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A la memoria del señor Eduardo Morreo.
Así que usted quiere tumbar al gobierno…
No se preocupe, que ya bajaron la Santamaría. No van a entrar. Además, las librerías son invisibles para estas bestias. Pero hay que esperar a que el ambiente se calme. Y de paso conversamos un rato.
Fue mi padre quien me enseñó a apreciar las cosas en su justa medida. No estoy hablando por hablar. Mi padre era sastre. El mejor de Caracas. Y entre los años cuarenta y cincuenta, además, que fueron como el crepúsculo de la elegancia.
De pequeño hasta llegué a ver en ropa interior al general Medina Angarita. ¿No sabe quién fue Isaías Medina Angarita? Fue el primer militar de carrera que llegó a la presidencia de la república. Lo derrocaron los de Acción Democrática y un grupo de militares en octubre de 1945. Mi padre le había terminado de confeccionar un traje una semana antes del golpe y, al ver cómo al general le deslucía, supo que los rumores eran ciertos, que el hombre estaba perdido.
Eso me lo contó tiempo después. Exactamente, la tarde del 13 de noviembre de 1950, cuando corrió la noticia de que habían asesinado a Carlos Delgado Chalbaud, a quien mi padre también tuvo la oportunidad de vestirlo y barruntarle el destino entre agujas y telas.
Cuando sucedió la revolución de octubre, en el 45, ya yo no estaba en el país. A comienzos de ese año, sin que nadie me explicara por qué, me habían enviado a los Estados Unidos. Primero, a una preparatoria en Fordham y luego al instituto Peekskill, de Nueva York, que era una de las mejores academias militares de entonces.
Allí permanecí hasta 1950, cuando tuve que regresarme a Venezuela de manera casi clandestina. Ya se percibía en el aire la guerra de Corea y mi padre tuvo miedo de que me reclutaran. Con razón, pues pronto iba a cumplir los dieciocho años y de seguro me habrían matado en el primer enfrentamiento.
Los gringos me declararon desertor. Y yo, aunque después hice carrera de diplomático, nunca pude volver a los Estados Unidos.
Ascendí rápido en Cancillería, pero en plena guerra fría me destinaron a países como Rusia, Polonia y Checoslovaquia. Esos desajustes en mi vida siempre me sentaron como una incómoda chaqueta que mi padre, por alguna misteriosa razón, hubiera hecho expresamente para mí.
Con el tiempo he ido comprendiendo algunas cosas, pero cuando regresé del norte no entendía absolutamente nada. En uno de mis primeros paseos de reconocimiento por Caracas (por esa zona que hoy la gente simplemente llama «el centro»), entré a una librería, revisé el mesón de novedades y di con un título que me pareció una señal: Comprensión de Venezuela, de Mariano Picón Salas.
Cuando se lo mostré a mi padre, apenas le llamó la atención. Luego reparó en la foto del autor y fue entonces que se dedicó a revisarlo página por página. Me lo devolvió al rato con ese levísimo gesto de disgusto que ya le conocía.
—No creo que leyendo sobre pintura y poesía llegues a ninguna «comprensión» —dijo, en ese tono de voz suyo, tan bajito que era como un silbato para perros que sólo nosotros oíamos.
—¿Por qué no?
—Ese señor fue cliente mío. Le hice dos trajes en el cuarenta y siete. Fue embajador tanto de Betancourt como de Gallegos en Bogotá.
—¿De Rómulo Betancourt? ¿Del maestro Gallegos? ¿En serio?
—Y créeme que no tenía la más mínima idea de lo que es este país. Pasó toda la tarde hablando de las cosas que el «maestro» iba a hacer cuando llegara a la presidencia. Y fíjate, Gallegos no duró ni nueve meses en el poder.
Entre las cosas que yo lamentaba de mi estancia en Nueva York era haberme perdido aquellos tres años mágicos, entre el 45 y el 48, de los que todo el mundo hablaba ya con tanta nostalgia.
Mi padre admiraba a Gallegos. Sin embargo, había visto con horror la revolución del 18 de octubre de 1945. Le parecía una aberración irreparable que el primer intento de democracia en el país se presentase como una «unión cívico-militar».
—Es como un paltó que fuese de lino por fuera y por dentro una arpillera —explicaba, con una de sus metáforas textiles. Para luego rematar susurrando su refrán favorito:
—Aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
Mi padre, esto sólo lo entendí mucho después, odiaba a los militares. Y lo hacía por unas razones que siempre me parecieron que iban más allá de que él y mi madre hubieran tenido que abandonar Italia por la llegada de Mussolini, o del disgusto particular que le provocaba que algunos hombres, pudiendo vestirse como caballeros, escogieran portar un uniforme.
Entonces, ¿por qué mandarme precisamente a una academia militar, lejos de la familia? ¿Por qué sólo a mí y no a los morochos, mis hermanos mayores?
He pasado una buena parte de mi vida tratando de separar estos hilos.
El carro, por ejemplo. Fue a mí y no a mis hermanos a quien mi padre enseñó a manejar primero. A ellos después les compró una camioneta, es cierto, pero sólo a mí me dejaba conducir su Chevrolet Stytline del 52.
Una noche, en el Pampán, se me acercó un hombre.
—¿Es suyo el Chevrolet?
Tenía unos cuarenta años y estaba muy bien vestido. Venía con Casimiro Mirabal, que era el segundo administrador de Acción Democrática y amigo mío de la infancia.
—Así es —dije.
—Pero acaba de salir. Debe de ser uno de los pocos modelos que hay en el país. Tiene suerte, joven.
Como estaba Casimiro, decidí ser franco.
—Es de mi padre, en realidad.
—Entiendo. De todas formas, tiene suerte. ¿Me puedo sentar?
Y era verdad. Desde que cumplí los dieciocho años, siempre tuve carro. Y era el único de mis amigos que tenía.
El hombre se presentó como Alfredo Natera y era, como cabía esperarse, vendedor de carros.
—De hecho, es apenas el segundo Stytline que he visto en Caracas. ¿Quiere saber de quién es el primero?
Sin esperar mi respuesta, acercó el cuerpo al centro de la pequeña mesa. Casimiro y yo hicimos lo mismo:
—De «don Pedro» —dijo en un murmullo.
Se refería, por supuesto, a Pedro Estrada. También lo llamaban «el chacal de Güiria», porque era de allá, de Güiria. ¿Tampoco sabe quién fue Pedro Estrada? Mire, joven, si quiere tumbar a este gobierno debe saber que estos asesinos, esos que están ahí afuera cazando a estudiantes como usted, también son hijos de asesinos.
Pedro Estrada era el director de la Seguridad Nacional. Era él quien mandaba a encarcelar, torturar y desaparecer durante los años más duros de la dictadura de Pérez Jiménez.
—¿Y cómo sabe que no es el mismo carro? —se me ocurrió decirle al señor Natera.
—¿Perdón?
Alfredo Natera había palidecido. Volteó hacia Casimiro como buscando una explicación.
—Está bromeando. Él es el hijo del señor Monti, el sastre.
—¿El de la sastrería Monti? ¿En serio? —dijo el señor Natera, ahora con una sonrisa.
Se abrió una solapa del saco y me mostró el sello cosido que identificaba los diseños de mi padre. Al lado del sello vi una pistola.
De pronto llegaron dos hombres fuertes, muy elegantes y le susurraron algo al oído.
—Nos tenemos que ir —le dijo a Casimiro. Y luego, dirigiéndose a mí:
—Me tiene que prometer que un día daremos una vuelta en su carro.
—Con mucho gusto —respondí.
Casimiro sonrió complacido y me guiñó un ojo.
El Pampán era un café que quedaba entre las esquinas de Gradillas a Sociedad. A mi padre no le gustaba mucho que yo anduviera por allí. La Seguridad Nacional tenía el país patas arriba buscando a Leonardo Ruíz Pineda, quien era el líder de Acción Democrática en ese momento. En aquellos meses de 1952, como bien lo dijo Elisa, una amiga mía de la Cancillería con quien una vez conversé de estas cosas, «Ruiz Pineda representaba la libertad o la esperanza de la libertad». Y en el Pampán, sobre todo los días que había música, solían reunirse rápidamente, camuflados entre el ruido y la gente, los de AD y los comunistas, que también estaban siendo perseguidos.
De modo que haber bromeado con la posibilidad de que mi padre fuera Pedro Estrada y precisamente en ese lugar, no había sido lo más sensato.
Sin embargo, a la semana me contactó Casimiro. Quería saber si al día siguiente yo podía dar una vuelta con el señor Natera.
Y al ver que yo no entendía, agregó:
—En el Chevrolet.
—¿Tú trabajas para ese señor? —le pregunté.
Casimiro no parecía comprender. Hizo un gesto de impaciencia.
—¿Puedes o no puedes?
Aquella situación era muy extraña, pero por alguna razón no pude decir que no.
—Muy bien. Te voy a dar la dirección. Tienes que memorizarla. No la anotes en ningún lado.
Y después de decírmela, hizo que se la repitiera varias veces.
El trayecto aún lo recuerdo, pues fue bastante fácil. Fuimos desde El Rosal hasta Los Rosales, ida y vuelta. En la ida, tuvimos que rodar un poco alrededor de la cuadra, pues estaba la toalla puesta. En el balcón del apartamento donde Natera tenía que reunirse con su contacto, estaba desplegada una gran toalla amarilla. Esa era la señal, me explicó, para indicar que no era seguro bajarse. Después de varias vueltas y al ver que la toalla seguía allí, nos regresamos.
Apenas se le veía el rostro, entre la oscuridad del carro y el sombrero, pero Natera no parecía molesto ni intranquilo.
De hecho, no sé qué estaba disfrutando más. Si aquel paseo nocturno, sin guardaespaldas, o la furtiva inmunidad que le daba el que alguien creyera que se trataba de Pedro Estrada y su chofer, en una de sus acostumbradas rondas insomnes.
—¿Y usted, trabaja con su padre? —quiso saber.
Le dije que no.
—El señor Monti es el mejor sastre de este país, me imagino que se lo habrán dicho muchas veces.
—Eso dice todo el mundo, sí.
—Nada como llevar un traje Monti. Es algo así como manejar este carro, pero con todo el cuerpo, ¿no es verdad?
—Si supiera que, de hecho, no lo sé.
Entonces le expliqué al señor Natera el particular rito de mi padre de confeccionarle un traje a sus hijos sólo en el momento en que hubieran decidido qué iban a ser en la vida.
—Mis hermanos, los morochos, lo tuvieron claro desde los dieciséis años. Ahora se dedican a la importación de telas. Son los proveedores de mi padre y de buena parte de las sastrerías más importantes del país.
Yo llevaba un año estudiando Derecho, pero no estaba seguro de que eso era lo que quería. No me atreví a confesarle a Natera que en aquellos meses tenía veleidades de poeta.
—Así que aún tengo que pensármelo bien antes de plantarme delante de mi padre.
—Pero, ¿cuál es el miedo? Si después decide cambiarse de carrera, no creo que sea tan grave.
—Sí es grave, pero ese no es el problema.
Le conté que ese particular rito estaba conectado, además, con una oscura habilidad de mi padre. La de discernir el destino de sus clientes. De algunos de ellos, al menos. Y le hablé de las premoniciones que tuvo con Isaías Medina Angarita, Carlos Delgado Chalbaud y el propio Rómulo Gallegos.
Natera estaba verdaderamente impresionado.
—Es como una Moira —dijo.
—¿Una qué?
—Una Moira, ¿sabe? En la mitología griega, las Moiras eran las que conocían y manejaban los hilos del destino. Eran tres. Una se encargaba de hacer el hilo de la vida, la otra lo que hacía era medirlo para conocer la suerte de cada persona y la tercera era quien lo cortaba, decidiendo el modo en que moría.
—¿Y cuál de esas sería mi padre?
—No lo sé. También está la creencia de que se trataba de una sola Moira y no de tres. Pero no hay que tomarlo al pie de la letra. Fue sólo una imagen que se me vino a la cabeza.
Avanzamos un rato en silencio hasta que me hizo la pregunta que yo sabía que me haría. O casi. Natera había sido cliente de mi padre. Sin embargo, lo que quiso saber fue si mi padre le habría hecho algún traje a Leonardo Ruiz Pineda.
—Es difícil decirlo —dije—. A fin de cuentas, nadie o casi nadie ha visto a Ruiz Pineda.
A ese corto viaje en carro se limitó mi participación en la resistencia contra la dictadura.
De Alfredo Natera no volví a saber nada más. De Leonardo Ruiz Pineda sí, cuando vi por encima del hombro de mi padre, que se encontraba leyendo el periódico, aquel inolvidable titular de El Nacional del 22 de octubre de 1952. La noche anterior, en un enfrentamiento con la Seguridad Nacional, Leonardo Ruiz Pineda había sido acribillado.
¿Era evidente, no? Pero yo no me enteré de nada hasta el último momento. Se me salieron las lágrimas al reconocer, en el retrato que acompañaba la noticia, el rostro de Alfredo Natera. No hubiera sabido ocultarle a mi padre lo que me pasaba, pero no me preguntó nada. Él también estaba llorando.
En los meses siguientes me atiborré de poesía. Leí a todos «los hijos de la niebla», esa familia rara de poetas venezolanos que según Mariano Picón Salas eran «capaces del murmullo más que del grito».
Cuando le dije a mi padre que quería ser poeta, me dijo que no.
—Tú vas a ser embajador.
Poco después me hizo el traje.
—¿Te lo sientes bien? —me preguntó.
—Sí, perfecto —le respondí.
Estaba mintiendo. Y los dos lo sabíamos.
Del libro Los terneros (Páginas de espuma, 2018)