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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

Los primeros cigarrillos saben a menta

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Una vez vi a mi mamá matando una cucaracha echándole kerosén. Había sacado una botella vieja que estaba en un cuarto húmedo. Mi papá hacía parrilla y usaba ese kerosén para el carbón. Bueno, cuando mi papá aún vivía con nosotras, porque después quedamos viviendo mi mamá y yo solas en aquella casa. Un día apareció una plaga loca de cucarachas y a ella le causaba mucho asco pisarlas, no podía hacerlo. «Pero písalas sin miedo», le decía yo. Ella les lanzaba algún zapato de lejitos y, si quedaban boca arriba moviendo las patas, se acercaba con la botella de kerosén, se tapaba la boca con un trapo y salpicaba las cucarachas hasta que se murieran. No había ni medio para comprar un insecticida o algo así. Ni hablar de los zapatos. Teníamos dos pares: uno para todos los días y otro para ocasiones especiales. Si al de todos los días se le abrían las puntas y parecían unas bocas abiertas, empezábamos a usar los otros a diario hasta que lográbamos comprar un par «especial» otra vez.

Tomé la decisión de trabajar cuando vi a mi mamá con el kerosén. Me dije que eso se tenía que acabar, que ya no podíamos seguir así, cerca de la indigencia. Yo buscaría ganar plata como fuese, sacarnos de la miseria. Quería darle ese regalo a ella que, viéndolo bien, era mi única familia.

Veinte años tenía entonces.

***

De chiquita fantaseaba con salir en televisión. En casa había un televisor de esos viejos, grandes. Mientras mi mamá cosía y dejaba puesto cualquier programa de fondo, yo miraba embobada esa pantalla. Me imaginaba como una de esas cantantes con glamour, de vestidos brillantes y bien peinadas. Cuando me dejaba sola en la casa agarraba las pulseras de ella, me echaba su perfume, pintaba mi cara y hacía que el colchón fuera una tarima. Agarraba el palo de escoba y lo usaba como si fuera una guitarra. Frente al espejo yo me sentía Shakira. Crecí y ese deseo no se fue. Buscaba sentir las luces en la cara, que me reconocieran en la calle.

Ya de grande la verdadera meta era buscar una mejor casa, regalarle cosas a mi mamá por todo lo que hizo por mí, usar el kerosén para lo que fue hecho.

***

Empecé a trabajar en un bar. Era una especie de tasca de mala muerte con varios bombillos quemados, de esas donde te esperas que justo enfrente apuñalen a alguien que pasó por ahí después de las doce de la noche.

Desde que hablé con el dueño noté que el tipo era un baboso. La entrevista de trabajo consistió en mirarme de arriba abajo sin disimular nada. Sé que me detalló el culo, las tetas. Por mi color y mi estatura no me llamaba por mi nombre sino «Morenita».

Era una mierda estar en ese sitio. Ni hablar del uniforme. A juro tenía que ir medio escotada. Por ser turno nocturno pagaban poco más que el diurno, pero igual seguía siendo un mal sueldo. Con las propinas una podía ayudarse. Igual agarré el puesto, aunque casi que me ponía a rezar para que las horas pasaran rápido y así dejar de escuchar Morenita esto, Morenita lo otro.

Todo iba regular, pero una noche hubo un griterío. Lo oímos desde la cocina. Un montón de cosas sin sentido hasta que asomamos la cara a donde estaban los clientes. Camila, una compañera, se puso como loca. Le dijo de todo a un tipo en la mesa. De vaina no le estrelló el vaso en la cara. Que cómo se atrevía, que esa era una falta de respeto, que ella estaba ahí cumpliendo con su trabajo como para tener que oír eso.

Yo me quedé un rato tratando de consolarla. Casi no podía hablar ni alzar la cara para verme. «Estoy harta», decía bajito. Lloraba sin hacer mucho ruido. «Harta», repetía mientras se limpiaba el maquillaje. No era para menos: imagínate tener que atender a una gente que viene de fiesta, que está borracha, con esa música a todo volumen, gritar para que te escuchen y que venga un tipo a joderte la noche. Se tapaba los ojos con las manos, como queriendo decir que metió la pata. Como el dueño es una basura sin una pizca de consideración, la botó. Dijo que no podía tener gente problemática en el local. Imbécil.

A los dos días consiguió reemplazo: una chismosa que me caía de la patada. Parecía una policía porque siempre hacía un interrogatorio. No podía verme riendo con un cliente porque enseguida aparecía ella en la cocina con sus preguntas. «¿Y de qué se reían ustedes?».

***

Una noche me tocó atender al tipo. De inmediato puse mi cara de odiosa. Ante sus comentarios donde se las daba de guapo, yo le contestaba sí, no, ajá, okey. No iba a dejar que me humillara como hizo con Camila. El tipo se me quedó viendo un rato, como intentando decirme algo. Pero no dijo nada. Comió callado, pidió la cuenta. Cuando ya había terminado mi turno y me iba a casa, él me estaba esperando casi a una cuadra después dentro de su carro.

Me dijo que quería darme un regalo. Quedé paralizada del miedo. Casi no me salía ninguna palabra. «Agarra, anda». Me puso unos billetes en las manos, como si fuera una propina para mí sola. «Me puedes llamar Finko, por cierto». Arrancó. Yo seguía asustada. Muchísimo. Lo había tratado a las patadas en la mesa, pero me esperó por horas cerca del restaurante para darme plata. Hasta me dio escalofríos. Conté y era casi el doble de lo que costó el plato. Llegué a casa y mis manos aún seguían temblando.

Cuando me tocó volver al trabajo la noche siguiente, compré algunas cosas con esa plata. Un insecticida fue una de ellas.

***

El tipo empezó a cenar cada vez más seguido en el bar. Yo igual me andaba con cuidado. Él no venía todas las noches, pero ya no era una sola vez por semana. Aunque cada mesonera tenía su sector definido —su área donde podía atender a la gente—, la chismosa siempre miraba hacia donde estaba yo. Preguntaba por qué siempre lo atendía a él, que cuánto dejaba de propina en la mesa. «No mucho», le respondía para quitármela de encima.

Era fijo verlo los martes, eso sí. Esos días yo estaba pendiente de tomar su pedido. Aunque me seguía pareciendo un baboso —otro que me detallaba el culo sin parar—, yo ponía voz de tonta y cargaba una sonrisita todo el rato. Apenas me daba la vuelta se me iba toda expresión. Casi siempre llegaba a la misma hora, se sentaba en la misma mesa si alguien más no la había ocupado, sonreía y siempre hacía el mismo pedido: Coca Cola y milanesa de pollo.

En algunas ocasiones me esperaba afuera del bar hasta que yo saliera. Era raro. Se me quedaba viendo por largo rato antes de darme los billetes, pero nunca se bajaba del carro. Eso me causaba una confusión enorme.

***

Una de esas veces que yo esperaba recibir unos pocos billetes, Finko estaba fuera del carro.

Se apareció con dos mil dólares. Todo en efectivo.

«Te los doy y los gastas en lo que quieras con una condición», me había dicho. Agarré las tiras de mi morral bien fuerte para que no se notara el temblor. Yo podía suponer por dónde venían los tiros.

Me dio una tarjeta. Aparecían las siluetas de un perro bulldog y la de una mujer con manos a la cintura. «Quédate con esto y me debes tres videos, ¿te parece?».

Quedé estupefacta. Pensé en Camila. Entendí por qué ella había reaccionado de la forma en que lo hizo. Me ofendí, claro, pero imagínate cómo me sentí al ver ese bolso con ese montón de dinero. Se me congeló la lengua.

También comprendí por qué esta vez él quiso hacer la oferta fuera del local.

Tres veces le dije que se llevara la plata, que no la necesitaba. «Quédatela», insistió. Me agarró la mano, acercó el bolso y la tarjeta. Dijo que estaría esperando que le escribiera. Se montó en su carro y me dejó con eso ahí, imagínate. Me sentí mareada. Casi podía escuchar mis latidos de lo fuertes que eran. Agarré el bolso, me regresé al trabajo y lo llevé corriendo a mi casillero. «¿Qué te pasó? ¿Y eso qué es?», preguntó la chismosa, siempre pendiente de cada uno de mis pasos. «Nada». «Pero, ¿qué es?». «Que no es nada. Un bolso. Más nada».

En ese momento quise llamar a mi mamá, pero era imposible. No podía contarle sobre el tema.

***

Decidí que no iría más al bar. Me gasté casi la mitad de la plata en un montón de cosas. Carteras y ropa, más que todo. Busqué diez pares de zapatos. Cinco para mi madre y cinco para mí. Se le salieron las lágrimas cuando vio tantas cajas. Saltó de la mesa donde cosía y me abrazó.

Mi mamá, por supuesto, no sabía de mi renuncia. Le dije que ya estaba cansada del turno de la noche, que había pedido cambio para el turno de día. Lo cierto es que me puse a trabajar en una tienda de dulces en un centro comercial. Desayuné y almorcé en sitios donde siempre quise comer, iba al cine sola, recorría el centro comercial. No niego que gasté parte de esa plata en tonterías, pero es que nunca había tenido tanto y enloquecí un poco.

Una semana después me escribió el tipo por teléfono.

Yo no entendía cómo me había conseguido. «Hola. No te me escondas. Recuerda que me debes tres videos», decía el mensaje. Me dijo que había ido al local y le pidió mi número a la chismosa. No sé qué le habrá dicho él para convencerla, pero consiguió el número —igual no era necesario mucho esfuerzo con esa boca floja—. «Podrás ganar más dinero, por supuesto. Si no quieres, vas a tener que devolverme lo que te di».

Ahí comencé a pensar en mi mamá. Me decía a mí misma que no podía hacerle eso a ella, que sería una locura. Me había graduado de una escuela religiosa y pensaba que, de grabar los videos, me iría directo al infierno. Pero estaba el tema de la plata, mudarnos a un mejor sitio, hacerme conocida. Las cucarachas. Olvidarme de las putas cucarachas para siempre. Me imaginaba con mis lujos, los reflectores apuntándome, la alfombra roja. Todo eso.

***

«Este tipo se jodió conmigo», pensé. Pero lo pensaba con las manos temblorosas. No respondía sus mensajes ni llamadas, que eran bastantes. Me cansé y cambié de número. No había reparado en qué pasaría cuando se acabara todo, pero el dinero del bolso lo gastaba a cuentagotas.

En esa época yo sentía una mirada en la nuca. Tres o cuatro veces al día me pasaba eso. Volteaba y no había nadie.

***

Me habían dado mi primer pago en la tienda de dulces. Saliendo de allí, preparada para tomar el autobús a casa, Finko estaba parado en una esquina fumando.

Se me aguaron los ojos. Él lanzó una sonrisa de esas que congelan. Lo hizo un par de segundos antes de decirme que quién mierda me creía yo, que si pensaba que me iba a esconder toda la vida.

***

Antes de salir de la casa ese día pensé que debía buscar la manera de bajar los nervios. Yo respiraba muy fuerte. Las náuseas me apretaban la garganta.

En lo que llegué al set, sudaba mucho. Todo me daba vueltas. Había un olor pesado en el ambiente. Era como de varias cosas juntas: ambientadores, lociones para el cuerpo, cigarrillos. Me pidieron grabar un video en un teléfono diciendo que estaba de acuerdo con lo que iba a pasar esa tarde. Se me había quebrado la voz un poco y tuvieron que repetir el video porque, por esa voz rota, el video estaba quedando «raro». Me hicieron firmar un documento y una chica empezó a maquillarme. Me fijé en que había un par de reflectores apuntando a un mueble.

En ese entonces yo sólo había tenido un novio. No tenía tanta experiencia. Por eso no sabía si lo haría bien. Sentía que la angustia estaba a punto de hacer que muriera.

***

El «director» me pedía una sonrisa, que mirara a la cámara de una forma u otra, que hiciera tal pose. Todo eso con unos pequeños carteles hechos a mano. Pero yo casi que estuve todo el rato con los ojos cerrados. No quería mirar ni al que dirigía ni al actor. Respiraba fuerte. Apuntaba la cara a otro lado mientras la cámara me la apuntaban cerca del vientre. Al menos me hacían caso cada vez que yo decía «stop».

Cuando terminamos de grabar me felicitaron, me dijeron que lo hice muy bien, que soy toda una estrella. Finko empezó a aplaudir y los demás lo siguieron. Gritaba «¡bravo!» y aplaudía.

Yo me quedé inmóvil en el mueble. Tenía la mente en otra cosa. Pensaba en todo, pensaba en nada. «¿Fumas?», escuché. Ahí fue cuando volví a la realidad.

«Pero esto sabe a menta», le dije. «Sí, es de menta», me contestó. Eso fue muy inesperado para mí. Tan inesperado como cuando él me dijo que sería el actor de esa escena. «Pero si me acaban de decir que tú eres el camarógrafo». «Sí, y también soy el actor. Voy a estar con la cámara en la cara, como para dar la idea de que me van a ver desde mis ojos». Y luego me dijo riendo que no me enamorara de él, que en realidad le gustaban los hombres, pero necesitaba la plata y por eso iba a grabar conmigo.

Yo nunca había fumado. Aunque algunas compañeras en el colegio lo hacían a escondidas, nunca me atreví a compartir con ellas. El olor a nicotina me repugnaba.

***

Yo fui demasiado ingenua. ¿Cómo no se iba a enterar mi mamá? Era obvio que lo sabría de algún modo. Yo fui haciéndome más conocida. Me invitaban a entrevistas y divulgaban fragmentos de esas conversaciones en redes. A veces pienso que fue culpa de la chismosa, aunque sea un poco rebuscado.

***

Comentaron que el video saldría en un mes o algo así. «Faltan dos más, recuerda», había dicho Finko. Y del pago adelantado que me dio en aquel bolso quedaba menos de la mitad. Dijeron que posiblemente me escribirían para la otra grabación en la siguiente semana.

En ese momento pedí otro cigarro y el actor-camarógrafo me dio otro de menta. Desde ahí me quedó esa manía de llevar encima una caja de ese sabor. Empecé a fumar uno antes de grabar y otro cuando ya me podía ir a casa.

El actor por fin se vistió, me dio un beso en la mejilla y se fue. No lo he vuelto a ver desde entonces.

***

No lo niego: las convenciones no me desagradan. Te dan dinero por un afiche firmado, se acercan con timidez a pedir una foto contigo, te llevan regalos. Hay flashes, luces por todos lados, tienes un stand para ti sola. Pero todavía no me acostumbro a las peticiones raras. «¿Podrías escupirme en la boca?», me dicen a veces, y se arrodillan frente a ti para que los escupas. «No sabes las ganas que tengo de morderte una nalga». «¿Puedes bailarme? Anda, es que estoy de cumpleaños». Empiezo a sentirme mareada y me cuesta mantener la sonrisa.

Luego ves a un montón de tipos haciendo cola para tomarse fotos conmigo y no sabes cuál de todos es casado con hijos; cuál saldrá con una pregunta extraña; cuál está cumpliendo años y está acá en lugar de estar con su familia. Ahí sientes el estómago revuelto.

No los conozco, pero sé lo que han hecho viéndome en sus teléfonos. Ellos creen conocerme.

Al menos ya no lloro después de cada grabación o sesión de fotos para una revista. Aún sacan esas revistas en físico. ¿Puedes creerlo?

***

Si hay que ir muy lejos me pagan la estadía, las comidas, el traslado. Todo. Al principio me quedaba en algunos hoteles que eran más o menos de mala muerte, pero después me hospedaba en puros cinco estrellas. De vez en cuando también me dejan pasar la noche en las casas donde grabábamos, que casi siempre son bastante lujosas.

Una de esas casas es de Finko. Al menos me consigue buenos contratos.

A mí me gustan más los hoteles. A veces es de noche y me gusta ir al bar a tomar o comer algo. Más de una vez me tocó estar sola en el bar. Ningún otro huésped andaba por ahí. Y aun así salía una banda a hacer sus versiones de canciones de moda. O también de canciones viejas. Tocaban todo su repertorio y daban las gracias a unas sillas vacías. Cantaban para el aire. Me gusta imaginar que les pagan por eso. En más de una oportunidad yo soñaba con ser como ellos. Supongo que en algún momento buscaron ser famosos, llenar estadios y demás. Y aunque suben a una tarima con las luces apuntándolos, no es lo que ellos soñaron.

Veo a esas bandas y me distraigo imaginando la vida anónima que me hubiese gustado tener. Juro que yo quería intercambiar mi puesto por el de alguno de ellos. Donde sea: Los Ángeles, Madrid, Cancún. Por eso, cuando ellos terminan su presentación, yo suelto un rato el cigarrillo de menta, me levanto de la silla y empiezo a aplaudir. Sí, yo sola, imaginando no tener toda esa plata en el banco, ni tener que hablar con un desconocido en una convención que no sabe cómo preguntar a la «Morenita» si le puede tocar las nalgas; pensando en cómo sería si, por fin, mi mamá decide abrirme otra vez la puerta de su casa.

Yo sé que en algún momento volveremos a hablar. No pierdo la fe. No sé qué voy a decirle, pero le daré todos los regalos que he comprado para ella durante estos años, cosas que ella hubiese querido tener de joven. Vamos a reírnos de cuando nos tocaba usar una vieja botella de kerosén para matar cucarachas. De eso estoy convencida.

 

Cuento participante en la primera edición de El Editor Invitado,
a cargo de Óscar Marcano.

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