Buscar

‎ Cuentos
‎ Cuentos

Todos los cuentos publicados

‎ Novelas
‎ Novelas

Capítulos de novelas disponibles

‎ Sobre el oficio
‎ Sobre el oficio

Ensayos, entrevistas y artículos sobre el arte de narrar

Sitcom

  • Compartir:

—Aparecía en el patio. ¿Es posible esto? Quiero decir, que dos niños tan pequeños se pongan de acuerdo para imaginar la misma cosa.

La risa que se percibe puede ser la de ella o puede que sea el sonido del viento que entra en el dominio de los árboles o de los metales acumulados. El patio tiene una relevancia para la memoria que busca acomodarse mejor.

Julio recuerda solamente la parte baja de su cuerpo, sus medias. Medias de franjas de colores, un tono distinto en cada línea horizontal. Arcoíris en sus piernas. Surgía entre los hierros abandonados, las herramientas o piezas que el padre vaciaba en el patio, al lado de aquel árbol. La carne oxidada de los hierros. Pisando los treinta años, algo tarde para el oficio de imaginar, llegó su nombre. Allí suprimieron a la amiga imaginaria. Apareció la niña actriz y la teleserie, sin misterios y con apellido: Punky Brewster. Y después, su verdadero nombre: Soleil Moon Frye.

Julio va del primer nombre al segundo. No parece coincidencia que los padres de la actriz los hayan elegido. Que Soleil sea sol y que Moon sea luna. Que esa transición de astros determine una trayectoria actoral o una vida futura.

—Es una serie interracial norteamericana. Niña rubia con familia mixta. Tú naciste en 1985. La serie empezó en 1984 y se alargó hasta 1986. Luego la repitieron hasta 1988. Ustedes tenían tres o cuatro años. Naciste en la fecha correcta o la serie apareció en la fecha correcta. Una coincidencia banal. Ese es tu primer recuerdo, ¿cierto?

—Sí. A esa edad aparecen los recuerdos de un niño. Tres años.

—Tienes como una obsesión con el recuerdo —insistió Camilo.

Los recuerdos de Julio y los de su hermana Gisella. Niños mellizos. Niño y niña. Ha tratado de explicarlo a los demás. No es igual tener un hermano que tener una hermana melliza. Se siente algo que no es necesario decir porque se sabe de antemano. Debe ser por la genética prenatal. Los jugos compartidos en el vientre. La biología. Un asunto de obstetricia.

Julio dejó de mirar la escena reproducida en la laptop para enfocarse en la respuesta de su amigo.

—Yo no tuve amigos imaginarios —se lamentó Camilo.

—Un recuerdo real —continuó Julio—. Suena contradictorio porque incluye la aparición de una amiga imaginaria. Pero tiene su origen en esa serie, desde luego. Es una extraña combinación, ¿verdad? El primer recuerdo que coincide con la aparición de la amiga imaginaria. No todos los recuerdos de esa edad son recuerdos. Cuando crecemos, eso que creemos recuerdos no son tales, sino recreaciones de lo que nuestros padres o hermanos mayores nos contaron. Es absurdo pensar en la posibilidad de retener recuerdos de cuando estábamos en la cuna, antes de los tres años. Son imágenes, no recuerdos. Luego viene la adaptación de todo eso. Creo que el asunto es más o menos así. ¿Me comprendes? Es necesario corroborarlo para que esas imágenes de la niñez dejen de ser, precisamente, imágenes.

Julio rellena los espacios en blanco, su versión:

Punky Brewster, la serie: sitcom de mediados de la década de los 80.

La historia de una niña abandonada por su madre junto con su perro Brandon.

El personaje: su carácter extrovertido, vital y festivo; una niña que aprende a vivir por sí misma en un apartamento abandonado.

Soleil Moon Frye, la mujer californiana, es posterior a Punky Brewster, la niña, el personaje. Punky hizo que nos dejara de importar Soleil.

Soleil aparece, ya adulta, en unos capítulos de Friends.

—Déjame ver más fotos. —Camilo arrima otra silla cerca de la laptop.

Niña acostada mirando al frente. Cara ladeada con pecas (no hay que olvidar las pecas). Moños sostenidos, ambos, por sujetadores que imitan la morfología de un girasol. Camisa de mangas largas, azules, con puños amarillos. Algunos parches, estampas o insignias en el pecho. Un zapato de distinto color para cada pie.

—¡Niña punkera! —soltó Camilo.

La frase quería ser burla espontánea pero funcionó como eslabón. Una fracción extraviada en el rompecabezas de Julio. No supo qué decirle, pero quedó conforme. La frase gratuita, una broma de un amigo hacia otro amigo. Qué certeza. Era eso lo que hacía falta. Lo que le hacía falta para atraer de nuevo el dibujo de su amiga imaginaria. Así debería llegar pronto, saboreó Julio, ya tienes otra parte para tejer lo que falta en tu primer recuerdo infantil.

Nadie se lo dijo. Ni su hermana mayor ni sus padres. Ellos no inocularon la imagen. Es su recuerdo, el primero, el de Julio y el de Gisella.  Un recuerdo siamés (si alguien lo separa bruscamente, muere). Julio no recuerda nada de la casa de la infancia, a los tres años. Para él y para ella, hermanos mellizos, estaba la amiga que aparecía en el patio. El patio: ¿realmente sucedió allí? Si lo recuerda, no recuerda nada más, nada más hondo o más remoto que eso; entonces sí es real. Vio el fondo de la botella; hasta allí nadó, vio el pez abisal. Las medias coloreadas de Punky ¿Cómo pudo aparecer así, ante ellos? ¿Por qué desapareció de pronto, por tanto tiempo, hasta cuando casi tenían treinta años?

—Pensé que habría más fotos de Punky —dijo Camilo.

—Tienes razón. El afiche promocional de la serie. Algunos fotogramas. Si incluyes a Punky con el perro Brandon, con la familia completa, la cifra se triplica.

—¿Me dijiste que se le «aparecía» a los dos?

—Sí, también a Gisella.

—¿Y nunca le has preguntado? Sería interesante corroborar si ella también la recuerda. Y si la recuerda, cómo y qué recuerda. A lo mejor, con las dos versiones, o con los dos recuerdos, terminas de rellenar el tuyo.

—Tengo miedo de que no recuerde nada. Entonces ya no me quedará ni siquiera la mitad de mi recuerdo. Mejor dejo las cosas así. Ha pasado casi una década desde que rescaté a Punky.

Camilo se quedó mirando por largo rato la pantalla y las facciones de Punky. Costaba asociar lo que veía en la foto superponiéndose a los años transcurridos. Niña de ocho años y mujer de cuarenta y tres. Cuando empezó a sentir sueño recordó los cuarenta y tres años de Soleil Moon Frye. Se espabiló.

—¿Estás seguro de que era ella? ¿No habrá sido otra persona que aparecía en el patio?

—Es ella. Estoy seguro —dijo Julio—. Y si le preguntara a mi hermana, te diríamos que estamos seguros de que era ella.

—Tengo amigos con amigos imaginarios —Camilo se burló del pleonasmo—. Hasta perros y pericos imaginarios conozco, pero nunca una amiga compartida. ¿Y si lo soñaste? ¿Y si soñaste tú y se lo comentaste a Gisella y ambos crearon a esa amiga imaginaria?

Cada vez que piensa en Gisella, Julio toma el celular y el mensaje de texto queda inconcluso. Vigila la sintaxis. La confianza no lo lleva a omitir signos de exclamación o interrogación, a olvidar cerrar con punto y final, a tolerar un solecismo. Aunque escribe con energía, el impulso se desgrana a medida que la extensión del mensaje lo mueve a los dieciocho años. Entre un mensaje y otro es posible hallar intermitencias, materiales de relleno que obstaculizan, ajuste de cuentas que el tiempo reubica en forma de apatía. ¿Por qué Gisella se unió al coro injusto? ¿Por qué, si estaban en un área familiar, permitió que sus amigas humillaran de esa forma?

Julio retrocedió. Se quitó treinta años para retornar a la edad en la que creyó ver por primera vez a Punky. Se vio a sí mismo con pañales blancos, de tela, sujetados con dos grandes ganchos de metal que enrojecían la piel de tres años. Sin camisa, es que hace tanto calor. No está la hermana o no la ve. Por un momento cree que no es recuerdo sino la descripción de una fotografía. Ve su cuerpo pequeño al lado de Gisella. Dos cuerpitos negros. El fotógrafo acercó mucho la lente, pues se nota que frunces el ceño, en contraste con la suavidad facial de ella. Tu piel más oscura que la suya. Ustedes están dentro del viejo álbum con resortes y el pegamento vencido de la lámina que protege la imagen. Julio cuestiona lo evocado.

La casa de paredes altas distribuye mejor el calor en sus interiores. Las ventanas no necesitan vidrios, por eso cuando uno de estos se cae o se rompe no lo sustituyen. Casa sin friso, en obra gris. Ese árbol del patio fue árbol hasta bien entrada la adolescencia de Julio y Gisella. En el patio había dos casuchas, viejas letrinas que ya estaban allí cuando el padre compró el terreno. Nada de esto cuenta porque es una reconstrucción visual de la casa. No forma parte de las apariciones de Punky.

Sitcom: comedia de situación o comedia de situaciones. A Julio le incomodan las risas grabadas de este tipo de series. Serie televisiva cuyos episodios se desarrollan regularmente en los mismos lugares y con los mismos personajes.

Cuando se apaga una risa artificial, es como si se apagara una voz en el patio. Esa amiga en colores que reía siempre. Dos niños, hermana y hermano, no pueden saber que la risa de una amiga imaginaria debería provocar otras reacciones y no confianza.

Allí está Punky con Brandon. Qué gracioso cuando Punky lo sube en un bolso de tela, desde la calle hasta la altura del apartamento. Hay algunos episodios pero en inglés. Camilo retoma el hilo.

—Acá también aparece con la cara inclinada. Tiene como veinticinco años. Creció bien. Se ven más verdes los ojos de Soleil. ¿O los ojos de Punky? Ese el problema. Ya no me acostumbro a la mirada de la mujer. Es hermosa pero busco las pecas de Punky. Ya no las tiene de grande. ¿Las pecas se van borrando con la edad?

Julio caía en cuenta de que le faltaba el color de sus ojos. Ahora eran verdes. Realmente los tiene verdes. Sigue sumando argumentos al recuerdo. En el ejercicio completa la imagen de Punky. Al añadir más detalles, la foto va perdiendo efectividad.

—El viejo de la serie es el mismo de Locademia de Policía —completó Camilo—. A los demás no los ubico. A la negrita me parece que sí la he visto en otra serie.

Entre un salto a otro de páginas y de fotos, apareció un anuncio de antivirus. Una calavera que sonríe los detuvo. Se trataba de una sonrisa pixelada pero una sonrisa es una sonrisa. Si se ríe la calavera, por algo será. Julio recordó el primer episodio de otra serie, “El hombre que era la muerte”. Una risa grabada puede ser una risa que llega en un patio de la infancia.

Camilo busca imágenes y videos y da con una reproducción en la que se compara el antes y después de cada actor. El video dura menos de dos minutos. Dos actores han muerto.

—Mi novia me dijo que se vestía como Punky. Que muchas niñas se vestían como ella. Especialmente con eso de las medias de colores y las cintas en el pantalón. Lo que no hizo fue usar dos pares de zapatos diferentes —acotó Julio.

Camilo y Julio sentados frente a la laptop. Las dos sillas de oficina, que simulan comodidad, están juntas. Camilo acerca más su silla a la de Julio. Se siente otra familiaridad entre los cuerpos. Saltan de un video a otro sin entera satisfacción. El escenario (el cuarto de Camilo) no es de utilería, no tiene el vestuario que funciona ante las cámaras, pero podría tener una función similar.

—Si supiera inglés, cantaría «Every Time I Turn Around», el intro de la serie —dijo Camilo.

—Si aparecieran las risas grabadas esto sería una sitcom —respondió Julio.

 

Cuento participante en la segunda edición de El Editor Invitado
a cargo de Miguel Gomes

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.