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La reaparición de su vieja gastritis hace que hoy llegue a casa tres horas más temprano de lo que suele hacerlo. Por suerte, ha podido aprovechar que un compañero de trabajo lo trajera hasta la urbanización donde vive desde hace apenas un año. “Papito lindo”, reconoce la voz de su esposa del otro lado de la puerta, mientras él le da la última vuelta a la llave. Un beso apasionado sella el feliz recibimiento después de una mañana en la que estuvo aquejado por náuseas y escalofríos que auguraban un posible desmayo. Camina hasta el patio para saludar a su basset hound, que, como siempre, sólo para de ladrar cuando recibe las primeras caricias en sus orejotas. Un hueco recién iniciado en el jardín le llama la atención. “Sandra y sus plantas”, piensa con ternura. Sigue hacia el dormitorio para cambiarse de ropa, pero antes de hacerlo tiene la impresión de que algo falla con el reloj de pared. En efecto, advierte que las manecillas giran frenéticamente. En los pocos segundos frente al aparato, éste se ha movido desde las 3:00 hasta las 4:00. Acerca su boca y sopla con fuerza en caso de que el problema sea una simple acumulación de polvo, pero esto no funciona. Cavila sobre qué hacer mientras la aguja ya apunta las 5:10. Golpea el aparato a ver si alguna pieza floja regresa a su lugar, pero el reloj sigue su obstinada marcha hasta las 5:40. Irritado, intenta forzar las manecillas, pero su fracaso le recuerda a Don Quijote embistiendo los molinos de viento. En un abrir y cerrar de ojos, observa con perplejidad como el reloj marca las 5:55. Así que decide salir a preguntarle a su esposa qué demonios le pasa a aquel aparato, pero se detiene apenas pisa la puerta, porque ve a su mujer acariciándose impúdicamente con otro hombre en el patio. Al lado de estos, entrevé la existencia de un hoyo profundo y recién excavado. La mujer se aparta cuando escucha un ruido de llaves en la puerta principal, mientras que el hombre se oculta, empuñando un cuchillo. A las 6:00 en punto, él, con el estómago en ebullición, da el último giro a la llave y ella suelta el dulce saludo “papito lindo”.
Minificción incluida en el libro Una extraña habitación en Saturno & otros
planetas infames (El Taller Blanco Ediciones, 2021)