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Mi nombre legal es Primitiva Serapio. Mi nombre de bautizo —la tía Santa convenció a mamá y al poeta de que me lavaran del pecado original— es Primitiva de los Ángeles Serapio, pero yo por dentro no soy Primitiva ni Serapio, ni mucho menos de los ángeles. En cuanto tuve lucidez suficiente para comprender que estaba en mí decidir cómo ser nombrada, me rebauticé. Mi nombre desde que tengo 8 años de edad es Mulatona Montiel, con el cual nadie se mete. Primitiva es tímida, aburrida, flacuchenta y temerosa. A esa mujer la he ignorado desde hace tiempo, aunque ella insista en aparecer en los momentos menos oportunos; en cambio, Mulatona es libre, voluptuosa, segura de sí misma y, sobre todo, no tiene miedo a nada. Esa sí que soy yo y quien me conoce de verdad no ve a la mujercita pálida, enfermiza y torpe que ven quienes me miran por primera vez o los que creen que a llamarme Primitiva me están nombrando, ¡qué va! Los que me conocen de verdad ven a una amazona con piernas musculosas y pechos gigantes que se bambolean libres sin sostén con sus pezones altivos. Una mujer de melena abundante hasta la cintura que mira a los ojos a la gente, de tú a tú. Ni de arriba abajo ni de abajo arriba. Mulatona Montiel es la mujer que soy por dentro, aunque mi cuerpecito escuálido haga a muchos creer que soy un fracasado renacuajo. La imagen que me devuelven los espejos no soy yo, pero eso no me afecta. Hace tiempo que rompí todos los espejos de mi casa y me deshice de todas las cámaras fotográficas. Un simple objeto no puede tener más razón que una mente humana. En internet no hay fotos de Primitiva, sólo Mulatona tiene cuenta en Facebook y le encanta coleccionar amigos anónimos. ¿Qué importa cómo es realmente el cuerpo de quien escribe mensajes calientes en su wall? Los más de 2000 amigos de Mulatona nunca verán a Primitiva en persona, pues para ellos la única que existe es la sensual mulata de su imaginación.
A Primitiva sólo le quedaba un amigo verdadero y ése acaba de morir. Hace menos de una hora, el poeta cerró los ojos y dejó de respirar. Yo le habría dado golpes en el pecho para revivirlo, pero a Primitiva le flaquearon las piernas, se echó a llorar e hizo lo único que sabe hacer: quejarse y lamentar su suerte. Cuando ya el cuerpo inerte del poeta estaba helado con las lágrimas de Primitiva, Mulatona dejó a la flaquita depresiva tirada en el piso, retomó el control sobre mi espíritu y se puso a escribir. Me puse a escribir porque sé que me estoy volviendo loca y me queda poco tiempo.
Como el resto de las mujeres de mi casta, enloquecí. No lo hice en minutos como mi tía Santa, ni enloquecí de tanto tomar y dejar de tomar antidepresivos, como mi madre. Tampoco me tocó la suerte de amanecer un día loca, como le pasó a mi abuela Cornelia, ni de haber nacido sin razón, como la tía Berta. A mí por lo visto me tocaron los genes de la bisabuela, doña Yolanda, quien fue enloqueciendo lenta y conscientemente, mezclando la realidad con su imaginación, durante un periodo de dos años, que culminó en la tragicomedia de su asesinato.
Cada mujer de mi familia es como una muñequita rusa, con múltiples capas de personalidades debajo de una superficie que parece hueca, pero que invariablemente esconde a una loca en algún lugar de su laberinto interior. Digo esto no en el sentido figurado de la palabra, usando el término loca a la ligera, ni haciendo referencia a alguna de esas famosas familias que llaman “disfuncionales” que hoy día están tan de moda en el cine y la literatura. En mi familia la locura es seria, genética y al parecer inevitable.
No voy a negar que hubiera preferido no tener conciencia de mi estado mental degenerativo. Amanezco un día loca y ya está: a todos importa, menos a mí, pues como estoy demente no me doy cuenta; pero tampoco voy a negar que saber que me dirijo a la locura y estoy consciente de los primeros síntomas me da ciertas ventajas respecto a mis predecesoras. Por encima de todo, me permite contar nuestra historia. Esto, más que una ventaja, es una obligación, aun cuando debo apurarme porque el tiempo es corto. El primer síntoma de mi locura ocurrió poco antes de la muerte del poeta.
Su cuerpo está aún caliente y yo soy incapaz de hacer otra cosa que no sea escribir. Si en efecto tengo el mismo mal de la bisabuela Yolanda, en apenas seis meses, si bien aún no estaré completamente desquiciada, mezclaré la imaginación con la realidad en una proporción poco favorable a la escritura de un relato documental. Por ello debo apurarme.
El poeta murió en paz porque creyó que al contarme nuestra historia había logrado salvarme de la locura, pero al final terminó por hacer conmigo lo mismo que hizo con mis ancestros. Es que si bien todas las mujeres de la familia tenemos en nuestros genes la predisposición a la demencia, cada una de nosotras —desde la bisabuela Yolanda hasta Primitiva y yo— necesitó un momento, un incidente o un enamoramiento perverso que desencadenara esa locura. Ese incidente, ese momento y ese enamoramiento perverso, siempre fue el poeta.
El poeta con mi bisabuela, el poeta con mi abuela, el poeta con mi madre y mis dos tías y finalmente el poeta conmigo. ¿Cómo puede un mismo hombre haber hecho enloquecer a cuatro generaciones de mujeres cultas e inteligentes? Esa es precisamente la historia que me dispongo a relatarles, si mi locura me lo permite.
Capítulo tomado de la edición original (Plaza & Janés, 2018).