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Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

Anécdotas de la decadencia caraqueña

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Dormí más de lo acostumbrado. Bueno, almorcé una pasta bastante pesada, por lo que obviamente iba a tener sueño. Esto agregado al cansancio que ya traía. Sin embargo, quería hacer una siesta corta. Pero no pude pararme. Lo admito, no pude afrontar la vida. Preferí quedarme medio-muerto en el colchón que pararme a seguir la miseria de vida que llevo.

Me llamaron como a las siete. Eran unos amigos que querían invitarme (no sé por qué) a un bar-café-cervecería de estos caraqueños un rato. El caraqueño es un animal sin freno. En Caracas se bebe todos los días de la semana, incluyendo días de trabajo, lunes, miércoles y cualquier otro día. ¿Puede ser de otra manera? Es lógico: nadie puede sobrevivir en esta mediocre ciudad sin vivir medio borracho todo el tiempo para ver las cosas más alegremente.

En principio dije que no. De verdad rechacé la oferta. Pero no se puede rechazar a un caraqueño, es como intentar rechazar a un evangélico de esos que vienen los domingos a venderte revistuchas sobre religión.

—No, pana, no voy. Estoy reventado.

—Coño, men… un rato nada más. Mira que van Adriana, Vanesa y Henry.

—Bueno, chévere… que se diviertan entonces…

—No seas así, sabes que quieres venir. Yo te conozco.

—Si me conocieras sabrías que de verdad no quiero ir.

—Mientes para que te jalen bola.

—No, es verdad.

—¿Viste?

—¿Qué? No entiendo nada. Ya me confundiste.

—La vamos a pasar de pinga, además, el miércoles es mi cumpleaños.

—¿Entonces por qué no salimos el miércoles?

—¡Bueno, de bolas que el miércoles vamos a salir! Esto es como un ‘predespacho’.

—¿Ajá?

—O sea, vente, maricón. Qué, ¿no tienes plata, o algo?

—Bueno, tampoco tengo mucho dinero, pero no voy porque estoy cansado.

—Claro, pero ese sitio sabes que es barato. Y ponen música de pinga. Además, cansado estás ahora, pero cuando sean las diez, na’güevoná de ladillao que vas a estar. Ni que fueras a estudiar…

—¿Hay alguna forma de que te pueda decir que no?

—No.

—Bueno, no sé… o sea, tampoco quiero manejar…

—Te paso buscando.

—Y… si es así… ¿a qué hora te espero?

—Como a las nueve.

—¿Cómo a las nueve o a las nueve?

—¿Eres pendejo? Como a las nueve.

—Chao.

La verdad es que pueden ver que no puse mucha resistencia, pero la discusión en Caracas no existe. O sea, cuando un caraqueño se convence de que el caballo de Simón Bolívar era blanco, no hay forma de que lo convenzas de lo contrario, ni siquiera el caballo mismo podría convencer al caraqueño. Las conversaciones se reducen a una exposición de ideas, sabrás lo que el otro piensa, pero nunca podrás mostrarle que su argumento se equivoca en tal o cual punto. Si tu propio punto de vista es contrario al del otro, terminarás gritando e insultando al contrincante, pero nunca un caraqueño aceptará que el otro tiene siquiera un poco de razón. La realidad es así porque yo digo que es así, y si no lo es, le caeré a martillazos hasta que quepa perfectamente en mi esquema.

Ustedes se preguntarán cómo es que tengo tantos amigos o conocidos después de todo. Yo, la verdad, sólo quiero tener un millón de amigos para así más fuerte poder cantar. No, vale, la cuestión es que esa falta de fundamento mía, donde pertenezco un poco pero no enteramente a los intensos, a los yuppies, a los intelectualosos, o los jodedores… esa indefinición me permite compartir muchos puntos de vista y conocer a mucha gente distinta. La cosa está en que uno como buen caraqueño le dice ‘amigo’ y ‘pana’ a cualquier don nadie que ha visto dos veces en la calle. Por lo tanto, teóricamente, tengo muchos amigos. Pero ya hemos visto que de hecho esto no es así. Gabriel (el tipo que me llamó) pertenecía a una casta bastante deplorable. Él, al igual que Leo, aplaudía abiertamente las diferencias que le permitían tomar cerveza en un bar lujoso donde la mayoría de la población no podría ni trabajar. La diferencia radical era que él no tenía el poder adquisitivo de Leo. O sea, Leo pertenecía a una clase y defendía el discurso de su clase a capa y espada. A Leo le interesaba perpetuar su preeminencia social en el tiempo. Gabriel no llegaba a tener el poder adquisitivo de Leo, pero se engañaba pensando que algún día lo tendría, por tanto mejor empezar a aparentar de una vez. En este sentido es increíble cómo Leo era mucho más abierto a ciertas discusiones que el mismo Gabriel. Leo podía discutir —algunas veces— sin emocionarse mucho, ciertos temas como la pobreza de la población. Al menos cuando estábamos los dos solos la discusión de este tipo podía llevarse a cabo e incluso puntualizar algunos elementos que ambos considerábamos factores importantes. Con Gabriel, esto era imposible. Gabriel pensaba que los pobres deberían ser barridos de la faz de Caracas, que esa era la solución final. Este hecho era bastante radical tomando en cuenta el patrimonio económico de Gabriel, pues si de exterminios se trataba él no se daba cuenta que los leos de Caracas terminarían por exterminarlo a él junto a los pobres. Gabriel repudiaba sobremanera su condición social. Lo veía como una karma a superar. Deploraba todas sus raíces. La salsa, por ejemplo, era innombrable para él, mientras que Leo al menos podía concederme el beneficio de la duda sobre uno que otro bolero de Héctor Lavoe.

Debo decir que Gabriel pertenecía a un género animal al cual hay que temerle (lástima que yo no temo a nada, menos a los seres humanos). Él era como los negros de Norteamérica que durante los cuatrocientos años de esclavitud preferían vivir en casa del amo y delatar a sus amigos para poder creerse privilegiados y blancos. Gabriel se creía verdaderamente a la par de Leo. La clase de Leo no es estúpida y sabe distinguir la paja del oro. Se burlaban abiertamente de Gabriel en cualquier reunión debido a sus pretensiones de escalada social. Pero él adoraba ese grupito de yuppies y nada hubiese querido más en el mundo que poder haber ido a la fiesta de anoche, por ejemplo, a discutir el Miss Venezuela y beber güisqui. Sin embargo, no lo invitaron. A él le reservaban el privilegio de idolatrarlos a distancia. Y el los seguía, babeando como un perrito faldero a la espera de que le tiraran un hueso.

Gabriel pensaba que yo podía ser un buen puente para su acceso al salón leoístico de clase. Yo, en lo particular, me divertía a veces con Gabriel, especialmente estudiando todas las cosas que él detestaba de su propia clase. Era como una ratica experimental para mí. De todos modos nunca metería la mano por él en el círculo de Leo, eso me parecía irrelevante e infantil. No me atañen (y espero que nunca lo hagan) los estrictos métodos de selección que tenía Leo y su grupillo para la gente que ‘ingresaba’ a su séquito. Tampoco quería contribuir a la definitiva decadencia de Gabriel. La verdad, aún abrazaba la esperanza de que rectificara, así fuera por fatiga, y se diese cuenta de que esos sectores no reportan nada para el alma. Tal vez se dedicaría a buscar el sentido de la vida en otro lado. Sé que ésta era una idea ingenua, pero la mantenía como una simple apuesta a caballo perdedor por no dejar. Por simpatía.

Me bañé para despabilarme. Ya era hora y por fin lo hice. Me puse cualquier cosa, pues el bar al cual íbamos estaba repleto de gente como Gabriel que vivía en la ilusión de que estaba haciendo cosas que Leo y su grupillo harían, lo cual era un total engaño. La música era, obviamente, absoluta y totalmente anglosajona, con uno que otro artista latino consagrado en los Estados Unidos coleado por allí. Pero bueno, que le iba a hacer, era imposible que convenciera a Gabriel de ir a otro lugar y si lo llamaba para cancelar se iba a aparecer en mi casa de todos modos, aludiendo a que yo estaba ‘confundido’. Creo que no había ponderado bien lo de la música, debe haber sido por el sueño, y sentí un nudo en el estómago al darme cuenta de que me iban a clavar una sucesión de canciones sobre las cuales yo no tendría potestad alguna. Pero bueno, el miércoles era el cumpleaños de Gabriel. Estas conductas de satisfacer a los cumpleañeros con sus pedidos de que celebrara con ellos ya debían tenerme el cielo ganado.

A las nueve y cincuenta, apareció puntualmente Gabriel. Digo, puntual—caraqueñamente. Había cenado ligero y calladamente para que los viejos no se percataran de que lo hice sin ellos. La cosa es que no quería oír otro cuento de sus patéticos trabajos, de cómo odiaban al jefe y no tenían otra salida que seguir allí, pero que algún día Dios se apiadaría de ellos y les recompensaría colocándolos en un puesto de altura. Por favor. Me comí un pan en la cocina con un jugo o algo, y esperé a Gabriel en la sala luego de explicar que no iba cenar puesto que iba a salir: Sí, iba a salir. Sí, hoy lunes. Sí, sabía que era día de semana, pero iba a salir igual. No, no llegaría tarde. “Si no llego llamen a la PTJ o a la morgue” —le dije a mi madre. Estaba acostumbrada, pues yo siempre decía lo mismo.

—Pida la bendición, hijo.

—¿A quién?

—Pues a mí.

—¿Y quién te crees tú para bendecirme? ¿Te crees el Papa, o algo? Sabes que esos ritos son puras bolserías.

—¡Ay, hijo! Nunca cambias. ¡Bueno! Que Dios te bendiga, de todos modos…

—Dios no existe, mamá —le dije a la vieja mientras salía de la casa. El carro de Gabriel me esperaba en la calle.

—¡Por Dios, hijo! ¡No digas eso! ¡Dios me ampare y me favorezca! —Una retahíla de confesiones y plegarias siguieron, pero no escuché más que un murmullo luego de trancar la puerta. Sé que le dijo algo a mi padre, y que éste replicó que no se dejara tentar, que yo la estaba provocando. Astuto, el viejo.

—¿’Tonces, men? —me preguntó Gabriel.

—Aquí.

—¿Todo fino?

—Sí. Supongo.

—Bueno, vamos a darle chola, que esta gente seguro que ya está allá.

Nos detuvimos en un semáforo de la plaza Altamira. Apareció uno de los tantos pedigüeños que por allí deambulan. Iba carro por carro, tocando el vidrio y diciendo algo de una medicina, o qué sé yo. Todavía estaba dos carros más adelante.

—Mira ese maldito, men. Desempleado del coño. Son todos unos jonkies. Hay que tenerles arrechera, no puede ser de otra forma, porque si les muestras algo de compasión, van y te roban. ¿Ves ese niñito que está allí, en el otro canal? Ese es de los peores. Dicen que venden flores, pero si les abres el vidrio, te sacan una pistola más grande que ellos mismos. Y lo peor es que si les das dinero, es para comprar droga, pega, una vaina de esas que se meten. No, qué va —a esta altura ya había llegado el mendigo mayor a nuestro carro. Golpeó el vidro con un nudillo raquítico.

—¿Qué? No, señor; no hay —le dijo Gabriel a través del vidrio ahumado. El mendigo le hizo una seña con la mano, como pidiendo algo.

—¡Que no, chico! —Gabriel comenzaba a alzar la voz. El tipo seguía haciendo como que no lo escuchaba. Gabriel bajó el vidrio:

—¡Fuera, vale! ¡Qué fastidio! ¡No tengo nada para darte! ¡Chú, fuera, fuera! Si tuviera tampoco te daría. ¡Búscate un trabajo! —Gabriel subió el vidrio y avanzó, ahora con el semáforo en verde. Se dirigió a mí otra vez, aunque yo pensaba en una canción vieja de Soledad Bravo que escuchaba cuando niño.

—Es que esos son los más facilistas. Ni siquiera trabajan. Por lo menos hay otros, que te lavan el vidrio y qué sé yo, esos al menos se ganan algo de plata. Después de que te lavan el vidrio no me importa darle sus trescientos bolos, o algo. Porque hay que estar claros en que el trabajo dignifica. No es lo mismo ganarse el dinero limpiando vidrios que pidiendo simplemente. Si te los trabajas los valoras más. Y así entonces el tipo piensa ‘Ah, si me costó tanto ganarme estas tres tablas, entonces déjame invertirlo en algo útil, como comida y no meterme droga o algo’. Por lo tanto contribuyes a cambiar la mentalidad de la gente. A un pedigüeño, si quieres darle algo, lo que tienes que hacer es llevarlo a comer, o sea, no darle la plata, sino darle comida para que la aproveche y no pueda drogarse con los reales. Es difícil, uno tampoco es que va a estar montando a un mendigo en el carro para llevarlo a McDonald’s, pero si estás por allí, cerca de una empanadería y ves al carajo, bueno, le compras su empanadita y listo. Mejor darle una empanada de quinientos bolos que regalarle mil. ¿No crees?

—Absolutamente de acuerdo —dije yo ante este razonamiento irrefutable. ¿Quién habia producido ese disco? ¡Ah! Willie Colón era el productor del disco. Con razón era tan bueno.

Apenas comenzamos a entrar en Las Mercedes la cola nos detuvo en seco. Esta urbanización está estructurada para contener todos los restoranes, discotecas, bares e incluso uno que otro casino clandestino; por lo tanto la tranca es inmensa apenas pisas la primera calle. Hay una serie de ociosos que se dan a la tarea de simplemente manejar y dar vueltas y vueltas por Las Mercedes con la música a todo volumen en el carro. Qué manga de imbéciles. Eso contribuye mucho a la tranca. Sin embargo, ahora ha aparecido una especie de re—imbéciles que no se entretiene dando vueltas per secula seculorum alrededor de una urbanización de diez cuadras, sino que se detienen en las bombas de gasolina. Ahora, con el ‘desarrollo y progreso’ del país, han aparecido una cantidad de bombas de gasolina tipo gringas, con tienda que te vende papas fritas, refrescos y otras cosas totalmente inservibles en una bomba de gasolina. Nuestras bombas Maraven y Corpoven han dado paso a sendos camastrones Texaco y BP. El servicio ha mejorado bastante, en eso estamos claros, lo que ha desmejorado es la inteligencia de la gente. El progreso y desarrollo de Las Mercedes da cada vez más pruebas fehacientes del retroceso y subdesarrollo de la clase media y alta que da ‘vida’ a este lugar en las noches. Lo chic, in de ahora era pararse en esta bomba toda la noche. Otros acotaban un tanto poniendo música en su carro y viendo quién había invertido más dinero en el equipo de sonido. Otros iban todavía más allá y se ponían a bailar en la calle, allí, aspirando humos tóxicos provenientes del dispensador de gasolina. Lo sorprendente era cómo los espacios eran tomados por rituales tribales que dividían el lugar en sectas: Las motos se paraban a la derecha, los rústicos en el frente y los carros hacia un lado. Cada grupo se reunía y miraba al otro con recelo y respeto. Los motorizados comentaban lo ‘arrechas’ que eran las camionetas de los rusticómanos, y éstos les velaban las motos o las novias a los motorizados. Créanme cuando les digo que nunca podrán entender los desconcertante de este cuadro a menos que lo vean.

Gabriel y yo avanzamos un poco y llegamos a la dichosa bomba.

—Verga, esa bomba está arrechísima —me dijo Gabriel.

—¿Te parece?

—Coño, sí. Es como las gringas, con tienda veinticuatro horas, ¿sabes? Te puedes venir a las tres, cuatro, o cinco de la mañana y está abierta.

—Ajá.

—Venden sánduches, y eso.

—¿Has venido alguna vez de madrugada?

—Bueno, no, yo no como de madrugada. Pero se ve que siempre está full. Ahora está menos llena. Debe ser porque es lunes.

—Gabriel, ¿a dónde vamos?

—Bueno, primero una vueltica, para ver cómo está la movida por aquí. Luego vamos al sitio éste que te dije.

—Coño, loco, ¿pero si damos una vuelta no vamos a volver a agarrar toda la cola?

—Tranquilo, men, que yo te conozco. Ya estás desesperado por llegar al local. Cálmate, relájate…

—O sea, relajado estoy, la cosa es que no entiendo por qué quieres dar vueltas en el carro…

—¡Cuño! —Me interrumpió Gabriel— ¡mira a esa mami!, —me dijo emocionado mientras señalaba a una tipa que caminaba en la acera de enfrente. La tipa tenía buen cuerpo, pero eso no es raro en Caracas, la ciudad del culto a las misses. Gabriel acercó su carro y pasó lentamente por al lado de la chica, bajando el vidrio automático y asomándose con una pose sincronizada que se ve había practicado muchas veces. Se le quedó viendo con una mirada ‘pícara’ a la vez que disfrutándosela completamente a nivel visual. La muchacha hizo caso omiso de la mirada de Gabriel, e incluso no hizo nada por evitar que éste la viera. Yo pensé que nos iba a insultar o algo, pero ella no hizo sino mirar hacia otro lado. Las caraqueñas están acostumbradas a este tipo de abuso cotidiano.

—¿Vistes ese culito, chamo? —Me preguntó—. ¡Uff!

Finalmente, luego de un par de vueltas de reconocimiento por parte de Gabriel, logré convencerlo de que atracáramos en el local. Siendo coherente con la yanquilomanía, éste tenía un letrero que lo presentaba como: “Baseball: Sports Bar & Grill”. Suponiendo que no hubiese palabras venezolanas capaces de traducir el significado de un sports bar y mucho menos de un grill, me imagino que sería admisible que colocaran esa parte del nombre en inglés. Pero que escribieran beisbol en su acepción gringa me sacaba la piedra. Claro, tomando en cuenta que estaba al lado de un “mini-mall Food Court” y de un “Family Center”, creo que podría ser contraproducente el llamarlo pulpería o algo. Digo, en función de los clientes que se sentirían ofendidos. Quién sabe, tal vez haya una regulación que prohíba los nombres castellanos en Las Mercedes.

Fue difícil conseguir puesto para parar el carro. Terminamos dejándolo en la calle. Apareció un ‘cuidador’ que nos preguntó: “Convive, ¿se lo cuido?”, cuestión más que obvia. O sea, por más que no tengas ni un bolívar en la cartera debes decirle que te lo cuide. Después verás cómo te arreglas. Pero nadie en sus cabales asomaría la posibilidad de decirle al tipo que no lo cuidara. Era como un suicidio automovilístico. Para eso era mejor tirar el carro por un barranco de una vez, lo ibas a perder igual. Decirle que no lo cuidara era estúpido. Es como las preguntas esas que hacen las típicas caraqueñas cuando interrogan al novio y le preguntan si éste la quiere. “Mi amor, ¿tú me quieres?”, pues obviamente el tipo va a responder que sí. Ni modo que diga “no”. No hay ser tan desalmado que pueda negarle una ilusión a una caraqueña (claro, después vendrá el dilema de “tú dijiste que me querías, me mentiste”, y todo eso. Pero ese es otro tema).

Después de decirle al convive que nos cuidara el carro, este respondió: “son milonga en la salida, Joe, pendiente”. Llegamos al local. La música infestaba la mitad de la cuadra. Pobres personas las que vivían al lado, pues había una casa al costado del local. Había mucha gente en la puerta del local, como a medio camino entre el tuétano del asunto y la calle. Pronto me di cuenta por qué, estaban hablando, cosa que no podía hacerse adentro del local. Esto iba a ser un problema. Pero bueno, ya estaba aquí. Pagamos algo de dinero en la entrada. Sucede que la pelazón era tal que si no te cobraban en la entrada la gente no consumía ni se tomaba nada. O sea, probablemente guardarían una botella en el carro y saldrían cada media hora a empujarse tremendos vasos de ron para luego volver a entrar en el local. En cambio, cobrando algo de entrada con ‘derecho’ a consumir te obligaban a tomarte un trago adentro. ¿Cómo harían los abstemios? Pagamos y nos dieron unos talones que valían por cinco cervezas. Era bastante. Como bien dije, el caraqueño bebe mucho. Me metí los talones en el bolsillo y seguí a Gabriel. Él quería entrar de primero, para que la gente lo viera. Estaba vestido con una pesada chaqueta de cuero que probablemente lo estaba cocinando por el calor que hacía en el local. Sin embargo, como me explicó una vez, lo hacía verse ‘papeado’. Atravesó las diferentes mesas con un meneo típico de “guapo’e barrio”: cara seria pero ‘sexy’, músculos prensados para verse más ‘papeado’ y paso bamboleante de lado a lado típico de macho de película gringa que no teme a nada. Trató de no verse desconcertado a pesar de no tener la más remota idea de dónde estaban nuestros amigos. Llegamos a la barra. Él se volteó marcadamente y se dejó caer sobre la barra para quedar reclinado de ésta.

—¿Qué pasó? —Le pregunté.

—Coño, que no veo a estos carajos —me respondió sin cambiar la expresión de su cara.

—Bueno, vamos a recorrer un poco más. Pueden estar por allá.

—No vale, deja eso. Yo los llamo —sacó un celular de un bolsillo de su super—chaqueta.

—¿Aló? ¿Henry? ¿Dónde andan? ¡Yo también estoy en el local, pendejo! ¿En qué mesa? Ajá. Ya vamos.

Al acercarnos a la mesa, que hubiese sido difícil de encontrar sin dar algunas vueltas, nos conseguimos con un grupo pequeño de gente que hacía el intento ingenuo de establecer una conversación con todo el ruido y estruendo. Henry me estrechó la mano, y pude leer en sus labios que me preguntaba como estaba. “Bien” —le respondí a la vez que afirmaba con la cabeza. Me senté al lado de alguna de las muchachas. No sé cuál, es que tengo memoria muy mala para las mujeres, aparte de que todas se visten igual. Contemplé mis opciones: conversar, imposible. Escuchar la música, inevitable. Bueno. Qué me quedaba. Beberme las cinco cervezas y ver si me podía ir al carajo pronto. Gabriel gritaba, tratando de conversar con Henry y con una de las muchachas que tenía hacia un lado a la vez. Esto creaba un efecto ventilador, donde tenía que decirle algo a Henry y luego voltear para repetir lo mismo a la muchacha. Entre el estruendoso ruido y las luces bajas, esto parecía una cámara de tortura medieval. La otra muchacha me veía, con la obvia intención de que habláramos de algo. Era lógico, ya que imposible escuchar o hablar con Gabriel y Henry, sentados al otro lado de la mesa.

—¿Entonces? —Le pregunté. De verdad no quería ni tenía nada que hablar con ella.

—Bien.

—Ajá.

—¿Y tú?

—Chévere.

—Me alegro.

—Ajá.

—¿La Universidad?

—Bien. Terminando.

—Qué bien… ¿cuánto te falta?

—No sé, como tres o cuatro años.

—Ahh…

—¿Y tú?

—Bien.

—¿La Universidad?

—También, terminando.

—Ahh… ¿qué fue lo que me dijiste que estudiabas?

—Odontología.

—Hmm…

—¿Y tú?

—Este… bueno, Psicología…

—¡Me encanta esa carrera!

—Supongo.

—¿Sabías que es mi carrera frustrada?

—No.

—Pues lo es. Soy muy buena escuchando a la gente. Esa es una carrera tan linda…

—Bellísima.

—Tú debes ser bueno en eso. A ver: analízame.

—¿Cómo?

—Bueno, que me analices, que me hagas un test, o algo.

—Ajá. Un test. A ver —busqué un bolígrafo en mi pantalón. No tenía.

—¿Tienes un bolígrafo?

—Sí, toma. ¡Qué emoción!

—Supongo. Veamos —le dije, agarrando una servilleta que estaba en la mesa— dibuja una casa.

—¿Cualquier casa o mi casa?

—Lo que sea. Una casa.

—Okey. Ya está. ¿Ahora?

—Ahora dibújate tú con respecto a la casa.

—¿Yo? ¿Al lado y eso?

—No preguntes, sólo haz lo que te digo que si no el test no va a servir.

—Listo.

—Ahora dibuja un marciano.

—¿Un marciano?

—¿Qué, hay eco aquí? Un marciano, un marciano. Rápido.

—Terminé.

—¿Listo? Okey, dame la hoja —todo esto hubo de ser dicho entre semi—gritos a distancia de boca—a—oreja para que se escuchara. Vi el dibujo ridículo de esta individua.

—Bien, está todo claro —dije con la categoría de un Doctor.

—¿Sí? ¿Qué ves? ¿Cómo soy?

—Sinceramente, lo único que se ve aquí es que eres una persona muy ingenua dispuesta a dibujar cualquier estupidez que te pidan. Mas allá de eso no podemos decir nada. Ah, bueno, no te dediques al arte.

—¡Ay! ¡Qué antipático! ¿Lo dices en serio? ¿Crees que soy ingenua? —Esta pobre tipa seguía aferrada a la idea de que los psicólogos pueden leer el alma o algo. Pero bueno, yo estaba fastidiado y no tenía ganas de distraerme con esta chica.

—No vale, te estoy jodiendo. Veo que eres una persona muy emprendedora (por la firmeza del trazo) y estudiosa, con grandes metas que podrás cumplir. Por la forma de la casa se ve que vienes de buena familia y que los quieres (te dibujas cerca de la casa) y el marciano representa tus problemas en la vida. Tendrás éxito en la odontología.

—¡Ay, gracias! Yo sabía, lo sabía…

—De nada. Discúlpame, pero voy a buscar una cerveza.

(…)

Traté de convencer varias veces a Gabriel de que nos fuéramos. Él no me hacía caso y seguía cantando la canción que nuestro diskjockey se ufanaba en poner.

—Gabriel: vámonos.

—¡Tranquilo, chamo! ¡Vive la vida, disfruta! —Extraño concepto de la vida— ¡La vida es una sola!

—Sí, lo que pasa es que estoy cansado.

—Ya nos vamos a ir… achanta un pelo… en un rato.

Este teleteatro se repitió varias veces. Eso es lo malo de quedar atado a un carajo por su carro. Si él no se quiere ir, no te vas.

—Gabriel…

—Ya va… me tomo esto y nos vamos —me prometió señalando una cerveza medio llena. Obviamente, luego de tomarse eso decidió pedir otra cerveza, acción típica del caraqueño que promete irse luego de la ‘última’ cerveza. Finalmente, como a las dos y media de la mañana, no sé si por agotamiento o por mis reiteradas súplicas, Gabriel decidió irse. Nos despedimos de los demás, quienes se quedaron a tono de “¿se van?”, “¿por qué?” lo cual nos hizo explicar que teníamos clases al otro día. Henry también, pero él aseguró que con un par de horas de sueño le bastaba. Las chicas se despidieron con el tradicional mejillazo. No era un beso, era una conjunción de mejillas.

Llegué a mi casa como a las dos. Me fui a dormir inmediatamente. Tuve pesadillas caraqueñas.

 

A veces pienso y repaso mis anécdotas mentalmente. Trato de buscar salidas a la decadencia caraqueña. Siempre habrá un filo de ingenuidad en el ser humano. Una mínima esperanza o utopía. El problema es la decadencia que se nos lanza encima con estrepitosa velocidad. Me doy cuenta de que Caracas no es decadente. Pienso que es la decadencia en sí misma. ¿Habrá alguna justificación que siquiera pueda soportar un ápice de nuestra detestable sociedad? No soy un profeta ni un moralista que quiera mirar hacia otro lado cuando describe a Caracas. Soy un vil y decadente coleccionista. Coleccionista de anécdotas, sin fin prestablecido.

Han visto lo patético que soy. Ni siquiera puedo escribir un buen libro, algo que trascienda y dé esperanzas. Me doy cuenta de que soy el rey de los decadentes, el decadente mayor. El exterminio comenzará algún día, y yo seré el detonante. Soy el que debe perecer de primero. Soy un ser tan pusilánime que la muerte no me duele y no puedo concretarla. Mi existencia está definida: soy el que pone el dedo en la llaga. Sólo sirvo para señalar y realzar la tozudez. El motor de la decadencia, lo que mantiene el engranaje andando, ése soy. Para ello existo y a ello estoy condenado. No habrá otra plaza existencial para mí.

¿Decepcionados? No será la primera vez que lo estén. No sé qué esperaban, pero mis Anécdotas de la decadencia caraqueña son lo único que me mantiene siendo. Serviré como ejemplo de mediocridad, y estaré orgulloso de ello. ¡Véanme, vean al decadente!, pues al mirar en mis ojos sólo verán su reflejo fatídico. Rían, que a ustedes mismos es a quien observarán de manera jocosa.

No habrá salvación ni condena. La decadencia es Caracas. Y yo soy su epítome y su epitafio a la vez. Así que no me tengan lástima ni resentimiento, no me odien ni me desprecien, pues yo inauguro la vida en su propia muerte. Fue solamente su último respiro de dignidad, el orgasmo que tuve que invocar para ser creado. No soy distinto a ustedes. Soy su subproducto. ¿Me aman, no es cierto? Todos aman al decadente, a la vez que temen convertirse en lo que yo soy. Mientras me sigan viendo como diferente, mientras yo sea el aberrado que afea a la sociedad caraqueña, seremos cada vez más ajenos y más fuertes. Todos tienen un decadente interno. No crean que pueden salvarse de esta condición. Mis anécdotas no son elucubraciones descabelladas. Ustedes son los protagonistas.

Esto les he dado: un espejo donde pueden verse reflejados de manera fidedigna. Algunos lo romperán. Otros mirarán fijamente hasta encontrar un defecto en el vidrio. Y los demás, como yo, sabremos navegar en nuestras pupilas negruzcas hasta fundir el reflejo con lo reflejado. En el instante en que eso suceda la muerte nos alcanzará. Pero sostendremos nuestras anécdotas como recuerdo de algo que no pudo ser. No habrá sonrisas en mi rostro decadente al morir. No habrá felicidad ni episodios dignos. Sólo habrá una colección de anécdotas que descansarán sobre mi pecho.

 

De la edición del Centro Cuatro Asesores Asociados, 2004

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