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La antena y el órgano. Apuntes sobre Caracas muerde, de Héctor Torres

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La ciudad se desdobla en una imagen aterradora. En la superficie la racionalidad, las afirmaciones del intelecto; subterráneamente, los miedos primordiales, los terrores que se desatan en los sueños.
Rosalba Campra

La ciudad es grande, tiene muchas calles y muchos vagabundos en ellas.
Krina Ber

Las siguientes notas responden a una concepción de ciudad como órgano a partir de la lectura de Caracas muerde (2012), de Héctor Torres. Con dicho estímulo me permito recuperar un aserto de Ni tan chéveres ni tan iguales, de la intelectual venezolana Gisela Kozak (2014), que me pareció oportuno para reflexionar sobre esto: “En el habla más cotidiana e íntima brilla la entraña misma de nuestro modo de entender el mundo”. Una observación crucial, puesto que el órgano es la zona de sentido a través de la cual los sujetos siente energías y tensiones del entorno.

Sobre la base de lo anterior, ya orientado por la visión de Kozak reafirmé que en las crónicas de Torres se articulan códigos para entender la dimensión de la cotidianidad venezolana: caos, violencia, delincuencia, memorias, anécdotas, miedos, viveza criolla, modos de ser. Manifestaciones signadas por lo subjetivo, revelando formas de transitar, sortear la vida citadina. Incluso, esto encauza la mirada hacia aspectos subterráneos y enigmáticos, pues surgen seres nocturnos (anónimos) en zonas mortales, oscuras o nauseabundas de Caracas, así como antelaciones, vibras, presentimientos (atmósferas). Trataré de ilustrarlo con algunos pasajes del mencionado libro de crónicas. Por ejemplo, En Un guionista al que se le secaron las ideas, se observa lo siguiente:

De noche, los barrenderos son tan invisibles como la luz roja, los teléfonos públicos y los postes de luz. Son, gracias a eso, espectadores privilegiados. Como fantasmas, atraviesan las escenas sin salir en cámara ni ser vistos por los actores. De allí que distingan el bien del mal, el culpable del inocente, la víctima del victimario.

Sea cual sea el disfraz que decidan ponerse.

Ramón tiene varios años barriendo la San Martín. Huele el peligro una cuadra antes de que se corporice (…).

Y En un cuadrito pequeño:

Un viejo sintió lástima de los muchachos (a los que no les calculó más de veinte años y los comparó con sus bóxers cachorros…) y cruzó la calle para advertirles, con bíblica sonoridad:

-Yo no sé qué peo tienen ustedes. Solo sé que esta avenida es candela y que si no cogen un taxi rápido y se van de aquí, van a aprender a coñazos que hay cosas que los hermanos no deben hacer nunca. ¿Saben como cuáles?

Los bóxers alternaban miradas al piso, al viejo, al otro, a la calle. El viejo prosiguió, sin esperar respuesta de ellos:

-Como pelear en una calle que no conocen.

(…) Era tan inapelable la sentencia, que ellos estaban obligados a desconocerla, como corresponde a toda tragedia que se aprecie de tal.

El viejo, apenas les dio la espalda, dio por cumplida su misión. Daba igual que cruzara la calle oscura y desapareciera entre montañas de basura o que se elevara desplegando unas extraordinarias alas níveas. Daba igual que se desvaneciera o se montara en un vehículo negro que lo estuviese esperando. Nada, ningún portento místico que presenciaran, les iba a producir el más mínimo asombro; ese destello que los sacudiera y los salvara.

Caracas muerde devela zonas-enigma, presencias extrañas, acontecimientos que tienen lugar tanto en la ciudad como en el cuerpo, son inscripciones –escrituras-, memorias alojándose. Torres es una antena captando signos, hechos, anécdotas. De ahí que sus crónicas transmitan el rastro de lo efímero o la carga aguda del suceso. Andrés Abreu (2012), en el introito de su entrevista al autor, precisa: “Caracas muerde logra adentrarse en las entrañas de una ciudad catalogada como una de las más peligrosas del mundo pero que al mismo tiempo es amada por sus habitantes”. En otro coloquio Jennifer Peralta (2016) le pregunta al escritor: “¿Qué significado tienen las plazas para un ciudadano de a pie como tú?”, y este responde: “Las plazas, en general, en la ciudad juegan un papel importantísimo porque son los espacios no solamente de encuentro sino también de distensión. La calle es un espacio de tránsito, en cambio la plaza es un sitio para llegar, para encontrarse (…)”.

Dichas coordenadas sirven para vislumbrar el cuerpo de la ciudad: segmentos, bordes, puntos de concentración, entradas y salidas. El cronista está a disposición del atisbo (ver, escuchar, hablar, escribir, sopesar): “Algunas de ellas son cosas que, yendo a pie por la ciudad, voy viendo; otras son cosas que me cuentan o que me contaron personas que me dicen ‘No sabes lo que me pasó la otra vez’ o ‘Yo me acuerdo que en tal sitio una vez pasó tal cosa’ (…)” (Entrevista: Abreu, 2012). También dirá: “Estoy buscando una Caracas donde se pueda sobrevivir mientras llegamos a un momento mejor de la existencia de nuestra ciudad (…) me gusta caminar mucho pero transito calles laterales, me gustan las calles solitarias (…)” (Entrevista: Abreu, 2012). Estos comentarios dejan ver la relación ciudad-habitante, cómo el sujeto, en su inmersión, procesa la energía, la condición de los espacios. La travesía es una constante en la narrativa de Torres, se puede experimentar en sus producciones ficcionales: La huella del bisonte (2008) y El regalo de Pandora (2011), para mencionar dos. Valdría situar, entonces, el acto de poner el cuerpo en la ciudad, la conciencia de saberse expuesto, ser (o devenir) antena.

El narrador camina entre la efervescencia urbana. Calles, plazas, avenidas, esquinas emiten memorias, flujos que varían en frecuencia y, por lo tanto, en impacto. Lugares que llegan a expandirse, desaparecer, redefinirse, son proclives a la contaminación y la enfermedad: “No es que esta ciudad ahora esté terriblemente mal –dice el escritor caraqueño-, sino que ahora está siendo franca en su deterioro que lleva por dentro y, de alguna manera, eso es bueno porque la insurgencia en la enfermedad ya es un paso previo a curarse” (Entrevista: Abreu, 2012). En consecuencia, la ciudad transmite (registra, inscribe) la insania y violencia de los ciudadanos; intensifica (diversifica) su voracidad, es parte de su memoria emocional. Asalta, muerde, interpela. Quienes entrevistan a Torres dialogan con este campo de visión. Comenta uno de sus entrevistadores:

—Había olvidado lo salvaje que es el Metro a esta hora –veo el obelisco de la Plaza Francia.

—Claro, te sientes violentado todavía –afirma Héctor Torres.

—Sí.

—Bueno, disfruta del paisaje, del ambiente. Caracas también tiene estas cosas –el autor de Caracas muerde abre los brazos y me ofrece la tranquilidad de la Plaza. Los dientes de la ciudad parecen escondidos (Entrevista: Lizandro Samuel, 2015).

En este libro de crónicas la violencia es una corriente que permea con todas sus aristas; empuja, somete. Es la indiferencia también la herida o el desafecto. En su ensayo Caracas muerde, de Héctor Torres: la crónica como grito (2016), escribe Cristina Raffalli:

Habitado por Caracas, el cronista se detiene en el punto medio de una encrucijada: un camino promete, a contracorriente, la restauración del patrimonio que alguna vez nos hizo solidarios, compasivos y vitales; el otro asegura una meta rápida, casi inmediata, donde la violencia decide quiénes somos y cómo nos relacionamos. En el punto crítico de encuentro entre ambas opciones, nace la escritura de esta realidad que vamos siendo, sus tensiones convertidas en palabra.

De lo anterior deriva esta idea: en el órgano, la entraña, aguarda el animal, la furia, lo bárbaro. Un pasaje del cuento Una larga fila de hombres (2007), de Rodrigo Blanco Calderón, lo deja ver:

(…) Y en ese instante, cuando Miguel ve la ciudad allá abajo, comienza a escuchar un rumor creciente que al principio le cuesta identificar. Trata de concentrar la mirada en las luces y los edificios, pues sabe que el ruido proviene de allá. Oye cómo Jorge abre la bragueta de su pantalón y siente que un pánico se apodera de él. Y a medida que su miedo va en aumento, el ruido también crece y ya lo reconoce. Puede ver al animal, al monstruo oculto devorando el interior de los edificios, acabando con las personas y sus cosas, insaciable.

La ciudad deviene en los trances y transacciones de sus ciudadanos, en el acto de signarla y saturarla. Es un órgano, campo sensible, reaccionario inscribiendo, haciendo sentir en los cuerpos su dimensión más nocturna y subterránea. Por eso la posibilidad y apertura narrativa al contar la historia: “Héctor Torres propone otra manera de revelar su ciudad y su tiempo: en el lugar que la información objetiva dejó vacío, se expande el lenguaje hasta coparlo todo. Donde esperaríamos encontrar un nombre, una cifra o una coordenada, el escritor ha puesto un rostro, ha narrado una costumbre o ha descrito el paisaje que observa desde su ventana” (Raffalli, 2026). En suma, el monstruo está ahí, es una manifestación creciente, se alimenta con nuestros humores, muta y afianza su arrojo.

 

Referencias bibliográficas

Abreu, A. (2012, 9 de diciembre). Entrevista a Héctor Torres: «Yo creo que Caracas siempre ha mordido». Guayoyo en Letras. https://guayoyoenletras.net/2012/12/09/entrevista-a-hector-torres-yo-creo-que-caracas-siempre-ha-mordido-por-andres-abreu/

Blanco, R. (2007). Una larga fila de hombres. Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Kozak, R. G. (2014). Ni tan chéveres ni tan iguales. Ediciones Puntocero.

Lizandro, S. (2015, 19 de noviembre). Héctor Torres en tres tomas. https://elsumario.com/hector-torres-en-tres-tomas/

Peralta, J. (2016, 28 de septiembre). Héctor Torres: “Las plazas son los espacios de la ciudad democráticos por excelencia”. https://provea.org/entrevistas/hector-torres-las-plazas-son-los-espacios-de-la-ciudad-democraticos-por-excelencia/

Raffalli, C. (2016). Caracas muerde, de Héctor Torres: la crónica como grito. América, 49. https://journals.openedition.org/america/1722?lang=es

Torres, H. (2012). Caracas muerde. Ediciones Puntocero.

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