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Un punto en la mitad del Atlántico. Esa era nuestra ubicación cuando miré en el reflejo de la ventanilla del avión el rostro de mi hija. Sus mejillas estaban empapadas de lágrimas, no una sola lágrima, sino todas las que se pueden derramar en casi cuatro horas de vuelo.
La hija dejaba atrás sus patios de recreo, el uniforme escolar, los amigos, las salidas tempranas a divertirse con un helado. Iniciaría una nueva vida en Madrid, destino desconocido, nuevo colegio. Su acento, que dejaba entrever a las guacamayas al atardecer, debía cambiar por otro que marcaba el profundo azul del cielo.
Volteé la vista hacia mi esposa, sentada a la derecha, quien también tenía los ojos enrojecidos, la mirada perdida, la esperanza puesta en un momento definidor que nos trajera paz y seguridad.
Salíamos con seis maletas, las dos que nos dejaban llevar a cada uno, veintitrés kilos en cada paquete, ciento treintiocho en total, escrupulosamente pesados. En cada maleta venía un kit de supervivencia del inmigrante: ollas, cuchillos, algo de vajilla, ropa de cada uno. Un paso enorme, una casa montada, hacía apenas un par de años, quedaba sin alma, solo los muebles y pinturas eran testigos de que allí una vez vivimos los tres.
Vuelvo a mirar. La cabeza de la hija está apoyada sobre la ventanilla. Duerme entre sollozos. Hemos pasado las coordenadas a 1040 millas por hora y nos acercamos cada vez más al aeropuerto de Madrid. Me sudan las manos y siento las sienes latir.
Encienden las luces del avión. Un momento en el que las azafatas se apresuran a darnos de comer: pollo o pasta. Adormilados, decimos lo primero que se nos ocurre y nos sirven esa comida que, por no dejar, apuramos pensando en que no habrá un mañana.
Ya el llanto se secaba dejando esa sensación de sobre hidratación en la piel, un pegote que empaña la mirada y delata que se está muy triste.
Poco queda por viajar. Mucho por recorrer en esta nueva etapa de la vida española.
El avión pierde altura y aceleración. Ya se vislumbran los terminales del aeropuerto. La emoción contenida en el vuelo es extrema. He visto llorar a mis dos mujeres. Yo tengo el corazón pulverizado y no tengo tiempo para detenerme a pensar en mis emociones. Ellas están primero y a mí, me tocará después, mucho después, escribir esta historia.
Aterrizamos.
El trasiego de las maletas sobre las cabezas lo veo a cámara lenta. Hay que descender del avión. No hay billetes de retorno. Un one-way que nos coloca en una posición de emprender, hacer, destacar o más nada. No hay opción al arrepentimiento. ¡No hay retorno!
Pasamos inmigración, ni miraron los pasaportes, no hubo sellos de entrada a nuestra nueva vida, sin condiciones, sin explicaciones, sin guardias que revisaran las maletas. Eres europeo y tienes derechos como ser humano. Las libretas de identidad de ellas, españolas. La mía, alemana. Los pasaportes nunca habían tenido su definición más clara: pasa aquel que lo porte. Estábamos en Europa y eso, nos supo bien. Hace apenas unas horas habíamos tenido que enfrentarnos a la Guardia Nacional. Con ojos escrutadores y pocas ganas de colaborar, hurgaron sin cesar nuestro equipaje. Revisaron todo. Mi asombro no llegó a desvanecerse. La actitud beligerante y pugnaz del cabo Guerra. Con su punzón penetró objetos y telas, laceró páginas de libros, puso al trasluz prendas de ropa. Su mohín culminaba chupando de un tubo de chocolate para untar.
Años más tarde, cuando las sábanas —que guardaban estoicas sus heridas de guerra— se desgastaron, las despedimos con ternura en un contenedor de reciclaje de ropa.
Texto incluido en el libro Un día de estos (Kalathos Ediciones, 2022)