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A Maarten van Rijn la cotidianidad se lo había desayunado, almorzado y cenado. Después del divorcio, decidió seguir los pasos de los antiguos exploradores e inspirado en el trabajo de Koch-Grünberg, fijó un nuevo rumbo.
Aterrizó en el aeropuerto de Santa Elena de Uairén con una sola compañía: su cámara. Había venido para fotografiar “la primera página de la Tierra”; así lo describía el dosier que vendería a una editorial de Ámsterdam. Buscaba algo más que un libro para mesa de centro y que no necesitara Photoshop.
—It was a not-so-short and bumpy ride —escribió en su bitácora al llegar al poblado indígena Paraitepuy. Pasó la hoja donde había practicado español con poemas de Neruda.
“Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo…”
Una búsqueda que lo llevó al Roraima, anunciado como “la madre de todas las aguas”.
El porteador, un atleta tallado en bronce, con simpatía lo sacó de sus cavilaciones y se disculpó por la precaria vialidad de un país petrolero.
Maarten no le dio mayor importancia, pues estaba maravillado con la llanura que, de entrada, le pareció infinita. Un biólogo lo calificaría de anomalía paisajística. Para él, era plenitud. La montaña azul a lo lejos parecía saludarlo entre las nubes.
La primera parada fue el río Tek. El campamento estaba rodeado de coloridas carpas como un tapiz floral. El porteador los guiaba con destreza; toda su familia vivía de las expediciones al tepuy.
—Allá arriba —dijo en voz baja—, no todo lo que camina pertenece al presente. En su español rústico, Maarten lo asoció con El mundo perdido de Conan Doyle.
El grupo estaba compuesto por cuatro turistas, incluyendo una pareja japonesa, menuda y precisa como sus cámaras. Los rápidos disparos de sus obturadores parecían querer coleccionar cada piedra, cada gota de rocío.
El cuarto integrante del grupo era un joven con acento extraño, como un río que cruza dos países. Decía ser venezolano, pero su acento era portugués. Caminaba ligero, mirando al monte Roraima.
—¿No sientes como si te llamara por tu nombre? Mi mamá decía que aquí deben peregrinar todas las almas.
El joven le sonrió y siguieron codo a codo; en el trayecto era el único que no tenía cámara. Maarten intentó fotografiarlo, pero la figura se desdibujaba en la pantalla. A los japoneses parecía ocurrirles lo mismo; revisaban sus cámaras y comentaban en su propia lengua.
Días de caminata los llevaron, agotados, de campamento en campamento. La barrera idiomática creó un compañerismo de gestos que empezó a transformar a Maarten: compartir el agua, bañarse en los riachuelos fríos de muerte, esperar por el rezagado y aplaudir cada nuevo kilómetro sin lesionados. Al final del día, las comidas sencillas sabían a alivio.
Frente a la pared del Roraima, siguieron el ritual del guía, pidiendo permiso a los espíritus de la selva para que les concedieran paso. El tacto de la roca le transmitió una calma que de inmediato borró el agotamiento y el ardor que el sol había coloreado en sus mejillas. Tomó aire y celebró cómo el mundo empezaba con ese preciso gesto.
El séptimo día, al regreso por el Paso de las Lágrimas, los guardianes de la montaña con sus rostros de piedra los despidieron con una llovizna más intensa que la inicial. La roca sólida tambaleó bajo sus pies. El guía los motivó a seguir con presteza, pero el joven no obedeció. Se separó del grupo para adentrarse en la neblina, y su figura se disolvió en el aire.
El grito de Maarten retumbó junto a una secuencia de clics que intentaba, sin éxito, registrar lo imposible. No quedó rastro del joven. Ni siquiera una sombra.
—Un avión se estrella en Brasil. Mueren 62 pasajeros, entre ellos un joven migrante venezolano —decía el titular del periódico arrugado sobre uno de los asientos del aeropuerto de Maiquetía.
Maarten ignoró el titular y siguió absorto en sus fotos: compañeros no tan desconocidos y a quienes no volvería a ver en persona, con quienes tal vez compartiría una postal o un saludo de Navidad.
Luego estaban las cascadas cayendo como lágrimas desde el cielo, las rocas de cuarzo sobre una explanada grisácea, las nubes que ocultaban y revelaban la cumbre. En ninguna de ellas aparecía el muchacho. Sin embargo, podía ubicarlo en cualquiera de esas fotos.
El tepuy no permitió capturar su verdad. Recordó el rumor lejano del río Kukenán, el cielo y el sol ardiendo en su nuca, y no necesitó nada más.
Meses después, ya en Holanda, Maarten revisaba sus archivos. Entre cientos de imágenes apareció una que recordaba no haber tomado: la silueta de un muchacho que sonreía en la cima del Roraima con los brazos abiertos hacia la neblina.
La fecha correspondía a un día anterior a su llegada a Venezuela.
El nombre del archivo era: Waküpe.
Cuento participante de la primera edición de El Editor Invitado,
con Óscar Marcano
Maravilloso texto, que nos evoca la grandeza de la naturaleza y del espíritu humano. Conmovida con esta lectura, cada elemento orquestado brinda una experiencia casi cinematográfica.
Muy buen relato: te lleva de la mano junto al grupo de turistas, reconociendo cada lugar y emocionandote como ellos, me gustó, le felicito.