas a máquinas o con cualquier instrumento que estuviera a mano. En las guerras se ve mucho humo. Se llega a oler su ausencia. Lo vuelve todo niebla. Conocemos el significado de la palabra efímero cuando el humo apogea al máximo. No sé si fueron las ollas. O el gas, también en su máximo apogeo. Las hornillas ya se acostumbraron al fuego y su roce constante y diario no les arengará más cicatrices. Así ocurre con aquellos ilusionistas, creo, que caminan sobre piedras incandescentes. Lo cierto es que mis cigarrillos se me agotaron. Cosa extraña un jueves, pues compro los lunes para la semana. Lo que quiere decir que en esta semana de final de década me siento un poco más nervioso. Será diciembre que se me hace humo. Mis vivencias ajenas y propias ni siquiera las resguardo yo. En ningún bolsillo. El incendio volvió efímero el pasado. Cuadros. Un arpa heredada y un acordeón decimonónico. Mis ancestros musicales se desgarraron. La piel del humo acribilla y gime como un gorgoteo en el aire. Las paredes de mi apartamento parecen un mapa meteorológico de tormenta próxima. Una sombra arrastrada y barnizada en los resquicios más inconcebibles. Tenía una biblioteca de lo mejor de la literatura mundial. Memoria ajena y lejana. Mis álbumes de fotos. Memoria ajena y, a menudo, propia cuando las hago mía en mis manos. Nunca aseguré el apartamento. Nunca creí en lo seguros, comencemos por ahí. Mis hijos siempre quisieron asegurarme y yo en todos sus intentos me negué con propiedad y cambiaba el tema. Ahora es vivir como en los esqueletos de las llamas. La piel del humo todas las noches me acaricia. Su aroma es mi perfume. Ni un Hugo Boss ni un prototipo de Talco Mennen para estos casos podrá arrancármelo. Vidrios crujieron y estallaron. Cuando llegue la época de lluvia, habrá otros nuevos vidrios empotrados en las ventanas. El de los espejos no importan mucho.

Cuando llegué con mi nuevo lote de cigarrillos vi salir de cada una de mis ventanas gruesos brazos de humo, un gris pétreo que ahorcaba árboles. Y luego de asfixiarlos, se estiraban para irse contra las nubes. Los bomberos tardaron como veinte minutos en llegar. Diez minutos antes, ya era inútil su presencia.

Uno de ellos me pidió un cigarrillo. Le di una caja para que repartiera los veinte cigarros contenidos en ella, entre sus compañeros del turno de aquel jueves.

 

 

Se vende

A-8 / Mayo 2005

 

Se vende apartamento. Un baño. Tres cuartos. Balcón. 100 metros cuadrados. Dos de los tres cuartos tienen closet. Incluimos nevera Kenmore. No la pudimos sacar. Cuando lo intentamos, la puerta de la cocina era un imposible. Tendríamos que haber derribado media pared desde el marco de la puerta. No valía la pena. Cuando remodelamos el apartamento, hace cinco años, nos olvidamos que algún día nos mudaríamos y tendríamos que llevarnos nuestras pertenencias. Cuántas pertenencias se habrán quedado en esos 100 metros cuadrados. En ese cubo, en el paralelepípedo dividido en cubículos de funciones hogareñas. En los últimos tiempos, cuando Emily tiene guardia en el Hospital, recorro cada uno de estos cubículos.

Sumido en clasificar ropas y adornos para luego meterlos en cajas, atino en que también dejaremos algo más que una nevera que refrigeró nuestras sobras de la cena o el desayuno del día siguiente. Recorro el A-8 como un fantasma. En ausencia de Emily, su voz, sus gemidos cuando la recostaba contra las paredes, sus gritos celebrando alguna jugada de Los Cardenales, sus llantos, sus lloriqueos y sus llorantinas aún siguen presentes en cada metro cuadrado, embutidos y añejados en lámparas, ocultos, descansando en nuestras almohadas disputadas por mil noches.

El A-8 es una cámara de música. Sentía la ausencia de Emily cuando recordaba, angustiosamente, lo allí vivido que no podíamos embalar. Últimamente, Emily me ha reprochado que, en mis vacaciones, no he organizado nada para nuestra mudanza. Es difícil meter en una caja imaginaria recuerdos inasibles, invisibles y completamente reales. Mi padre me dijo una vez, tratándome de explicar la filosofía de la vida y la muerte utilizando piezas de dominó, que el pasado no existía. Que la planificación era algo que iba más allá de la vida misma y de la muerte. Que el futuro no existía. Que lo pasado sólo encontraba su forma dentro del cráneo, en esas imágenes líquidas, a veces carrasposas, de cuando en cuando gruesas y arcillosas como los restos de un ladrillo machacado a martillazos. Y las piezas las movía del modo que el Uno Uno estuviera lo más alejado o lo más cerca del Seis Seis.

Después de esas explicaciones quedé alelado. Como si el diccionario que define el comienzo y el fin de una existencia estuviera escrito con puntos duplicados y tallados en un paralelepípedo que contenía la sabiduría de cien mil maestros tibetanos.

Mientras barría debajo de la cama, descubrí cierta proliferación de partículas de polvo. Tan acumuladas que podía apreciar su olor. Asumí que una solución para embalar recuerdos, es que estos fueran del tamaño de motas de polvo. Así deben ir de uno a otro lado dentro del cerebro. Agrupándose. Asociándose. He allí el aprendizaje. La cosecha de sentimientos de una persona a otra. El milagro de los pensamientos. Los sentimientos cosechados de otra persona a uno. Los hemisferios norte o sur. O izquierdo. O derecho. Qué curioso que el cerebro humano se compone de una manera absolutamente partidista, en dos pedazos contrapuestos cómo suele dividirse el mundo. Emily, el izquierdo. Yo, el derecho. Ambos tenemos lo mejor de cada comarca neural. Ejemplo: Emily sabe en qué lugar puede ir un bombillo. Yo manejo a la perfección el arte de poner un bombillo. Y de destruirlos. Lo primero en el mundo fue el verbo. Este mundo dividido, este A-8 fue verbo. Fue bombillos en cada rincón. Fue gemidos cuando acostaba verticalmente a Emily en las paredes. La columna de Emily entre las columnas del A-8 y mi pecho. Fue verbo mil veces. Con un martillo enterré clavos en esas mismas paredes y colgué cuadros. Colgué retratos.

Y, ahora, en mi mano tengo este mismo martillo.

En total, yo atornillé veintidós bombillos.

En total, Emily ubicó veintidós bombillos.

En total, quebraré veintidós bombillos con mi martillo. Los quebraré como cáscaras de huevo. Y es como acabar con los cráneos de cien mil sabios, desgarrar cien mil almohadas, desdentar las bocas que se atrevieron a pronunciar mil verbos simultáneamente. Toda la casa llena de esquirlas. Tan inasibles, tan nobles y frágiles como lo noble e inasiblemente frágil que no podemos embalar. Que nos tomarían por locos en una aduana. En una inspección de rutina y el azar emblemático de nuestras alcabalas caraqueñas. Toda la furia. El A-8 no tiene luz. La acabo de embalar. Nunca tuvimos una linterna ni un séptimo día. Le pedíamos prestada a Pulusa la suya. Hermandad vecinal. Aquellos tiempos, Emily.

Emily, no te quites los zapatos cuando entres por favor. No te los quites. Estoy en un cubículo que puede ser nuestra habitación, o el baño. Te escribo mensajes de texto. Espero tengas encendido tu celular. No quiero escuchar más tus gemidos, tus llantos y lloriqueos en este apartamento. Ya no cabe más nada en las cajas.

Del libro: La senda de los diálogos perdidos (Equinoccio 2008)

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