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a M, un amor invisible
— Te lo digo así, ¿tú sabes echar un cuento? A ver, suéltate uno, pues, uno que no se le olvide a nadie, y cuando termines yo te digo si tu cuento puede ser así prestigioso para la crítica.
— Mira, yo recuerdo la primera vez que una mariquita se me posó en las manos. Ya había escuchado antes que era de buena suerte y cosas de esas, pero no sabía si creerlas. Luego de todas las que viví empecé a creer que como que sí, que la suerte existe. Para empezar, lo de la mariquita fue cerca de las ocho de la mañana, andaba tirado en la grama y todo triste porque justo el día anterior me había separado de mi pareja (las personas a uno no lo quieren si no le ven un porqué a querernos). Yo no le vi futuro a la relación después de una supuesta pegada de cachos, dos gatos muertos y, además, quedarme sin trabajo. Lo del trabajo fue así como extra, pero bueno, sin dinero no hay tiempo y, aunque sean dos cosas diferentes, sin tiempo no se hace nada. En fin, yo estaba en la grama y quería dejar de pensar en la tragadera de tierra que se me venía sin un centavo en el bolsillo y la pelazón de amor. Me enfoqué en el milagro que tenía en las manos. La mariquita era la criatura más pequeña que jamás había visto en mi vida, más pequeña incluso que las letras del periódico. Y mira que supe lo de las letras del papel este porque justo había un tipo pasando vendiéndolos y se puso a hablar conmigo cuando me vio con la mariquita. Me dijo que a él le había salido el trabajo de repartidor después de ver una en la ventana de su casa. Me regaló un ejemplar como queriendo que rodara la suerte y que se le pegara un poco. Me dijo también que estaba ligando a ver si lo ascendían de puesto y dejaba de recorrer las cuadras para entregarlo, que lo que estaba dando más ahorita era venderlos al mayor. Yo honestamente no me imagino cómo se venden periódicos al mayor si no eres el que los hace, pero no quise cuestionar la buena fe del repartidor. Total que se fue contento de haber visto a la criaturita y yo me puse a ver si el periódico me podía lanzar norte de qué hacer ese día para ganarme el pan. Revisé los clasificados y nada, todos pedían como trece títulos solo para la entrevista inicial y, como yo solo sé echarle piernas a la vida, ninguno me servía. Lo que sí vi es que, a las nueve, muy cerca de donde yo estaba, había una reunión de accionistas del único banco en que yo tengo cuenta. No sé qué se supone que se hace en esas reuniones, pero yo fui a ver qué pegaba. Lo peor que podían decirme era que no pasaba por cualquier razón tonta. Pero fíjate que no. Llegué caminandito y solo me pidieron el nombre. Yo me imagino que la administración de este banco es terrible porque salí en la lista de los inversores. Quizá era un error ingenuo, quizá me habían dado acciones por tantos años de ser fiel usuario y no me había enterado, quién sabe. Adentro sí me miraron un pelo raro, creo que era por mi pinta, es decir, no tenía saco ni corbata ni nada eso, andaba con mi yin azul (pálido de tantas aventuras por la noche) y una camisita de botones regular. Igual luego de que ofrecieron cafecito a todo el mundo se le pasó y andaba cada uno en su rollo. Yo me puse a ver los números del reporte que me habían dado, no tengo ni idea de finanzas pero, comprometido con mi papel, y con no pasar hambre, comencé a pararle a lo que otros decían para ver si podía medio meter la mentira de que sabía lo que estaba pasando. Después de un rato lo único que nos dijeron era dónde teníamos que sentarnos. Yo me dormí un rato, bajaron las luces para una presentación y el aire acondicionado me dejó en la temperatura ideal, además estaba agotado de llorar y llorar, sabes, pasando el despecho la noche anterior. No sé cuánto tiempo pasó, solo sé que tuve un sueño todo raro y creo que era medio lúcido porque empecé a escuchar términos financieros que nunca en mi vida. Que si la tasa de retorno de inversión multiplicada por no sé qué presupuesto mensual te daba el capital equis porque si no era lavado y los de la administración te llevaban recio, o que si tenías que montar una LLC (que vaya a saber uno si eso significa librerías de literatura comercial o empresa libre de litigios y contingencias) para poder hacer una dilución de impuestos y así poder verle el queso a la tostada. Ni idea, cosas así. Lo que sí sé es que salí de ese sueño como se sale de una epifanía, con una conmoción que te pone a decir locuras. Dio la casualidad de que justo en ese instante habían hecho una pregunta para el público en la reunión, y arrancado desde mi delirio de soñador numérico solté lo de las LLC (que nunca supe qué eran) y lo del capital equis (jamás entenderé por qué esa letra). Sonó lo suficientemente intelectual para que todos en la sala me aplaudieran. A mí no me gusta tirármela de mucho pero no podía hacerme el paisa en ese contexto, yo seguí con la frente en alto. Al parecer me nació una imagen ahí de inversor inteligente en ese banco (que se equivocan bastante como para creerme a mí, pienso yo), y me invitaron a una reunión posterior luego del compartir para los accionistas, que solo eran tequeños, muy buenos por cierto, y otros pasapalos que no me les sé el nombre. Yo me harté hasta donde pude comiendo, porque si no era pan, que fueran tequeños. Cuando ya se estaba yendo la gente, cerca de las diez y veinte, me invitaron a subir a uno de los pisos más altos del edificio para esto de la reunión especial. Lo de los accionistas había sido que si en una sala de conferencias de la mezzanina, que es un lugar que nadie sabe para qué existe ni cómo funciona, aunque todos saben que está allí. En esa otra reunión no me pude dormir, pegaba cerquita la luz del sol por unos ventanales así enormes. Me la tuve que calar entera. Discutieron no sé qué de unos dividendos y por ahí se fue la cosa, yo solo decía que sí a todo. No me llegaron más alucinaciones oníricas. Al final me pasaron un formulario de confidencialidad y otras cosas más, solo firmé porque venía con un bono directo ese día, y total, yo no era accionista ni nada, esa firma mía valía menos que el papel sobre el que se hallaba. Te puedo decir eso sí que los accionistas son malísimos con los chistes. Solo dicen cosas de culos o criptohomosexualidades. No sé, allá ellos con sus conflictos. Lo más importante es que salí de allí con dinero en el bolsillo, lo del número que coroné te lo debo porque desde que salí solo pensaba en cuánto me iba a durar el dinero con esta economía del carajo. Sí, muy fino los dividendos y tal, pero los billetes digitales no valen nada si no se mueven rápido en este país. Aproveché que había matado el hambre y me puse a echarle coco a ver qué podía hacer con esos reales ligando que no se dieran cuenta de que me los gasté ahí mismito después de salir. Mira que no se me ocurría nada y decidí llamar a un pana de la universidad. Sé que le mete al bitcoin y cosas de esas y me dije que este es el hombre, este me pone a valer. Lo llamé y quedamos ahí en la facultad tipo doce-una. Cuando le dije que tenía billete para invertir se mostró incrédulo porque sabe que lo mío es otra cosa, que yo ando pendiente de la música, de sacar unos temas y así. Pero bueno, nada que una jaladita de bolas bien buena no solucionara. No me siento orgulloso pero los negocios no se hacen prósperos con orgullo. Me fui en una camionetica, me daba chance sin rollo, no estaba lejos y mientras iba podía volver a echarle ojo al periódico. Ya puesto a seguirle a lo de la suerte capaz algo más me daban esas páginas. Ojeé la sección de cultura a ver si se venía algo interesante para estos días dentro de la ciudad. No me dio chance de terminarla. Llegué a la mitad para cuando andaba ya por la facultad. El pana me estaba esperando. Fui directo, de una, no tenía tiempo que perder: “¿Qué hay que hacer para que ese dinero no se lo coma la inflación y ponerlo a moverse?”. Me dijo que el mercado bueno estaba en los NFT y cosas de esas, quedé igualito que con los de las LLC, no entendí un carajo. Una sola excepción sí debo señalar: estos “enefetés” podían ser obras de arte. Yo calientico le dije que mejor montábamos unos versos que había escrito la noche anterior (tenía un cuaderno completo por culpa del despecho), que yo me ponía para subirlos en la plataforma que tal para hacer más billete. Empezó a creer que era mentira que yo tenía dinero y que lo único que yo quería era tratar de hacer algo con mis letras. Le mostré la cuenta para que vea que yo no hablo mierda. Se quedó calladito. Después estuvimos pico y pala para ver qué podía hacer de verdad, y mira, como lo que fácil viene fácil se va, le propuse que le daba todo lo que tenía si él ponía a valer los enefetés míos así fuerte, porque puesto a elegir, mejor hacer billete con lo que me gusta, ¿no? El pana ni dudó, “Sí va”, me dijo. Nos fuimos para su casa y duramos como tres horas en ese peo, dale que dale. De verdad que la ruptura me tenía mal, pero bueno, al menos me trajo una mariquita a la vida que me dio suerte y la descargué escribiendo, y bueno, en la brega ya andaba a ver qué lograba. Cuando terminamos de subir todititos los versos que le había lanzado a cada esquina de las páginas volví a agarrar el periódico, y ahí sí me terminé de leer lo de cultura. Al parecer justo a las seis había una reunión en no sé qué parte de la montaña más sifrina donde uno puede vivir en esta ciudad, una exposición en una galería recién inaugurada donde tenían intereses en obras experimentales con las tecnologías emergentes. Para mí que eso era pura lavadera de plata, pero, considerando mi nueva inversión, quizá la pegaba del techo y hacía billete. El pana seguía afinando detalles de las piezas y así, y yo le dije: “Ponle precios duros que vamos a ir a negociar”. Todavía a estas alturas yo no sé cómo él realmente transformó los versos en enefetés, pero si un tuit (ahora esa vaina no se llama así porque es parte de una capital equis supongo), que es hablar pendejadas, o bueno, hacer “crítica” (pura paja en mi opinión) puede valer medio millón de los verdes, coño, con mis versos por la bajita me saco unos diez mil. Él no estaba tan convencido, y me vi otra vez en la necesidad de jalarle bolas. Casi que lo hago literal. Y, aunque, de nuevo, el orgullo por el piso, después de dos pegadas de cacho uno ya no se cuestiona la vida de esa forma, uno hace con lo que tiene. Al final cayó. Arrancamos de su casa tipo cinco y treinta, la galería era botada así que había que darle con tiempo. Para poder convencer a esa gente de que nos pagara me puse una pintica más caché, no quería que me pasara como con los accionistas que me vieron raro hasta que los engatusé. Me la prestó el pana, que bueno, si no digo su nombre es porque a los inversores les gusta su discreción, sabes, lo mío es un caso raro porque yo soy un inversor de un solo fondo y un solo hit. En fin, nos desplazamos en un caballo de hierro prestado, él piloteando y yo pensando la estrategia, porque aquí sí tenía material para armar un discurso sin andar soñando con cosas que no entiendo. Llegamos en la raya, la vaina era de entrada exclusiva así que al pana, que no se puso tan elegante como yo, no lo dejaron pasar. “Mosca con una vaina y te vuelves loco con los reales”, fue lo único que dijo. Frase que no entendí porque técnicamente todavía no eran dinero los enefetés y él ya había cobrado, pero bueno, cada quien con su cada cual. Yo fui como quien cruza sin ver, a fe ciega, peligrosa pero certera. Me tomé par de güisquis porque, bueno, no iba a pelar que regalaban tragos. El detalle es que como no soy buen bebedor ya con eso andaba medio prendido, pero con todo yo iba a vender. “Estas piezas representan la metamorfosis del amor pasado”, “Aquí pueden ver una nueva figura del erotismo vencido”, “La crítica nunca ha visto algo así”, “Este conjunto es una nueva representación de la tragedia moderna de la imposibilidad de amar en nuestra sociedad”. Yo soltaba líricas potentes, nítidas. Por supuesto que ahí hablaba bonito, no como para echar este cuento en que se me sale un poquito el malandreo. Pero verga, chamo, esos clientes estaban duros, además, la dizque exposición de tecnología no me ayudaba, tenía que soltar esa frases poderosas pero mostrar las piezas desde mi teléfono. Ahí no se aprecia bien mi arte, así que mis palabras no eran eficientes. Me tomé dos güisquis más para el guáramo, y lanzarme resteado a desbloquear las palabras estelares. Yo sé que desde arriba el guardián intergaláctico me resguardaba, si él conmigo nadie contra mí. “Uno puede encontrar aquí la exégesis del ideal shakesperiano desde la idealización hasta la caída”, “El sonido emerge desde las rimas ocultas en cada pasaje que estos retruécanos generan al ser declamados al ritmo de una armonía que solo puede ser disfrutada microtonalmente”. Nada. Esa gente no me paraba bolas. Estaba por tirar la toalla, decidí lanzarme otro güisqui para coger impulso y pegarla en un vuelo final. El barman me dijo que se le había acabado la botella, que le diera un chance para ver si en el almacén todavía le quedaba algo. Tocó esperarlo. Mientras tanto volví a leer el periódico, en este punto solo podía ayudarme, ya estaba casi que igual que en la mañana: llevaba ya como cinco horas aquí, pelando bolas porque otra vez no tenía ni medio, a punto de caer en depresión por mi fracaso de carrera artística y volviendo al despecho de tanto trago y hablar de esa persona que me había abandonado (vamos a decir que yo terminé la relación). Parecía que no tenía nada que hacer. Las páginas ya no me interesaban, pero recordé otra vez a la mariquita, ella había sido mi mejor apalancamiento financiero (bien místico, pero apalancamiento al fin), entonces decidí revisar la sección de finanzas, a ver qué pasaba. Me fusilé dos páginas enteras, este apartado era sorprendentemente largo y el barman nada que llegaba. No había nada para mí en esas letras. Vi que me llegó un mensaje, el pana me dijo: “Chamo, no la cagues, metí todo lo que tenía en esas piezas, todo lo que me diste se fue para allá. No la cagues, de bien”. Me prensé. Ahí al ratico llegó el barman con una botellita de güisqui. “Nada, o salgo rascado o salgo ganador, una de dos”, fue lo que pensé. Me lancé como ocho tragos seguidos, ya me reía yo solo. En esas se me acercó un señor, bien portado él, le llamó la atención que llevara el periódico conmigo, más aún cuando le dije que era un artista. Me empezó a contar que vino a la galería con ánimos de comprar varias obras, pero nada lo convencía y por ahí se fue. Y yo dije, nada, este es el del billete, saqué el teléfono y le mostré mis versos enefeteros. No pude hablar porque me entró un dolor de estómago que solo podía significar que estaba al borde del vómito, afortunadamente me lo aguanté. Aquí no pasó nada. El tipo veía inspirado los enefetés, y yo lo que hacía era rezar que a mi cuerpito no le diera por fallarme a estas alturas. Me dijo que tenía una LLC en el exterior y que quería que esta tuviera una fundación asociada que se dedicara a la promoción del arte y así construir una mejor imagen corporativa. Yo me hacía el sorprendido y otra vez el entendido, porque, de nuevo, todavía no tenía ni idea de qué se supone que es una vaina de esas. Pero nada, el que no arriesga no gana, le dije que mis obras estaban en boga en las galas de China, por allá por Pekín, que esos asiáticos amaban una historia de desamor en versos rimados, y claro que, por esa misma razón, estos enefetés, mis últimos trabajos, valían mucho dinero. Él me miraba con mucha atención mientras yo le metía el cuento. En esas yo me bajé otros cuantos güisquis, ya había perdido la cuenta, pero bueno, solo así lograba alejar los reflejos de la garganta floja que sentía ganas de soltarlo todo. Nada, el tipo se fajó conmigo y los versos. Estuvimos como una hora en ese peo y ahí soltó lo que muchos esperan decir y recibir el afirmativo, pero no lo que yo quería escuchar en ese momento: “¿Quieres ir a un lugar más privado?, así podemos hablar con más detenimiento”. Me volví a prensar. Pero, nada mi hermano, lo que tenía apretado lo tenía que aflojar, solo así los billetes podrían llegar. Le dije que sí a la buena de Dios (ese nunca me deja morir). Salimos como a la una y pico de la bendita galería tecnológica y le escribí al pana: “Estoy haciendo el esfuerzo por el equipo, lo que uno hace para ganarse unos realitos en este país no tiene nombre, ojalá la peguemos”. Él como que estaba dormido porque no supe nada hasta la mañana siguiente. A medida que avanzábamos en ese carro yo me preguntaba cuál es el verdadero significado de la suerte, ¿aflojar por billete es tan afortunado como dicen? Inmediatamente en mi meditación precoital también me cuestioné si ese era el verdadero significado de la mariquita que se me posó en las manos: una metamorfosis del cuerpo, una metáfora del progreso, es decir, si con esto no curaba el despecho y la ausencia de chamba nada me iba a quitar esa sal de encima. Llegamos. La casa, como podrás imaginar, arrechísima, más grande que toda mi zona residencial. Sin demorar me ofreció más güisqui, como yo no sabía si eso duele o no, dije: “Nada, mientras más rascado menos dolor”. Hablamos como hora y media, me hizo comentarios sobre la riqueza de mis versos, que tenían un potencial estético con el contacto. Mira, yo a veces me la tiro de que sé de música y conceptos y vainas experimentales, pero de verdad que ni puta idea con eso del potencial y el contacto, pero nada, lo tomé como la indirecta para pasar a posición vertical. En la habitación había un mueble y como no le vi muchos ánimos de pasar a otro lado a él, sino de hacerlo ahí mismo, me preparé como pude. Él me vio, parecía contento, asumí que entendió que yo capté su señal. Comencé a desabrocharme cuando el tipo me soltó un griterío loco. “Tú estás desquiciado, chico, como te vas a desvestir así, ni que yo te hubiera insinuado eso”. Muerto de la vergüenza le expliqué lo que había pasado por mi cabeza. Se rio durísimo, “Se nota que no conoces los códigos, muchacho. Contacto no lo dije para sugerir sexo. En los mercados americanos las LLC especializadas en comercio de NFT utilizan el contacto como un concepto que mide el impacto y el rendimiento de las obras”. De vaina los enefetés me hacen aflojar por yo andar leyendo mal. Lo bueno fue que el tipo no se ofendió, solo lo alteró mi mala interpretación. Lo que sí es que ya no le quedaron más ganas de seguir charlando después de casi verme hacerle un estriptís. Quiso cerrar el negocio, eso sí. Te confieso que quedé con ganas, ya después de tanto sufrir tenía la mente abierta tanto como el de atrás. Pero, nada, con ese billete podía después resolver eso. Ya por ahí a las dos y algo de la mañana me pidió un taxi y preguntó si me dejaba en casa. Le dije que necesitaba comer, que había sido un día muy largo y yo solamente me había atragantado de tequeños, para bajarle a la pea voladora que llevaba un buen plato de comida era la clave. El taxi me dejó en un restaurancito veinticuatro horas bien agradable. Todo lo que no había comido ese día me lo vacilé en esas horas allí, ahora con plata nada podía detenerme. Después de como tres horas comiendo el pana me respondió el mensaje, que cómo me había ido, que qué había logrado. No le di muchas explicaciones, sacamos cuentas de cuanto le tocaba a cada uno y le pasé sus riales, él no tenía por qué enterarse de mi homosexualidad recién descubierta. Quedó contento, eso era lo importante para él. El mesero, muy amable por cierto, me preguntó si iba a querer algo más (noté en su mirada un brillo particular, que hasta ahora nunca había notado en los hombres). Le dije que sí, que me diera un chance. Reposé un rato de la hartada bestial que me había lanzado, tenía que hacer espacio, todavía quería el postre, pero justamente me di cuenta de que había una entrada a este bar, al parecer son negocios conjuntos. Opté por un último güisqui, total, más comida podía pedir más tarde, a domicilio o cosas de esas, hasta eso ha llegado la tecnología. Le pregunté al mesero si podía cambiar de negocio y me dijo que sí, sin problema (no sin dejar su brillo desvanecerse mientras me iba). Y nada, eso es mi pana, así llegué hasta aquí y estamos ahora charlando en medio de cuentos de tasca y cosas supuestamente literarias a las seis y media de la mañana.
— Verga, chamo, qué cuento tan arrecho…
— Es mentira pana, no soy músico ni escribo versos. Y además aquí ya casi nadie lee el periódico. Bueno, nadie lee en general, no son solo los críticos, no hay tiempo para eso, hace falta dinero. Ojalá las mariquitas sí sean de buena suerte, es lo único que te digo.
Cuento participante en la segunda edición de El Editor Invitado,
a cargo de Miguel Gomes