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Rulfo me pregunta en qué ando. Lo escucho con sus erres arrastradas y las yes brillantes del río de la plata. Extrañaba su voz y sus historias.
Rulfo es de esos seres que Buenos Aires acurrucó en su vientre subterráneo. Con el tiempo también se fue convirtiendo en otra criatura devorada por la furia; la diferencia es que yo sí logré escapar.
Fuimos construyendo una complicidad basada en su infinita curiosidad por escuchar mis sueños, y en mi habilidad para entretenerlo. Mis historias se convirtieron en un escape para tanto horror. Contar la vida de alguien no es fácil, yo lo sé, pero cuando se trata de un asesino es inevitable no tragarse un poco de la oscuridad que emana.
Es periodista de sucesos de un diario local en Argentina y lleva años intentando desenredarle el alma a delincuentes, sin marchitarse en el proceso. Fue entonces cuando empezó a crear sus propios rituales para sacudirse del cuerpo tanta trama dañada. Primero fue extraviando los objetos personales que, por casualidad o deseo, cayeron en sus manos: el Gauchito Gil del hombre que mató a su esposa e hijos a machetazos, la cadenita de oro de la abuela que envenenó a sus amigas para cobrar la pensión; la camisa del Indio Solari del nene con cara de ángel, que prefería esperar a que su víctima durmiera para coserla a tiros.
Cada pieza la fue dejando en lugares olvidados de la ciudad: la cadenita la soltó sobre los rieles de la estación Mitre, al gauchito gil lo dejó sentado en un banquito en la Plaza del Congreso y la remera quedó escondida dentro del retrete del baño de una heladería en Caballito. Me dijo que ahora camina más liviano. Para completar el ritual, empezó a contarle historias fantásticas a su hija antes de dormir y cuando la nena cae en un sueño profundo, se sienta en el sofá de la sala a leer mis cartas. Tus sueños son como un antídoto para las pesadillas. Pudiera escribirlos por correo electrónico o mandárselos por whatsapp, pero ambos desconfiamos de la tecnología para hablar del subconsciente.
Aún no le digo que estoy trabajando en una barbería al noreste de Miami, una ciudad que compite con Palermo por tener la mayor cantidad de restaurantes argentinos de Florida. Esta mañana encontré una panadería que vende medialunas, chocolinas y mate. Es nueva, la pusieron justo frente al ejemplar gringo de La Cabrera.
Extraño Buenos Aires, pero no tanto como a Rulfo. Cuando vivía en el sur nos veíamos poco, la cosa es que se nos da bien conversar. Él lleva años prometiéndome una respuesta a mis cartas, un sobre con estampillas que va a enviar por correspondencia, pero he cambiado de dirección tres veces desde que lo hablamos y aún no llega nada. Entonces, de vez en cuando, arrastrado por la culpa, va dejándome notas de voz que archivo en mi celular y me hacen recordar la época en la que creía que migrar era un viaje lineal.
Quisiera contarle a Rulfo de la barbería. Decirle que estoy sumergida en los rituales de la masculinidad. Que veo hombres lobos convertirse en esbeltos caballeros: dandies al estilo que pide Miami. Salen transformados en criaturas tan prolijas y peinadas que resulta imposible imaginar que sufren.
La barbería encandila con luces y espejos, está decorada con motos a los costados y una inmensa biblioteca sostiene todo como un fuerte. Para evitar que las caricias de los barberos sean sacadas de contexto por sus clientes, cuidan que en cada uno de los cinco televisores haya un deporte distinto: boxeo, béisbol, fútbol, fútbol americano y básquet. Trazan líneas por los bordes de sus caras con navajas, cortan el cabello en degradé como campos de soja sembrados en la Pampa. Los exfolian con una mezcla verde y pastosa que huele a eucalipto; les soban la cara, con suavidad para no romperles la piel, y sellan todo con palmaditas de loción en los pómulos, para evitar irritaciones.
El aftershave y la labia de tantos desconocidos me sofoca.
Los hombres lobo beben whisky a las rocas; una playlist de rock anglo setentoso los acurruca en un sueño profundo, hasta que el barbero regresa la silla a su posición original. La biblioteca es solo una escenografía: acá la única que lee soy yo; leo y hago café. Cada libro es un refugio del periplo sofocante de mi migración; las certezas que me quedan sacadas de esas páginas.
Me gustaría contarle a Rulfo que mi trabajo es darles la bienvenida. Welcome, sir. Would you like something to drink? cada vez que se abre la puerta. Chequear el horario de sus citas, acompañarlos hasta la silla donde los espera su barbero. Y no olvidar que queda terminantemente prohibido salir con alguno de ellos porque, como me dijo él una vez, tanta belleza siempre termina en tragedia.
Rodeada de espejos, mi reflejo rebota de un costado a otro. Afuera queda el ruido del tráfico en Biscayne Boulevard. Entro y salgo para tomar aire.
Pero hoy volvió cliente el que quiso romper esa regla. Es la segunda vez esta semana. Hasta yo sé que los vellos no crecen tan rápido, por muy lobo que sea el hombre, pero él encontró a un barbero dispuesto a sacar la navaja. Es ridículo pensar que viene solo por mí, pero se queda instalado en el bar -mi bar- pretendiendo que yo lo entretenga.
Vino vestido con un traje azul marino con rayas blancas que me hubiese gustado para mí. Tiene los ojos almendrados, pequeños, un poco separados del tabique, con el brillo de una lágrima que no termina de caer. La frente amplia brilla sin arrugas, engañando el paso del tiempo. El pelo negro, corto y engominado no deja ver ninguna cana. Y la barba cuadrada, tan perfecta como la de una comiquita, me hace concluir que es el hombre más feo que he visto. La tiene teñida, por supuesto, con un tinte que su barbero mezcla en los vasitos plásticos donde, a veces, servimos el café. Lo de su barba es un secreto que solo sabemos él, su barbero y yo.
Parte de mi trabajo es socializar; sonrío porque me nace, y también porque me pagan por hacerlo. Easy money. A veces siento pena por los que creen que sonrío por ellos.
El hombre con ojos de fauno es abogado. Sospecha que yo también lo soy, pero ya le aclaré que no, que la cosa conmigo es que me gustan las palabras y no que soy super smart. Con el primer trago de Jameson a las rocas, me contó sobre los casos que está defendiendo en tribunales. Steve Clancy lleva una semana manejando desde Nueva York para llegar a la liberación de su hermano de una cárcel federal en Florida. Se trata de un delito menor, pero no da detalles. Puede ser porque manejó borracho o drogado, típico de esta ciudad. También puede que haya sido porque robó alguna tienda, pero lo veo poco probable. Mi instinto me dice que lo agarraron con una cantidad escandalosa de perico. No me atrevo a preguntar más. Confío en que el segundo trago le soltará la lengua.
Mientras manejaba, Steve Clancy iba hablando por teléfono con su esposa que-como ya se había vuelto costumbre estaba lista para iniciar una pelea absurda sobre algo que para él era tema superado: su hermano iba de primero en su lista de prioridades. Punto. Por lo tanto, ameritaba el viaje hasta North Miami, ameritaba esperarlo en la puerta de la cárcel y no había poder en la tierra que lo detuviera de esa responsabilidad. Era un pacto de amor sellado con sangre, se lo había dicho muchas veces, incluso antes de que se casaran, pero ella parecía no aceptarlo y menos ahora que las excentricidades de su joven hermano ya habían alcanzado una escala de delito federal. Steve respiró profundo y se convenció de estar con espacio suficiente para soltar el acelerador a tiempo, antes de llegar al siguiente stop y rozar la franja de los peatones. Estaba seguro que llegaría, que frenaría justo en la raya, pero calculó mal. El abogado dijo que los nervios lo traicionaron y no vio al nene que cruzaba la calle detrás de su papá y su hermanita. Lo mató en el acto. De la desgracia solo tuvo que pagar la multa por pasarse una luz en rojo.
Por el tono, entendí que el fallo había sido idea suya: en los vacíos de la ley es donde más me luzco, sentenció orgulloso.
El arrollamiento del niño no es considerado un asesinato de acuerdo a las leyes, o al menos eso le hizo creer al juez. Apenas una infracción de la que él lo libró con 300 dólares de multa.
El segundo caso es más complejo, lleva meses estudiando y es cuestión de días para que tenga que ir a la Corte. Una mujer se cortó el pulgar de tajo con una máquina para moler carne. Estaba convencida de que, si metía un tomate rojo y jugoso por la boquilla, saldría del otro lado picado en rodajas. Lo que obtuvo fue una salsa espesa con su propia sangre, pero sin pulpa. Stupid girl, dijo. She should ‘ve known.
Era evidente que detrás de una decisión como esa operaba el cansancio, el miedo, y el apuro por cumplir una tarea absurda; en el universo de los fastfoods un minuto es más que suficiente para preparar y empacar 10 sándwiches con perfectas rodajas de tomate adentro. How do you know?, me pregunta. Porque he tenido demasiados trabajos de mierda, pensé, pero me limité a subir los hombros. Quizás si me hacía la bruta se iría más rápido, olvidando que, a los hombres les encanta explicarnos cosas. Al verla con el brazo ensangrentado, el jefe corrió al teléfono, no para llamar a emergencias, sino para buscar a otra empleada dispuesta a cubrir su turno. Le tomó quince minutos, suficientes para que su clienta se desmayara. Fue entonces, y no antes, que el jefe llamó al 911. I’m gonna fuck that bitch. See you in court motherfucker, se lame los labios, saboreando la última gota de Jameson. Tanta prepotencia sería seductora, si no fuese por las burbujas de saliva que le quedan acumuladas al borde de la boca.
Algo de nuestra interacción lo hace volver. Por un rato juego a ser parte de su equipo de expertos: armo escenarios en mi cabeza con posibles argumentos y le regalo frases fuera de su mundo, para que vaya a defender a toda esta gente marchita, ilegal y desamparada, como yo. La mirada le pesa, mira el vaso de Jameson con una angustia que disfraza cuando intenta hacerse el guapo, explicándome leyes gringas. Por fin su barbero lo llama a la silla. Respiro.
Rulfo dice que el hombre que usa barba oculta su rostro. Es la máscara perfecta; la primera, la inevitable, la que siempre vuelve. Éste, además, la tiñe. ¿Qué diría entonces? ¿Le habría adivinado los sueños también? No desprecies nunca la mirada de un hombre roto, hay mucha humanidad en ellos.
Rulfo registra gestos porque dice que hablan más que cualquier confesión, que la luz en las pupilas dicta las intenciones de un alma. Me preguntó si algo así es posible: conocer a alguien solo mirando.
Después de la afeitada se sentó en mi bar, pidió el cuarto Jameson a las rocas que se tragó de un sorbo, y tomó mi libro de Juan Forn. Lo hojeó. This is pretty heavy shit. Es muy mal hablado este gringo. Leyó el inicio de una de las crónicas y concluyó que es muy deep para él. Yo sospecho que es porque no lee español. Me llama baby y pide otro trago. Me pesa que no me diga Paula. Yo sé que sabe que ese es mi nombre, está escrito en la entrada: Don’t forget to tip your hostess Paula, pero se hace el loco. Finalmente se rinde y me pide que le explique de qué va la historia. Juan Forn fue uno de los editores más importantes de la literatura argentina, al menos en los últimos años. Los viernes es un compilado de los artículos que solía publicar en Página 12, un diario local. Buenos Aires, Juan Forn, y la literatura suenan a años luz entre el ruido de las máquinas, el vello volando, y el hielo derritiéndose por el calor de las manos del hombre más feo del mundo, que me mira con lástima y deseo.
La velocidad de la barbería maravillaría a Charlie Parker. Es como un tiempo subterráneo que circula a una velocidad abrumadora; como si viajara en un tren bala, pero dentro de las estaciones cada quien es dueño de su propio ritmo. Entonces lo veo sentado frente a mí y todo se va derritiendo. Sus manos largas y delgadas sostienen el vaso que va moviendo en círculos. Se ríe en cámara lenta y su boca hace un gesto grotesco, como si quisiera comerse todo: la barbería con los barberos, los libros y las botellas, todo de un solo bocado. Los clientes entran y salen con cada parpadeo, escucho las tijeras devorar pelo y las máquinas zumbar como abejas, pero este hombre sigue aquí, atornillado a la silla. Sospecho que quiere otra cosa y temo.
Entonces finjo ser nice. Finjo que me importan los casos y los posibles desenlaces. Finjo que entiendo todo lo que dice cuando me habla en inglés. Fingir es otro mecanismo que se ha inventado mi cuerpo para soportar la vida que elegí; hasta que me acostumbre al ruido y a la esencia de eucalipto de las toallas mojadas, al aliento rancio a Jameson y cigarro que sale de la boca del abogado y me dan ganas de vomitar.
Se ríe y no mide nada. Está siendo molesto y nadie se da cuenta. Saca una paca de billetes de 100 dólares, los cuenta con calma y los deja frente a mí que sigo sin moverme, pero me tiemblan las piernas. Acerca su mano huesuda y áspera, lo atajo antes de que me toque, con el vaso de tips. Retrocede. I need to ask you something first. Cambia el tono. Me dice Paula y me pregunta si puede invitarme a cenar esta noche. Something nice. Respiro.
Respiro.
Respiro.
Hago tiempo colando un café que nadie me ha pedido. Algo de eso le molesta. Me acerco de vuelta. Gracias, pero no. Why not, babe? El calor me sofoca, dos gotas de sudor me bajan por el cuello, estoy nerviosa, me tiemblan las rodillas, pero trato de ser inteligente. Trato de ser más inteligente que él, salirme del estereotipo que me está dibujando. Algo de la propina me incomoda. Algo de los tragos. Algo de ser nice me pesa.
Can you handle the truth? Me jode intentar ganar tiempo. Pero es mi venganza secreta; burlarme de la idea que tiene de mí. Burlarme de su idea de mujer bella y bruta. Lo miro con asco, mientras cuenta los billetes, como si adivinara lo que le voy a decir y buscara anticiparse. Los hombres me aburren un poco. Me aburren mucho, la verdad. Me aburren profundamente. Se encoge de hombros. Bitches like boring dudes. Reclina el cuerpo hacia atrás y lo veo masajear su entrepierna.
»That’s the thing, I wish I could be one of those bitches but, as you said, I’m too smart«. Es la respuesta perfecta.» I’m too smart for you«, pero no logro abrir la boca. ¿Dónde está Rulfo ahora? ¿Por qué me dejó venir sola hasta aquí? ¿Por qué no me quedé con él en Buenos Aires?
Are you sure?, dice que él no es esa clase de tipos que insisten. Se incorpora sobre la silla y toma los billetes. Cuenta mil dólares que abre como cartas de póker sobre el bar. Sus dedos esqueléticos bailan sobre la cara de Benjamin Franklin. It’s still a no.
Miro por los espejos y cada barbero está concentrado en lo que hace, si salto sobre él no tardarían en darse cuenta. No sé cómo pedir ayuda. No sé si deba, pero el impulso está ahí. Sería cuestión de segundos, agarrar las tijeras, manchar de sangre a Benjamin, para ver si así sigue sonriendo con esa cara de imbécil. En el fondo es mi culpa, por conversar. Por haberle servido otro trago. Por dejarlo estar y cumplir la política del lugar: todos son bienvenidos. Tome asiento. Would you like something to drink?
El bulto en sus pantalones se hace grotesco. ¿Cómo es que nadie lo ve? ¿Y por qué la voz no me sale? Si gritara, sería sencillo: los chicos soltarían las máquinas y lo sacarían de aquí a patadas. Pero es muy fácil. Es una salida demasiado fácil. Sería casi como pagar una multa por matar a un niño. Si tan solo pudiera moverme, podría —por fin— liberarme de sus ojos tristes de fauno y volver a estar con Rulfo.
Me da pena y rabia. Por imbécil. Por imbécil y feo. Y aquí radica la magia de mi superficialidad: cuando la sustancia no me entretiene, me dejo engañar por la belleza. Pero la belleza siempre termina en tragedia, no hay de otra, aunque cambie mil veces de ciudad. Él no lo sabe, cree que sí, pero su mundo es pequeño e insípido. Por eso no vio venir el cuchillazo. Ni la sangre saltando, manchando la barba; ni su cuello abierto en una grieta preciosa. El rojo le queda mil veces mejor. Cuando me sujeten será tarde, los billetes quedarán inservibles. Y yo podré volver a estar con Rulfo, porque esto va a seguir pasando. Sigue pasando y yo siento que estoy metida en la candela, quemada por el sol, toreando a las bestias en la plaza con el cuerpo ensangrentado. Ellos huelen mi sangre pero no estoy rota, estoy entera y soy suficiente. Y por fin entenderán que mi belleza y mi inteligencia es asunto mío.
¿No?
Es una lástima que el abogado no lo haya entendido.
Ni siquiera el terror en su cara hace que sus ojos sean más grandes que una almendra. Escucho su corazón latir cada vez con menos fuerza. Su entrepierna flácida es mi premio, el único. Los gritos de los clientes me sacan del trance.
Por fin me sale la voz.
Cuento incluido en Feroces, antología de autoras jóvenes venezolanas (AutoresVzlanos-Sello Cultural, 2023)